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Author / Uploaded Raimundo Diaz Rosell.


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Annotation Este libro es un viaje inolvidable al interior de la revolución cubana. Carlos Pérez Cifredo se enfrenta al 'cuentametuvida', la planilla en blanco que deberá rellenar para que sus compañeros decidan en asamblea si merece o no la condición de 'trabajador ejemplar'.A través de una extraordinaria fusión de lenguajes -coloquiales, musicales, cinematográficos, políticos e incluso los correspondientes al cómic-, el lector acompañará al protagonista en la rememoración de sus peripecias a veces hilarantes, otras dolorosas, pero siempre intensísimas, que culminan en la asamblea donde su existencia será juzgada. Esta primera novela de Jesús Díaz estuvo prohibida por las autoridades cubanas durante doce años. Cuando finalmente llegó a publicarse en Madrid y La Habana, en 1987, fue aclamada como la gran novela crítica de la revolución.


cubana, mereció varias reediciones, se tradujo al alemán, francés, sueco y griego, y consagró de inmediato a su autor. 'Un libro sorprendente, sólido, apasionante, que se lee con una mezcla de fascinación y vértigo' (Rafael Conte, El País). 'Las iniciales de la tierra' es una novela llena de invenciones verbales, de colores y de músicas: con un dominio perfecto del matiz, gracias al cual las palabras, las cosas y las gentes son miradas a la vez por dentro y por fuera' (Françoise Barthmy, Le Monde Diplomatique). 'Apasionada, blasfema, satírica. Una gran tormenta literaria' (Erich Hackl, Die Zeit).


Las iniciales de la tierra.


Autor: Díaz, Jesús ©1987, Ediciones Alfaguara Colección: Alfaguara hispánica, 39 ISBN: 9788420424361 Generado con: QualityEbook v0.75 Edición Digital Febrero 2006 Corrección de Rosalayna y Probono.


A Pablo, que nació cuando escribí este libro por primera vez; a Claudia, que nació cuando volví a escribirlo.


. pero en la empuñadura de su arma de cristal humedecido las iniciales de la tierra estaban escritas. Neruda.


Dejó de leer, con la oscura certeza de estar atrapado en un laberinto, y en eso Gisela regresó de la guardia muerta de cansancio, dijo, y se inclinó sobre la planilla, el simple cuéntametuvida frente al que Carlos había pasado la noche tratando de reconstruir su pasado y preguntándose por qué había hecho esto y no aquello, por qué casi nunca logró lo que quiso sino lo que dispuso la casualidad, o el destino, o vaya usté a saber, como si la vida fuera una torpeza irreversible de la que uno siempre se diera cuenta demasiado tarde y lo acusara ahora, desde aquella planilla aún en blanco, interrogante y muda ante el asombro de Gisela, que lo animaba con un beso cómplice.


en la mejilla y seguía hacia el baño mientras él volvía a las preguntas, a la obsesión y a la desesperanza, hasta sentir el siseo de la orina como un llamado en el silencio de la noche con la extraña certidumbre de haber vivido ya ese instante. Pero no, entonces era Iraida y las cosas podían haber ocurrido de otro modo: si, por ejemplo, no se hubiera acostado con ella, tampoco habría sido separado de la Juventud, ni acosado a Gisela, ni sufrido el tormento de los días ciegos que lo cercaron después; ¿pero de dónde, sino de aquella desesperación, sacó fuerzas para irse a la zafra? No había vuelta que darle, todo conducía al laberinto; incluso que el siseo cesara y se abriera la ducha, remitiéndolo, no sabía por qué, a lo de José Antonio, quizá el mayor de los errores que había cometido en su vida, aquella trayectoria zigzagueante que ahora le machacaba la memoria y que por momentos le resultaba indescifrable. ¿Qué le preguntarían en la asamblea?, ¿que le criticarían? Él, que había querido ser un héroe y todavía aspiraba a ser ejemplar, ¿qué era, en realidad? Había coreado los mismos himnos,


bebido en los mismos jarros, llorado a los mismos muertos que todos los demás; no tenía un solo mérito que pudiera llamar suyo y no de todos o de las circunstancias. Era uno entre millones, se dijo, pero esta certeza, que tuvo la virtud de reconciliarlo consigo mismo, también lo hizo temer al fracaso: tal vez aspiraba a más de lo que merecía, tal vez debía detenerse allí mismo, dejar la planilla en blanco para siempre y, haciendo uso de su derecho, negarse al debate. Pero, entonces, ¿cómo mirar su rostro en el espejo? Se estremeció al darse cuenta que el ruido de la ducha había cesado y tomó uno de los cinco lápices de punta afiladísima que tenía a la derecha: debía decidirse, concentrarse en cada una de aquellas preguntas, que lo desconcertaban por su simplicidad. La última palabra —si era o no trabajador ejemplar, si podía aspirar o no a la militancia— la dirían sus compañeros dentro de pocas horas. Aquélla era la incógnita, la pregunta de la verdad, y por más vueltas que le daba no lograba imaginar la respuesta, aunque para enfrentarla había regresado a La Habana, a su.


antiguo trabajo y a aquella habitación oscura, llena de fuegos y fantasmas, que ahora Gisela iluminaba con su cuerpo desnudo, haciéndolo preguntarse cómo era posible que alguna vez hubiera deseado matarla, mientras volvía a sufrir la desazón del laberinto, le devolvía la sonrisa e intentaba acoplar de una vez sus huesos, sus recuerdos macerados. Había un tiempo de hacer y un tiempo de pasar balance: tenía trentiún años, ningún oficio, una hija y una mujer con la que había vuelto desafiando las miserias de la memoria, confiando en que todo tiempo futuro tenía que ser mejor, siempre que no se le escapara de las manos y se volviera contra él, como tantas veces había hecho el pasado, puesto que lo vivido estaba dentro y nadie podía cambiar un solo gesto ni una sola palabra, ni siquiera Gisela, que tanto había luchado por lograrlo y ahora lo apremiaba porque faltaban menos de dos horas, mi amor, y aún debía bañarse y afeitarse, mientras él asentía mirando aquella piel húmeda, iluminada por el sol incierto del amanecer como por los fuegos de su infancia, y luego la planilla vacía, donde tendría que dejar.


hueso a hueso su esqueleto, como el leopardo extraviado en la cima de la montaña.


1 Desde las nieves del Kilimanjaro Carlos miró la jungla y gritó tres veces, «¡Tarmanganiii!», pero ni el elefante Tantor, ni la mona Chita, ni los malditos pigmeos respondieron a su llamado; se sintió invadido por el aburrimiento y deseó tener allí un Monopolio, el juego en que se había enviciado desde que descubrió la táctica ganadora: comprarlo todo, el Agua, la Luz, los Ferrocarriles, Vermont, Illinois, Kentucky, donde edificaría casas y hoteles en los que caerían sus contrarios, que no podrían pagarle la renta e irían a la ruina, al crack, mientras él lanzaba estentóreas carcajadas que interrumpió de pronto, al descubrir a una apache mirándole desde la palma. Decidió impresionarla y montó en Diablo, su caballo, que era negro, con la crin blanca y una estrella blanca en la frente. Lo hizo de un salto, por la grupa, como Robert Taylor en Una vida por otra; de lado, como Alan Ladd en Shane, el.


desconocido; desde un árbol, como el Kid Durango en los Episodios del Kid, y se lanzó a galope tendido sobre el precipicio, el despeñadero tantas veces teñido por la sangre de hombres y bestias. Estaba en el aire, envuelto en una manta, un sombrero y una sábana de niebla, disparando su Winchester, soltando las bridas y saltando así sobre el abismo, mejor que Shane, cuando la oyó reírse. Frenó el caballo en el aire y lo dirigió hacia aquella navaja burlona que acababa de firmar su sentencia de muerte. Pero la india echó a correr, se perdió en las orillas del Amazonas y le sacó la lengua desde la otra ribera antes de adentrarse en la terrible selva africana. Era imposible cruzar el Nilo a nado, los huesos descarnados de un gran antílope de las praderas delataban la existencia de pirañas, y él no tenía una maldita vaca herida para echarla de cebo y alejarlas, como hubiera hecho John Wayne. Descubrió una gran piedra blanca y la arrastró hasta la orilla del Misisipí, sudando como un condenado. Pesaba demasiado para tirarla al agua y usarla como puente sobre el río Kwai. Se sentó.


pensando armar una Kon-tiki con yaguas de palma, pero no había yaguas en el suelo. No quedaba otra solución, metió el pulgar de la mano derecha entre el anular y el meñique, unió los dedos de la mano izquierda y comenzó a saltar alrededor de la piedra cantando Pao Wao the indian boy. Eso le daría fuerzas. Cuando hubo dado siete saltos, cargó la piedra e intentó tirarla, pero casi le cayó sobre un pie. Sólo entonces comprendió que lo habían traicionado, la piedra era de kriptonita. Subió al jagüey y puso voz de noticiero No-Do para narrar el panorama: «Estamos en el centro del África. Nuestra expedición marcha por la jungla. ¡Caracoles!, ¿qué vemos? ¡Elefantes por aquí, elefantes por allá! ¡Salta, perico, salta!», Mientras el perico saltaba, se dio cuenta de que la manada de elefantes estaba dirigida por Tantor. Gritó otra vez, «¡Tarmanganiii!», pero el estúpido elefante estaba sordo. Buscó una liana gruesa y, balanceándose por encima del encrespado Amazonas, fue a caer de pie en la otra orilla del Orinoco. Entonces volvió a ver a la sioux, que resultó ser una impostora. Usaba unos.


ridiculísimos zapatos de varón, como si él no supiera que los indios no usaban zapatos. Decidió darle su merecido por burlarse de él, un hombre blanco. Corrió hacia las cañabravas, pero al llegar ya ella no estaba allí. Husmeó el aire, nada. Palpó el polvo del camino, nada. Aplicó el oído a tierra, nada. La risa llegó desde el río cuando él estaba entre las cañabravas, desde la palma cuando llegó al río, desde el aroma cuando alcanzó la palma. Gritó, «¡Tambochas, huyan todos, vienen las tambochas!», pero la Estúpida de los Zapatos de Varón no salió de su escondite a pesar de que él le había advertido la invasión de las terribles hormigas homicidas. Se sentó bajo el jagüey y allí estalló, por tercera vez, la risa malvada de la cochise. No la persiguió. Había decidido cazarla como lo que era, una indígena. Sacó su cuchilla. La abrió tomándola por la punta. Le dio un beso. La lanzó hacia la palma y se quedó mirándola girar en el aire, de punta, de cabo, de punta, de cabo, de punta contra el tronco, clavada. Caminó hacia la palma. Desclavó la cuchilla. Se volvió lentamente y vio a.


la india parada junto al naranjo, uyuya, como decía el abuelo Álvaro que era su yegua. Contuvo los deseos de correr hacia allí. Le mostró la cuchilla, y ella se acercó muy despacio, desconfiada. Cuando la tuvo cerca pensó en lo fácil que sería clavársela en la aorta y después chupar, como el murciélago de sus pesadillas. Le mostró la cuchilla preguntándole, «¿Quieres?», y cuando ella dijo que sí le agarró la muñeca, le dobló el brazo sobre la espalda gritando, «¡Kriga! ¡Bundole! ¡Mata!», y le puso la cuchilla en el cuello. La tuvo así unos minutos, murmurando, «¡Estúpida de la Barba Negra! ¡Estás en manos de Saquiri el Malayo, nada menos que de Saquiri el Malayo!» y la retuvo todavía para que sintiera el terror de hallarse a merced de un ser tan sanguinario. Entonces la soltó, pero ella cometió el error de intentar escaparse. Le puso una zancadilla y le cayó encima blandiendo la navaja con la risa malvada del asesino, «Ja, ja, ja, ¿pensabas escaparte de Saquiri, oh tú, Estúpida de los Zapatos de Varón?»”. Ella lo escupió en la cara y él le hincó las rodillas en los hombros para.


mantenerla inmóvil y poder limpiarse el rostro mancillado. «¡Ah, canalla», le gritó, «tendrás tu merecido!» En ese momento descubrió que ella lloraba unas lágrimas tristes como las del País de Nunca Jamás y empezó a soltarla poco a poco diciéndole, «Tú, Juana; yo, Trazan», sonriéndole y dándole en el pecho golpecitos suaves y tímidos mientras repetía, «Tú Juana», y se golpeaba más fuerte al decir, «Yo, Trazan». Pero ella no sonrió; siguió llorando aún después que él la dejó libre, le mostró la cuchilla y murmuró, «Toma, te la doy». Entonces ella se puso de pie lentamente, señaló hacia un árbol y advirtió con una voz lejana y seca: —Debajo de la seiba te está esperando el daño. —Después echó a correr. No logró encontrarla en toda la tarde, y en la noche volvió a sentir la mordida tristísima de la nostalgia y se dijo que si su abuelo Álvaro estuviese vivo la finca sería la mejor del mundo, él estaría sentado en sus rodillas preguntando qué hora es, su abuelo respondiendo que las siete y él volviendo a preguntar que cuándo era la una,


diciendo que quería ver la una. Si su abuelo Álvaro estuviese vivo mandaría a Chava al pueblo para que le trajera azúcar cande, y le contaría cómo Chava estaba igualito desde que lo conoció hacía setenta años. Tenía mucho más de cien años Chava, y era amigo del abuelo y había sido esclavo del bisabuelo y nunca se iba a morir Chava. Para eso eran las fiestas que daban de noche en el barracón viejo, donde vivían los esclavos antes de la Guerra Grande, cuando se fueron a la manigua con el bisabuelo, contra España; para eso las gallinas blancas, los gallos degollados y los quilos prietos que aparecían incluso cuando Weyler decretó la reconcentración y se pasó más hambre que en tiempo de Machado; para eso los trapos rojos, la comida a los santos, el maíz quemado, el aguardiente de caña, el reclamo monótono de los tambores, la carne de chivo crudo y los güijes de ojos líquidos que salían de la laguna a espantar al ñeque; para eso, para que Chava no se muriera, porque ese negro tiene asunto con el diablo. Carlos escondería entonces la cabeza en el.


pecho de su abuelo y éste le diría que no, Chava era un negro decente y un negro decente no se metería nunca con un niño. Chava era un negro decente, había sido un buen mambí, y cuando terminó la Guerra Grande regresó a lo que quedaba de la finca a trabajar por la comida. Vio nacer al abuelo, lo enseñó a montar y a enlazar, a cazar y a sembrar, pero era respetuoso, no le enseñó nunca sus cosas de negro. Con Chava y con el bisabuelo se fue el abuelo a la manigua cuando la Guerra de Independencia, y estuvieron tres años peleando en la tropa de Máximo Gómez. A Carlos le gustaba que su abuelo pronunciara aquel nombre, Máximo Gómez, porque lo hacia con una voz profunda y orgullosa, y luego gritaba, «¡La tea, carajo, la tea!», al recordar los incendios inmensos que convirtieron en día la noche de la Isla, alegrándose como un niño que cabalga en un taburete mientras le contaba, jadeando, los combates feroces con que lucharon por una independencia tan canija. Entonces se ponía triste, el bisabuelo murió en la guerra de un disparo contra el que nada pudieron las yerbas de Chava.


Junto a Chava regresó el abuelo a lo que quedaba de lo que había quedado de la finca, un yerbazal abandonado, porque su madre y su hermana fueron reconcentradas en el pueblo, acusadas de alimentar bandoleros, y allí murieron de fiebres o de hambre. Si su abuelo Álvaro estuviese vivo le volverían a entrar ganas de irse a la guerra, lo montaría a caballo, y él gritaría, «¡La tea, carajo, la tea!», para que el abuelo se pusiera otra vez contento, picara espuelas y lo llevara al galope a través de los cañaverales incendiados de su memoria hasta la talanquera de lo que fue la casa señorial del Marqués de Santacecilia. Divisarían las paredes derruidas, siempre húmedas, tapizadas de un musgo mojado por las lágrimas de todas las mujeres y todas las hijas y todas las hijas de las hijas de la estirpe bendita del Marqués que lo perdió todo en la Guerra Grande, y volvió a pelear en la Chiquita y en la de Independencia, y juró todavía otra guerra contra la república canija, acabada de nacer, porque había demasiados muertos reclamándola. El caballo estaría.


intranquilo, sudoroso, y el abuelo lo haría tascar el freno prometiéndole a Don Antonio Santacecilia que alguna vez, carajo, los fuegos volverían a convertir la noche en día y entonces Cuba sería libre para siempre. Si el abuelo Álvaro estuviese vivo despertaría a Carlos frotándole el bigote en la mejilla, e indicándole con un dedo que se callara lo llevaría cargado hasta el patio, y en medio de aquella luz blanquísima que bajaba desde el cielo al jagüey y luego a su camisa, le diría, «Es la una, ahora mismo». Él se quedaría quieto mirando los encajes de luces y sombras, oyendo al abuelo decir, «Es luna de muerto», asombrado de que la luna de muerto fuera tan linda y la una tan radiante y sombría. Pero el abuelo no estaba, había muerto de calenturas, y la finca sin él era tan aburrida como una tarde de domingo. Carlos debía pasar allí las vacaciones porque su padre seguía ahorrando y trabajando como un endemoniado para comprar la nueva casa y los había dejado, a Jorge con tío Manolo y a él aquí, preguntándole por qué lloraba.


si siempre le había gustado la finca. Carlos intentó explicarle que quien le gustaba era el abuelo Álvaro, pero su padre se fue sin entender, dejándolo en aquellos potreros donde no pasaba nada. Extrañó La Habana, allá se divertía de lo lindo jugando a los Cowboys, a los Halcones Negros o a los Policías y Ladrones; allá podía hablar con Ángelo, el negrito que sabía cantos, cuentos y hacer muñecos para quemarlos vivos la noche de San Juan, el que llevó al barrio el murciélago y le explicó que era un Vampiro, un Chupasangre, un bicho que volaba de noche para morder el cuello de los blancos. Carlos lo creyó, y el Vampiro se instaló a vivir en sus pesadillas como un espanto cotidiano; pero ahora prefería aquel miedo a este aburrimiento y entendía por fin la respuesta de su padre y su tío cuando Chava les preguntó si pensaban volver a vivir en la finca. —Para finca, la calle Galiano —dijeron—, para pueblo de campo, La Habana, y para vianda, la carne de puerco. Chava quedó triste, murmurando que el niño.


Álvaro tenía la culpa por haber separado a sus hijos de la tierra, y Carlos no entendió por qué su padre se negaba a vivir en la finca, tan bonita, ni por qué Chava le decía niño al abuelo, tan viejo, encerrado en aquella caja gris de la que no se levantaría más, según le había dicho su madre. Se dijo que el abuelo estaba dormido y no muerto, y cuando lo condujeron a la sala se escurrió hacia el patio buscando aquella luz blanquísima en las ramas del jagüey. «Es la una», dijo. El abuelo no vino y él, volviendo al ataúd, se inclinó sobre su rostro dormido, murmurando, «Es la una, abuelo», pero ya Chava, a sus espaldas, lo alzaba en vilo para llevarlo al patio y sentarlo en sus piernas y dejarlo llorar. Se sintió mejor porque estar en las piernas de Chava era casi como estar con su abuelo. ¿Por qué no hablaba su abuelo? Chava miró a la blanquísima luna de muerto y le dijo que el alma del niño Álvaro se había ido al cielo de su Señor, desde donde vigilaría si el niño Carlos era bueno y patriota. Quiso hacerle muchas preguntas a Chava pero sólo pronunció una: —¿Los muertos vigilan?


—Vigilan —respondió Chava—, y estarán siempre vigilando porque los vivos traicionaron su sangre. Le gustó que su abuelo lo estuviera vigilando, cuidando, y deseó tocarlo como tocaba a Chava, que nunca se iba a morir, ¿verdad? Verdad, dijo Chava, un día se iba a ir como el niño Álvaro, pero sus dioses no eran del cielo sino de la tierra, y su espíritu renacería en un majá o en una seiba y desde allí vigilaría a los vivos como los estaba vigilando el niño Álvaro desde el cielo de su Señor. Chava se había ido, se había apagado poco después de la muerte del abuelo, y su espíritu sería una seiba o un majá, y el del abuelo una estrella o la luna, y Carlos se sentía perdido en aquella finca que su padre y su tío habían dado en arriendo a Pancho José, un guajiro que sólo tenía tiempo para el trabajo y que ahora roncaba como un bendito, mientras él luchaba por no sumirse en el sueño en cuyo fondo aleteaba el murciélago, que a pesar de todo se prendió de su sangre hasta que el ruido de una uña raspando la ventana lo devolvió a la luz.


Y allí estaba ella, con sus viejos zapatos de varón, su vestidito de color hervido, sus extraños ojos grises. Dijo llamarse Toña y venir de por ahí, quiso saber quiénes eran Saquiri el Malayo, Juana y Tarzán, si eran de La Habana, qué quería decir Kriga y Bundolo, para qué él arrastraba una piedra tan grande, por qué brincaba cantando, qué cantaba, de qué se reía tanto cuando estaba encaramado en el jagüey. Carlos no pudo evitar que una mezcla de rabia y vergüenza lo hiciera huir, dejándola con una nueva pregunta en la boca. Montó en Diablo y galopó despotricando contra la Estúpida de los Zapatos de Varón hasta llegar a los cañaverales, donde el deseo de verla comenzó a dolerle. Volvió grupas pensando respuestas para Toña, pero ella no estaba en el río. Empezó a recorrer la finca y sus alrededores, sintió que Diablo era muy lento y decidió tomar el Batimóvil, que hizo un enorme ¡ROARRR! antes de partir a escape desde la Baticueva. Anduvo todas las guardarrayas de los cañaverales, se atrevió a llegar hasta las ruinas de la casa del Marqués de Santacecilia, donde lo asaltó otra vez la nostalgia.


del abuelo, pero no encontró a Toña. Entonces se llenó de valor y arrostró el peligro de buscarla por cañaverales desconocidos, donde podían estar acechando soldados españoles. Estaba muy cansado cuando descubrió la enorme pesa de hierro al lado de la línea del tren, en medio de una explanada solitaria; una cadena batida por el viento golpeaba la estructura metálica del triste trasbordador vacío, y por primera vez entendió por qué los mayores llamaban tiempo muerto a aquellos largos meses sin zafra. Pensó mucho en los muertos durante las horas interminables en que Toña estuvo sin aparecer, y les pidió al abuelo Álvaro y a Chava que lo ayudaran a encontrarla. No lo hicieron, tal vez porque habían visto desde su vigilia cómo él le había pegado, y les prometió que la trataría como Supermán a Luisa Lane y aún mejor, porque Supermán engañaba a Luisa, al no revelarle su verdadera identidad, y él no iba a engañar nunca a Toña, sino a tratarla como Tarzán a Juana o como Rodolfo Villalobos a su novia. Sus muertos escucharon el ruego y la promesa, porque Toña.


apareció en el mismo lugar donde la había perdido, repitiendo sus preguntas y gestos con tal fidelidad que él no supo si el tiempo había pasado realmente o si sólo había soñado su castigo. No cesó de remover con un palito el fango de la orilla mientras Toña preguntaba, pero de pronto ella terminó y él no sabía cómo empezar. El discurso que había preparado se le enredaba en la mente, y sin embargo tenía que decir algo para que Toña dejara de mirarlo con cara de jueza. Habló sobre Tarzán y Juana, sobre Saquiri el Malayo y sobre Chava, sobre las cosas que le decía el abuelo y sobre lo grandes que eran la tierra y el mar; dijo que había muchas formas de andar en el mundo, batimóviles, barcos, aviones, submarinos y acorazados, había el África, el Oeste y la Estratósfera, pirañas, rinocerontes y dinosaurios, Tantor y Chita, Supermán y Rico Mac Pato, Tony Curtis de ojos verdes, Rock Hudson de ojos negros, Doris Day de ojos azules, y había gentes que no tenían ojos porque hablaban por radio y nada más se les veía la voz, como Rafles, el Ladrón de las Manos de Seda; había idiomas, el.


español que ellos hablaban, el inglés que se hablaba en las películas, y el idioma de los muñequitos que sólo se hablaba en los muñequitos, donde las cosas se rompían, ¡CRASH!, las máquinas corrían, ¡ROARR!, los terremotos destruían, ¡rumble rumble!, las pistolas disparaban, ¡BANG!, las ametralladoras rafagueaban, ¡RA-TA-TA-TA!, los tipos caían heridos, ¡ARRGH!, se ponían bravos,!GRRR!, lloraban, ¡SNIF SNIF!, y se dormían, Z-Z-Z soñando con un serrucho que cortaba un tronco para despertar ante niños africanos, negritos con huesos en la cabeza y la nariz, que decían ¡DUPA BUPA UMT TOTA! ¿Entendía? Ella negó, desconcertada, y él tuvo que contener un golpe de impaciencia para seguir explicando, en el mundo había Buenos y Malos, Supermán y Luthor, los Villalobos y Saquiri el Malayo, Mambises y Españoles. Podía pasar cualquier cosa, había que cuidarse y por eso él no se desprendía de su cuchilla. Sólo se podía estar confiado en el País de Nunca Jamás, pero en el mundo, no. Nadie sabía quién era nadie. Ella, por.


ejemplo, podría haber tenido kriptonita en los zapatos, por eso él se había defendido con la cuchilla, que ahora le iba a regalar, ¿por qué no la cogía? Toña no miró siquiera la cuchilla, fue él quien miró desconcertado aquellos ojos que seguían interrogándole, exigiéndole una respuesta que él ya no sabía cómo dar. Le preguntó si ella no iba mucho al cine. Toña continuó mirándolo en silencio, y él gritó, «!¿Nunca has leído muñequitos?!». Ella negó con la cabeza, asustada, y él volvió a contener su impaciencia recordando la promesa hecha al abuelo y a Chava, y la manera dulce en que Tarzán le explicaba las cosas a Juana. Recogió su palito y dibujó con mucha calma un cuadrado en el fango. Intentó pintar dentro a Supermán, pero nunca había sido bueno dibujando, así que tuvo que conformarse con unas rayas, una boca y un globo en el que escribió:


Bastante insatisfecho de su obra, dijo: —Ésos son muñequitos, ¿qué dice ahí? Ella intentó echar a correr, pero él la aguantó por un brazo y le habló suavemente. —No te vayas, ven, ¿no ves lo que dice ahí? Toña dijo que no con la cabeza y Carlos le sacudió los hombros gritando: —¿Tú no sabes leer, chica? Ella volvió a decir que no, y él la dejó ir porque esta vez no tuvo fuerzas para retenerla. No sabía leer. No era posible. Todo el mundo sabía leer, incluso Ángelo. ¿Cómo se podía vivir así, sin cine, sin radio y sin muñequitos? Había huido porque le daba pena, pero no debía avergonzarse con él, no se lo diría a nadie, lo juraba. La llamó varias veces y de pronto hizo.


silencio porque comprendió que ella sólo vendría cuando quisiera, y que él no podía hacer otra cosa que esperarla a la sombra del jagüey, pidiéndole perdón a sus muertos, explicándoles que no lo había hecho por malo, que se portaría bien si ella volvía. Llevaba tres días diciéndose que no merecía aquel castigo cuando vio la imagen de Toña reflejada en el agua y no se atrevió a volver la cabeza, por miedo a romper la ilusión, hasta que la tuvo al lado, preguntándole sobre el mar. Cerró los ojos para recordarlo y le dijo que el mar era de agua, un agua salada tan grande como todos los ríos del mundo. Era lindo, azul, azul prusia, azul turquí o verde, verde botella, verde esmeralda, verde limón o verde mar. Se ponía bravo con el viento y saltaba en unas olas grandes como dos o tres palmas. Era peor que los ríos crecidos, muchísimo peor, agarraba a los barcos y los partía, ¡KRAAK!, los hundía, ¡ZUM!, los barrídondea, ¡ZAS! Quedaban los náufragos, que mandaban mensajes en botellas desde islas lejanas donde vivían durante años sin agua ni comida, y no se.


morían porque al final el muchacho recibía el mensaje y los salvaba. El muchacho era el Bueno. En todas las películas había un muchacho que era fuerte y valiente y bueno y ganaba al final y se llevaba a la muchacha. Afrontaba todos los peligros de la tierra y del mar, que eran peores, porque en el mar había tiburones hasta de quince metros de largo con tres hileras de dientes envenenados que chocaban así, ¡CHASHHH!. Había ballenas capaces de tragarse un barco completo y dejar la tripulación viviendo en su barriga durante años, porque las ballenas echan un chorro de agua dulce por el lomo. Pero lo más importante del mar eran los tesoros, millones de cajas con monedas de oro y piedras preciosas que los piratas les habían robado a las flotas españolas. Había muchísimos piratas, los de las Molucas con sus cimitarras, el Pirata Hidalgo, igualito a Burt Lancaster, el Corsario Negro, que era una mujer disfrazada, y sobre todo Sir Francis de Sores, el Olonés, un pirata noruego nieto de Leif Erickson, hijo de Eriko el Rojo, hermano del rey Arturo, dueño de la espada Excalibur,


Caballero de la Mesa Redonda y jefe mayor y principal de los Vikingos. Al avistar a un enemigo en alta mar gritaba, «¡Baaarco a la vista! ¡Sueeelten la vela de mesanaaa! ¡Todo a babor, timonel, todo a babor!». Embestía al otro barco por el centro con el espolón de proa y ordenaba, «¡Al abordajeee!». Sus hombres saltaban como fieras sobre la cubierta del barco enemigo y lo destrozaban todo. El Olonés se batía siempre con el Capitán de los Malos, el otro con su espada y él con su garfio, ¡Shan sha shan!, batiéndose y batiéndose y batiéndose coñooo, amenazando al Malo, «¡Ríndete, canalla, o tu maldito cuerpo será pasto de los tiburones!». ¡Tatán tatán! Pero el otro seguía peleando y arrinconaba al Olonés junto al Castillo de Popa, gritando, «¡Ahora terminarán tus fechorías!». Parecía que el Bueno iba a morir, ya nada en el mundo podía salvarlo, coñooo, y entonces el Olonés ponía su pata de palo en el pecho del Malo, lo empujaba, «¡Ahhh!», se lanzaba sobre él, «¡irás al infierno, alimaña!», le clavaba el garfio en el cuello y el otro sufría, «¡Arrgh!», hasta que el Olonés lo alzaba en vilo y.


lo lanzaba a los tiburones para que no siguiera sufriendo. Era así, el barco del Olonés se podía batir con una flota, con un ejército y con el mundo entero. Contra todas las banderas menos con la del Buque Fantasma, que era un barco negro, grande como los que fondeaban en la bahía de La Habana y hasta más grande, y estaba a la vez en todos los mares y océanos, en el Pacífico, en el Atlántico y en el Canal de Panamá; en el Mar Rojo, en el Azul y el Amarillo; en el océano Glacial Ártico, en el lúgubre Mar Muerto y en el terrible Mar de los Zargazos. Llevaba consigo la tuberculosis y el beriberi, la lepra y el cólera, la sífilis y el escorbuto, y todos sus marineros estaban muertos desde siempre, y muertos manejaban el espantoso barco que era tan malo como el daño. Ella le dijo que no debería hablar así. El daño era distinto a todas las cosas. Más malo que todas las cosas, y estaba cerca, oyendo, en la laguna y en la siguaraya, en el rompesaragüey y en el abrecaminos, en el marabú y en el mastuerzo, en la seiba y en el galán de noche, en los toros cebúes y en las yeguas en celo que pastaban junto al.


cementerio, en las auras tiñosas y los gusanos que comían la carne de los muertos, en las flores y frutas, pájaros y yerbas, bestias y lugares del mundo aquel, lindo unas veces como el mismísimo Paraíso, y otras extraño y horrible como el fondo del Infierno, donde el que se atreviera a dar doce vueltas a una seiba a las doce de la noche sería convertido en un ánima en pena, condenada a vagar y a vagar por el borde de los cementerios. Carlos la miró entre aterrado e incrédulo, y ella le prometió llevarlo a ver el fuego eterno de las ánimas penitentes que se calcinaban en el camposanto, los jinetes sin cabeza que debían desandar eternamente los caminos, y los güijes, negritos cabezones que salían de los ríos saludando, «SALAM ALEKUM», a lo que había que responder, «ALEKUM SALAM» si uno no quería ser arrastrado a las profundidades para siempre. Carlos se le hizo difícil repetir aquella extraña jerigonza y se empeñó en que también se les podía responder, «¡DUPA BUPA UMT TOTA!», porque todos los negritos africanos hablaban así, y si ella.


insistía en decirle que no se atreviera a hablar así ante el güije, era porque no sabía leer. Él se atrevería a todo, le daría doce vueltas a la seiba a las doce de la noche y no le iba a pasar nada porque en el momento indicado gritaría, «¡SHAZAN!», para escapar volando de los espíritus. Toña echó a caminar de pronto y él la siguió en silencio y en silencio vagaron por las veredas de la finca. Carlos pensó que ella se dirigía a su casa, o a uno de los escondites donde solía refugiarse, pero se dio cuenta de que caminaban sin rumbo fijo. La invitó a montar en el Batimóvil y ella no quiso, pensó obligarla y se detuvo ante la posibilidad de que su viejo vestido hiciera un ¡RIIIIP! irremediable. Entonces vio al toro, un cebú de largos cuernos curvos que piafaba ante ellos. Se escondió detrás de Toña, que se echó a reír de sus sudores y del grito que dejó escapar cuando el toro lanzó aquel bramido aterrador y emprendió la carrera que él contempló espantado, esperando una cornada mortal, pero la bestia pasó junto a ellos en una polvoreda y él se volvió y descubrió la vaca que.


esperaba firme la embestida, y sintió un mareo ante la imagen de los animales humeando de sudor, como si la presencia de tanta fuerza lo hubiese debilitado de pronto, haciéndolo caer sobre la yerba donde sintió en el pecho el golpe brutal de la monta y el bramido, y la bárbara belleza de las bestias ayuntándose. De pronto todo fue otra vez tranquilo, y en medio de un silencio de animales que pastaban resonó altísima la risa de Toña, que le produjo rabia y le devolvió las fuerzas para pararse gritándole, «¡Bruta!», mientras ella seguía burlándose y él echaba a caminar, odiando a la Estúpida de los Zapatos de Varón con la que se encaró en el cruce de la guardarraya, «¡No sabes leer, bruta!», y de quien se alejó a toda carrera sin dejar de insultarla. Sentía vergüenza y ansiedad, curiosidad y rabia en aquella tierra donde los machos cabríos berreaban, los toros bramaban, los caballos relinchaban, corrían, saltaban enfurecidos provocándole aquel golpe de sangre en el rostro al ver a las chivas, las vacas, las yeguas esperando a.


sus machos con la misma ansiedad con que Evarista se abría para Pancho José en las madrugadas, emitiendo el jadeo ronco que él no quería escuchar ni dejar de escuchar. Se escondió en la casa deseando que Toña apareciera para castigarla con su indiferencia, y no respondió a los lamentos de Evarista, aquel muchacho la iba a matar del corazón, siempre perdido, ganas de que se lo llevaran, carajo. Pero Toña no apareció, y él se negó a almorzar y a comer, y Evarista lo obligó a tomar un cocimiento de yerbabuena diciéndole que padecía de pasión de ánimo. Agradeció que Pancho José le prohibiera volver a salir de la casa porque aquella decisión lo ayudaría a encontrar las fuerzas que le faltaban para mantener su plan. Sólo que Toña amaneció jugando a la pata coja junto a la ventana, más linda que el sol, con unas flores blancas en el pelo, silbando como un sinsonte para él. Tuvo que esperar a que Pancho José saliera para escaparse, pero entonces ella no estaba y la buscó por lugares lejanos diciéndose que no quería verla, e informándole a Dick Tracy por el radio-patrulla.


que se encontraba en una operación de rutina. La descubrió sentada junto a la laguna, de espaldas, y usó la telepatía para informarle a Dick que el objetivo estaba comiendo flores amarillas. Subió a una seiba para castigar a la caníbal con su indiferencia, y desde allí la vio peinarse en las aguas, la escuchó silbar como todos los pájaros del paraíso y ya no pudo resistir el tenerla tan lejos. Empezó a descolgarse, despacio y en silencio, para darle por lo menos un susto, pero ella dejó de silbar y dijo, sin volverse: —Esa rama se parte. El golpe fue en el hombro. Toña le empezó a desabrochar la camisa y él intentó impedirlo, porque se iba sintiendo como desnudo, pero ella dijo, «Quita», se puso a horcajadas sobre él y comenzó a frotarle el hombro con el fango húmedo y cálido de los bordes de la laguna, produciéndole una ebriedad animal e inaudita, un temor jubiloso y distinto, una sensación soberana de ser como los gallos, los toros, los caballos febriles de la sabana. Tendidos sobre la yerba, relajados, estuvieron.


mucho rato mirando el cielo hasta que Carlos le dijo que así mismo era el mar, ¿cómo era el daño? Ella no logró concretarlo en una imagen, en un muñeco, en una voz, y él le dijo que entonces el daño no existía. Toña se paró asustada, rogándole silencio, y Carlos le preguntó si acaso el daño sería como los muertos. Tampoco era como los muertos, respondió ella, el daño estaba en los muertos, sobre todo en algunos muertos, y era simplemente como el daño, por eso no se podía ver en cualquier momento sino cuando él quisiera, lo que sucedía a veces en noches estrelladas y tranquilas y otras en noches de tormenta. Para buscarlo había que tener valor y sentir respeto, ¿se atrevía a ir con ella al cementerio esa noche? Carlos sintió un escalofrío en la columna vertebral al decir sí, y lo volvió a sentir durante el día cada vez que recordó el compromiso, y lo sintió con mayor fuerza en la noche, cuando Toña arañó la madera de la ventana. Tuvo que repetirse varias veces que él era hombre-hombre-hombre y que hombre-hombre no toma sopa ni le tiene miedo al susto, para controlar los deseos de orinar y.


escaparse en silencio aprovechando el sueño de Pancho José. Lo confortó la luz blanquísima y le infundió valor el recuerdo del abuelo Álvaro, que estaría cuidándolo desde el mundo de los muertos. La luz se hizo espectral en la sabana abierta. Recortaba la silueta de los árboles, creaba extrañas sombras curvas, se hacía una cavidad sin borde para los imprevisibles ruidos de la noche. Carlos sintió que el valor lo abandonaba al llegar a la arboleda, y se apartó para aliviar al menos el dolor de la vejiga. Había comenzado a liberarse cuando Toña exclamó: —No se orina en la seiba. Desvió el chorro, avergonzado de que ella lo estuviera mirando y de haber profanado aquel árbol majestuoso donde quizá había reencarnado el espíritu de Chava. Pidió perdón antes de entrar en la arboleda, pero aún así sólo logró hacerlo después de tomar la mano de Toña y dejarse guiar como un ciego por aquella jungla donde las sobrecogedoras sombras de los árboles se cerraban sobre él como la muerte contra la que se deshizo su humilde intento de invocar a Tarzán. El.


Hombre-Mono no vino a ayudarlo, quedó refugiado en el fondo de su memoria, negado a salir a las sombras de una selva ajena, haciendo que el formidable ¡Tarmanganiii!, con el que pensó vencer el miedo, se convirtiera en el tímido tar tar tar de un triste tartamudo. En las guardarrayas de los cañaverales, donde el polvo aún conservaba las huellas del abuelo, se sintió más seguro. Llegó incluso a trotar sonriéndole a los espíritus del abuelo y de Chava, que estarían contentos de su valor, en el más allá, y continuó trotando por guardarrayas desconocidas hasta que lo sorprendió un caserío desvahído, impreciso, irreal en medio de la neblina lavada por la luna. Toña tomó por una callejuela, se detuvo junto a la tapia del cementerio y allí le dijo que si se atrevía a saltar, vería al daño en forma de fuego haciendo penar el alma de los muertos, y que si no se atrevía la esperara, ella volvería enseguida. La siguió por miedo a quedar solo, asombrado de la habilidad con que Toña salvó la tapia que él sintió húmeda, mojada, según ella, por el llanto de las ánimas malditas. Cayó junto a una.


tumba, volvió a sentir el súbito escalofrío que se convirtió en temblor al pisar la tierra de los muertos y que lo llevó al borde del pánico cuando descubrió, sobre el polvo, los fuegos lívidos donde se consumían para siempre los condenados. Quiso echar a correr pero Toña lo detuvo, y en el abrazo cayeron a tierra, y allí ella le rogó temblando que por favor no huyera porque, entonces, el daño los confundiría con los ladrones de tumbas, esos que robaban los dientes de oro de los cadáveres, y los condenaría a la tortura de las ánimas desdentadas; morder espinas hasta el fin de los tiempos. Soportó la visión del fuego por las almas del abuelo y de Chava hasta que Toña decidió que ya podían saludar al daño inclinando la cabeza, así, tres veces, y que ese gesto de respeto los autorizaba a irse. Cuando estuvo del otro lado de la tapia echó a correr como si escapara del demonio. Atravesó la noche de las guardarrayas y la arboleda sospechando que el daño lo acechaba en cada vuelta del camino, que se estaba condenando con aquella carrera enloquecida que.


no fue capaz de detener hasta refugiarse en su camastro. Pero allí también sintió miedo, algo vacío, irremediable, oscuro, de lo que no lograría escapar porque estaba en su alma como el daño en la de los muertos condenados, y fue sumiéndose en sudores, lágrimas, orines, hasta dormirse en medio de un charco de terror para soñar con el fuego blanco de los cementerios donde chillaba el murciélago de sus pesadillas. Se despertó a media mañana oyendo los eternos gruñidos de Evarista, tan grande y meándose en la cama, se lo acabaran de llevar, carajo, y fue a bañarse al Orinoco pensando encontrar a Toña. Los colores del campo le produjeron una alegría que decidió compartir con los Halcones Negros. Saludó al francés André, que asombrado como él ante tanta belleza no cesaba de repetir «Mondieu» mientras el sueco Olaf se reía del chino Chopchop, quien como siempre gimoteaba, «Día aciago». El chino era un sapo, no había que hacerle mucho caso, el día era verdaderamente formidable, perfecto para volar bajito sobre la suave sabana verde y la arboleda llena de jiquíes,


ébanos, majaguas, jagüeyes, seibas, donde descubrió de pronto el Laboratorio Secreto del malvado Doctor Strogloff. Era necesario actuar con rapidez y sangre fría. El malvado Doctor Strogloff era un genio del mal, trabajaba para una potencia asesina, semiasiática, que pretendía esclavizar a la humanidad chantajeándola con el ARMA PLUTÓNICA, una bomba que pondría al Mundo Libre a sus pies porque, de estallar, acabaría con todo. Como una muestra más de su ingenio, el malvado Doctor Strogloff había ubicado el Laboratorio Secreto en Occidente y amenazaba a la Civilización con borrarla del mapa si era descubierto. Por eso aquella misión tan riesgosa había sido encomendada a los Halcones Negros, únicos seres capaces de salvar al planeta. Nadie sabía si el malvado Doctor Strogloff había concluido su engendro satánico, de modo que el episodio anterior terminó con preguntas terribles, ¿logrará el malvado Doctor Strogloff sus siniestros propósitos?, ¿podrán los Halcones cortar las garras del mal?, ¿desaparecerá la Civilización de.


la faz de la tierra? Y ahora los Halcones se acercaban sigilosamente al Laboratorio Secreto del malvado Doctor Strogloff, protegido por una siniestra cohorte de esbirros tapados, vestidos de cuero negro, que golpeaban a un grupo de enflaquecidos esclavos condenados a trabajar en medio de ayes espantosos. Entretanto, el malvado Doctor Strogloff reía, «¡JA, JA, JA!», inclinado sobre la retorta donde estaba dando fin a su engendro fatídico. Quedaban sólo unos minutos para que muriera la Libertad sobre la tierra. «¡Esclavos!», reía el malvado Doctor Strogloff. «¡Todos serán esclavos!» Entonces fue cuando se escuchó el esperado grito salvador, «¡HALCOOONEEES!», y la heroica escuadra de Guardianes de la Libertad asaltó la guarida del Mal entablando desigual combate contra los sicarios rapados. El Halcón sabía que su verdadero enemigo era el malvado Doctor Strogloff, que vertía febrilmente líquidos diabólicos en la retorta, y se dirigió resueltamente hacia él. Pero un sanguinario oso amaestrado por el malvado Doctor Strogloff le salió al paso. ¡Era.


el guardián de la guardia! El Halcón comenzó a debatirse entre los mortales abrazos de la bestia. El malvado Doctor Strogloff apresuró su diabólica obra. Le quedaban segundos a la humanidad y el Halcón sólo podía sufrir, «¡ARGH!». Entonces descubrió la magra figura del bondadoso doctor Walter, y sonrió. ¡El bondadoso doctor Walter estaba vivo! Ahora lo entendía todo. El malvado Strogloff era un impostor. Había robado los conocimientos al bondadoso doctor Walter, que sufría amarrado a una tabla junto a la retorta. ¡Era necesario salvarlo! Pero aquel oso maldito lo impedía con su abrazo bestial. El malvado Strogloff puso en movimiento una sierra gigantesca, que avanzaba hacia el pecho del bondadoso doctor Walter, y gritó, «Por última vez, Walter, ¿qué elemento falta?». Sonó una música. La filosa hoja de acero continuó su avance inexorable. Parecía que el episodio iba a terminar con nuevas preguntas, ¿hablará el bondadoso doctor Walter?, ¿morirá el Halcón entre las garras del oso?, ¿logrará el malvado Strogloff hacer estallar el ARMA PLUTÓNICA?


Pero el bondadoso doctor Walter hizo gala de un extraordinario heroísmo: «¡Jamás te lo diré, canalla! ¡Mátame si así lo deseas!» Entonces el malvado Strogloff volvió a reír, «¡No! Eres demasiado valioso. ¡Mataré a tu hija, estúpido!». El Halcón lloró al verla. La bella hija del bondadoso doctor Walter había sufrido mucho a manos del malvado Strogloff. Llevaba unos zapatos de varón y un vestidito de color hervido. ¡La había esclavizado! El Halcón no pudo resistir tamaña injusticia. Escuchó a la doncella murmurar, «¡Oh padre mío, cuánto sufres! ¡Habla o moriré de dolor!», y le hirvió la sangre en las venas ante la bajeza del malvado Strogloff. ¡El bondadoso doctor Walter estaba a punto de hablar para ahorrarle sufrimientos a su bella hija! El Halcón sacó fuerzas de flaqueza y logró empujar lejos de sí al oso asesino un segundo antes de que el bondadoso doctor Walter revelara su precioso secreto. Entonces corrió a enfrentarse al malvado Strogloff. Le asestó un terrible golpe, ¡SOC!, otro, ¡POW!, atenazó el sucio cuello grasiento y lo colocó en el camino de la sierra, que hizo justicia.


cercenando la malvada cabeza. Entonces se volvió hacia la bella hija del bondadoso doctor Walter. —Hemos salvado al mundo —exclamó. La bella hija del bondadoso doctor Walter lo miró gravemente. —Chico, a mí a veces me parece que tú estás loco —dijo. Carlos se sentó en silencio sobre un tronco, sintiéndose triste como la desgracia. No se podía jugar con aquella Estúpida, nunca entendía nada. No era justo, le dijo, que él creyera en el daño y ella no creyera en los muñequitos. Toña se defendió, no sabía nada de los tales muñequitos, apenas lo había visto a él saltando como un loco y gritando unas veces con voz ronca y otras con voz de pito, como si estuviese poseído por espíritus distintos, ¿los muñequitos eran espíritus? Él sintió que la impaciencia lo carcomía y tuvo que con tenerse para responder que no, los muñequitos eran muñequitos como el daño era el daño. Toña le recordó que no debería compararlos, el daño era algo muy grande, los muñequitos no eran nada, y Carlos estalló de ira gritando que el daño sí era.


nada, un fueguito ahí que a lo mejor ella misma encendió con papeles viejos y hojas secas antes de llevarlo. Entonces sintió a Toña lejana, ajena, retadora, preguntándole si quería ver esa noche cómo el daño entraba en el ánima de un difunto haciéndolo desgraciado para siempre. Al responder que sí volvió a sentir un escalofrío en las vértebras y pensó en alguna enfermedad repentina que lo librara del compromiso. Pero en la noche, cuando escuchó el dedo de Toña raspando la ventana, sintió una curiosidad avasallante por conocer el final de aquel episodio, y salió al campo. Esta vez el miedo no provino sólo de la luna y las sombras, sino también del cuento que Toña le hacía en voz baja y entrecortada. Los ruidos que estaban oyendo eran las voces de los muertos dañados, a las que se uniría esta noche la de Fermín Préndez, degollado por José María Malo, en la gallera, con las mismas cuchillas de afeitar con que Fermín le trampeó a su giro las espuelas. Su hermano, el Nene Préndez, había matado de trece machetazos a Pepe María, y los iban a velar a la misma hora, y.


Toña aseguraba que si Fermín iba a levantarse esta noche de la caja, si iba a salir, si estaba condenado a andar siempre por el borde de los cementerios convertido en una llama y un lamento, era porque los Malo le habían echado el daño y el daño prende bien en las ánimas de los muertos tramposos. Carlos anduvo todo el tiempo en silencio, escuchando, con los ojos tan abiertos como los de Fermín cuando sintió el herrumbroso borde de la cuchilla en el cuello, y con aquellos ojos, hechos a la medida de los muertos que caminan, se escondió tras la seiba y miró el interior de la casa que fue de Fermín Préndez. Desde allí veía bien a las viejas llorando, a la mujer que colaba el café y lo repartía a los hombres, sentados en los taburetes alrededor del muerto, tranquilo en su basta caja de madera sin pulir, tan distinta a la del abuelo, que tenía cristal y todo. Poco a poco el miedo fue cediendo y Carlos aburriéndose, mientras Toña continuaba aferrada a los nudos de la seiba. Él estaba pensando sentarse y no mirar más, total, mentira todo, cuando Fermín Préndez se incorporó.


desde la nada en la caja y abrió los ojos con la mirada inagotable y sedienta de la muerte. Huyó del cadáver y de los gritos dando alaridos que le persiguieron incluso cuando le faltó el aire, porque Toña estaba gritando también mientras corría a su lado, gritando, rompiendo el lúgubre silencio con unos ayes desesperados a los que él respondía corriendo sin rumbo en medio de la noche poblada de ánimas en pena, jinetes sin cabeza, güijes, sombras de ahorcados meciéndose en las ramas de las seibas, fuegos perpetuos, daño a lo largo de aquella vereda desconocida que los condujo al socavón oscuro donde los muertos condenados a desandar las lomas reproducían sus voces por barrancos y torrenteras, obligándolos a gritar, a llorar y a volver a gritar en una lucha inútil por segar los alaridos nocturnos de la muerte que los estaba buscando con sus fuegos, llamándolos, cercándolos, obligándolos a unirse en un abrazo último en el que se gritaron al oído hasta quedar sordos, sin voz ni fuerzas para defenderse de aquel vacío irremediable en el que al fin cayeron.


Despertó en medio de un hervor infernal frente al rostro sudado de Evarista, que le aplicaba una compresa caliente en el cuello. Quiso gritar, pero sólo logró emitir un quejido ronco mientras Pancho José lo besaba como a quien regresa de la tumba. Respiró el calor del campesino y lo abrazó, llorando lentamente la resaca de su miedo. «Tranquilo», dijo Pancho José con el cariño con que le hablaba a sus bestias, ya todo había pasado, su padre vendría a buscarlo dentro de poco y lo llevaría al médico en La Habana, Dios sabía que por allí no había ninguno, pero se pondría bien gracias al Altísimo, si descansaba. Llevaba dos días hirviendo en fiebre, dijo Evarista, y le hizo beber un cocimiento de limón y miel de abejas, para que se durmiera con el estómago caliente. Fue un sueño larguísimo y diverso. Durante horas flotaba desmadejado en una especie de niebla tórrida, tras la que veía a Evarista afanándose con compresas, cocimientos y rezos al Señor por la salud del enfermo. En esos momentos deliraba, veía miles de cocacolas heladas en un inmenso tanque lleno de hielo frappé, esperando.


sólo que él lograra vencer las fiebres tenaces que lo hacían una sopa de calor bajo las mantas. Se desvanecía flotando en aquel caldo insoportable de sudores hirvientes para despertar horas después mordido por un frío punzante en los huesos. Volvía a dormirse y lo sorprendía el rostro del ánima de Fermín Préndez, incorporándose desde la nada, y la imagen de Toña huyendo de sus alaridos. Tres días después amaneció sin fiebres, despejado, y probó su voz preguntando por Toña. Pancho José lo mandó a callar, molesto; Evarista le pidió a Dios que se la llevara el Diablo; Pancho José le contó cómo había estado una noche entera buscándolo con los monteros, desesperado, hasta encontrarlo tirado en el socavón, tiritando junto a aquella perdida, a quien sólo lloraba un abuelo viejo; Evarista le reveló que había pasado todas las fiebres llamando a la desvergonzada que le había echado ajo en el alma nada menos que a él, hijo del patrón; Pancho José le hizo jurar que no diría nada a su padre sobre cómo entró el daño en el ánima de Fermín Préndez, ésas eran verdades de guajiros brutos como ellos, nadie más las entendía,


el patrón podría ponerse bravo y botarlos al camino, qué desgracia; Evarista le rogó que no hablara más nunca con Toña, porque esa niña sabía más que una vieja, y eso hacía daño. Carlos juró, prometió, tomó un hirviente caldo de gallina y salió a buscarla. Se sentía muy débil y agotó su memoria buscando un héroe que alguna vez hubiera estado enfermo, pero no encontró ninguno. Entristecido, se conformó con Supermán, que si bien nunca había estado enfermo, se sentía débil a cada rato, como ahora, por ejemplo, ante la kriptonita de que estaba hecha la finca. No podía usar la supervista, el superoído, ni siquiera volar, de modo que se puso los espejuelos porque en realidad era el estúpido de Clark Kent encaminándose lentamente hacia la redacción de El Planeta. Al ver a Luisa Lane las rodillas le temblaron como si también ella estuviese hecha de kriptonita. Se dejó caer mintiéndole que había estado enfermo, porque de revelarle el feroz combate sostenido contra Luthor, descubriría su verdadera identidad. Como siempre, Luisa se hizo la tonta y le preguntó si los bejucos que llevaba en.


la frente eran un remedio contra la fiebre. —Vamos, Luisa, soy Clark —respondió irritado —. Sabes demasiado bien que éstos son mis espejuelos. Toña lanzó una carcajada cristalina y Carlos no logró evitar que su debilidad le produjera un golpe de llanto. Estuvo mucho rato llorando a pesar de que ella le pidió varias veces perdón, le rogó que jugaran a los muñequitos y soportó en silencio las ofensas más brutales, bruta, rebruta, analfabeta, perdida, desvergonzada, vieja, que sólo terminaron cuando él quedó sin lágrimas y sin rencor. Entonces ella le volvió a rogar que jugaran a los muñequitos y él le explicó con una calma hecha de desesperanza que para eso había que saber leer. «Enséñame», pidió Toña, y Carlos sonrió al intuir que habían descubierto un juego fascinante. Tomó un palito y escribió sobre el fango MAMÁ. Le costó un rato convencerla de que aunque no tuviera mamá, había que empezar por ahí, porque abuelo viejo era muy complicado. Al principio tuvo que apelar a la memoria de Álvaro y de Chava para que le dieran paciencia, pero.


después de mucho insistir Toña pudo empezar a leer Mi mamá me ama, y él siguió en un temblor el esfuerzo de los músculos de su cara, la tensa concentración de sus ojos, el leve latido de sus labios, el llanto de su victoria al descifrar la frase. Tenía que premiar a su alumna y como no encontró nada mejor le regaló una guayaba que tomó del suelo. Comenzó a comer él también hasta que las semillas, metidas entre los dientes, le molestaron demasiado. Entonces dijo que era una bobería comer guayabas duras con semillas cuando se podía comer helado de guayaba que sabe a guayaba, es blando, está frío, no tiene cáscara y tampoco tiene semillas, ¿tú no crees? Toña tiró su guayaba al río y Carlos tuvo la certeza de haberse equivocado una vez más. Ella nunca había comido helados. Quedó en silencio mirando los centenares de guayabas regadas en el suelo, pensando que el suyo había sido en verdad un pobre premio para una alumna tan aplicada. Algo grande sería llevarla al cine del pueblo para proporcionarle la felicidad de mirar cara a cara a los héroes, e invitarla a comer helado de chocolate.


a la salida. Para eso le hacía falta dinero, se dijo registrándose los bolsillos vacíos. Volvió a pensar en el cine y de pronto gritó «¡Eureka!», recordando el anuncio que proyectaban en la pantalla del Maravillas: «Este teatro se limpia con insecticida Eureka». La solución estaba en las guayabas. Era tan fácil como llenar un saco y venderlas en el pueblo. Al principio Toña se entusiasmó con la idea, consiguió el saco y lo ayudó a llenarlo de guayabas; pero después, cuando él había logrado echárselo al hombro y le anticipaba lo buena que iba a estar la película, cuando, sin acordarse del trabajo que le había dado cargarlo, lo dejó caer para despedirse a lo Alan Ladd, Doris Day le dijo, «No te vayas». Sólo eso. No lloró. No opuso ninguna razón a las explicaciones de Alan hasta que él volvió a cargar el saco lleno del oro de la mina. Entonces le confesó llorando que ella cambiaría todos los helados y los cines del mundo por los helados y los cines que él era capaz de contarle, y Carlos sintió pena y deseó quedarse junto a Toña, pero como héroe tenía un problema.


gravísimo porque los héroes eran tipos duros, que no se ablandaban ante los ruegos de la muchacha. —Cuídate —le dijo—. Denunciaré la mina y volveré a buscarte. Recuerda que ahora somos ricos. Llegó al pueblo muerto de cansancio, porque los lingotes pesaban demasiado y en el camino, para comer, había tenido que matar a la maldita mula. Dio varias vueltas por las calles sin encontrar compradores para el oro. Sólo había bandidos que fingieron no interesarse en la mercancía, ocultando así su malvado designio de robarle. Lo peor era que no le quedaba ni una bala en el Winchester, de modo que decidió no entrar al Saloon a pesar de que sentía sed y hambre. Se sentó en la plaza y las campanadas de la iglesia le recordaron que estaba en un miserable pueblo de la frontera lleno de mejicanos asquerosos y pérfidos. Se sintió mejor al ver acercarse a un agente de la ley. —Hola, Sheriff —le dijo. Pero el maldito probó estar vendido al enemigo preguntándole qué llevaba en el saco. —Guayabas —le mintió.


El Sheriff revisó el cargamento, creyó el embuste, y le pidió nombre y dirección. Él decidió seguir engañándolo. —Carlos Pérez —dijo para hacerse pasar por mejicano, y le ocultó cuidadosamente que en la finca Dionisia había una mina de oro. —Acompáñame —le ordenó el Sheriff. Avanzó hacia la cárcel preocupado porque el tipo había descubierto su verdadera identidad y lo chantajeaba diciéndole que no entendía cómo un jovencito blanco, de buena familia, andaba en esa facha por el pueblo, ¿qué buscaba? Carlos se encogió de hombros y continuó caminando en silencio hasta que llegaron al Séptimo de Caballería. Se sintió orondo al penetrar al recinto de aquella tropa cubierta de gloria en las guerras contra indios y mejicanos. El Sheriff le entregó a dos números que montaban formidables caballos para que le condujeran a la Dionisia: —Cuídenme al muchacho. Sonrió porque incluso el Sheriff había reconocido que, a pesar de sus ropas, él era el muchacho, y lo ratificó ante el Séptimo de.


Caballería, al despedirlo. —¡Adiós, muchacho! Era un lindísimo final. No podía despreciarlo. Entonó una musiquita emocionante y al oírla, los miembros de su escolta sonrieron, como debe ocurrir antes de un buen The End. La película le había quedado chévere, pero ahora empezaba otra en la que debía conseguir dinero para llevar al cine a Toña, y no sabía cómo lograrlo estando prisionero de los dos españoles que trotaban en silencio por los campos de la Cuba insurrecta. Su situación era desesperada: el enemigo había localizado el hospital de sangre llamado en clave «La Dionisia» por los mambises, y allí había sólo heridos, mujeres y niños, que serían fácil presa de la vesania de Weyler en caso de ser sorprendidos. Lo más irritante era que le estaban usando a él, Teniente Coronel mambí Carlos Pérez Cifredo, para enmascarar sus innobles propósitos. Pero no se prestaría a la farsa, prefería la muerte a la ignominia. Había urdido un plan perfecto. Al aproximarse al hospital avisaría a gritos a los suyos, aunque eso.


le costara la vida. De modo que avanzó tranquilo por la guardarraya de aquel vasto cañaveral que había de ser presa de la tea justiciera, decidido a inmolarse en aras de la libertad como un verdadero mambí. Sólo que algo muy raro estaba pasando en el hospital. Había allí un viejo Ford que él conocía demasiado bien. Seguramente se trataba de la Intervención para imponer la república canija contra la que el Marqués de Santacecilia estaba llamando a la guerra. Desde la talanquera descubrió a Míster Leonardo Wood dando órdenes y se dijo que él no las acataría, para algo había combatido tan denodadamente por la libertad. Como era de esperar, los soldados españoles se plegaron a los deseos del advenedizo, que les gritaba horrores a los campesinos cubanos Evarista y Pancho José, por haber permitido que el muchacho se perdiera. Pero ni siquiera el hecho sensacional de que también Míster Wood reconociera que él era el muchacho logró rescatarlo de su tristeza. Presintió que llegaría al final sin cumplir su cometido, que se lo llevarían.


sin permitirle siquiera decir adiós a la muchacha, y se echó a llorar de rabia. —Los hombres no lloran. Vamos. No hizo caso de las palabras de su padre y lloró con más fuerza, gritando «¡Toña, Toña, Toña!» mientras lo arrastraban hacia el automóvil, que de pronto echó a andar saltando en los baches de la guardarraya, en medio de una gran nube de polvo.


2 Al quinto día de encierro su padre hizo traer un aparato para vencer el miedo. Venía enfundado en una especie de gamuza azul y debía ser muy delicado, porque José María no dejaba que nadie lo tocara. Carlos, Jorge y Josefa lo vieron arrodillarse como ante un altar, meter las manos bajo la gamuza para operar algún secreto mecanismo y ponerse de pie como un mago que mostrara el milagro de la pantalla iluminada, desde donde un señor muy elegante advertía: «¡Usted sí puede tener un Buick!» Se abrazaron, boquiabiertos ante la magia del primer televisor, y luego se fueron sentando sin separar los ojos de la maravilla que les permitía cambiar el miedo de la vida por el delicioso escalofrío de Tensión en el canal 6. Pero eso ocurrió después, cuando el terror campeó por su respeto en los alrededores de la nueva casa. Estaba situada en el Vedado, frente a un templo.


protestante en cuyo frontis se leía: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». En la calle, bordeada de parkisonias y flamboyanes, había jardines con príncipes negros y galanes de noche, y en ciertos meses del año, como aquél, la zona parecía estallar en un torbellino de colores. Detrás de la casa había una furnia, un cráter que se extendía a lo largo de la cuadra como una carie inexplicable en medio de la perfecta dentadura formada por las edificaciones del barrio. No les permitían bajar, y Carlos y Jorge pasaban horas mirando, acodados en la cerca que su padre había puesto en el patio por consejo de la Asociación de Propietarios y Vecinos. Desde allí veían poco, apenas los techos de yaguas o de zinc de alguna covacha, chivos, gallos, gatos y, a veces, gentes que jamás respondían a su saludo esperanzado. La madre protestaba, no les hablaran, los negros eran el diablo, ¿no oían cómo de noche sonaba el Bembé? Ellos jugaban a asustarla, «¡El Bembé, el Bembé, corre, que viene el Bembé!», y ella huía para reaparecer tras la ventana de la cocina con la sonrisa más bella de la tierra. Cuando escucharon.


por primera vez la palabra pensaron que el Bembé era una persona, un negro viejo y zarrapastroso, con muletas, rodeado de perros que le lamían las llagas, muy parecido al que salía de la furnia en las tardes, con una sucia lata en las manos sarmentosas, pidiendo comida. Sólo que el Bembé sería mucho más grande, inmenso, y sus perros le lamerían las pústulas con fuego, y la madre jamás se atrevería a compadecerlo, ni a darle limosnas ni sobras, ni mucho menos a decir que se parecía a San Lázaro. Desde el otro lado del patio veían las puertas del templo y el último tramo de la escalera por donde subían los fieles, hombres con trajes oscuros, mujeres con vestidos de cuello alto y muchos botones. Su madre tampoco los dejaba entrar al templo porque, aunque era de Dios, era de un Dios equivocado. Pero una vez lograron escurrirse hasta la puerta y allí escucharon sobrecogidos los formidables anatemas del pastor contra el pecado, y temblaron ante la idea del Juicio Final, y aprendieron que el Bembé no era un hombre sino el mismísimo espíritu de Satanás.


Desde entonces no hubo terror comparable al de las noches en que había culto en el Templo y el Bembé sonaba en lo profundo de la furnia. Abajo no había luz eléctrica, los negros iluminaban su fiesta con fuego, y ellos, desde la ventana, veían sombras deformes bailando entre las llamas. El miedo los obligaba a correr al cuarto del padre; allí, sintiéndose seguros, espiaban en un temblor por los postigos. Desde la calle llegaba el sonsonete histérico del templo, «¡Hay vida, hay vida, hay vida en Jesús!», desde la furnia subía el poderoso clamor de los santeros, «¡Shola Anguengue, Anguengue Shola!», y la madre, aterrada, rezaba y los obligaba a rezar, «¡Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores!», y el repiqueteo bronco de los tambores y el canto del Bembé luchaban en el aire de la noche contra la tensa plegaria protestante, y la imploración de la madre sonaba humilde y desvalida, y ellos la secundaban recordando la profecía terrible del pastor: los negros bailarían siempre entre las llamas y jamás se quemarían, porque eran el demonio, y un día subirían con su.


fuego por la ladera de la furnia para arrasar el mundo de los blancos, y eso sería el día del Juicio Final, y ay de aquel que no se hubiese arrepentido. Durante aquellas noches Carlos no dormía. La guerra entre el infierno voraz de la furnia y el cielo frenético del templo le producía un temor horrible y fascinante y hacía renacer miedos, misterios que creía resueltos y olvidados. Los fuegos de la furnia eran más rojos que los fuegos lívidos del daño, y el canto del Bembé, Shola Anguengue, ¿no era el mismo con el que Toña saludaba a los güijes para que no se la llevaran? Abajo habría murciélagos, güijes, daños y ánimas penitentes, y él luchaba por prolongar la vigilia porque el sueño era la cueva sombría donde las alimañas caerían sobre su alma, trayendo a Fermín Préndez desde el más allá para que lo aterrara con la mirada inagotable y sedienta de la muerte. Entonces recordaba con alivio la explicación que le dio su padre para ahuyentar las pesadillas cuando él no pudo más y le contó el suceso. Fermín Préndez no había vuelto del más allá, seguramente los Malo le pagaron a alguien para que le amarrara un cuje mojado de las piernas.


al pecho, y cuando el cuje se secó, fue encogiéndose e hizo que el pobre muerto se sentara en la caja. Eso era lo que habían visto él y aquella niña, ¿entendía?, ¿sí?, pues entonces a dormir como un hombre, que los muertos no salen. El miedo fue desapareciendo, Carlos llegó a pensar que se había ido e incluso logró contarle a Jorge la verdadera historia del muerto que se sentaba. Pero en la nueva casa descubrió que el miedo estaba durmiendo en su alma, que los cantos del Culto y los fuegos del Bembé lo atraían y que la explicación de su padre no lograba alejarlo. Entonces se refugiaba en el abuelo Álvaro y en Chava, que estarían cuidándolo desde la muerte, Chava en la tierra junto a los negros y el fuego, su abuelo en el cielo sobre los blancos y el templo, y se dormía prometiéndoles ser bueno y patriota, diciéndose que Fermín Préndez no podría aparecérsele si él cumplía con sus muertos. En las mañanas, felices y claras, el templo amanecía abierto. Lo limpiaba una negra peleona. Les gustaba otear desde la acera la nave de paredes blancas con dos simples cruces de.


madera. Dentro, el aire era levemente rosado por el efecto de los vitrales, las parkisonias y los flamboyanes rojos atravesados por el sol. Sobre la puerta, la leyenda que se habituaron a repetir llamaba a la calma: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Pero el fondo de la furnia seguía siendo un misterio. Por eso saltaron de alegría y de miedo el día de Nochebuena, cuando el tío Manolo los invitó a bajar. Había venido con toda la familia a la comelata que su hermano organizaba para celebrar la adquisición de la nueva casa y el nacimiento de nuestro señor Jesucristo, y llevaba horas burlándose de los temores de su cuñada, quien no cesaba de advertir que esa noche habría Culto y Bembé y que la comida familiar sería un desastre. Para ellos, el barrio era mucho mejor ahora porque Pablo se había mudado cerca, y Pablo sabía tanto de trucos como el negrito Ángelo, y ninguna fiesta podía quedar mala si estaba Pablo. Las parkisonias habían comenzado a perder sus flores y los flamboyanes sus hojas, pero había flores de Pascua y un gran árbol de Navidad lleno.


de bolas y guirnaldas de colores. En la base tenía un Nacimiento con pesebre y niño Jesús, mucho algodón que era la nieve, e hileras de cabello de ángel que eran el hielo y la escarcha. En la punta, con un bombillito, brillaba serena la estrella de Belén. Bajaron a la furnia temprano, con su primo Julián, pegados a los talones del tío Manolo. Arriba, en el patio, quedó la prima Rosalina, llorando. De pronto, el paisaje empezó a transformarse. El sendero culebreaba, la casa se perdía de vista y sólo se divisaba en lo alto la cruz del templo. El trillo estaba rodeado de guizasos que se prendían a las medias y de matas de aroma con espinas blancas como púas. Bajo los escuálidos arbustos se veían, a veces, rocas que en otros tiempos fueron muy trabajadas por el mar, llenas de oquedades. Carlos sintió que el miedo lo invadía y comenzó a cantar en voz muy baja: Esta noche es Nochebuena vamos al bosque, hermanito.


El villancico le produjo una calma inefable, pero su tío lo mandó a callar. Tenía un aspecto algo bestial Manolo, había sido matarife y conservaba la fiereza y el cuchillo matavacas de la profesión. Era alto, con una panza llena, según él, de cerveza, y sus brazos eran musculosos como los cuartos traseros de un toro. El padre se los ponía siempre de ejemplo: se fijaran, de matarife a dueño de matadero, para él no había negocio que tuviera secretos. Cuando llegaron al extremo de la furnia, Carlos y Jorge se ocultaron tras su espalda. Manolo se volvió rugiendo, ¿eran hombres o ratones?, como siguieran con pendejadas iba a buscar dos negritos para que les partieran las narices, aprendieran con Julián, que sí era macho. Carlos pensó que Julián era más grande y, sobre todo, que ni él ni el tío Manolo habían oído nunca el Bembé y no sabían que estaban en casa del demonio. El caserío, hecho de latas herrumbrosas, maderas podridas, pasquines electorales y yaguas, tenía una vaga forma semicircular. En el centro había candela en.


un fogón de leña. Carlos se acercó, fascinado, seguro de que era allí donde bailaban las siniestras sombras de la noche. El platanal estaba metido tras las casas. —Allí cagan —dijo Manolo. A la izquierda había una punta de yuca y varios animales. No se veía un alma. Manolo dio unos pasos hacia el fogón y gritó: —¡Ey, la gente! Se escuchó un ruido. Al volverse, alcanzaron a ver a un negrito desnudo que huía hacia una covacha. «Tiene más miedo que ustedes», rió Manolo. Carlos pensó que era verdad: los ojos del niño estaban desorbitados, rojizos. Se atrevió a acercarse al fogón; en el caldero renegrido sólo había agua hirviendo. Volvió a oír ruido. Una negra gorda, vestida de blanco, salió al claro rascándose la cabeza. Detrás salió otra, más joven, arrastrando el bastidor de un camastro. —Buenos días tengan sus mercés —dijo la vieja. —Buenos —repitió Manolo. La joven avanzó hacia el fogón. Carlos fue a unirse a Jorge sin dejar de mirarla. Estaba.


descalza, con un pañuelo amarillo en la cabeza y la piel llena de pústulas, como el viejo de la lata. Comenzó a regar el bastidor con agua del caldero y se produjo un sonido crepitante sobre los alambres. Un muchacho llegó al claro, jugando con un chivo. —¿Muchas chinches? —preguntó Manolo. —Muchas —dijo la joven. El muchacho emprendió una carrera y saltó por sobre el chivo limpiamente, apoyándose apenas en la mano izquierda. —¡A la cholandengue! —exclamó Jorge. La vieja se volvió, asombrada: —¿Niño blanco hablando lengua? Manolo, molesto, se dirigió a Julián: —Salta —le ordenó. Julián se escupió las manos e hizo unas flexiones. Era más grande y más fuerte que el otro, y por eso mismo más pesado. Echó a correr hacia el chivo y saltó por el costado apoyando las manos sobre el lomo. Rojo de orgullo, regresó junto a Manolo, que le frotó jovialmente el pelo.


El chivo había empezado a trotar hacia una covacha con puerta de doble batiente: el derecho construido con un herrumbroso anuncio de CocaCola, la pausa que refresca, y el izquierdo con pasquines electorales, desteñidos por el sol y las lluvias. —¿Tienen toque hoy? —preguntó Manolo. —Es el día del Señor —dijo la vieja. Carlos la miró, extrañado por la respuesta. En la puerta de la covacha el muchacho luchaba por sacar al chivo. —Como rompas el radio, te quemo los ojos — dijo la joven. Carlos se volvió hacia el muchacho, que echó a correr de nuevo y saltó sobre el animal sin tocarlo, como un gato. —¡A la cholandengue! —gritó Jorge. —Verás lo que es ser macho, carajo —dijo Manolo—. Julián —ordenó—: ¡salta! Julián volvió a escupirse la palma de las manos, tomó distancia, emprendió una carrera indecisa. En el punto en que el otro había iniciado su cabriola perdió velocidad, no intentó el salto y se.


detuvo jadeando frente al animal. La vieja abanicó al aire con las manos. —Es que tienes zapatos —dijo. —Y éste anda encuero y es un panperdío — murmuró la joven. —¡Salta! —ordenó Manolo. La orden fue tan tajante que no hubo más comentarios. Julián se persignó antes de escupirse. Echó a correr con los ojos cerrados, saltó antes de tiempo, sus pies tropezaron con el lomo del chivo y cayó de bruces sobre un orinal herrumbroso que había en el suelo. El animal, asustado, giró en redondo. Julián se incorporó llorando, con los pantalones desgarrados en las rodillas y una herida sobre la ceja izquierda, y se dirigió hacia el lugar donde había dejado a su padre. Pero Manolo ya no estaba allí. Desde el momento mismo de la caída había comenzado a moverse taimadamente hacia el animal. Ahora lo tenía acorralado frente a la covacha y le hablaba despacio, como a un perro. El chivo, calmado, lo dejó llegar. Manolo le pasó la mano derecha por el lomo, le colocó la izquierda junto a los ojos y el.


chivo le lamió los dedos mientras la mano derecha pasaba del lomo a la cabeza, la izquierda de la lengua al matavacas, y ellos apenas tenían tiempo de unir su grito al berrido último del chivo, que cayó degollado. Carlos se aferró a las faldas de la negra como si no pudiera resistir la mirada dulcísima del animal, ni el chorro de sangre que le brotaba del cuello, ni la suave caída de sus patas delanteras en el charco viscoso que ya se formaba en la tierra. El muchacho corrió hacia Manolo y comenzó a golpearlo violentamente en el vientre. La joven desapareció dando gritos. En segundos, decenas de hombres y mujeres salieron de las covachas, comenzaron a rodearlos en medio de una gritería endemoniada. Manolo, en el centro, resistía los golpes riendo. Cuando el círculo empezó a cerrarse, tiró el cuchillo ensangrentado al agua hirviente del caldero y gritó, «¿Cuánto?». Redobló la fuerza de su risa al sacar un rollo de billetes del bolsillo. El avance se detuvo para no reanudarse más, y Carlos emprendió corriendo el camino de regreso, solo, seguro de que el odio feroz de la.


mirada del muchacho y el odio y la codicia de las miradas de los otros estallarían en el Bembé de la noche del Señor para arrasar el mundo de los blancos. Manolo regresó de buen humor, contando a carcajadas su hazaña. Carlos, la curiosidad pudo más que el miedo y que el asco se arrastró hasta la sala para escucharlo. Su madre, la tía Carmelina y la tía Ernesta se enredaron en una discusión mientras curaban a Julián y mandaban a callar a la prima Rosalina, que no paraba de burlarse. Jorge vino también y se sentó junto a su padre, que escuchaba embobado. Manolo se limpiaba las uñas con la punta del matavacas y hablaba sin parar; si José María hubiera visto, los paró con dinero, les compró el chivo, luego les pagó para que lo adobaran; por la noche, además de puerco, comerían un buen chilindrón. Si José María hubiera visto, se babeaban con los billetes, les hacía falta dinero a esos negros, ¿qué le parecía prestarles, eh?, ¿al garrote, eh?, ¿al 20 por 100, eh? José María clamó por dos cervezas, ¿no sería.


muy arriesgado? Manolo lanzó una carcajada al agarrar su botella, bebió la mitad de un golpe, ¿creía que había ido a pasear allá abajo?, se limpió los labios con el dorso de la mano e hizo espacio para que Julián se sentara a su lado, si José María hubiera visto, hasta radio tenían esos negros, ¿pensaba pasarse la vida con su sueldo de cigarrero?, un sueldo, aunque fuera bueno, era un sueldo, ¿por qué no se decidía?, ¿iban al 50 por 100, eh?, ¿empezaban con doscientos pesos de capital, cien cada uno? José María bebió su cerveza y gritó por otras dos, ¿qué carajo pasaba en aquella casa?, luego apartó a Jorge, se echó hacia adelante, ¿y si se negaban a pagar?, ¿si querían darles la brava?, ¿quién les cobraba a esos negros? Manolo golpeó los muslos de Julián y se palpó el cuchillo, él era hombre a todo, José María, tenía un matavacas que también podía ser un matanegros, tenía un matadero chiquito, con algunos empleados bravos, y en un final la policía estaba para algo, ¿no? José María empezó a sonreír, bebió más cerveza y chocó botellas con Manolo, ¿veían?, aprendieran, tío era un bicho,


así, del aire, le había inventado un negocio. Los de la furnia subieron el chivo al filo de las siete. Carlos y Jorge, ansiosos y aterrados, se habían pasado la tarde contándoles a Pablo y Rosalina sus peripecias, asociadas a las profecías del pastor. Ahora, la imagen de aquella hilera de negros trayendo al chivo en una parihuela, sobre grandes hojas de plátano, era para ellos como una procesión o un entierro. Un entierro raro, porque los negros venían cantando. Desde que logró distinguir las primeras caras, Carlos supo que no había llegado aún la hora de la venganza. Eran alegres, amistosas, y parecía un prodigio que el chivo no se despeñara ladera abajo con los saltos. Al entrar al patio los negros hicieron silencio, colocaron la parihuela en el suelo como una ofrenda, se retiraron hasta la cerca, respetuosos. Carlos se acercó a observarlos. Aquella expresión de azoro en los ojos, ¿sería miedo? Manolo se metió entre ellos con tres botellas de ron en las manos. Tomó de una, al pico, las entregó después a los recién llegados, y empezó a arrancar y repartir trozos de carne, a mano limpia,


exclamando, «Arriba, caballeros, chivo que rompe tambor con su pellejo paga». Entonces José María se unió al grupo y aquello fue una fiesta. Las mujeres se mantuvieron aparte, dentro de la casa. Sólo la prima Rosalina se quedó espiando por los postigos desde donde Carlos y Jorge solían ver el fuego del Bembé ardiendo en el vientre de la noche. Ellos se negaron a probar carne de chivo, pero bebieron cerveza, comieron puerco frito y advirtieron que el azoro iba desapareciendo de la mirada de los negros, que de pronto empezaron a hablar de dinero e intereses con Manolo y con José María. Los planes debían ir bien porque hubo risas, abrazos, brindis, hasta que los invitados dijeron que se iban, que se hacía tarde y abajo tenían toque. Manolo les pidió que cantaran algo antes, en castilla, no en lengua, para no quedarse en blanco, y ellos que abairimo, cantarían por el camino, pusieran oreja los fiñes, el guaguancó iba a ser un regalo para ellos. Partieron barranca abajo quinteando en las botellas, con la cabeza del chivo delante, como un estandarte. Carlos, Jorge y Julián pegaron las caras a la.


cerca y muy pronto ascendió desde la furnia un canto que hablaba de sus personajes más queridos: Y esto es lo último, esto es lo último en los muñequitos. Anita, la huerfanita. Jorge el piloto, llamado Manteca. Andamos buscando al Fantasma y ahora viene Dick Tracy para investigar. Había entrado otra vez el quinteo cristalino de las monedas sobre las botellas cuando su padre y su tío los llevaron al cuarto. Aquello que habían visto era un negocio de hombres, pero los blancos no se debían reunir con negros, si no era para eso, nunca. Carlos y Jorge sabían lo que decía el pastor: los negros eran el demonio. Nunca, jamás, los querían ver jugando con negritos, era una vergüenza que en un barrio como aquél hubiera esa furnia, El padre terminó su sermón y su botella.


Abajo, el guaguancó volvió a sonar, lejano: Y esto es lo último, esto es lo último en los muñequitos. Se interrumpió para dar paso al inconfundible sonido de los tambores que anunciaban el toque. Carlos se asomó a los postigos y vio encenderse las primeras antorchas y recordó la mirada dulcísima del chivo, sus cuencas vacías sobre la parihuela y el fervor con que los negros se habían llevado la cabeza, y pensó que en aquel negocio incomprensible había misterio. Entonces el preámbulo del toque dejó de escucharse porque Carmelina puso el tocadiscos y la voz de Barbarito Diez llenó la casa: Virgen de Regla, compadécete de mí, de mí.


Ernesta llamó a comer en la mesa grande, con dos tablas auxiliares para que cupieran el lechón, el chivo, el arroz, los frijoles negros, la yuca con mojo, los rabanitos y la cerveza. Se sentaron con el final del danzón, y en el tiempo que duraron seis canciones Manolo se comió un cuarto de lechón y otro de chivo, se bebió quince cervezas, y ahora bailaba con su mujer, cantando: Ay, a llorar a Papá Montero ¡zumba! canalla y rumbero. Siguieron canciones de Barbarito y la orquesta de Antonio María Romeu, apenas interrumpidas por una visita de la familia de Pablo, que vino a ponerse de acuerdo para ir juntos a la Misa del Gallo. Manolo bailaba con Carmelina, José María con Josefa, y Ernesta no bailaba porque era viuda, pero dejaba bailar a Rosalina con los muchachos, que también lo hacían solos, rodeando y.


empujando a todo el que bailara con la prima. No los dejaban tomar ron, pero cerveza sí, toda la que quisieran, y se fueron alegrando, mareando, emborrachando, sin darse cuenta de que en el templo había empezado el Culto y en el fondo de la furnia resonaba muy alto el fuego del Bembé. Cerca de las doce estaban todos abrazados, coreando en medio de la sala: Y si vas al Cobre quiero que me traigas una virgencita de la Caridad. Entonces fue cuando el claxon sonó insistente en la calle y los mayores salieron, sin dejar de cantar, para ir a la Misa del Gallo. La madre no se fue sin hacerles una retahíla de recomendaciones, cerraran bien las puertas, apagaran las luces, no se pusieran a mirar por las ventanas, no tomaran más cerveza, se acostaran a dormir enseguida. Manolo.


gritó desde el portal, estaba bueno ya, Josefa, ¿acaso no eran hombres y mujeres? El claxon volvió a sonar y la madre se persignó antes de cerrar la puerta de la calle. La señal de la cruz y el golpe de la puerta tuvieron algo de misterio porque de inmediato, sobre el silencio profundo de la sala, entró el rugido enemigo de los cantos del templo y de la furnia, y con ellos el miedo. Decidieron acostarse enseguida, con la esperanza de que el vértigo del alcohol y del baile los hiciera sumirse en el sopor, huir de la amenaza del castigo y del fuego. Julián fue con ellos, Rosalina se dirigió al cuarto de criados. En cuanto se quitaron las ropas y pegaron las cabezas a la almohada se dieron cuenta de que dormir era imposible. El techo cobraba un vertiginoso movimiento circular, parecía que iba a estallarles en la cara. En el espejo de la cómoda se reflejaban las llamas del Bembé. Afuera, Rosalina golpeaba febrilmente la puerta. Carlos buscó el pantalón, pero ya Julián había abierto y Rosalina corrió a zambullirse con ellos en la cama. Temblaba como una poseída,


aseguraba haber visto una sombra, la sombra de un hombre inmenso, con alas, que quería mecerse en su cuarto. Jorge le indicó las luces reflejadas en el espejo, eran la candela de los ojos del diablo. Rosalina dio un grito, espantada, y durante un segundo logró alejar la guerra de cantos en la noche del Señor. Pero las músicas volvieron enseguida, «¡Shola Anguengue, Anguengue Shola!», «¡Hay vida, hay vida, hay vida en Jesús!», y Jorge siguió diciendo que eran las voces del Diablo y de Dios, el anuncio de que vendrían juntos a cobrar con sangre la muerte del chivo. Entonces fue Julián quien gritó, mientras Jorge seguía diciendo se fijaran cómo crecían y crecían los ojos del diablo en el espejo. Carlos sintió de pronto un calor húmedo, pensó en la sangre saliendo a borbotones y en la mirada dulcísima del chivo, y dio también un grito desgarrado. Pero no era sangre. Hubo sólo un siseo, un alarido de Jorge; Rosalina se estaba orinando. Había quedado estupefacta, mirando el líquido fluir a través de su pantaloncito hasta formar un breve charco dorado entre sus piernas abiertas.


Todos sintieron dolorosos deseos de orinar y decidieron ir juntos al baño. Rosalina no quiso esperarlos tras la puerta. Dentro, se volvió de espaldas a ellos, que comenzaron a orinar a la vez, ruidosamente, con mucha espuma. Jorge les susurró que se fijaran, Rosalina estaba mirando. No lograron saber si era cierto; aunque tenía el rostro vuelto hacia ellos, su mirada era irreal, perdida, el color de su piel bilioso, y su mandíbula inferior se abrió de pronto hacia adelante en una arqueada que apenas logró dirigir sobre el lavabo. Quedó muy débil después del vómito, lívida, y tuvieron que llevarla hasta el cuarto cargada, como los negros al chivo. Julián dijo que necesitaba aire, abrió la ventana y un chorro de luces proyectó en el espejo un verdadero incendio atizado por el canto del Bembé y por la letanía del templo, que retumbaron en la habitación como si voces y tambores estuvieran debajo de la cama. Jorge cambió la sábana y reinició su historia, transfigurado; ahora vendría el final, ya los ojos del diablo en el espejo eran casi del tamaño de los ojos del Diablo, la prima Rosalina necesitaba aire,


aire. Comenzó a zafarle la blusa del piyama mientras ella lo ayudaba entre espasmos repitiendo, «Aire, aire». Carlos miró abismado los pechitos, los oscuros pezones de Rosalina y el modo obsesivo con que Jorge los sobaba mientras Rosalina se revolvía jadeando, dejándose hacer, buscando algo con la mano crispada hasta que halló la de Julián que estaba metida entre sus piernas. Carlos saltó de la cama. Se pegó a la pared y sintió que ésta vibraba con cada golpe de tambor. Entonces comenzó a rezar, estaba asistiendo a la forma suprema del pecado, debía tener ya el daño adentro porque dejó que su voz recorriera implorante la gama de oraciones de todos los cielos e infiernos, «¡Dios te salve María hay vida en Jesús Anguengue Shola!». Debía tener ya el daño adentro porque obedeció dócilmente al grito de Jorge, todos tenían que tocar, todos tenían que tocar el camino de la verdad y de la vida, todos tenían que tocarle la cholandengue a la prima Rosalina. Cuando comenzó estaba ansioso, la prima Rosalina tenía los pechos tensos y duros, y.


jadeaba, «¡Ay Dios mío, ay Dios mío, ay Dios mío!, ¿qué es esto, Dios mío?». Debía tener ya el daño adentro porque los cantos se le mezclaron de una forma nueva en los oídos, «Hay vida Shola hay vida Anguengue hay vida Anguengue Shola en Jesús!». La prima Rosalina se arqueaba al ritmo del tambor y de los cantos, y en sus ojos se reflejaban las llamas del espejo con una felicidad fiera y total, diabólica, y Carlos no pudo resistir la tentación de llevar la mano a aquella cholandengue ardiente, húmeda, ni de gritar su canto cruzado, que se mezcló en el aire con el jadeo de Rosalina, «¡Ay Dios hay vida Shola ay Dios mío hay vida Anguengue ay Dios ¿qué es esto Anguengue? hay vida Shola en Jesús Dios mío!», y vibró durante un segundo en la noche del Señor, como el alegato último de un condenado en el día del Juicio Final. No se produjo ningún castigo. Rosalina, sola, sollozante, se dirigió al cuarto de criados sin aceptar ayuda, a pesar de que el Culto y el Bembé seguían sonando. Carlos miró durante largo rato los ojos del diablo en el espejo y al ver que no crecían y que por la ladera de la furnia no subían.


el fuego ni los negros, se durmió, rendido de cansancio, antes de que llegaran sus padres. Desde entonces fue dejando de creer en las terribles profecías del pastor. Los negros que negociaban con su padre se hicieron una presencia casi permanente en el patio del fondo; a veces, cuando José María estaba de buenas, Carlos les pedía que cantaran el guaguancó de los muñequitos. «A la cholandengue» se convirtió en una frase ritual para los niños blancos del barrio; dejar libre el manubrio de la bicicleta en una pendiente, dar un fuerte batazo en el béisbol, sacar buena nota en un examen, todo era actuar a la cholandengue. Sólo en las noches en que coincidían el Bembé y el Culto volvía algo del antiguo temor, mezclado cada vez más con el turbio placer de evocar la noche de la prima Rosalina. Y cuando el fuego atávico del miedo se avivó de pronto con la fuerza avasallante de los primeros días, hubo, al menos, cuatro causas para explicar el cambio. Una tenía que ver con los objetos de oro que los negros comenzaron a entregar a su.


padre en pago de los préstamos: cadenas, relojes, sortijas, manillas, medallas talladas con nombres y extraños símbolos mágicos. A Carlos le gustaba mirarlos, amontonados en la gaveta superior del escaparate; las piedras —rubíes, aguamarinas— cruzaban sus reflejos azules y púrpuras, los relojes marcaban cualquier hora, los pulsos y cadenas enviaban un mensaje de amor ya para nadie, los amuletos, las medallas de santos, ¿conservarían algún poder allí, encerrados? La terrible respuesta les fue dada por su madre el día en que Jorge, para alardear, salió a la calle con un cadenón y una sortija con un rubí engastado. Josefa sufrió una crisis de llanto, se los arrancó del cuello y de los dedos, y por primera y única vez en su vida se atrevió a levantarle la voz a su marido. Se los iban a matar, José María, le iban a matar a los hijos, y él tendría la culpa, ¿acaso no conocía a los negros? ¿Acaso no sabía que esas piedras y ese oro eran de brujos? Se estaba dedicando a oficios de pecar, robándoles, y ese oficio se pagaba caro. El día menos pensado iban a entrar, borrachos, por el patio, para degollarlos a.


todos y volverse a llevar sus santos y su oro y sus piedras embrujadas; o iban a secuestrar a uno de los niños en la calle y lo iban a arrastrar, allá, al fondo de la furnia, para matarlos en noche de Bembé; o le iban a hacer un amarre a una prenda y entonces tendrían al Diablo metido en la casa, sin saberlo. José María sudó frío esa mañana, pudieron verle el miedo reflejado en el rostro. Después de una violenta discusión con Manolo, las piedras desaparecieron de la casa, los negros no volvieron más al patio. Pero no abandonó el negocio, daba mucha plata, les explicó, así que había conseguido un localcito y un empleado, nada tenían que temer, lo hacía por ellos, por el futuro de ellos, porque pudieran ingresar en la universidad el día de mañana. La madre pareció resignarse, pero no tardó en anunciar que iba a despedir a la criada, una mujer negra y laboriosa como una hormiga, con un extraño dije de hierro atado al tobillo del pie izquierdo. Se llamaba Mercedes y había empezado a trabajar sin sueldo para rescatar un cadenón y una medalla de la Virgen de la Caridad.


empeñados por su marido. Se quedó porque trabajaba mucho y bien, y porque sólo pidió a cambio las sobras de la comida para ella y sus cuatro hijos, alguna ropa vieja de los muchachos, nada más, y cualquier cosa que a José María se le ocurriera regalarle a fin de mes. Llegó a hacerlo todo en la casa, por nada, y si la madre decidió despedirla, aunque llorando por los hijos de Mercedes, fue debido a que la negra había sido otra de las causas del renacimiento del miedo. Carlos cobró una abismal sensación de culpa en esos días, porque había sido él el primero en gritar, delante de Mercedes, «¡A la cholandengue!». Ella se volvió con la misma expresión de asombro con que la vieja había mirado a Jorge cuando lo escuchó en la furnia. Luego le mostró un cadenón, señaló la imagen de la Virgen de la Caridad, labrada en oro dentro de la medalla: mirara bien, Ella era Shola Anguengue, Madre del Agua. Carlos sintió que el primero del millón de misterios de la furnia se había develado y preguntó y Mercedes le dijo la verdad: el San Francisco de Asís que la madre tenía sobre la.


cabecera de su cama no era otro que Kisimba; la Santa Bárbara que el padre de Pablo tenía en la repisa de la sala era Insancio, Siete Rayos, dios terrible del trueno; el negro de las muletas, San Lázaro, era Asuano, el viejo Luleno, dios de los enfermos; ella misma, Mercedes, era hija de Tiembla Tierra, la guerrera, diosa de rompe y raja. Carlos salió corriendo, asustado, para contar a Jorge y a Pablo que sus casas estaban tomadas por los dioses terribles de la furnia. En la tarde, cuando interrogaba de nuevo a Mercedes, el padre de Pablo le contó a su madre y ella decidió despedirla. Lo hizo casi en silencio, llorando; le dio un gran bulto de ropa vieja, la cadena, la medalla y algún dinero. Carlos se preguntó si aquello sería bondad o una horrible precaución de su madre. Le sugirió que quitara el San Francisco de Asís y ella, por toda respuesta, los llevó a confesar ante Dios todos los pecados que los negros les habían metido en el alma. Era algo extraordinario, porque hasta entonces el catolicismo de la casa se había limitado al recorrido de las estaciones en Semana Santa y a la.


Misa del Gallo en Nochebuena. Carlos y Jorge decidieron esconder el pecado cometido con la prima Rosalina, pero el acto de comulgar y las palabras del sacerdote se convirtieron en la tercera causa del miedo. El cura habló de un modo extrañamente similar al del pastor, pero la iglesia era mayor que el templo, más oscura, iluminada apenas por la luz mortecina de los cirios. En los altares, conocedores de sus pecados, estaban San Francisco de Asís, Santa Bárbara, la Virgen de las Mercedes, San Lázaro. Y quién sabía si también, ocultos en las mismas imágenes, acechaban los espíritus malignos de Kisimba, Siete Rayos, el Viejo Luleno y Tiembla Tierra. Del pastor se podía huir, se podía pensar que hablaba en nombre de otro Dios, no del verdadero, pero el cura —la voz enronquecida, los ojos abiertos de espanto ante el infierno que evocaba— era la voz de Nuestro Señor anunciando el día del Juicio Final. En febrero del cincuentidós, cuando la resaca del miedo rugía en mitad de la noche más alto que el Bembé, comenzaron los preparativos de la guerra. La Asociación de Propietarios y Vecinos.


empezó a promover una campaña de desalojo de la furnia enarbolando las consignas de defensa de la familia, la moral y la religión. Proponían llegar a un acuerdo colectivo con los habitantes de la furnia, a quienes empezaron a llamar “la furrumalla”, compensándolos para que fueran voluntariamente a vivir a otros barrios: Las yaguas Llegaipón, la Cueva del Humo. En el hueco, después, quizá se haría un parque para que jugaran sin peligro los niños. Carlos, Jorge y Josefa se sorprendieron al ver que José María se oponía rabiosamente a la idea: perdería los negros y el negocio, y además, la furrumalla no se iba a dejar botar así, tan fácilmente, los barrios que le proponían eran basureros, sabía de buena tinta que si se atrevían contra ellos habría guerra. La Asociación de Propietarios y Vecinos empezó a atreverse, hizo gestiones en el Municipio, en el Gobierno Provincial, en el Precinto de la demarcación. La furnia articuló rígidamente su defensa: pronto se hizo público que ni siquiera la policía podía atreverse a bajar. La guerra, inminente, fue la cuarta causa del miedo.


Empezaron a correr rumores de que los negros atacarían raptando blanquitos para ofrendar sus tiernos corazones a los bárbaros dioses del fuego, de que violarían a las blancas en los aquelarres del Bembé. Las madres, aterradas, recogían a sus hijos temprano, decretando en el barrio un virtual toque de queda. Las noches se hicieron un espacio inmenso donde el miedo campeaba por su respeto. Eran negras como la furrumalla que habría de subir impulsada por sus dioses, como habían advertido el Cura y el Pastor, para no dejar títere con cabeza. Pasaron cinco siniestras noches de encierro, y entonces fue que José María hizo traer el televisor para vencer el miedo. La noticia corrió por el barrio como pólvora y a la noche siguiente la sala de la casa parecía un teatro: los muchachos, sentados en el suelo, los mayores en sillas, sillones y butacas, y todos rieron con La taberna de Pedro, lloraron con Divorciadas, se indignaron con los crímenes cometidos por los comunistas en Corea, denunciados en Así va el mundo. A la segunda noche no recordaban ya el toque de queda.


Estaban vibrando con un programa estremecedor, ¡Luuuchaaa Liiibreee!, que el locutor definía como el choque del Bien contra el Mal, el terreno donde las más bajas pasiones entablaban fiero combate contra las mayores virtudes. El locutor hizo silencio, la expectación creció y entonces se vio al fin aquella mole humana: «Doscientas veinte libras, el terror del ring, el hombre más fuerte y traicionero que ha combatido nunca, ¡Rooompehuesos, la Amenaza Roja!» Un tremendo abucheo siguió a la presentación del monstruo, que escupió de rabia a los televidentes. Estaba enfundado en una horrible máscara, «que ustedes ven negra, dijo el locutor, «pero que en realidad es roja, como el Mal». Pidió silencio y, en la otra esquina, «el Caballero del Ring, el luchador más técnico que han conocido los cuadriláteros del mundo, el hombre que ha venido a nuestra isla para enfrentar aquí el reto del asesino internacional. Nuestro invitado, un gladiador que no necesita máscara ni seudónimo porque no tiene nada que ocultar. Ante ustedes, señores televidentes, especialmente presentado por la.


cubanísima cerveza Hatuey, con ciento ochenta libras, de Italia, ¡Antonino Rocca!». Atronadores aplausos, un comercial y, de pronto, el señor Joaquín Souza que señalaba hacia fuera gritando, «¡Miren!». Quedaron petrificados por el miedo: las ventanas estaban taponadas de negros. En la oscuridad de la noche sólo se veían los globos de sus ojos. Las madres comenzaron a gritar, abrazando a sus hijos. Souza clamó por un cuchillo, un machete, un revólver, y los negros, al oírlo, se dispersaron y salieron corriendo. Entonces los blancos se asomaron al jardín, descubriendo plantas holladas, orines, peste, y decidieron meter en cintura a la furrumalla, como estaba haciéndolo Antonino Rocca con la Amenaza Roja. El barrio amaneció hirviendo en murmuraciones. Se decía que la furrumalla había intentado asaltar la casa de Pérez Meneses, que los negros habían llegado a mear en la sala delante de las señoras, que sólo gracias al valor de los señores se había evitado una tragedia. Los muchachos organizaban pandillas, hablaban de bajar a la furnia en caballos.


blancos como el de Kid Durango, en un avión como el de los Halcones Negros, volando como Supermán, estirándose como el Hombre Goma, en batimóviles como Batman y Robin y tirando patadas voladoras como Antonino Rocca para arrasar a la cholandengue con la furrumalla. Carlos y Jorge no podían participar en las pandillas porque su padre mantenía sus negocios con los negros. Cuando los blancos atacaron y comenzó la guerra fueron considerados traidores y cobardes. Jorge sufría con aquella situación, pero Carlos la agradecía en silencio porque le permitía permanecer en paz con la memoria de Chava. Las hostilidades se desarrollaron con una velocidad imprevisible. Tácitamente surgió entre ambos bandos un simple código de guerra: el enemigo en desventaja sería golpeado hasta que se viera sangre. Los muchachos del barrio no se atrevían a bajar, se dedicaban a acechar y a cazar a los de la furnia, que tenían que subir todos los días, inevitablemente, a hacer recados, compras y encargos. Los del hueco compensaron esta desventaja inicial con una habilidad felina,


escurriéndose como culebras entre los matorrales, y si en los primeros días de la Guerra de las Pandillas que precedió a la Guerra Sorda fueron atrapados en desventaja varias veces, y en el local de la Asociación los Propietarios y Vecinos pudieron alardear de que sus hijos habían vapuleado a los negritos, muy pronto la situación se niveló y la sangre saltó por ambos lados, cuando los furrumallos adoptaron la táctica de salir en grupo, armados de piedras y palos. Y como había viejas deudas de sangre las cobraron enviando señuelos mientras el grueso de la tropa acechaba, tendido en la ladera. Cuando los blanquitos se lanzaban al ataque, la furrumalla caía sobre ellos maldiciendo en lengua y en castilla, clamando por Tiembla Tierra y por Shazán, tirando patadas voladoras, golpeando hasta ver sangre. Entonces las pandillas del barrio se unieron para cazar a los señuelos y resistir el contraataque. Se volvió a un equilibrio inestable hasta que los negritos desarrollaron nuevas armas, hondas y tirapiedras, y comenzaron los ataques individuales a distancia; gozaban de una ventaja natural, su.


territorio tenía miles de accidentes, eran prácticamente invisibles desde arriba, podían cazar a mansalva a los que se atrevieran a montar bicicleta o jugar pelota en la calle. La gran pandilla del barrio, ahogada, planeó la contraofensiva: el sábado se replegarían, y cuando los negritos subieran en grupo a hacer sus compras, caerían sobre ellos por sorpresa y los destrozarían en la batalla final. Carlos asistía al instituto en las mañanas, se informaba del curso de las hostilidades en las tardes y veía televisión en las noches. Pero habían llegado otros aparatos al barrio, ningún amigo los visitaba, teniéndolos por cobardes y traidores, y Jorge se pasaba las noches protestando. Por eso Carlos se alegró cuando la actitud de su padre hacia el desalojo varió radicalmente, unos días antes de la batalla decisiva. Manolo había venido a verlo, ¿José María era bobo?, ¡el terreno!, ¡la asociación quería el terreno! Daba grandes zancadas por la sala, sus ojos brillaban como los de un gato, sus manos se movían como zarpas, ¿un parque?, ¿quién iba a pensar en un parque con lo.


caro que estaba el metro cuadrado?, ¡un edificio!, ¡rellenar, buscar financiamiento y construir un edificio!, no lo pensara más, apoyar el desalojo, meterse en el negocio de cabeza. José María farfulló humildemente, «Es que quería cambiar el carro, Manuel, comprarme un Buick», y Manolo se echó a reír como ante el mejor chiste de la noche diciendo, un Buick, así que un Buick, para después ponerse otra vez como una fiera, ¡invertir, comemierda! José María lo miraba avergonzado, «Está bien, Manuel, pero, ¿cómo vamos a meternos si no nos han llamado?». Manolo se dejó caer en el sofá abriendo los brazos con un estupor infinito, pero por Dios, hermano mío, ¿quiénes controlaban las deudas de los negros? Esa noche Carlos y Jorge se enrolaron en la Gran Pandilla, que había decidido echar el resto: comenzaría con un asalto formidable, nada menos que quince bicicletas se apostarían detrás del gran camión de la ESSO que el padre de Jimmy acostumbraba a parquear frente a la casa; dejarían que la chusma saliera en masa de su cueva, le darían confianza, durante media cuadra los.


negritos no verían a nadie; de pronto, las bicicletas saldrían embaladas cuesta abajo, rugiendo como los tanques en las películas de guerra: los tanquistas no tendrían compasión, la única defensa del enemigo eran las piedras, pero sólo disponían de fracciones de segundo para usarlas, así que había que pegarse al manubrio en la bajada para burlar la artillería de los negros y ponerles a merced de los tanques, que los embestirían y arrollarían haciéndolos correr como conejos. Los tanquistas tendrían que apresurarse porque dos minutos después del choque iba a entrar en acción la fusilería. Nueve rifleros de Bengala, cuatro escopetas de pelets, tres de municiones, dos con marca U, estarían apostados en los portales. Cuando Celso Henríquez disparara su marca U: ¡fuego graneado contra la furrumalla! Recordaran los rifleros, la orden era tirar a matar. Después saldrían todos con rifles, piedras, bicicletas, palos, para arrollarlos, apedrearlos, fusilarlos, destriparlos, enseñarles con sangre, a la cholandengue, de verdad, a todas-todas, de quién coño era el barrio.


Carlos volvió a su casa agitado, ¿los santos de uno y otro bando permitirían aquello? Mientras disfrutaba de la tregua había pensado muchas veces que era el capitán de las acciones militares, se había imaginado guiando a los suyos a la victoria y recibiendo la rendición de la furnia de manos del negrito del chivo, que murmuraría cabizbajo, «¡DUPA BUPA UNT TOTA!», a lo que él respondería ceremonioso, ¡CHOLA ANDENGUE!, para que los negros y blancos corearan ¡ANDENGUE CHOLA!, reconociendo así al Capitán Carlos Pérez Cifredo como Rey del Barrio. Antes, había ordenado que no se mataran negritos en aquellos combates, por respeto a Chava. Pero ahora la Gran Pandilla estaba preparando una masacre que ni el abuelo? Álvaro ni Chava perdonarían nunca. No hubo combate. Los padres desataron una requisa ejemplar en la madrugada. No quedó en manos de los muchachos una bicicleta, un rifle, una bala. José María gritó como nunca, aquello sería como tocarle los güevos al tigre, porque entonces vendría la ley de la selva y en la selva, ¿quién.


aguantaba a la furrumalla? Ellos eran la selva, ¿acaso no veían cómo se revolcaban allá abajo?, ¿no sabían que estaban contra la civilización, contra el progreso, contra el edificio?, ¿no habían oído al cura, al pastor, a su madre?, ¿no se daban cuenta de que pelear con ellos era tratarlos como iguales? Por eso expulsarían a los negros del barrio para siempre antes de que acabaran trepando a la calle y tiznándolo todo. Desde ese día, el control de las hostilidades quedó en manos de la Asociación, no se les permitió a los muchachos iniciativa alguna. La furrumalla lo entendió como una tregua y dejó de atacar. Entonces, los propietarios desataron la Guerra Sorda: todas las negras que trabajaban en el barrio como criadas, lavanderas y manejadoras fueron despedidas; no se permitió a ningún hombre de la furnia pintar una casa, limpiar un automóvil, construir un mueble; no se les compró a los vendedores ambulantes ni un solo mamey, piña o plátano, ni un billete de lotería, ni un crocante de maní; no hubo para las familias furrumallas un centavo de crédito en las bodegas del barrio. Sólo.


un hombre de la furnia no fue molestado, y cuando el pastor bramó contra él en el templo, un temblor de espanto inconfesado vibró en el vecindario. Nadie se atrevió a negar sobras de comida al Viejo de las Muletas, que ahora recorría el barrio tres veces al día con un carretón tirado por un chivo y dos muchachos, y se parecía cada vez más a San Lázaro, Asuano, al Viejo Luleno, santo de los enfermos, remedio del hambre de la furnia. La Guerra Sorda estaba en su apogeo cuando una noticia mayor conmovió al barrio: el Mulato había dado un golpe. Carlos pensó durante unas horas que a lo mejor Kisimba, o quién sabía si Siete Rayos, había logrado el milagro para la furrumalla. Ahora había un mulato presidente; los negros, ahora, tenían el mazo. Todo el miedo acumulado desde las Joyas, la Confesión, Tiembla Tierra, los Sacrificios de niños, las Violaciones de blancas, la Guerra de las Pandillas y la Guerra Sorda estalló en aquellas horas de zozobra, haciéndole pedir a Chava, por Dios, que perdonara. Pero su padre regresó radiante, decía Manolo que con sólo apretar un poco más todo.


estaría resuelto, Batista era el hombre. Días después los de la Asociación rieron afirmando que de aquellas palabras les vino la idea: apretar la llave maestra que controlaba la única tubería de la furnia; sin agua, los negros no podrían resistir. En medio de los cantos de victoria el miedo volvió a vibrar en el barrio: el Viejo de las Muletas no subió más a pedir comida; en la noche, allá abajo, se oían aullar sus perros. La madre cayó enferma, temblaba de fiebre y de llanto, decía que el agua no se le negaba ni a los animales, que estaban en pecado mortal y tenían que disponerse a sufrir el castigo justo y terrible del Señor. Ahora no cabía duda para Carlos, su madre había aceptado, el Viejo de las Muletas era algo: Santo o Demonio, Luleno o San Lázaro, Dios o Diablo, era algo sobrenatural, justo y despiadado, y los odiaba con razón, y su venganza subiría desde lo hondo de la furnia, horrible como la peste que sacaba el sol al mediodía, profunda como el ladrido de los perros en la noche. El milagro pareció llegar, pero no en forma de venganza, sino testificando la infinita bondad del.


santo de los enfermos. Los aguaceros de mayo comenzaron a caer en abril, torrenciales, y por primera vez en mucho tiempo hubo Bembé en la furnia. Fue una fiesta terrible para el barrio, surgida de lo oscuro, con el sonido de los cantos mezclado a la monótona música del agua, como una acción de gracias, una prueba de los poderes del Demonio sobre el Cielo. Ellos no se atemorizaron porque la madre estaba alegre, poniéndole velas al bueno de San Francisco de Asís, canturreando: Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva, hasta que al tercer día cambió el canto y la expresión del rostro, como si la creciente humedad hubiera hecho estallar la flora morada de su tristeza. Ahora le pedía a San Isidro que quitara el agua y pusiera el sol, pero San Isidro no la escuchó. La lluvia duraba cuatro días con cinco noches cuando los primeros habitantes de la furnia comenzaron a pedir clemencia. Subieron por la ladera, resbalando en el fango, sin una sola llama, un solo grito de guerra o de venganza, y se sentaron en las aceras como pollos mojados. Abajo, el agua y el viento habían.


arrasado el platanal, levantado los zines y las yaguas de los techos, podrido los cartones y maderas de paredes y puertas, ahogado a los animales. El fondo de la furnia se había convertido en una laguna color chocolate donde flotaban los restos del naufragio. Todavía lloviznaba cuando Carlos y Jorge salieron a ver a los damnificados, como los llamó la Asociación. Allí estaban todos sus conocidos: el muchacho del chivo, la vieja gorda, la joven de las llagas, los cantantes que negociaron con su padre, Mercedes. Habían logrado salvar pocas cosas, dos radios, algunos muebles y animales, pero conservaban todos sus santos. El Viejo de las Muletas, aterido, febril, tendido en un catre, miraba aquella singular corte de los milagros como un dios derrotado. Los periódicos y los televisores reprodujeron las declaraciones del presidente de la Asociación: había sido una lamentable desgracia natural, quizá un designio divino. La asociación estaba gestionando el traslado de aquellos infelices a un barrio adecuado, luego se construiría allí un parque, o tal vez un edificio, no había nada seguro.


Por lo pronto, la Asociación de Damas Católicas del barrio había iniciado una colecta de ayuda a los damnificados, ropa, comida, medicinas, todo era necesario en aquella hora de dolor; la Asociación de Propietarios y Vecinos había iniciado una suscripción en metálico y pensaba organizar una rifa, o quizás un gran bingo, no había nada seguro. Eso era cuanto tenía que decir, señores, hicieran el favor de seguirlo. Para los vecinos fue algo sensacional aparecer en la televisión, como si hubieran sido tocados por el don de la ubicuidad: estaban sentados en la sala de sus casas y a la vez parados en los jardines, ante los ojos de todo el país, y se golpeaban las rodillas sin salir de su asombro, «¡Cosa más grande, caballeros!». Carlos sintió un golpe de alegría al descubrir su rostro en la pantalla iluminada, sonriente como el de un locutor o un artista, y atesoró aquel instante de alegría junto a sus recuerdos más preciados. Si algo deslució el programa, en opinión de los vecinos, fue que los negros no pudieron o no quisieron controlar a los negritos y éstos se pasaron todo el tiempo robando.


cámara, empujándose y saludando como si la televisión fuera para ellos. Pero el presidente de los propietarios y vecinos leyó sus declaraciones sin tartamudear, y las ropas, medicinas y alimentos de la ayuda acabaron formando un montículo, porque durante la emisión varios anunciantes se unieron a la campaña humanitaria aportando donaciones que convirtieron el programa en un gran éxito del barrio. La última imagen fue interpretada por todos como una alegoría de la paz: a la izquierda, la presidenta de las Damas Católicas; a la derecha, el presidente de la Asociación de Propietarios y Vecinos; detrás, los alimentos, medicinas y ropas apiladas; en el centro, con todo y sus perros, el Viejo de las Muletas, símbolo de la rendición de la furnia. El programa se retransmitió en la tarde. Como una prueba más del espíritu de concordia, los negros fueron invitados a mirar la televisión por las ventanas y por primera vez Carlos aceptó que se habían rendido: al verse, «¡Cosa más grande, caballeros!», reaccionaban exactamente igual que los blancos.


La paz fue apenas una tregua. Con la escampada, los negros comenzaron a regresar a la furnia, ajenos al torrente de ofensas y amenazas que cayó sobre ellos con una fuerza mayor que la de los aguaceros. Al día siguiente todas las medidas de la Guerra Sorda fueron reinstauradas. Las Damas Católicas suspendieron la ayuda, los anunciantes rescataron sus contribuciones, la Asociación transfirió los fondos de la colecta y del gran bingo al capital inicial para la construcción del nuevo edificio. La llave maestra se mantuvo cerrada. En pocos días, un hedor penetrante resurgió desde el fondo. En el barrio ya no se hablaba sólo de asesinatos y violaciones, sino también de epidemias y contagios. Las auras comenzaron a sobrevolar la Guerra de Pandillas, reaparecieron las escopetas requisadas y al menos tres muchachos de la furnia fueron heridos con balines. El último Bembé sonó como una declaración de guerra a muerte. El contrataque furrumallo empezó lejos, donde nadie lo hubiera esperado. En un solo día cinco blanquitos, sorprendidos al salir de la escuela,


fueron marcados con navajas. El Noticiero de Televisión armó un escándalo. En la mañana del último domingo de abril el hueco amaneció cercado por la policía. Agentes blancos, negros y mulatos bajaron aullando como fieras, destrozaron las chozas apenas reconstruidas sobre el fango e hicieron subir, a golpes, a los pobladores del fondo. A golpes los hacinaron en camiones sin permitirlos llevar un catre, un radio, un santo. Carlos, atónito, vio cómo pisoteaban la imagen de Shola Anguengue, pateaban la de Kisimba, rasgaban la de Tiembla Tierra. Vio a los negros intentar una defensa desesperada, y a la policía partir a palos las bocas y cabezas de los hombres, culatear a las mujeres, patear a los niños, destrozar contra el contén de la acera las muletas del viejo, tirotear a sus perros, lanzar al viejo sobre la cama del camión, como si fuera un saco. Se volvió hacia su madre, que rezaba «¡Santa María, madre de Dios. », sintió un calor intenso, un humo pestilente y viscoso, y corrió hacia la cerca del patio para ver cómo el fuego arrasaba los despojos de la furnia, animado por el furioso.


viento de Cuaresma.


3 Tal vez si el Mai no hubiera dicho, «El que no vaya es maricón», Carlos no hubiera ido. Pero el Mai lo dijo, se puso el revólver a la cintura y fijó en ellos sus ojos grandes y claros, que miraban como los de Antonio Guiteras en el retrato que siempre llevaba en el bolsillo. Los curiosos se escurrieron desde el zaguán del instituto hacia la calle y la charadita rápida que los Cabrones de la Vida tiraban en el patio se deshizo, dejando un acertijo sobre la pizarra: «Del ratón al mono está sentado en el trono.» Carlos bajó la cabeza, era una lata que la manifestación fuera a ser justamente aquella mañana. Para la tarde habían armado una sesión de la Sociedad Parasicológica en la que le tocaba hacer de carnada y ya tenía montado su chou. A lo mejor lograría tocar teticas, habían inventado la sociedad para tocar teticas, estaba loco por tocar teticas, y se había pasado días ensayando la cara.


de carnero degollado, muerto a la orilla del mar, que debía poner cuando Juanito el Crimen lo hipnotizara frente a las pepillas. —Estás dormido —le susurraría el Crimen, imprimiéndole un movimiento pendular al reloj de su abuelo—. Míralo, estás dormido. Él se dejaría llevar pensando en pezones, e incorporaría el estado letárgico, cataléptico, que asombraría a las pepillas. —Es nuestro —musitaría el Crimen, al apagar las luces. Entonces se escucharían risitas de niñas en celo, y Juanito, para darle más realismo al asunto, le ordenaría que dijera una frase en la lengua de sus antepasados. —In hoc signo vinces —murmuraría él, con la voz de Saquiri el Malayo. —Bajo este signo vencerás —traduciría el Crimen, y las pepillas estarían impresionadísimas cuando les ordenara—: Llévenle la mano a vuestro corazón, no siente nada. Ahí vendría el chance y el rollo, el corazón estaba detrás de las teticas y las pepillas no.


tendrían otro remedio que dejarse tocar. Pero él tendría que estar piano, le había dicho el Crimen, alelado hasta que las pepillas fueran cogiendo confianza en la ciencia, así, algún día podrían tocar también muslitos y nalguitas. Se había pasado horas intentando imaginar cómo sería estar hipnotizado y de pronto descubría que era como sentirse arrastrado por el Mai al oírle decir que iba a haber tiros y que quizás alguno tendría la suerte de no regresar vivo. ¿Qué iba a hacer?, por comemierda se había metido en algo. Recordaba nítidamente el día en que Héctor lo abordó en el baño. —Ve vendiendo esto —dijo, le dio unos bonos rojinegros con la leyenda: «No zafra con Batista. ¡Libertad o Muerte! M-26 − 7», y se fue pidiéndole que se cuidara. No pudo negarse, Héctor era su carnal, su ambia, su compañero de batería en el equipo de béisbol del instituto, y con él había hablado mucha mierda de Batista en el dog-out, durante el último juego. Al salir del baño sintió una sensación de peligro que no le fue del todo desagradable. Desde.


entonces empezó a caminar como Joseph Cotten después del robo del banco en La ciudad desnuda. Sonreía paternalmente a sus compañeros deseando que no se dieran cuenta de nada y que a la vez advirtieran que él también estaba metido en algo. Logró inquietar a Pablo, que se le acercó: —¿Cuál es tu berenjena, consorte? —y quedó aterrado al ver los bonos sobre su pupitre—. ¡Tas loco, asere! ¡Mira que por eso matan a uno! Sonrió fascinado, casi no podía creer que de verdad estaba jugándose la vida; pero no intentó vender los bonos por temor a un chivatazo. Los escondió en el último rincón de su cuarto, junto a los libritos de relajo y a los folletos de la Sociedad Parasicológica Mexicana. Estuvo dos meses sin gastarse un quilo en el Casino, reunió los seis pesos y se los entregó a Héctor, diciéndole con su mejor voz clandestina: —Misión cumplida, mulato. Héctor le entregó mas bonos. Los recibió en silencio, decidido a mantener su abstinencia. Poco después, cegado por los destellos del pelo de Gipsy, pensó en gastarse el dinero con ella y.


traicionar a Héctor. Pero no fue posible. Gipsy desapareció apenas llegada, como las hadas de los cuentos, dejando sólo una promesa y un recuerdo que ahora él intentaba revivir. Se sentía perdido: quizás nunca volvería a ver los vellos rubios en las axilas de Gipsy, aquella pelusa suave y excitante como un sexo, porque ahora caminaba hacia la manifestación y nadie podría decir si tendría la suerte de no regresar vivo. Se sintió desconcertado en la Universidad. Había aprendido, desde niño, a identificar aquel sitio con el objetivo último de su existencia; su padre solía llevarlos a él y a Jorge hasta la base de la escalinata y desde allí anunciar, con voz grave: «Alguna vez entrarán ahí, por eso lucho.» Y ahora Jorge estudiaba comercio y tenía el valor de negarse a las locuras, mientras él entraba en son de guerra, diciéndose que a lo mejor tendría tiempo más tarde para tocar teticas, y se sentía pequeño y desorientado en la Plaza Cadenas, rodeada de edificios severos y distantes, atravesada en todas direcciones por grupos de estudiantes que parecían saber exactamente qué hacer en aquella fría.


mañana de noviembre. San Lázaro y L se juntaban al pie de la colina formando una placita donde empezaba la escalinata por la que bajarían, le decía ahora Héctor, en busca de la libertad o de la gloria. Carlos aspiró el aire heroico de la mañana y se sintió con valor suficiente para bajar al frente de los suyos, sirviéndoles de jefe y ejemplo por la manera resuelta en que enfrentaría, a puño limpio y pecho descubierto, los ataques de los esbirros. Y si moría en el empeño, ¿qué importaba? Su nombre se uniría a los de aquellos que iluminaban el altar de la patria, desde Carlos Verdugo hasta Rubén Batista, generaciones enteras de estudiantes que habían preferido ser mártires a ser esclavos y que por eso habían alcanzado la gloria. —Ahí están —dijo Héctor. Él separó la vista de las nubes y siguió el índice de su amigo. En San Lázaro e Infanta, dos cuadras más allá de la escalinata, los esbirros bloqueaban el camino con perseguidoras y carros de bombero. Tuvo una intensa sudoración al recordar el desalojo de la furnia, pensó que la policía los iba a tratar como a negros, e incluso peor, y se dijo.


que él no era un negro ni un loco y no era justo que traicionara las ilusiones de su padre muriendo tan joven, por tan poca cosa, con tan poca gloria. Regresó a la Plaza Cadenas. Se sentó en un banco para aliviar la repentina debilidad de sus piernas e intentó relajarse interrogando los nombres inscritos en el frontis de la Facultad de Ciencias. Después de todo, los científicos también eran héroes, sería mejor jugarse la vida para salvar a la humanidad de un flagelo, como Finlay con la fiebre amarilla. Pensó en escapar. Se detuvo recordando el desprecio con que abuelo Álvaro pronunciaba la palabra huido al referirse a los desertores y a los gallos cobardes, y descubrió de pronto que era el mono, el dictador, el mulato asesino Quien estaba sentado en el trono. En eso llegó el Mai. —Acaba de llegar José Antonio —dijo—. Vamos. El Salón de los Mártires estaba repleto y había comenzado el pase de lista. José Antonio decía los nombres de los héroes y todos respondían al unísono: «¡Presente!» Carlos quedó junto a una.


foto en la que Trejo aparecía muy joven, con un bigotico años treinta, y se unió al coro pensando que aquel hombre pudo haber sido su padre. Poco a poco se fue dejando ganar por la continuidad invisible que flotaba en el aire. Al salir del salón, el miedo había desaparecido de su alma. El grupo empezó a concentrarse en lo alto de la escalinata mientras José Antonio, Juan Pedro y Fructuoso desplegaban una gran tela con la consigna: ¡ABAJO LA TIRANÍA! —FEU Los de la vanguardia alzaron una bandera, una corona y un sarcófago, e iniciaron la marcha. Carlos quiso retroceder un poco, pero la multitud enardecida lo empujó hacia adelante, donde volvió a sentirse indefenso. Muchos estaban preparados para el choque, vestían capas de agua o gruesos abrigos. En cambio, él sólo llevaba puesta una camisita. De pronto, Héctor lo arrastró hacia el centro. «No te me separes», dijo. Las campanas de la iglesia del Carmen empezaron a llamar a misa y Carlos notó, turbado, que en los edificios cercanos se cerraban algunas ventanas. En eso escuchó el.


himno. Empezó a cantar para darse fuerzas, se hizo parte del coro que convertía su canto en un grito de guerra. Al llegar a San Lázaro la vanguardia agitó la bandera. La policía empezó a moverse lentamente calle arriba y las voces del coro se desbordaron. Dos escuadras de esbirros se adelantaron lanzando chorros de agua contra el grupo que llevaba la corona, deshaciéndola: durante un segundo, flores lilas, rojas y amarillas se sostuvieron en el aire contrastando con el blanco neblinoso de las columnas de agua, abiertas en abanico por las ráfagas de aire, dirigidas ahora contra el pecho de los que llevaban la tela. La manifestación se detuvo cuando la policía concentró el ataque en las piernas y logró derribar a los que iban delante. Entonces alguien gritó, «¡Ahora!». Racimos de estudiantes se desprendieron hacia ambos lados de la calle, y desde los umbrales, los oscuros zaguanes y las azoteas de los edificios colindantes la emprendieron a pedradas contra la policía. Héctor dejó a Carlos y echó a correr junto al Mai y a Benjamín para unirse a un grupo que luchaba por.


mantener en alto la bandera. Carlos fue alcanzado por un golpe de agua. Desde el suelo, sin aire, obnubilado por la cortina de agua, por la mancha lila, roja, amarilla de los desechos de las flores y por el violento, brillante negro del asfalto, logró ver al grupo sosteniendo el asta bajo los chorros y a la bandera flotando, pese a todo, en el aire. «Bajo ese signo», pensó, «bajo ese signo, bajo ese signo. » Entonces distinguió una mancha azul a la derecha, una escuadra de esbirros tratando de rodear al grupo y de arrebatarles la bandera. Héctor y el Mai se adelantaron a organizar la defensa y él se incorporó y corrió hacia ellos: «¡Cuidado, cuidado, cuidado!» Vio cómo Héctor caía al suelo con la cabeza rota, cómo el Mai golpeaba a un policía con el puño; cómo otro policía le descargaba el bichoebuey en la espalda, arrinconaba al Mai, lo revolcaba en el suelo, empezaba a patearlo. Agarró al esbirro por la espalda, apenas lo logró un instante: otro policía lo empujó a él contra la pared, le cruzó la cara de un vergajazo, volvió a levantar el bichoebuey y cayó de pronto, con la cabeza rota por una.


pedrada. Un flaco de espejuelos dejó caer la piedra manchada de sangre, levantó a Héctor por los hombros y le gritó a Carlos que lo ayudara. Corrieron por San Lázaro con Héctor a cuestas y lo sentaron en la Plaza Mella, junto a la base de la escalinata. Allí estaba el Moro, inconsciente. «Ahora los recogen», dijo el flaco, «hay más heridos, vamos.» Pero Carlos no se movió. La bandera, húmeda, apenas flotaba a lo lejos, el flaco se había vuelto a meter en el barullo y él seguía inmóvil, mirando cómo el coronel Salas Cañizares apuntaba contra los manifestantes una Thompson que escupía pequeños gargajos amarillos. Quedó hipnotizado como un bicho ante la quemante luz de la muerte, y de pronto huyó, sintiéndose un blanco perfecto para las ráfagas que no cesaban de sonar a sus espaldas. Atravesó la Plaza Cadenas. Frente al hospital Calixto García le faltó el aire, pero allí había un enjambre de ambulancias trasegando heridos, y eso lo hizo seguir. En la avenida de Rancho Boyeros la carrera se convirtió en una marcha lenta, terca, ansiosa, y en cierto momento.


los colores de la mañana se hicieron negros y giraron cada vez más rápido. En el suelo sintió que le ardía la cara y que estaba empapado de sangre, agua, orina, sudor. Logró sentarse, vio esculpidos en el frontis de la Biblioteca Nacional los nombres familiares de la patria y murmuró, «Presente». Pero ahora era distinto, porque el Mai no vendría a decirle que José Antonio había llegado.


4 A eso de las tres de la madrugada los Bacilos recalaron en el Kumaún, que estaba en el barrio de La Victoria, a media cuadra de la casa de Otto, donde según Pablo trabajaba un unicornio. Carlos gritaba que no, explicaba que allí había sólo hotentotes, ni siquiera un miserable coatí, pero los demás no le hacían mucho caso. Berto míster Cuba la emprendía a rugidos contra el tigre que mostraba sus zarpas y colmillos desde el anuncio, gritándole que se bajara de allí, maricón, si se atrevía; Dopico invitaba a Jorge a que le dijera si aquel tigre era amarillo con rayas negras o negro con rayas amarillas, y Pablo decidía retar a Dopico para que definiera si era tigre o tigra, porque no se le veían los güevos ni la raja. Entonces Jorge empezó a cantar el tema y los cuatro entraron al Kumaún como los pistoleros a las tabernas en las películas del Oeste. Dentro estaba oscuro y frío, sólo algunos spots.


creaban una vaga atmósfera lila tras la barra. Ñico Membiela maldecía en un disco a alguna perjura, ingrata y traidora, y Pablo afirmaba que cualquier mujer tenía derecho a tarrear a un tipo que cantara tan mal, y Berto le explicaba que el hombrín cantaba mal porque la mujer lo había tarreado antes, y Dopico decía vacilaran, por favor, al ornitorrinco enfermo. Encañonaron con la vista a la cajera, una mulata con el peine pasado y el pelo liso y duro como sus muslos, con un foquito de guirnalda verde encendido sobre la cintura y nada bajo la saya, por lo que Dopico decía vacilaran la frutabomba, la pulpa de la frutabomba, y estuvieron mirando, penetrando, comiéndose a la cajera con los ojos, y se sentaron enfrente sin dejar de mirar hasta que Pablo preguntó si no se daban cuenta que aquello era un anuncio y entonces pidieron tres España-en-llamas y una Polar. La cerveza era para Carlos. Los demás Bacilos volvían a vacilar a la mulata a través de los vasos, de la mezcla dorada de sidra y coñac que había en los vasos, y Carlos miraba el reloj calculando que tenía que retenerlos allí por lo menos una hora,


maldiciendo el momento en que le reveló a Pablo la existencia de Fanny el unicornio, gritándole que no era hombre ni amigo y pensando que mataría al cabrón que se atreviera a meterse con ella. Llevaba seis meses gastándose con Fanny el aumento de la asignación que padre acumuló tercamente, tentadoramente, en la misma alcancía que él había utilizado para reunir el dinero de los bonos y periódicos de Héctor. Mientras tanto, Fanny cambió cuatro veces de barrio, de casa, de nombre y de precio, y Carlos la siguió, obcecado, del bayú de Juana la Polaca, en el barrio de San Isidro, al de los Azulejos en el barrio de Colón, al Tía Nena en el barrio de Los Sitios, al de Otto en el barrio de La Victoria, y le pagó sin protestar uno cincuenta, dos, dos cincuenta y tres pesos, y la llamó Estefanía la Nueva, la Caliente, Madame Fannie, Fanny, y se revolcó con ella en su cubil sórdido y pequeño, en un cuartucho sucio y opresivo, en un cuarto cálido y rosado, y vio sus imágenes estremecidas repetirse hasta el infinito en la mágica combinación de espejos circulares de la habitación nupcial de la casa de Otto, y ocultó.


su pasión a los Bacilos como si se tratara de un delito. Pero esa maldita noche de borrachera había tenido la debilidad de contarle a Pablo, y el muy cabrón le había contado a Jorge, y Jorge al grupo, y desde entonces él, Carlos, sufrió el zigzaguear que había ido acercando a los Bacilos, cada vez más, al bayú de Otto. Tratando de explicarse cómo pudo ser tan comemierda llegó a la conclusión de que si el cine había sido la causa de su felicidad, también lo estaba siendo de su desgracia. Desde que Gipsy se marchó, con la incierta promesa de regresar, él quedó obsesionado, sin saber qué hacer, hasta que vio Vértigo. Allí estaba la solución a sus angustias, debía redescubrir a Gipsy, como James Stewart a Kim Novack. Se dedicó a perseguir mujeres parecidas a su obsesión, pero ninguna le hizo caso; más de una vez lo amenazaron con la policía, tildándolo de loco. Estaba en el clímax del delirio cuando descubrió, en un mísero burdel de San Isidro, a una muchacha asustada como un animalito. Estefanía la Nueva se parecía vagamente a.


Gipsy. Era joven y tenía las mismas piernas largas, delgadas y torneadas; pero su pelo era castaño claro y su piel demasiado blanca, casi lechosa. Los ojos también eran verdes o azules, pero no variaban según el color del paño de los billares o la superficie de las aguas, sino según la intensidad de los gritos de lechuza de Juana la Polaca o el número de hombres que lograra despachar en una noche. Carlos se negó a darle el nivel de dromedario, que era el que casi le correspondía en ese tiempo, y tuvo que reconocer que Estefanía la Nueva jamás sería un unicornio. En honor a sus ojos la calificó de cervatillo y la llamó Bamby en el momento del orgasmo. En aquella época él odiaba intensamente al asqueroso cubil del barrio de San Isidro donde Juana la Polaca dejaba entrar incluso negros; pero ahora estaba seguro de que no olvidaría jamás los lunes de diciembre en que el recinto estaba casi vacío, y Estefanía la Nueva le contaba que era de Santa Clara o de San Juan de los Remedios, hija de un cesante o campesino, seducida por un montero o vendedor ambulante, madre de un hijo rubio llamado Esteban de quien.


sólo conservaba esta foto, y bueno, le pusiera el uno cincuenta en la mesita porque si no, Juana. En la sombra de los sórdidos cuartos de altísimos puntales, la Caliente se parecía un poco más a Gipsy porque era rubia, pero bajo la débil luz de las lámparas de noche se parecía un poco menos, porque la claridad delataba las raíces castañas bajo el tinte. Por aquella época adoptó el hábito de cantar entre sollozos corridos mexicanos, lo que a Carlos le ponía la carne de gallina. La Casa de los Azulejos era la más famosa del barrio de Colón, y la Caliente, que llegó a ser la hembra más famosa de la Casa, le permitía a veces visitarla en la tarde para evitarle la humillación de la cola, y le hacía pensar, mientras escuchaba sus historias múltiples y tristes, que entre él y ella había algo más que la vergonzante relación de punto a puta. Era de Santiago de Cuba o de San Juan de Puerto Rico, su madrastra la había obligado a colocarse en casa del gobernador o del alcalde, y con aquel principal tenía un hijo rubio llamado Juan o Santiago de quien sólo conservaba esta foto. Una tarde terminó la historia.


llorando, Carlos trató de consolarla y la Caliente comenzó a decirle obscenidades al oído. Desde entonces dejó de llamarla Bamby en el momento del orgasmo. La Tía Nena era francesa. Llegó a Cuba, como otras muchas oficiantes, atraída por la música celestial de la Danza de los Millones, y a su ritmo movió furiosamente la cintura durante la década mágica que terminó un día del año diecinueve. Fue amante de Yarini y junto a él participó en la sangrienta Guerra de los Guayabitos que liquidó definitivamente el dominio de los chulos franceses sobre el barrio de San Isidro. Asistió al entierro del Gallo llevada por el presidente de la República, y las malas lenguas comentaron que en realidad había sido también amante y agente de Lotot, el jefe de los franceses derrotados. La policía siempre estuvo segura de que ella presenció el asesinato de Rachel de Keirgester, su íntima amiga, pero jamás logró probarlo. Ya por aquel entonces se había hecho famosa gracias a su dominio del fellatio, arte bucal que practicó con desafuero y transmitió a sus discípulas hasta lograr.


incorporarlo definitivamente a la erótica criolla. Jamás había vuelto a Francia, pero se jactaba de que su casa era como un café de Montparnasse. En aquella falsa boite de la calle Trocadero donde sólo se escuchaba música francesa tocada por un violinista albino, la Tía Nena presentaba a su aventajada alumna, Madame Fannie, que reía mucho al dar vueltas alrededor de su tutora, levantaba la falda, mostraba el popó, tarareaba Pigalle y Mademoiselle de París, usaba cintas y lazos de colores, cobraba dos cincuenta y no recibía por las tardes. Era descendienta de franceses que habían venido a Cuba hacía un piolín de tiempo desde Nueva Orleans, la Luisiana o Haití, y un tío o primo la había iniciado en la vida a los doce años. Con él tenía un hijo rubio llamado Jacques que su familia había mandado a Francia y de quien sólo conservaba esta foto. Carlos la hubiese calificado de ornitorrinco de no ser porque su virtuosismo lingüístico le sugería una serpiente de cascabel. Cuando vio por primera vez a Fanny bailando en el bar de la casa de Otto pensó que estaba ante.


Gipsy. Aquella mujer tan increíblemente rubia, con la piel canela, tostada como las capas de un pastel de hojaldre, los ojos azules como la deslumbrante luz del spot que caía sobre ella, o verdes como la superficie de la menta con la que se emborrachaba, aquella mujer era definitivamente un unicornio. Andaba con un blúmer bikini de gasa verde y una blusa de lamé, y le gustaba repetir el Rip it up de Little Richard en la vitrola, bailarlo hasta parecer exhausta y luego poner el Rock around the clock de Bill Halley para acabar de acelerar a los puntos antes de despacharlos en línea. Carlos odiaba desesperadamente aquella cola y le rogaba a Fanny que le permitiera venir por las tardes, pero no podía ser, mi niño, porque ésta es una casa americana y tain is moni, ¿no? Él se consolaba pensando que acostarse con Fanny entre los espejos de la cámara nupcial era un viaje circularmente multiplicado al infinito que costaba sólo tres pesos. Era de Miami o Cayo Hueso y se ganaba la vida como cantante o camarera en el bar del ferry Floridita hasta que un mafioso o el capitán la enredó en un asunto de tráfico de.


narcóticos o trata de blancas y la expulsaron o deportaron de Estados Unidos. Allá tenía un hijo rubio llamado John de quien sólo conservaba esta foto. Una noche Carlos le preguntó por el retrato que estaba sobre el velador y Fanny le dedicó por cinco pesos uno igual donde aparecía sola, desnuda y triste. Le contó a Pablo aquella historia sólo por darse el gusto de decir que él era el James Stewart de Cubita bella, pero el muy pendejo repitió el cuento entre risitas y los ojos de Jorge brillaron como los de un gato al decir que esa noche todos los Bacilos vacilarían a Fanny, para que Carlos aprendiera a no enamorarse de una puta. La amenaza se fue disolviendo en alcohol y Carlos hubiera dejado de sufrir, de no ser porque los bares que visitaban estaban cada vez más cerca de la casa de Otto. Ahora llevaban un buen rato en el Kumaún y habían entrado en un peligroso bache de silencio, en un vacío, en el momento en que todo el alcohol y el humo consumidos volvían en una gran resaca de cansancio, y era posible que a Jorge le diera otra vez por provocarlo, así que Carlos decidió.


ganar tiempo. —Entonces, por fin, mañana te vas p’al carajo —le dijo. Jorge estuvo mucho rato sonriendo antes de decir que p’al carajo no, pa’la Yunai. Dopico le dijo a la cajera que su broder se iba para el Norte, y la mulata, abriendo un poco más las piernas, le pidió que la llevara. —Esta mora sí entiende todo de la vida — comentó Dopico—. Vacila eso, eh, ¿por qué no la llevas, consorte? Un vacilón la mulata en la Yunai. La mulata sonrió y abrió, cerró y abrió las piernas, sí, la llevara, ella sabía con qué ganarse la vida. Pablo que si con lo que tenía puesto en el banco, y la mulata: —Qué va, mijo, con la navaja, mira. —Y se pasó la yema del índice por entre los muslos como si se diera un tajo hasta el ombligo—. Vayan llevando, pepillos, que esto va por la casa. De pronto Dopico se puso blanco, amarillento, y miró a la mulata con una sonrisa estúpida. —Vamos —dijo Jorge. —¿Adónde? —preguntó Carlos.


Afuera había un calor pegajoso y húmedo y un borracho sentado en la acera, hablando solo. Al verlos intentó incorporarse, pero resbaló suavemente hacia el contén. —Adversidad —dijo—, uno a uno me los voy a echar a todos. —¿Adónde vamos? —insistió Carlos. Jorge no respondió. A lo lejos se veían las rampas grises del Mercado nuevo de Carlos III, enorme, ordenado y aséptico como una gran farmacia. A ambos lados de la calle, por cuadras y cuadras, se alineaban los bayuses del barrio de La Victoria. Carlos quiso pensar que existían aún docenas de oportunidades para que los Bacilos fallaran, y se mantuvo en silencio. A mitad de la segunda cuadra Jorge empujó, como por casualidad, una gran puerta roja: habían llegado a casa de Otto. Las nenas estaban en el patio, al fondo, y Dopico llamó con voz atiplada, muchachitas, salón, que llegaron los americanos, hasta que algunas se fueron acercando con todo el cansancio de la noche reflejado en el rostro. Desde allí Carlos.


pudo ver a Fanny levantarse de una de las altas banquetas del bar y comenzar a bailar Love me tender con un punto. Pablo le preguntó cuál era. —Aquélla —dijo, sintiendo que se ponía rojo al señalarla. —Unicornio —aprobó Pablo. Carlos sonrió, molesto. El punto se enredaba en Fanny como una culebra y él creyó sentir su aliento agrio en el cuello. Había visto mil veces aquella escena, pero nunca le había irritado como ahora, delante de sus socios. —Consorte —pidió con una voz tensa—, no te acuestes con esa jeva. Pablo comenzó a arreglarse maquinalmente el nudo de la corbata y a decirle estaba bien, asere, pero antes tenía que confesarle una cosa, estaba metido con esa puta, palabra que estaba enamorado como un perro de esa puta. Jorge se unió al grupo con un trago en la mano y dijo de esa puta no, Nariz, la tratara bien, que esa jeva era la novia de su hermano. Pablo estuvo de acuerdo, había que tratarla bien, dejó la corbata, llevó el dedo hasta la nariz de Carlos y pidió le confesara.


si estaba enamorado de esa putasunovia. —En un final, eso es de hombres —dijo Carlos. Jorge le dio una palmada en la espalda y empezó a cantar Lágrimas de hombre. Carlos se escurrió hacia el sofá donde Dopico estaba inventando extrañas figuras con una negra joven, dócil y esbelta. En el bar, la canción había terminado, pero Fanny y el punto seguían sobándose bajo la luz del spot. Pablo había comenzado a hacerle el segundo a Jorge y ahora berreaban a todo pecho, ¡lágrimas de hombre que son más amargas por estar condenadas a nunca brotar! Otto, el matrón, irrumpió en la sala con los brazos en jarras, dispuesto a imponer silencio, pero quedó como alucinado al ver a Berto. —Ay, ¿pero quién es este niño, Dios mío? Berto retrocedió instintivamente y Otto lo desnudó con la vista. El matrón era un mulato bajo y corpulento, con las pasas planchadas, brillantes, grasientas y con un intenso olor a perfume. Tenía fama de belicoso, morfinómano e íntimo del capitán de policía de la demarcación. —Es el mismitico míster Cuba en persona, que.


yo lo vi en una revista —dijo una pelirroja que no se había separado de Berto ni un minuto. Las demás se arremolinaron alrededor de Berto, armando un guirigay, pidiéndole que se quitara el saco. Fanny llegó, atraída por los gritos, seguida del punto; reconoció a Carlos, dio un pequeño grito de alegría y le echó los brazos al cuello. —¿Cómo anda mi perseguidorita linda? —Ahí —dijo Carlos besándola en la mejilla sin dejar de mirar al punto, que avanzaba hacia ellos desafiante: —¡Oye, oye, oye! —¡Déjala o te boto! —ordenó Otto con un gesto de tigresa—. ¡Déjame ver a este muchacho! El punto se detuvo, confundido, regresó sobre sus pasos, se recostó a la pared y se quedó mirándolos. Berto se había quitado el saco ante la terca y sostenida admiración de las nenas, pero se negaba a quitarse la camisa. —Te reto a un pulso —dijo Otto—. Va lo que tú quieras. Si pierdo, pago doble. Berto sacó el pecho en una reacción casi automática. Era mucho más alto que Otto y tenía.


los músculos mejor definidos. —Métele —dijo Dopico desde el fondo de su negra—, te haces. Berto recordó que no tenía dinero. Dopico le prestó cinco pesos y Jorge otros cinco, irían a la mitad. —Se aceptan apuestas —dijo Otto. —Van veinte monedas —dijo el punto desde la sombra. —¿Por mí o por él? —preguntó Otto. —Siempre voy al macho —dijo el punto. —¿Al que está con tu mujer ahora? —preguntó Otto, señalando a Carlos, que tenía a Fanny sentada en las piernas. El punto dirigió otra vez la vista hacia ellos. Tenía la mirada torva, desvahída e imprecisa de los borrachos. —Veinte monedas al macho —repitió. Pasaron a la saleta, apenas iluminada por un resplandor rojizo. Las nenas colocaron una pequeña mesa negra bajo el altar de Santa Bárbara, Changó, Siete Rayos, diosa de la espada y el trueno. Las velas ofrendadas a la santa estaban.


metidas en vasitos color rojo sangre, casi vino, y daban una luz oscilante y demoníaca. —Dinero —dijo Otto. Berto colocó sus dos billetes de cinco sobre la mesa y Otto puso dos de diez. El punto avanzó tambaleándose y dejó caer un montón de billetes de a peso, sucios y arrugados. —Ochentinueve —dijo. —No son veinte monedas —replicó Otto—. Faltan once pesos. El punto se volteó los bolsillos. Cayeron una llave y algunos centavos. Luego, con mucho trabajo, se agachó a recogerlos. —Era para ella —dijo señalando a Fanny, al dinero, y sonriendo por primera vez. Tenía los dientes engastados en oro. Otto contó los billetes, estirándolos, antes de poner los suyos sobre la mesa. Berto recontó el total lentamente. —Falta un peso. —Da igual —dijo Otto—. ¿Cuánto? —Dos nueve seis —respondió Berto. —Que suma diecisiete —dijo la pelirroja—,


San Lázaro. Otto se quitó la camisa amarillo-canario con decenas de botoncitos de nácar en la pechera. Se untó el torso con una pomada hedionda y brillante. —Manteca de majá —dijo, ofreciéndole a Berto. Éste negó con la cabeza. Se inclinó sobre la pared e hizo una serie de ejercicios apoyándose en las puntas de los dedos, luego se los estiró haciéndolos traquear. —Ya —dijo. Otto trazó, con una tiza roja, una raya recta en mitad de la mesa. Se sentaron, colocaron los codos, abrieron las manos, agarraron en firme. —Ya vale —dijo Berto. Al principio hubo un equilibrio moroso y estable. La presión apenas produjo un ligero cambio de color en las uñas de Berto, que no cesaba de mirar las manos entrampadas. Las uñas de Otto estaban cubiertas por una capa de esmalte rosa y brillaban bajo la luz vino de las velas. Lenta, tercamente, Berto se fue contrayendo. Su bíceps brotó bajo la camisa, que parecía a punto de estallar. Ganó un milímetro. Emitió algo.


parecido a una sonrisa, y por primera vez separó la vista de las manos para espiar el dinero. Otto no había mirado en ningún momento el pulso ni el dinero: desde el principio había estado acechándole los ojos a Berto, buscando sostenidamente un encuentro que Berto parecía rehuir. Los brazos se movieron a favor de Otto uno, dos milímetros, y el punto dejó escapar una exclamación sorda y agónica, pero pronto se inició un contraataque y Berto acabó recuperando el terreno perdido. Ahora volvía el equilibrio. El brazo de Berto parecía el de una estatua, blanco, y el de Otto un tronco sólido y pulido, ocre. Berto empezaba a reflejar una cierta estupefacción en el rostro, como si no fuera posible que nadie le resistiera tanto tiempo. Miró fijamente la muñeca de Otto, mucho más ancha que la suya, y luego, por primera vez, a su enemigo. Quedó encandilado. Hizo un esfuerzo patético por desviar la mirada, pero no pudo. Otto lo estaba desnudando otra vez, frente a frente ahora, y Berto perdió fuerzas, cedió aterrado ante la carcajada de Otto como ante la risa del diablo y, de pronto, echó a correr.


—Dénselo —dijo el matrón, tirando el dinero—. Es un alma gemela. Parado bajo el altar de Changó parecía un pequeño ídolo de grasa. —Pepilla —llamó. Una mulata consumida por los años, apenas una breve armazón de huesos y pellejo vestida de blanco desde los zapatos hasta el pañuelo de cabeza, salió desde un cuarto y se colocó a su lado. —Muchacho blanco —dijo Otto con voz infantil y temblorosa. —¡Trampa! —gritó el punto como si acabara de salir de un trance. —Voy a ver a Berto —dijo Pablo de pronto, echando a correr. —¡Trampa! —repitió el punto. —¡Se callan! —ordenó la vieja. Su voz era profunda y cavernosa. El punto no se atrevió a abrir la boca. La vieja tomó a Otto de la mano y lo llevó hacia el cuarto, despacio, como un lazarillo conduciendo a un ciego. —Se acabó la noche —dijo la pelirroja—. Se.


quedan los matrimonios. Dopico echó a andar hacia el cuarto seguido de la negra, gritando que él era un buque-tanque, un petrolero griego de cien mil toneladas, Aristóteles Sócrates Onassis. Jorge tomó el dinero que Otto había dejado sobre la mesa con un gesto furtivo, de ladrón. El punto metió una de sus últimas monedas en la victrola y se oyó la diana de un guaguancó: Si en esta, si en esta, si en esta preciosa Habana, León, donde yo la conocí. —¿Te vas a ocupar? —preguntó Fanny. Carlos no respondió. Le agradaba aquella vaga modorra color vino, tener simplemente a Fanny sentada sobre las piernas, sin apuro, sin temor a que entrara ningún punto nuevo, como si fuera de verdad una novia. —¿Te vas a ocupar? —insistió Fanny. Le molestó el tecnicismo. Él no era un punto cualquiera para «ocuparse» con ella. —Putaminovia —dijo, y empezó a seguir el guaguancó. —Putamichulo —dijo Fanny, y le metió la lengua dentro del oído.


Cuando se levantaron empezaba la rumba, el momento en que el guaguancó crece y se hace intenso, repetido y obsesivo, y los buenos bailadores responden al canto y al contracanto del quinto intensificando el asedio sexual hasta lograr el vacunao, ese gesto violento y definitivo dirigido hacia el sexo de la hembra. Pero aquel guaguancó era una grabación, duraba tres minutos, y carecía, en la rumba, del ritmo y el sabor de los toques que sólo se logran en un güiro, y Fanny estaba con el anca estirada, esperando, porque Carlos no había hecho el vacunao y la música acababa de desaparecer de pronto bajo sus pies, cuando Jorge se le acercó con la cara lívida por el alcohol y el cansancio y le dijo, oye puta, dejara a su broder ¿sabía?, estaba bueno ya, que en un final ella nada más era una perra bien. —Es mi hermano Jorge —explicó Carlos—. Está borracho. Fanny se volvió hacia Jorge, dio un largo paso de pantera, como si avanzara por sobre la armonía de la trompeta en un solo son, lo atrajo por el pelo fingiendo que iba a decirle un secreto al oído y le.


movió la lengua dentro como una serpiente. —¡Es una perra! —chilló el punto. Carlos sintió un olor a coñac y a sidra en el aliento de Jorge y lo empujó suavemente, dejando a Fanny con la lengua en el aire. Jorge retrocedió trastrabillando, era una perra, broder, chocó con la pared, ¿no se daba cuenta?, resbaló lentamente hacia el suelo, ¿quería que se lo demostrara? —Demuéstraselo bien —dijo el punto. —A usted nadie le dio vela en este entierro — replicó Carlos. Se dirigió hacia Jorge, que se llevaba el índice a los labios, pidiendo al punto un silencio cómplice. —Vamos, chico —dijo, ayudándolo a incorporarse—, tienes una nota del carajo. Volvió a sentir el insoportable olor a coñac, sudor y sidra porque Jorge perdió el equilibrio y se le echó encima; si quería se iba, pero si no, le probaba que esa puta era una perra, ¿quería? —No —dijo Carlos—. Vámonos pa’l carajo. Jorge se encogió de hombros en un gesto de derrota y comenzó a decir adiós con la mano derecha, como un niño educado.


—Espérate —dijo Fanny—, ¿y si yo quiero? Carlos se movió hacia ella, luego hacia Jorge, y quedó al fin junto a Pablo, que acababa de regresar. —Yoyi —dijo. Pero Jorge se dirigía a Fanny, oyera bien lo que le iba a decir, ese que estaba ahí era su broder, ¿sabía lo que era broder? —Hermano en inglés —respondió Fanny, burlona. Jorge sonrió satisfecho, aquella jeva sabía un mundo, pues no había nada, se enterara, no había nada que pudiera joder más a su broder que él se acostara con ella, ¿no era así, asere? Carlos articuló «mi herma» con los labios, pero no emitió ningún sonido. El punto lanzó una carcajada. —Vamos —dijo Fanny. Se esperara, perrita, llamó Jorge. Cumpliera con su deber allí, agregó bajándose el zíper de la portañuela. Fanny sonrió, se puso a gatas y avanzó hacia la entrepierna de Jorge. —Ladra —dijo el punto.


Carlos se abalanzó sobre ellos, pero Pablo lo detuvo y lo arrastró hacia la salida, no se fuera a desgraciar con su hermano, esa jeva era una perra bien, ¿no lo veía? Berto estaba en el auto, tenía la piel color ceniza y una reminiscencia de miedo en la mirada. ¿Carlos se sentía mal?, mejor que vomitara, era un tiro; mirara: así, metiéndose el dedo hasta la garganta. Carlos llamó a Pablo y se sentaron en el borde de la acera. Frente, el anuncio del Kumaún estaba apagado. —Explícame, mulato, anda. Pablo le pasó un pañuelo, no le hiciera coco a eso, chico, era la vida, ¿qué quería? Hablaba sin perder de vista el pañuelo, que era de hilo y tenía un ribete azul. Le pasaba por verra, por enamorarse de una puta. —¿Y si yo la mato, qué pasa? —preguntó Carlos, limpiándose los mocos. —Te salas. —Le meto un cuchillo en la garganta —dijo, y comenzó a darse cabezazos en la rodilla—. Le meto un matavaca.


De pronto tuvo una arqueada y un vómito ruidoso y abundante. Pablo le quitó el pañuelo, pero no logró evitar que lo manchara. Le puso la mano en la frente para sostenerle la cabeza, así, mulato, abriera las piernas, tuviera cuidado con el pantalón, suave, ¿se sentía mejor? Carlos volvió a vomitar y echó una mirada bovina al hilo de baba que le bajaba desde la boca hasta el vómito, disuelto en el remolino de la alcantarilla. Luego se limpió los labios con el dorso de la mano y se incorporó. —A lo mejor la mato —dijo—. Si me da la gana. Berto sacó la cabeza por la ventanilla, ¿a quién iba a matar? —A tu madre —dijo Pablo—. Dame un cigarro, anda. Berto negó con el índice, no fumaba, mulato, por eso estaba strong. Pablo se inclinó sobre la acera y recogió un cabo; me salvé, dijo, como Pancho Vivo, el de los muñequitos. —Eres un cochino —murmuró Carlos. La luz del farol de la esquina azuleó con el.


humo. De pronto se produjo un estampido seco y breve, y luego el ruido de cristales al astillarse. —Una bomba —dijo Carlos. Pablo lo tomó por el brazo, sonriendo, candela al jarro, Flaco, hasta que soltara el fondo. Se escuchó el aullido de las sirenas de dos perseguidoras. —A zona dos. A zona dos. A zona dos —repitió Carlos—. Esquina de Toyo, esquina de Toyo, esquina de Toyo. Berto bajó del auto, ¿por qué no se iban, caballeros? La cosa estaba de yuca y ñame, ¿por qué no se iban a buscar a esa gente? —Ve tú —dijo Pablo tirando el cabo, al sentir que se quemaba los dedos. Berto no respondió de inmediato, luego cerró los puños y dijo que no quería volver a ver a ese maricón en su vida ni por un millón de pesos, tenía unos ojos horribles ese tipo. —La mato —dijo Carlos—. Le doy un nalgavajazo. Pablo le pidió silencio, se estaba poniendo pesado, mulato, dejara eso. Berto se preguntó qué.


habrían tirado en la charada y empezó a repetir gato, culo, muerto. —Con mi propio hermano —suspiró Carlos. Dos sombras doblaron por la esquina y avanzaron haciendo eses por el centro de la calle. Eran esa gente, dijo Berto, ¿le daban una mano? —Por mí, que se jodan —dijo Carlos. Pablo apoyó a Dopico, Berto casi cargó a Jorge y lo introdujo en el auto, diciendo que no podía manejar, que estaba medio muerto. —Yo manejo —dijo Carlos. Fue hacia Jorge, que emitía extraños sonidos guturales. Comenzó a registrarle los bolsillos buscando las llaves y las encontró junto al dinero. Se guardó los billetes rápidamente. —Perra, puta y comemierda —dijo con rabia. Había mantenido la ilusión de que el móvil de Fanny podría haber sido el robo. Pero al palpar la plata se dio cuenta de que estaba completa, y pensó que Fanny lo había hecho pura y simplemente por nada, por joder, igual que Jorge, aquel cabrón que seguía oliendo a sidra, sudor, coñac, vómito, y que ahora iba a oler también a.


saliva, a la pastosa saliva que le estaba dejando caer en la cara. Sintió un violento tirón en el hombro y se encontró de pronto revolcado en el asiento. Pablo lo aguantaba, eso no mulato, eso sí que no, ese hombre estaba borracho y era su hermano y escupirlo era una mierda, aquí y en Japón. —Suéltame —dijo Carlos. Berto míster Cuba comenzó a limpiarle la saliva a Jorge con un pañuelo, se lo iba a decir, Charlichaplin, ¿oía?, se lo iba a decir para que le cayera a patadas, ¿qué era eso de estar escupiendo al hermano de uno? Lo dejaran, decía Dopico, tenía rabia porque Jorge le pegó un tarrito con su perrita. —El que se jodió fue Berto —replicó Carlos, arrancando el carro—, y no yo. Dopico, mirando a Berto, había empezado a cantar Caballito de San Vicente, tiene la carga y no la siente, cuando el barquinazo le hizo decirle a Carlos se esperara, se esperara, mulato, ¿él tenía cartera? —Sí —mintió Carlos, acelerando.


Berto trataba de mantener la cabeza de Jorge junto a la ventanilla para que le diera el aire, ¿por qué coño decía que él se había jodido? —Por lo que perdiste, casi trescientas cañas. Berto sonrió, no fuera verra, a lo más, a lo más, había perdido diecisiete pesos en las maquinitas y ahora iba a recuperarlos, ¿iban a la plaza, a ver qué había tirado Castillo? Carlos asintió con un gesto al doblar por Carlos III. Dopico comenzó a cantar, imitando a Barroso, ¿qué tiró Castillo?/ ¿qué tiró Campanario?/¿qué tiró La China?/¿qué salió. Se interrumpió de pronto dando un salto, se esperara, se esperara mulato, ¿quién había cogido la plata que el maricón le mandó a Berto? ¡Se esperara, coño! Carlos frenó frente a la embotelladora Pepsi-Cola, desde donde salía un ruido sordo y constante. —No sé —dijo—. Creo que fue Jorge. Mira a ver. Berto se volvió hacia Dopico, ¿qué plata?, pero éste registraba febrilmente a Jorge. —¡La puta! —dijo—. Aquí sólo hay menudo. Pablo se arrodilló en el asiento, registrara el.


otro bolsillo, asere, por su madre. —No coman más mierda —dijo Carlos—. Ya yo registré. No queda un cabrón quilo. Dopico se dio un golpe en la rodilla, la puta, repitió; ladrona de mierda, había que ir a buscarla y arrastrarla, hija de puta, arrancara para allá, Flaco, ¿por qué no habló antes? —No duerme allí —dijo Carlos—. ¿Quién coño sabe dónde está ahora? Berto empezó a preguntar qué plata era ésa cuando escucharon el frenazo. Las puertas de la perseguidora se abrieron y tres policías avanzaron hacia el auto, encañonándolos. —¡Saliendo! —ordenó el sargento. Carlos, Berto y Dopico obedecieron, Pablo intentó sacar a Jorge. —¡Con las manos arriba! —gritó un policía, moviendo la pistola. —¿Qué le pasa a ése? —preguntó el sargento. Pablo intentó una explicación, pero el sargento lo empujó hacia la acera. —Las manos en la pared —dijo—. Las piernas separadas.


De espaldas, con los dedos afincados al muro, escucharon la caída del cuerpo de Jorge sobre el asfalto. Carlos se volvió automáticamente y el tercer policía le metió la pistola entre las costillas. —Éste está herido, jefe —informó un policía. —Está borracho —dijo Dopico. Otro policía agarró a Dopico por el pelo y le dio un cabezazo contra el muro. Escucharon el chasquido de una Thompson por sobre el ruido monótono de la embotelladora. La perseguidora maniobró hasta enfocarlos con las luces. A una orden del sargento, los policías empezaron a hurgarlos, violenta y rápidamente, desde los tobillos hasta el pelo. Las luces creaban un círculo enorme y amarillo contra el muro, que vibraba al ritmo de las maquinarias de la fábrica. —¡Mirando para acá! —ordenó el sargento. Al volverse, la violenta claridad los obligó a cerrar los ojos, y la imagen de los policías, los carros y Jorge fue sólo una confusa mancha negra. Carlos sintió una sed intensa y un doloroso deseo de orinar. —Borracho como un perro, jefe.


—Registren el carro. Escucharon una arqueada, Carlos abrió los ojos y durante un segundo vio a Jorge vomitando en medio de la avenida y al policía que registraba el carro y al que los apuntaba con la Thompson, y cerró los ojos porque no resistió la luz ni la idea de que aquellas manchas negras fueran a ser el anuncio de su muerte. De pronto sintió un gran alivio, un siseo, una humedad y sólo entonces se dio cuenta de que había empezado a orinarse. Los ruidos del registro se aceleraron. El líquido se enfrió rápidamente y la pierna del pantalón se le pegó a la piel. Sintió un deseo enorme de zafarse la corbata, como si se estuviera ahogando, pero no se atrevió a moverse. —Nada, jefe, ni una cuchillita. —¡Salgan de ahí! —ordenó el sargento. Avanzaron sin atreverse a bajar los brazos. Al salir del círculo de luz fueron recobrando la vista dolorosamente. Dopico tenía ennegrecido el pómulo derecho, como un boxeador vapuleado. Jorge, sentado en plena calle, miraba la escena en silencio, con ojos de idiota.


—Se mearon como unos perros —rió el sargento. Bajo el círculo de luz la orina había formado un charco. Carlos se miró las piernas del pantalón, mojadas, y al alzar la vista dio con la de un policía que dijo, con fingido acento mexicano. —Afusilémosles, mi jefecito. —Pos afusilémosles no más —rió el sargento. —Son putos, mi jefe —dijo el que había registrado a Jorge—, mire esto. Entregó al sargento el retrato donde Fanny aparecía sola, desnuda y triste. Carlos hizo un gesto que el sargento alcanzó a ver. —¿Tú la conoces? —preguntó, mostrándoselo. —Sí —dijo—. Es una perra. El sargento le indicó que bajara las manos. Carlos sintió un ligero calambre en los dedos. —Dame la licencia —dijo el sargento. —No tengo —murmuró Carlos—. Yo. él estaba borracho. —¡Di que viva Batista! —le gritó un policía a Berto. —¡Que viva Batista!


—Arranquen —dijo el sargento—. Un día va y nos vemos y me pagan un trago, ¿okey? Montaron sin mirar hacia atrás, con tanta precaución como si los bordes del carro estuviesen electrificados. Jorge subió solo, preguntando en voz baja qué había pasado. No hubo respuesta. Carlos siguió por la calle en que la perseguidora los había encajonado, muy despacio. Hicieron el resto del viaje en silencio, repitiendo maquinalmente, cada vez que se bajaba uno, «Mañana en el aeropuerto, mulato». Media hora más tarde se quedó Pablo, el último, en la calle bordeada de parkisonias y flamboyanes, y Carlos metió el auto en el garaje. Su padre estaba durmiendo, lo delataban los ronquidos; pero la luz del velador hacía inútiles los zapatos en las manos, la cautela. —Hijos —dijo la madre, y ellos vieron su sombra al pasar frente al cuarto—. Son más de las cinco. Los alcanzó en la cocina. Jorge estaba tomando agua y Carlos leche, directamente del pomo. —Usa un vaso. ¿Dónde estaban? Es casi de día,


¿qué tienes aquí, Jorge? —No fastidies, mamá —protestó Jorge, empujándola suavemente. Carlos se sentó para ocultar la marca del orine. La cocina, de un blanco esmaltado, olía a limpio. Sólo se destacaba la roja superficie de la mesa del pantry. —¿La pasaron bien? —preguntó la madre con el rostro ajado por el insomnio, yendo hacia Carlos y acariciándole la cabeza. —Bárbaro —dijo él—. Una noche buenísima. Fríeme un bisté, anda.


5 Entonces su madre le empezó a gritar que se había vuelto loco y él, abriendo más la puerta, tú también, y ella, sí, loca, y no era para menos, la iba a matar del corazón el día que vinieran a decirle que lo habían encontrado por ahí, como a esos pobres infelices, con dos tiros en la cabeza. —¿Pero qué culpa tengo yo? —preguntó él. —La misma que ellos —gritó su madre—. Ser joven. Andar por ahí, de noche. ¿Cómo hacerle entender que no soportaba más aquel encierro? Ella volvía machaconamente a sus viejas gastadas preguntas, y sí, mamá, lo sabía, pero esas torturas y esos muertos no tenían nada que ver con él, le había jurado una y mil veces que no estaba metido en nada, por lo más sagrado, sólo quería llegarse hasta el Casino a oír un poco de música, otra música, ¿sabía?, porque ya estaba harto de aquella cantaleta. No podía ocultarse a sí mismo que salir era una.


traición y una locura; pero tenía una furiosa necesidad de ver a Gipsy, la remota esperanza de encontrarla en aquel otoño tórrido y siniestro y de encerrarse con ella a hacer el amor, a escuchar jazz y a fumar mariguana. Se prometía insospechables placeres si Gipsy estuviera esperándolo junto al oleaje del Casino, si hubiera recibido aquel mensaje desenfrenado que él nunca supo dónde enviarle, si al cruzar una calle desierta de su pueblo hubiera sentido que sólo ella podía redimirlo de la angustia. Entonces volvería a ser feliz, como en aquel verano del cincuentiséis, en que Gipsy había aparecido descalza, dorada y dominante en el billar, ordenándole, «Enséñame». Sintió un odio intenso hacia ella porque era bonita y lo sabía y daba órdenes como si todos fueran sus sirvientes; por eso siguió practicando la combinación del cinco y el quince, depurando el insólito tiro que incluía un fino y una banda y bola y veinte puntos de salida; por eso y porque, de taquear los dos, tendrían que pagar la mesa y no le daba la real gana de rebajarse a explicarle que todo el dinero que tenía y el que podía rapiñar,


conseguir, mendigar, debía dedicarlo a la alcancía que llenaba para pagarle a Héctor los bonos y los periódicos. De modo que siguió taqueando sin responder, sintiendo deslizarse aquellos pies sobre el suelo, viendo cómo los sucios pies desnudos, las nalgas, la espalda y el pelo rubio de Gipsy se perdían a lo lejos. Desde entonces se dedicó a acecharla en silencio, como un gato. La vio jugar tenis, blanca, ágil sobre la cancha de arcilla, y se alegró cuando perdía porque entonces era una pequeña bestia caprichosa vomitando obscenidades en inglés, y aquella imagen lo excitaba casi tanto como los vellos rubios de sus axilas; la vio en la cancha verde de squash, corriendo entre los tres inmensos paredones de la cancha verde de squash, persiguiendo como una perra la pelota en medio del eco enfurecido de los gritos de los jugadores y los puntos en la cancha verde de squash, y la siguió luego por el muro que rodeaba el mar, y tuvo la certeza de que sus ojos eran verdes como el paño de las mesas de los billares, y azules como las aguas limpias y calmas del Caribe en verano;


la vio dar tres vueltas desde el trampolín mayor de la piscina y pensó que su trusa era tan azul y tan pequeña como una gota de agua entre sus pechos y sus muslos, y la siguió, ansioso, hasta el pie de la escalera que llevaba al solárium, y la imaginó total, perfecta, plena y absolutamente desnuda bajo el sol, como una diosa emputecida. Aquel ejercicio tenso, agradable y frustrante como una masturbación duraba meses, y Carlos estaba seguro de que los Bacilos lo sabían y se burlaban, y de que Gispy jugaba con él como una gata con un guayabito, y se prometía una y otra vez abandonarla o abordarla, y la promesa duraba hasta que la volvía a ver, siempre descalza y agresiva, y no podía evitar seguirla como un perro. Se sentía así, solo, despreciado, enamorado como un perro, cuando el penúltimo domingo de septiembre del cincuentiséis ella apareció por primera vez en la noche. El té bailable estaba suave, la orquesta de los Hermanos Castro tocaba Boom-shi-Boom y él trataba de trancar con Florita, luchaba por vencer la férrea resistencia almidonada de las múltiples sayas de paradera de.


Florida cuando Pablo anunció que había llegado la policía, y Berto y Jorge y Dopico preguntaron y Pablo señaló al vacío, hacia lo que para Carlos era en ese momento el vacío, diciendo que miraran, por favor, un ornitorrinco delirante, y Carlos presionó a Florita hasta lograr una vuelta contra el ritmo y allí estaba ella: un vestido blanco, de seda, y los vellos rubios sin afeitar en las axilas, y la piel cobre, canela, tostada como las capas de un pastel de hojaldre. Decidió no intentar nada, resistir a pie firme aquel ataque a traición, aquella violenta ruptura de las delicadas reglas de la cacería que había ido elaborando durante meses, soportar el bonche de los Bacilos que Pablo comenzaba al decirle, ahora, cará, no fuera pendex, le metiera, y Jorge continuaba, solita la niña, ¿era hombre o ratón?, y Dopico y Rosendo y Berto míster Cuba se atrevían a decirle a Florita no fuera sapa, le diera un chance a Charlichaplin, allí estaba el amor de su vida. Florita se ponía nerviosa, eran unos pesados, los dejaran tranquilos, y él la mandaba a callar con un gesto y un pellizco dirigido mentalmente contra.


Gipsy, pero que le sacaba las lágrimas a Florita y la obligaba a morderse el labio inferior mientras Gipsy seguía sola, marcando un lento blue, obligándolo a inventar nuevas justificaciones para su miedo. No era posible abordarla con la técnica Casino, señalarla, señalarse y agitar el índice en el aire, como quien bate un cubalibre, no entendería nada y a él no le daba la real gana de rebajarse a explicarle que no podría invitarla a un trago porque todo el dinero que tenía y el que podía rapiñar, conseguir, mendigar, era para la alcancía con que debía pagarle a Héctor la segunda camada de bonos y periódicos. Así que no hizo nada nada. Siguió mirándola y odiándola hasta que llegó la Sensación y la voz borracha de Barroso probó por qué Barroso era, sería, será siempre Abelardo Barroso en Cubita bella, y les recordó a todos que desde mil novecientos veinte venía pulsando la lira, luchando con los sonoros, negra, y ninguno le hizo na. Entonces fue que se armó la Rueda. Ahora Carlos estaba en su elemento, Gipsy seguía marcando sola y él entró en el círculo del borde exterior pensando que ella sabría dar tres vueltas.


en el trampolín de la piscina, pero era incapaz de dar una en el granito de la pista, y si se equivocaba, si se atrevía a entrar en la Rueda, si por casualidad colaba en el centro del triple círculo de parejas, se iba a joder, porque allí él era rey y estaba dispuesto a girarla, derrotarla y humillarla delante de Barroso y los Bacilos. La Rueda estaba bestial aquella noche, las sesenta parejas se habían dividido en tres círculos concéntricos —diez en el primero, veinte en el segundo, treinta en el tercero— y el círculo pequeño giraba hacia la derecha y el del centro hacia la izquierda y el exterior hacia la derecha y había que bailar sin mirar a los lados para no marearse porque ahora entraba el bikini, que era un pasillo rico como un helado de mamey, entraba el bikini y el bikini doble y había que dar una vuelta sobre sí mismo y marcar y entrar y salir y entrar, ya no con Florita sino con Bebé, y adivinar los bellos pechos de Bebé antes de soltarla y entrar con Maggie Sánchez y con Mayra y con Nydia y con todas las que habían sido novias o lo eran o lo serían, como si se bailara a la vez en el.


espacio y en el tiempo sobre el montuno suave y sinuoso del son que devolvía la imagen de Gipsy, aquel unicornio excitado que marchaba hacia el centro exhibiendo sus dientes y su piel contra las estrellas, como si hubiera alguien capaz de soportar aquella imagen sin odiarla. Berto dijo, «Kim Novack, consorte», y empezó a tararear Moonglow, pero quién coño podía sostener el tarareo de Moonglow cuando Juan Pablo Miranda estaba creando ambrosía con su flauta, ambrosía y néctar y pura pulpa de tamarindo con su flauta, y alguien tenía que aceptar el doble reto del sol y de aquella mujer que se había metido no sabía dónde, y Carlos dijo, «¡Voy, consorte!», dijo, «¡Déjenmela!», gritó, «¡A la cholandengue!», y salió como un gallo al centro de la pista. Los Bacilos se llevaron el bonche, aguantaron el ritmo de la Rueda para propiciar el sacrificio, y agruparon a todas las parejas en un gran círculo que aprobaba rugiendo la manera en que Carlos empezó a girar alrededor de Gipsy, rico hasta la tabla, apoyado en la voz de cuero caliente de Barroso, para que el coro y la orquesta y las.


sesenta parejas llamaran, ¡Ay, mira, mamacita de mi vida!, y Barroso volviera a entrar, a pedir, a rogar, a exigir, ¡Rúñeme, mamá!, mientras Carlos la ruñía suave, la ruñía sucio, la ruñía como un gato callejero y joven y excitado por el canto caliente del coro, ¡Apriétame, por Dios!, la ruñía proponiéndole un cruzado, un cuadrado, una esquina, un papalote y un timbal de pasillos a los que Gipsy no sabía cómo responder, la ruñía seguro de que ella no podría irse porque del centro de la rueda Casino no salía nadie hasta que Barroso o Faz o el Benny dijeran, y Barroso no iba a decir, Barroso estaba bien aquella noche, levemente borracho, suave, metido hasta los huesos en la atmósfera cada vez más lúbrica, jugando con el doble sentido de la frase que tenía uno sólo para los sueños de todos los presentes, ¡Ay, mama, mama, mama, mamacita de mi vida!, mientras ella resistía marcando apenas, impaciente, esperando quizá la ocasión de escabullirse, la misma que Carlos no pensaba darle porque ahora era el final y había que marcarla con la espalda, que atacar de frente,


jugando, persiguiendo, fornicando en el aire hasta llevar al clímax el coro que cantaba enfebrecido, ¡Mamá, mamá, mamá!, para que él humillara y pisara a una Gipsy que ripostaba de pronto, agredía, cantaba ¡Mamá, mamá, mamá!, como una más de aquella vasta tribu delirante; invitaba, atraía, entreabría los muslos, encajaba, machihembraba, mostraba el vello aquel, rubio, sudado, obsceno, que lo llevó, lo llevaría siempre a un delirio profundo, pleno, marcado por el sonoro golpe de la tumbadora al cerrar el cuadrado perfecto del son. Ella sonrió por primera vez contra él, no contra las estrellas, y se fue, y él recibió feliz el saludo emocionado de la tribu y se unió a la conga que salía del club cantando Mamelá-mamelámamámelavarropaconfab. En la calle, los Bacilos lo cargaron y se retiraron vencedores mientras Pablo le decía, «Asere, si viene el domingo, la ligaste, asere», y Jorge, «No viene, lo hizo por calentarte», y Dopico, «Viene», y Berto, «No viene», y Roberto Correa deslizaba, «Yo creo que el que se vino fue éste», y todos soltaban una.


carcajada y avanzaban hacia la Quinta Avenida coreando el tema: Somos los tuberculosos, los que más nos divertimos, los que más sangre escupimos, los que menos trabajamos, y, produciendo la ruidosa onomatopeya de un gargajo, El bacilo de Koch Koch Koch, el bacilo de Koch Koch Koch, que se riega por nuestros pulmones. El otro domingo, último de septiembre, Carlos llegó al club sintiendo miedo: si ella estaba allí y no la ligaba haría el ridículo. Decidió abandonarse pasivamente a su suerte. Los Bacilos estaban reunidos junto a la piscina, Pablo quería saber.


cómo tenía Berto el bíceps, lo sacara, se acercaba un dromedario. Berto fue hasta el borde de la piscina, se dejó caer de lado, colocó el brazo en triángulo contra el muro y la frente, e hizo presión hasta que el músculo se infló bajo la piel y empezó a moverse de un modo espasmódico e incontrolado. El dromedario, una muchacha nueva, bajita, formada como una botella de Coca-Cola, sonrió cuando Pablo le dijo, «Bella, por favor, mire a la bestia», y siguió su camino. Entonces Berto dijo que tenía diecinueve, y Pablo decidió seguir divirtiéndose, le pidió que sacara los dorsales y empezó a gritar alrededor de la piscina: «¡O arribato Zampanó, el tipo más bruto del mundo!» En eso llegaron Bebé Jiménez y Maggie Sánchez y empezaron a chillar que Berto estaba bestial, bárbaro, hecho un monstruo, y Berto, púrpura por el esfuerzo, sonrió complacido. Dopico propuso ir hasta las canchas, porque detrás había una puerta que daba a un pasillo que daba a otra puerta que daba a otro pasillo que daba al foro del escenario del Blanquita, donde a lo mejor estaban ensayando las coristas del.


Follies Bergre en cueros. Pablo estuvo de acuerdo, todas esas francesas debían ser ornitorrincos y unicornios, y Berto aclaró que no, había también algunos dromedarios. Rosendo y Jorge se compraron la idea, mundiales esas mujeres, y Carlos no, prefería quedarse por si venía Florita. Los Bacilos no lo creyeron, estaba buscando a la rubia, y él, que no, caballeros, de verdad, y Pablo, «Según el chiquito, la rubia se acuesta, según el anular, la rubia no se acuesta, según el del medio, la rubia se acuesta, según el índice, la rubia no se acuesta, según el gordo: ¡la rubia se acuesta, asere!». Entonces lo dejaran, concedió Berto echando a correr por el muro seguido de Jorge, Dopico, Rosendo y Pablo, que gritaba, «¡Se acuesta, asere, me lo dijo el gordo!». Los vio alejarse deseando seguirlos, imaginando ser lo suficientemente fatal como para que lo de las francesas en cueros fuera verdad. Había dejado de ir no porque esperara a la rubia, sino precisamente porque temía encontrarla en las canchas, delante de los Bacilos. Tuvo una imperiosa necesidad de movimiento, fue hasta el.


borde del muro, afincó los dedos de los pies, flexionó las rodillas y saltó al vacío. Tiró un salto del ángel, y en el aire, mientras se arqueaba, abría los brazos y se veía envuelto en un azul limpio, profundo, ilimitado, recordó fugazmente el momento en que el policía golpeó a Nelson, y él tuvo miedo, y deseó que la muerte fuera la repetición exacta e infinita de un instante feliz, pleno como aquel en que su cuerpo penetraba en el mar buscando fondo, embriagado por el desdibujarse de su pelo y de las piernas de alguna mujer que andaba allá, más arriba. Ascendió pateando lentamente, suavemente, buscó la escalera y se sentó en el muro pensando en no pensar, luchando por alejar la imagen de Héctor y la conciencia de que estaba al borde de cometer una traición, porque aquel unicornio en bikini que avanzaba por el muro era ella, y él se supo definitivamente incapaz de seguir ahorrando y se maldijo por no haber traído la plata de la alcancía. —Te tiras bien —dijo ella—, bastante bien. Se tendió a su lado y él no supo qué responder y se respiraron un rato en silencio. Ella tenía un.


furioso olor a algo muy limpio y muy claro, él no pudo eludir la imagen que lo obsesionaba: debía tener el sexo rubio, jamás había visto una mujer de sexo rubio. Siguió con la vista la línea de sus pensamientos y calculó que si movía un poco más la cabeza podría quizás ver el pezón, y creyó adivinar un borde oscuro, una especie de cereza morada, pero no podía saber dónde terminaba su imaginación y comenzaban las manchas que el golpe deslumbrante del sol le hacía ver a cada momento. En el vientre, algo combado, comenzaba una suave línea de vellos que iba a morir, a nacer, allá donde la trusa se abultaba un poco, junto a los fuertes muslos apretados, bronceados, tostados, brillantes de gotas de sudor o cristales de sal. Entonces creyó distinguir un suave, provocador, pequeño movimiento que lo obligó a deslizar la vista hacia las piernas para contener el imperioso deseo de morderla. —¿Ya? Ella sonreía con un gesto que era exactamente el punto medio entre la provocación y la burla, y él pensó que lo correcto hubiese sido decirle,


«Faltan los pies», pero supo que no sería capaz de articular palabra. Deseaba cerrar los ojos, tirar un salto del ángel hacia ella y hundirse. —Con los ojos abiertos. Ahora era una orden, una fabulosa orden que empezó a cumplir, demudado, pensando que la muerte no podía ser otra cosa que la repetición exacta e infinita del instante en que la besara. —Está prohibido. No entendió al principio. Detuvo el gesto, que no era posible ya después de aquella grotesca intervención, y miró hacia arriba con el odio del que busca a quien le ha pegado a traición un garrotazo. Parado frente a ellos estaba el sargento de la policía del club, una especie de gorila rojo en uniforme. Detrás, un grupo de bañistas observaba la escena. —Está prohibido por el reglamento besarse en el área del club —informó el sargento; luego miró obscenamente a Gipsy y siguió su camino. —Déjalo —dijo ella aguantando a Carlos, que intentaba pararse—, aquí siempre es así. —¿Y dónde no? —preguntó él, mirando.


tristemente al mar abierto. —Allá. —Ella señaló hacia el norte—. Puedes hacer lo que te de la gana, nadie se mete en tu vida. —Eso dice mi hermano. —¿Tu hermano ha estado allá? —Abrió una pitillera de plástico—. Son Kool, ¿quieres? Aceptó en silencio, se acercó a encender, y el sol creó una aguja de luz al dar contra la fosforera. —No, habla por hablar. —¿Y tú? —Yo tampoco. —Qué raro. Carlos arrancó una astilla de cemento que las olas habían aflojado en el muro y la tiró al mar. —¿Tú vas mucho? —Yo vivo allá —respondió ella, aspirando el humo con un gesto que a él se le antojó masculino —. Mi padre trabaja allá y aquí, en negocios de aviación, Aerovías Q, en Fort Lauderdale. Mi madre es americana. Te veré solamente los veranos. Carlos repitió mentalmente aquella especie de.


orden, pero no se atrevió a expresar su fastidio. Ella se dio vuelta para exponer la espalda al sol. —Quiero ponerme prieta —dijo. —Estás prieta —comentó él. —Negra —dijo ella—, vengo aquí a ponerme negra. Carlos se volvió también, sus rostros quedaron muy juntos, imantándose, y él miró el azul del mar en los ojos de Gipsy, que de pronto brillaron con un destello prohibido. —¿Tú has hecho eso con negras? —¿Qué? —Eso —insistió ella. —No —respondió él—, nunca. Gipsy esbozó una sonrisa desencantada, tiró el cigarro y cerró los ojos. —Quiero dormir —dijo. Volvió la cabeza. Carlos pensó en marcharse, pero ahora tenía la rubia cabellera de Gipsy como una llamarada ante sus ojos y podía, con sólo apoyarse en el codo, mirar la espalda que se estrechaba en la cintura y se alzaba en unas nalgas rotundas. «Tiene culo de negra», pensó. Estuvo.


mirándola durante un rato y soñaba que la poseía cuando ella se sentó con un limpio movimiento de gimnasta. —Tengo que ir a ver a Helen —dijo—, tiene disnea. —¿A quién? —A Helen, mi madre. —¿Tiene qué? —preguntó él, sentándose y alzando una rodilla para disimular el bulto en su entrepierna. —Nada. Inventa enfermedades porque no le gusta aquí. Odia el calor, la humedad, el idioma, los negros. —Y a ti, ¿te gusta? —So so —respondió ella, incorporándose. Quedó con las piernas abiertas, el ombligo junto al rostro de Carlos, mientras le imprimía un suave movimiento de rotación a las caderas y se mordía los labios. —Te veo en el baile —dijo—. By. Él cerró los ojos, dejó caer el cigarro, besó el vacío y escuchó un coro de voces aflautadas silabeando «¡Fla-co-hi-jo-de-pu-ta!». Reconoció.


las de Dopico, Pablo y Berto. —Siempre es así aquí —dijo. Se incorporó pensando que no tenía un cabrón quilo para invitar a Gipsy esa noche y de pronto se sintió en el aire. Los Bacilos lo habían cargado y corrían con él a cuestas por el muro para lanzarlo al agua. No tuvo tiempo de girar en el aire y se dio un ardiente golpe en el costado. Arriba, los Bacilos cantaban: Vendemos tibores en colores Vendemos tibores en colores Vendemos tibores en colores ¡Y damos un bono pascual! Le dolía la cabeza cuando volvió a verla porque no había almorzado ni comido para ahorrar el peso que tenía en el bolsillo. Ahora se sabía un traidor. Rompería la alcancía y no le pagaría a Héctor los bonos ni los periódicos, y todo el dinero que pudiera conseguir, rapiñar, mendigar, lo dedicaría.


a aquella mujer que estaba en medio del gran salón, detenida sobre el noreste de la rosa de los vientos, con un vestido beige tan semejante a su piel que la hacía parecer desnuda. Cuando se le unió, los Bacilos entonaron el himno, y él no tuvo defensa mejor que llevarla a bailar lejos de la orquesta. Entonces se dio cuenta que el largo lamento que estaba hendiendo el aire era el acorde inicial de You and you alone, y era ella vocalizando en un inglés lento, fluido y algo ronco, jugando despacio contra la orquesta, deslizándole la mano izquierda tras la nuca y encajándose cálidamente en su cuerpo. Hasta ahí estuvo genial como el blue, pero entonces la orquesta rompió con Naricita fría, un gran chachachá para banda que jugaba hasta el fondo con las posibilidades explosivas de los metales, y se armó la Rueda y ella quiso entrar y él tuvo que negarse. Se lo jugó todo a una baraja porque Gipsy era bastante más explosiva que los metales de la orquesta, pero no hubiese habido nada peor que atreverse. La Rueda era una cofradía, una secta, una especie de religión del baile en la que sólo.


podían participar los cardenales, o alguna víctima propiciatoria, alguna hembra desquiciada que se arriesgara a meterse en el carnaval donde sería llevada al sacrificio, hincada, violada, quemada, calimbada con el hierro flamígero del son. Se había ido formando casualmente, en los alrededores del área de la orquesta, una glorieta que penetraba en el borde oeste del gran salón como la proa de un pequeño navío. Domingo tras domingo se reunió allí una cofradía de fundadores que imitaba, al bailar y al caminar, ciertos gestos lúbricos, elegantes y rítmicos de los negros habaneros. Poco a poco fueron inventando un modo que no era ya el de los negros, que no era tan libre y espontáneo y fresco como el de los negros de las verbenas de La Tropical, pero que era también hermoso, un poco espectacular, coreográfico, concertado y a su manera bello, sensual y sabroso como el son. Cuando las cuatro horas del té les resultaron insuficientes empezaron a darse cita alrededor de la victrola que estaba detrás del salón billares; primero iban los sábados, después los jueves y.


sábados, más tarde los martes, jueves y sábados. Los viejos pasillos del chachachá —el yerro y el tirapaquí— se les hicieron obsoletos. Comenzaron a marcar doble, manteniendo la estructura básica de los tres golpes de danza, pero marcando dos en cada uno, con lo que lograban un ajuste perfecto, cálido y sensual al ritmo. Produjeron un nuevo pasillo centro, el cuadrao, que tenía ida y vuelta y permitía que la pareja se abriera por el salón persiguiéndose a través del contrapunto del ritmo y la armonía, como gatos en celo. Cuando alguien les preguntaba qué modo de bailar era ése, respondían invariablemente: estilo Casino. Los domingos tenían su público, los primeros aplausos incitaron a la emulación y varios grupos de parejas comenzaron a combinar sus esfuerzos para producir figuras. Una noche se unieron doce y empezaron a inventar; esa noche cantaba el Benny. El Benny estaba chévere, sumergido en alcohol, dijo, sin dientes, dijo, y estiró su saco largo y ancho, de chuchero, y parecía un pájaro dorado cuando la banda gigante sonó la primera y él dijo ¡Ahí! y se dio cuenta de que en la pista había un.


piquete que servía y empezó a apretar a su tribu, a darle y a pedirle más a los bailadores, a llevarlos volando con el son hasta el icuiriuiricui, dijo, más alto en cada pieza, hasta llegar a Castellanos y a Mi son Maracaibo, que salieron brillantes, calientes como el centro del sol, del son que él, el mismísimo Benny Moré en persona dirigía, bailaba, cantaba con aquella voz suave, de cristal y de acero y de cobre, obligando al piquete a guiarse con él, por la tumba, por la trompa, a soltarse girando, jugando, inventando pasillos que después se llamarían bikini, bikini doble, suéltalay-no-la-sueltes, pero que entonces eran sólo gestos de Benny, respuestas de los bailadores, aquel cuerpo único, sudado, sabio, delirante y feliz hasta el momento en que la tumba dio el último sonido del son y la tribu del Benny empezó a recoger los hierros. Aquella noche nació la Rueda. Carlos, Jorge y Pablo la llamaron durante un tiempo el Toque, porque les recordó desde el principio las noches llameantes de la furnia. A veces se transportaban a aquellos días, y les gustaba repetir en la victrola.


una pieza de la Aragón: Oh, divino Ser, Tiembla Tierra, ruega por los dos. Pero aquello les recordaba también la policía y el miedo, y otros opinaron que Toque sonaba mucho a negros, y la Rueda siguió siendo la Rueda, una escala superior y envidiada de la religión de la danza a la que los iniciados podían aspirar sólo si dominaban los siete secretos del estilo Casino y asistían puntualmente a las misas bailables de martes, jueves y sábados, el alambique musical donde destilaban semana tras semana las pócimas para sorprender el domingo. Allí se inventaron los círculos cuando la Rueda creció tanto que amenazó con estallar, y surgió la decisión colectiva y universalmente acatada de poner el tope en sesenta parejas. A partir de entonces la Rueda creció en profundidad, no en.


extensión: el que se equivocara un domingo debía aceptar el infamante castigo de ser expulsado delante de todos y ceder su lugar a una pareja de aspirantes. Carlos no podía sufrir ese desastre; bastante había hecho con retirarse a enseñar a Gipsy, actitud que se podía dar el lujo de imponer, pese al recelo de la Rueda, en su carácter de miembro de la poderosa cofradía de los Bacilos. Aquel problema no le preocupaba demasiado porque Gipsy bailaba bien, Gipsy era la música, y en dos, a lo sumo tres meses se daría el gusto de regresar a la Rueda del brazo de un unicornio dorado. Ahora estaban aparte, bailaban Cicuta tibia, viajaban por los cuatro puntos cardinales, recalaban en los protegidos puertos de la rosa de los vientos y salían otra vez al mar de aquel danzón, de aquel sabio veneno musical de Ernesto Duarte cuando alguien, una mujer, hizo a Gipsy un gesto desde la puerta y ella gritó, «Go to hell», y lo arrastró por la muñeca hacia el muro. Él intuyó que no debía preguntar nada. Quedaron mucho rato en silencio, mirando la larga línea de la costa, las lentas luces de las playas del este que insinuaban.


el nacimiento de otra ciudad, allá, en el Coney Island. Ella comenzó a cantar un lamento, un ruego, una suerte de misa terrenal que narraba una historia nocturna, tierna, dolorosa y alegre. —¿Qué es? —El Summertime de Ella; el tiempo de verano. El mar estaba oscuro y en calma. Un arenero se arrastraba lentamente, bordeando la costa. A la luz de la bombilla, dentro de la destartalada caseta de madera, se veía al patrón, solo. —¿Cómo se llamará ese hombre? —preguntó Carlos—. ¿Quién es? Ella lo atrajo sin responder y lo besó. —Búscame el próximo —dijo, antes de echar a correr. Carlos necesitó muchos domingos para convencerse de que el próximo era el próximo verano, el año próximo. Creyó entonces fijar por primera vez la noción del tiempo y de la ambigüedad de las palabras: próximo significaba en realidad algo inconmensurablemente lejano. En ese tiempo se metió más en la lucha, pero un buen día los tiros, los palos y el miedo que sintió.


en una manifestación estudiantil lo alejaron de todo y se encerró en sí mismo. Después descubrió, tuvo y perdió a Fanny, y entonces rumió su ruina frente al mar morado del invierno, preparado para esperar hasta mayo o hasta nunca, como pensaba a veces, cuando se ponía triste y el club le parecía doloroso y sombrío. Todo iba mal. Los Bacilos casi no existían. Jorge había partido. Su padre le había impedido regresar a clases. Héctor estaba preso, y el Mai clandestino, quizás alzado. Fanny era una perra de cuyo asqueroso recuerdo, sin embargo, no lograba despegarse. Lo único que le sobraba era dinero. El edificio estaba rindiendo y entre el aumento de la asignación y la plata de Berto tenía más de doscientos cincuenta pesos que guardaba celosamente para gastarlos con Gipsy. Un domingo de marzo del cincuentisiete iba caminando por el muro con lo que quedaba de los Bacilos, cuando vio que en dirección contraria se acercaban dos muchachas; detrás, venía ella. Sonreía como si lo hubiera estado siguiendo en silencio desde que entró a la playa. Él echó a correr, olvidando el musgo que forma el mar sobre.


el cemento, y resbaló. Pudo escuchar su risa antes de caer de espaldas al agua, hundirse y salir, mareado, con un áspero sabor a sal en la garganta, dudando hasta que volvió a verla, todavía riendo, recortando contra la luz del sol la imagen misma de la felicidad. Se le perdió de pronto y reapareció en el aire y se sumergió como una diosa y salió a flote con unas yerbas del fondo en las manos. —Húndete —ordenó—. Pásame entre las piernas. Bajo el agua, mientras se orientaba hacia aquel cuerpo ondulante, Carlos pensó en el tiempo que había dedicado a encontrar un saludo adecuado y simple, como hi, por ejemplo, sólo para que no le sirviera de nada frente a Gipsy. Ahora tocaba los bordes desdibujados de sus piernas e hizo una ligera presión para arquearlas y deslizarse entre ellas, pero cuando lo hubo conseguido Gipsy las apretó, obligándolo a presionarle el sexo con la cabeza y los muslos con los codos. La tenaza fue abriéndose y Carlos entendió que podía, que debía girar sobre sí mismo, que ella deseaba tan.


intensamente como él que su cuerpo diese aquella vuelta que había comenzado a dar, que estaba dando, que terminaba cuando ella volvía a atraparlo y no había otro modo de salir que apretarle las nalgas para impulsarse, restregarle el pecho en el sexo, el sexo en el sexo, hasta que ella lo tomó por el pelo y lo sacó a la superficie. Arriba, el sargento golpeó el borde del muro con su palo. Carlos quiso ir nadando hacia el oeste para evadir al policía, pero Gipsy insistió en subir por la escala e ir por el muro. —Denme el carné, los dos —dijo el sargento. —What are you talking about, you dirty cop? —masculló ella, sin mirarle. Recogió su cigarrera, su radio, su bata, sus espejuelos, y echó a caminar seguida de Carlos. Al principio el sargento quedó clavado en el lugar, luego ensayó un gesto, un grotesco movimiento mezcla de reverencia y cortesía, como para ayudarla, pero ella lo paró en seco: —Go to hell, bastard. Leave me alone, will you? —Y luego, mientras se tendía en una silla de.


extensión—: Así es como hay que tratarlos aquí. —¿Y allá? —preguntó Carlos, imitándola. —Allá no se meten contigo, si eres blanco. —Mi hermano está allá. —¿Sí? —preguntó ella muy alegre—. Cuéntame. —Nada —dijo él—. Se fue. Gipsy encendió el radio, un pequeño Zenith con una antena muy larga. —¿Dónde está? —En Nueva York. —Yo soy del sur —comentó, sin dejar de mover el dial. El radio emitía un pitido agudo y taladrante. —¿Qué hiciste este año? Ella tomó un cigarro. La pitillera era nueva, de plata, tenía un encendedor en la punta. En la radio, Vicentico Valdés comenzó a cantar Mambo suave. —Helen no quería venir, dice que este país está revuelto, tuve que obligarla. Carlos tuvo un estremecimiento breve y le tomó la mano. —Inventa enfermedades —añadió ella—, no sé cómo no se muere.


Él llevó la mano a los labios y la besó. Estuvieron un rato en silencio. Frente, el bote del Biltmore practicaba, los remeros mantenían una boga igual, obsesiva. Orlando Vallejo empezó a cantar Serenata en Batanga. —¡Mierda! —gritó ella de pronto, retirando la mano y apagando el radio. —No es mierda —replicó él—. Es música. —Música es jazz —dijo Gipsy rápidamente—. ¿Tú conoces jazz? ¿Tú has oído a Satchmo, a Ella, a Bessie, a Duke, a Charlie the bird? —Los he oído —dijo él vagamente—, un poco. —Bueno, pues eso es la música. —Benny Moré también es la música. —Chano Pozo es la música —dijo ella con vehemencia, como si Carlos hubiese afirmado lo contrario—. Chano Pozo fue el único de aquí que cambió un poco el jazz. —¡Pérez Prado es la música! —gritó Carlos. Gipsy se movió confundida en la silla de extensión. —Bueno —concedió—, mambo. Los remeros levantaron la boga y el bote se hizo.


un punto negro en el horizonte. Carlos le tomó otra vez la mano y se la llevó a la cara. —Yo estuve preso —murmuró—. Me torturaron. Ella lo miró aterrada. —Me apagaron cigarros en la espalda —añadió con una sonrisa amarga—. Me sacaron las uñas. Sonrió al verla conmovida, indecisa, iniciando un gesto hacia su espalda, otro hacia sus manos, uniéndosele al fin tiernamente. —Ahora eres mío —dijo—, ahora estás conmigo. Y empezó a hablarle de la nieve, que a veces era sucia, otras azul o dorada, nunca se sabía, había que verla. Un día irían juntos desde Fort Lauderdale hasta el norte, hasta el mismo río San Lorenzo, sin Helen. Él estaba siguiendo sus palabras, viendo la nieve azul, dorada, blanca, viajando desde el calor hacia el río, con ella, en un convertible, cuando le descubrió en la cara un odio intenso al mencionar a Helen; tenía que ir a verla, se buscarían luego, en la noche, by. Apareció caminando por el pequeño malecón que rodeaba la piscina natural. La orquesta de los.


Hermanos Castro repetía Hasta la reina Isabel baila el danzón y la Rueda había empezado a moler, pero ellos no querían acercarse a la pista. Quedaron junto al mar, iluminado por la luna llena y pálida. —¿En qué pensabas cuando te estaban torturando? —En no hablar, en los compañeros. Mejor olvidarse de eso. Se recostó a la baranda y le pasó una caja de chiclets Adams con sabor a menta. Ella tomó cinco pastillas. —Me gusta más el Double-Bounce —comentó. —Como fumabas Kool. —murmuró él, un poco cortado. Ella hizo un globo, que estalló cubriéndole los labios como una membrana. —Quítamela —dijo. Él comenzó a absorberla como si le fumara los labios, y entonces se la pasó y volvió a recibirla depurada de todo sabor que no fuera el que estaba inventando. La Sensación había empezado su tanda y la voz de Barroso se abría como una cueva, una.


lechuza, un tren, una bandera contra el borde de la noche: Pinté a Matanzas confusa, la cueva de Bellamar, —Es lindo aquí —dijo ella. pero me faltó pintar el nido de la lechuza. —¿En Cuba? Dilo. Yo pinté por donde cruza un lindo ferrocarril, —Es lindo en Cuba.


un machete y un fusil y una lancha cañonera, —Repítelo. no pinté la bandera por la que voy a morir. —Cuba —dijo ella sobre sus labios, y estuvieron mucho besándose, lamiéndose, mordiéndose, inspirados por la repetición obsesiva del montuno, ¡Chupa la caña, negra!, y por el coro excitado de la Rueda que llegaba hasta el mar como una orden: ¡Chúpala! ¡Chúpala! ¡Chúpala! De pronto, ella se separó y se quedó mirándolo. —¿Tú mataste a alguien? —Sí —respondió él con una voz sobrecogidamente fría—. Maté. —Algunas veces yo quisiera matar a Helen. Quiere irse.


Cuando volvieron a besarse Gipsy estaba llorando, y el beso fue largo, húmedo y salado, y sus ojos azules y cercanos eran la imagen ideal de la muerte hacia la que Carlos se sintió descender, estremecido, cuando ella le presionó el sexo sobre el pantalón, y él lo sintió moverse y vomitar como un animal fiero y agónico. —Llévame a beber —ordenó ella—. Quiero beber ron. Estuvo una semana recordando la nota intensa que cogieron, el modo fuerte en que bebía Gipsy, su negativa sistemática a verlo en otro lugar que no fuera el Casino, su terca repetición de que él no conocía a Helen, no sabía de lo que era capaz Helen, no sabía con quién andaba Helen, y sobre todo, su certeza siniestra de que acabaría matándola. Cuando terminó el té ella estaba pálida por el alcohol, desencajada, y él no sabía qué hacer porque ella se negaba a darle su dirección. Se encaminó hacia la puerta seguido por los consejos de Dopico, ¿no tenía plata?, entonces la llevara a un hotel; las protestas de Pablo; ¿quién aguantaba a José María si éste no iba a dormir a la.


casa?; las sugerencias de Berto, la metiera en una posada, le echara dos, y le dejara una nota al carpetero: «Se llama Gipsy. Es americana. Está borracha. Favor de cuidarla.» Llegó a la puerta sintiéndose en medio de un desastre, con ella a cuestas, y de pronto un hombre joven y elegante comentó, en tono aburrido, «¿Otra vez?» y le pidió que, por favor, la llevara a la máquina; señalaba a un Triumph TR2 azul. Ahora recordaba cómo había obedecido sin preguntar, porque era obvio que aquel hombre tenía algo que ver con Gipsy. Pero hoy volvía a ser domingo, las cinco de la tarde, y ella no había aparecido. Él vagaba por la playa como un zombie, sintiendo una sombría sensación de derrota. Había otra Gipsy, ignorada, ajena y, por tanto, enemiga, en cuyo mundo él no entraría jamás. Se sorprendió pensando en un modo infalible de matar a Helen y al tipo de la máquina y al padre para poder estar solos, siempre juntos: ella aparecía en el centro del gran salón entregada a algún juego, a alguna operación complicada y extraña, con la vista fija en el punto donde ahora el.


sol, el cielo, el mar, las nubes eran altas, intensas, profundamente rojas. Entonces, él la rodearía por detrás, a distancia, en silencio, mientras ella avanzara bajo el cielo escarlata del verano, saltara de un punto a otro de la gran rosa de los vientos, navegara entre los signos, salvara escollos, tempestades, y de pronto se detuviera bajo el único, último, tenue, rojizo rayo de sol, y lo llamara a emprender juntos el viaje bajeando lentamente los largos arrecifes de coral, desplegando sólo ciertas velas cuyos colores deberían semejar inexorablemente el fondo de las aguas que rodeaban aquel lejano islote del noreste donde vivirían, por siempre jamás. —¿Tú eres Carlos? Asintió, sorprendido y confuso. El tipo le tendió un papel. Era el mismo que había recibido a Gipsy el domingo anterior. —Dice que vayas —dijo retirándose. Media hora más tarde Carlos se detuvo frente a la puerta de un apartamento en Miramar. Gipsy abrió antes de que tocara el timbre, como si lo hubiera estado espiando. Le tomó la mano, le.


susurró, «Helen está aquí», y él creyó sorprenderle la sonrisa de quien está preparando una broma macabra. Se dejó llevar; de pronto se contrajo al ver frente a sí dos confusas figuras. Después casi se ríe, eran ellos mismos reflejados en el enorme espejo sepia de la sala. Estaban inmersos en la penumbra de la tarde y Carlos apenas logró distinguir el piso de granito verde. Al fondo se adivinaba una terraza y más allá la presencia de los pinos de la avenida y el silbido del viento en las ramas y el ruido monótono del mar. Gipsy le condujo hacia una breve escalera lateral que daba a un corredor flanqueado de puertas. Entraron por la última. La penumbra del cuarto era rasgada por las luces que se filtraban a través de la cristalera de otra terraza e iban a reflejarse en un espejo lateral. «La puerta de un closet», pensó él mientras se pegaba a la pared automáticamente, como si buscara protección. Ella era ahora una sombra ovillada en la cama. —¿Por qué lo hicieron? —¿Qué? —preguntó él—. ¿Qué hicimos? —Lo de Palacio —dijo ella—.


Ahora Helen quiere irse, ahora Helen se va. Carlos avanzó hacia la cama al murmurar: —¿Y tú? —Helen me lleva, Helen me tiene presa. Le buscó el rostro intentando descifrar si lloraba, pero ella rehuyó su mano. Después avanzó sobre el colchón como nadando, hasta llegar al velador y encender la luz. No lloraba, tenía una mirada fiera. —No fue mi grupo —dijo él. Sobre la mesita de noche había una botella de Johnny Walker Etiqueta negra, un vaso, un plato con restos de filete de anchoa y un blúmer. Ella se sirvió tres dedos y los bebió de un trago. Al inclinar la cabeza, el pelo le cubrió la cara y ella se lo alisó, descubriendo sus axilas sin afeitar. —Helen está allá abajo —dijo, con una sonrisa rencorosa. Él miró automáticamente hacia la puerta. Sobre el pomo había un blue-jean sucio. En la pared, la foto de un desconocido. —¿No vendrá? —Está en la luna. Le dimos un viaje.


—¿Un viaje? Gipsy se subió la saya hasta el muslo, imitó un pinchazo, un breve instante de dolor, un intenso masaje y una sensación de placer brutal y desmedido. —Helen se inyecta —dijo. Carlos le pidió un trago y el sabor seco y caliente del wisky le ayudó a esconder su estupor. —Papá se la esconde y Helen se vuelve loca y le da por romperlo todo. John y yo averiguamos el escondite, ahora nos deja tranquilos si le damos un viaje. —¿Tú te inyectas? —Me da miedo —confesó ella, volviendo a beber—. Una vez me inyecté agua, pero doparme no, me da miedo. ¿A ti no te da miedo? —Yo fumo. —¿Marijuana? —Guana. Mari-guana. Ella avanzó de rodillas sobre la cama. Su rostro reflejaba el mismo interés que cuando él le habló de torturas. Llegó hasta el borde y se sentó al estilo asiático, con las nalgas sobre los pies.


—¿Trajiste? —No. —¿Cómo es? Él recordó el modo en que había visto fumar a los tacos del billar del Arco, frente al instituto; tomó un cigarro con las yemas del índice y el pulgar de la mano izquierda, de modo que quedase cubierto por la palma y el resto de los dedos, lo llevó a los labios y dio una cachada. —Después se lo pasan —dijo, pasándoselo. Ella repitió la operación con una habilidad impresionante. El cristal del closet devolvía sus imágenes y Carlos pensó en la cámara de los espejos circulares y en Fanny. —¿Qué se siente? —Como si te besara —dijo él—. Cuando se fuma de verdad, se siente como si te besara. —Oyendo jazz —recordó ella—. Te voy a enseñar jazz. Cuando se tiró de la cama para buscar los discos, él logró ver el blúmer azul y una mancha oscura, pensó que allí estaba su obsesión y le pidió que cantara Love me tender. Ella empezó a.


cantar y el canto era una llamada, un lento aullido de deseo que se mantuvo mientras él avanzaba midiendo las imágenes en los espejos de modo que cuando empezaron a bailar, a arrancarse las ropas y a hacer el amor de un modo primario e inmediato, se veían repetidos hasta el infinito, como si fueran todas las parejas del mundo. Terminaron tendidos sobre el frío suelo de granito. El aire aullaba a veces por la juntura de la puerta de cristales, como una fiera. —Ayúdame a matarla —pidió ella—. John tiene miedo. Es fácil. —¿Cómo? —Le doy más y más droga y. ¿quién se entera? La miró aterrado. Bajo la tenue luz del velador su rostro tenía una inocencia siniestra. —¿Quién es John? —El amigo de Helen. Tú lo conoces. ¿Quieres verla? Se negó, pensando que se trataba de bajar y ver a Helen drogada, pero ya Gipsy regresaba de la mesita mostrándole dos postales. Helen era Gipsy con veinte años más, y era aún muy bella, un poco.


más gruesa quizá, más alta, y estaba completamente desnuda en ambas fotos. —Dame otro trago —pidió Carlos. Gipsy reía al entregarle la botella, se carcajeaba al verlo simular frialdad ante las fotos, y él decidió beber un trago largo, demorado, y luego dedicarse a mirarlas con calma. En la primera Helen aparecía más bien de lado, recreando un falso gesto de asombro, con los labios en forma de o, los dedos cubriendo los pezones y la pierna izquierda en escuadra, tapando el sexo. En la segunda estaba de frente, en cuclillas, con los brazos, las piernas y el sexo obscenamente abiertos ante la cámara. Gipsy lanzó una risita breve e histérica. —¿Te gustan? —preguntó antes de pasar a una sonora carcajada. —Se parece a ti —respondió Carlos—. ¿Tuyas no tienes? —No —dijo—. Todavía no me he dejado. —Eres igual que Fanny —murmuró él. La miró avanzar hacia el tocadiscos. Su piel tenía el cálido color tostado de ciertas maderas;


puso Star dust, y la melodía pareció ceñirle lentamente las nalgas. —¿Fanny es negra? —No, es igual que tú. —A John le gustan las negras. Se va con negras y Helen no lo soporta y tengo que inyectarla. —Ah —dijo Carlos. —John dice que parezco una negra —dijo ella, empinando el vaso. Generaba un olor excitante, vagamente agrio, y sus axilas, y seguramente también sus entrepiernas, estaban sudadas, y ahora la melodía había estallado y el piano le ceñía los pechos y la trompeta le penetraba el sexo, aquella gran llamarada amarilla hacia la que lo obligó a descender y sumergirse en medio de las más obscenas, delicadas, bestiales palabras de amor. Luego se produjo una larga modorra y un sueño y él despertó mareado. La aguja del tocadiscos rayaba una y otra vez la placa y el reloj marcaba las tres de la madrugada. Intentó despertarla dándole palmaditas en las mejillas, y ella murmuró, «Oh, John, John, go to hell», y se.


volvió de espaldas. El viento aullaba sobre las ramas de los pinos. Creyó escuchar un ruido en la planta baja. Quedó inmóvil, acechando, pero el ruido no se repitió. ¿Serían sus nervios? Pasaron dos, tres autos por la avenida y siempre confundió sus motores con el del Triumph de John. Decidió escapar. Dejó una nota: «Nos vemos el domingo, o el próximo. Carlos.» Pero el verano del cincuentiocho fue devorado por el miedo. Gipsy no vino y Carlos se fue sumiendo en el perpetuo sobresalto de un horror totalmente distinto al de su infancia y su adolescencia, sin una gota de magia o de misterio, tan primario y brutal como que te apresaran por tener menos de treinta años, por ser culpable o inocente, y por eso mismo te sacaran las uñas, te arrancaran los ojos, te cortaran los güevos y te tiraran en un solar yermo. Para protegerse o para protestar, nunca lo supo bien, dejó de asistir a clases, cumplió rigurosa consigna de Cero Tres Ce —cero compras, cero cine, cero cabaré—, se fue encerrando en sí mismo hasta enloquecer con el recuerdo de Gipsy en medio de una insoportable.


sensación de asfixia que decidió romper, a pesar de la obstinada oposición de su madre y de que lo sabía una traición y una locura, aquella tórrida noche de octubre en que recorrió el Casino sólo para comprobar que los Bacilos no existían, que ya no se bailaba la Rueda, que Gipsy no había recibido el mensaje que nunca le envió a Fort Lauderdale. Rumiaba su frustración y su miedo, al salir, cuando un automóvil se detuvo a su espalda. Pensó en correr, pero se sintió débil de pronto, como de estopa. Tuvo el pálpito de que le había llegado el fin, de que Héctor o el Mai, molidos en una sala de torturas, habían pronunciado su nombre. —Carlos. Casi llora de alegría al reconocer la voz de su padre diciendo que no pasaba nada, que montara. Pero pasaba algo. Su madre estaba adentro y se aferraba a él, temblando como una hojita. Avanzaron en silencio hasta el túnel de Línea, con el miedo instalado en el carro como un cuarto pasajero. Entonces su padre dijo: —Tiraron a un muchacho frente al edificio.


—Muerto —murmuró su madre. Hablaba sin énfasis, y eso hizo más terrible para él aquella revelación que por primera vez lo tocaba tan de cerca y que dio inicio a la fase final de su encierro. Pero ni siquiera metido en la casa logró escapar al dominio del miedo. Cierta noche despertó al sentir una presencia en su cuarto y vio a sus padres atisbando por la ventana. Frente a la casa de Pablo estaban parqueadas dos perseguidoras. Tres esbirros conversaban en voz baja, inaudible. La puerta estaba abierta. «Hay que avisarles», murmuró él, e hizo silencio al darse cuenta de que había dicho una estupidez: los demás esbirros ya estarían adentro, registrando. Pasaron casi una hora inmóviles, su madre murmurando oraciones, ellos con la secreta esperanza de que aquella interminable plegaria pudiera ayudar en algo a los amigos en desgracia. De pronto, Carlos empezó a sudar frío: los bonos y los periódicos de Héctor estaban en la mesita de noche. No se atrevió siquiera a separarse de la ventana, cualquier ruidito podía atraer la atención de los perros de.


presa. Empezó a rezar por sí mismo hasta que el padre de Pablo salió al portal, rodeado por cuatro policías, seguido por su mujer y su hijo, y montó en el asiento trasero de una perseguidora que partió sin el menor ruido, deslizándose por la pendiente. Entonces su padre cruzó la calle y minutos después volvió con Pablo y su mamá, mientras Carlos, encerrado en el baño, quemaba los bonos y periódicos de Héctor. Fueron tiempos oscuros, el negocio de su padre entró en picada, pero él no aceptó jamás un centavo a Rosario, que dejó a Pablo con ellos para dedicarse a peregrinar por precintos y cárceles. Pablo estaba terriblemente deprimido y, para Carlos, los dueños de la noche siguieron siendo el miedo, la añoranza de Gipsy y una tristeza quebrada apenas por el estallido de las bombas que estremecían la ciudad y el aliento de Radio Rebelde y de aquel anuncio que Consuelito Vidal repetía noche tras noche en la televisión: «¡Hay que tener fe, que todo llega!». Llegaron unas pascuas sangrientas. Por primera vez, desde que Carlos tenía memoria, no hubo fiesta en la casa. La.


familia se reunió en un ritual sombrío. Su padre informó que iba a volver a su antiguo empleo de vendedor de cigarros, el negocio no daba, nadie podía pagar las deudas, estaba pensando. Hizo silencio, miró a la madre con una ternura inusual y luego, dirigiéndose a él, «mandarte al Norte con tu hermano porque hoy por hoy, en este maldito país, ser joven es una desgracia». Carlos saltó de alegría pensando que al fin podría ver a Gipsy, acostarse con Gipsy, resucitar con Gipsy; ¿pero cómo?, pensó de pronto, ¿si aquel país era tan grande y a lo mejor Fort Lauderdale. Diez minutos después estaba inclinado sobre un mapa buscando aquel pueblo sagrado, ahora tan próximo, calculando en pulgadas a qué distancia estaría de Nueva York, diciéndose que Jorge le ayudaría, sobresaltándose cuando sonaron tres bombazos y Rosario, como era su costumbre, se persignó dando gracias a Dios. La pobre mujer tenía los nervios hechos trizas, despotricaba en la calle contra el gobierno y terminaba dando vivas a Fidel, incluso al ver.


acercarse policías que, por alguna oscura razón que hacía pensar a Carlos en el Viejo de las Muletas, seguían siempre de largo limitándose a tildarla de loca, como él mismo estuvo a punto de hacerlo cuando abrió los ojos, aquella mañana de Año Nuevo, y la vio envuelta en la bandera, valseando, tarareando y riendo entre sollozos incontrolables mientras él repetía, «¿Qué pasa, Rosario?», seguro de que la angustia y el miedo habían concluido su obra, de que llevaban demasiado tiempo en el horror como para que una mujer tan frágil no acabara quebrándose. Y en eso entraron sus padres y Pablo, transfigurados, y él se preguntó si lo imposible habría sucedido, si al fin podría ser feliz junto a Gipsy, si se habrían librado definitivamente del miedo, y de tanto desearlo no podía creerlo, y gritó «¡No!». «Sí, muchacho, sí», exclamó su padre, y Rosario abrió la ventana y se asomó a la calle, «¡Abajo Batistaaaaaa!», y sus padres y Pablo, a voz en cuello, «¡Abajooooooo!», y entonces él supo que sí, que era cierto. Y fue como si todo el mundo se hubiera vuelto loco, o como si Rosario hubiera estado cuerda.


desde siempre, desde los días trágicos y ya increíblemente lejanos en que daba vivas a Fidel en plena calle. Ahora todos lo hacían, se abrazaban y besaban dondequiera, aprendían a cantar el Himno del 26 y rodeaban al padre de Pablo que regresó flaco como un alambre, frescas aún las huellas de las torturas, para asegurar, compañeros, que desde hoy todo cambiaría en Cuba para siempre. Carlos debió esperar todavía un mes interminable antes de que el Casino ofreciera el Gran Té Bailable de la Libertad, y entonces se dirigió al club preparándose para no hallar a Gipsy, diciéndose que tendría que esperar hasta el verano. Pero ahora, cuando la Banda Gigante empezaba su ensayo y se escuchaban las voces de los saxos altos y bajos tenores, y el trombón de vara mugía, bramaba suavemente, y las trompetas sajaban el aire tenue y frío de la noche, y ya era seguro que tan sólo unos minutos más tarde, cuando los fuegos artificiales quemaran la noche, Bartolo, Belisario Moré, el Benny le diría a una mujer, le cantaría suavemente al oído,


vidaaaaaaa. ahora precisamente Carlos volvía a soñar con Gipsy, le tomaba la palabra al Benny para rezarle a Gipsy, desde que te conocí no existe un ser igual que tú; ahora, cuando el cabezón de don Roberto Faz pasaba bajo la marquesina y Pablo y Berto y Dopico salían del auto y encontraban un carajal de amigos y conocidos y todos maldecían aquel maldito año 58 y en un dos por tres armaban un coro descomunal en plena calle dando vivas al 26 de Julio y a Cuba Libre; ahora sólo faltaba verla allí, esperándolo, para que el mundo, su mundo, estuviera completo. Todo prometía ser igual que antes y aún mejor, porque había desaparecido el miedo, ser joven era una credencial y su padre no le podría impedir que pasara las noches fuera. Desde la calle se veía el salón empavesado de banderas y Carlos corrió hacia adentro saludando con palmadas, gritos y sonrisas a amigos y conocidos. Recorrió los salones, la piscina, las canchas, el billar, el muro, y se detuvo frente al mar morado del invierno llorando como un converso. Respiró su olor y se volvió temblando, sin tiempo para pensar en.


alucinaciones porque ella también, Gipsy también estaba allí, riendo, besándolo, arrastrándolo al salón y diciendo atropelladamente que Helen was fine, que Castro era very nice y Cuba a many splendored thing, y que ahora sí, ahora sí que se iban a divertir de lo lindo. Cuando llegaron al gran salón, López, el administrador, terminaba de presentar el Té de la Libertad en medio de una cascada de fuegos artificiales y una ola de aplausos que creció hasta la locura cuando Faz entró al estrado y, moviendo el cabezón, saludó y atacó La sitiera. Los aplausos fueron un homenaje al Sonerito, a las veces que el Sonerito los había llevado con su voz hasta las puertas mismas de la gloria. Los Bacilos insinuaron una Rueda simple y relajada, y Carlos marcó muy cerca para que Gipsy fuera llevando cartas y estuvo seguro de que allí comenzaba otra historia. Dentro de poco ella podría participar en la Rueda y así él vacilaría domingo tras domingo con la gente que más quería en la vida, su socio Pablo y su hermano Jorge, cuando regresara. Tenía dinero, todo el que había ahorrado en dos años. Si.


aquello no era la felicidad, no había felicidad sobre la tierra. Ahora Faz había pasado a Castellanos cambiándole la letra, burlándose de sí mismo con un Roberto Faz, qué malo canta usted que parodiaba el sabor de la banda del Benny obligando a los bailadores a reaccionar, a ripostar, a formar la Rueda grande, crecida, Robertísimo Faz y su Conjunto dándoles rico al son, en las mismas costuras, y una trompeta sonando como un gran falo de oro y el Benny llamado por la música, reconociendo en el acto el homenaje, porque Castellanos era una pieza donde el Benny decía Benny Moré, qué bueno canta usted, y Roberto estaba jugando con ella, llamándolo, y el Benny respondía con un segundo sutil, sabio y distinto, que iba creciendo como una fina corriente para desbordarse sobre aquel Faz que entendía, saludaba, iba quedando atrás, segundo, contento de estar allí, junto al Benny, poseyendo con sus voces la noche. El dúo había terminado y la Banda estaba calentando cuando el Baby Sánchez le pidió a los.


Bacilos que lo acompañaran, había unos tipos tratando de colarse, iban a malear el té. Lo siguieron corriendo, indignados, y en el camino hacia la puerta se unieron a otros grupos dispuestos también a defender su derecho a divertirse en paz. La discusión se había armado bajo la marquesina, en una callejuela en forma de herradura. El zaguán estaba repleto y desde allí no se podía saber exactamente qué estaba pasando. Carlos se abrió paso a codazos y Gipsy y el Baby y los Bacilos lo siguieron hasta llegar al borde de la media luna que formaba la multitud. Del otro lado había una situación extraña. Sobre el asfalto, frente a frente, estaban el administrador y un capitán rebelde. Detrás, la escuadra de policías del club; alrededor del capitán, una docena de soldados. —Se quieren colar —informó el Baby. El capitán tenía una larga barba rubia, a su lado había un teniente negro, de barba enmarañada. La mayoría de los soldados eran mulatos de pasas revueltas, rojizas. Dentro, el Benny había empezado Pero qué bonito y sabroso y la música.


llegaba nítida a la entrada, donde el capitán y el administrador seguían discutiendo. —No está dentro de mis atribuciones —decía López. —Mande llamar a quien las tenga —ordenaba el capitán. López, pequeño y arrugado como un corcho, dejó caer los brazos sobre el abdomen y dijo algo al jefe de la policía del club, que entró al edificio. Las gentes seguían acudiendo, la media luna comenzó a desbordarse por los lados. Ante la presión de las filas traseras, los Bacilos se echaron a la calle quedando en el borde anterior del semicírculo. El capitán retrocedió unos pasos y miró varias veces hacia atrás hasta asegurarse de que conservaba las espaldas libres. —Compañero, ¿qué pasa? —preguntó Dopico. —Oímos al Benny y queremos mirar y no dejan —dijo un Rebelde—. Dejan al capitán, pero a nosotros no, y el capitán dice que todos o ninguno. —¿Por qué no los dejan? —preguntó Pablo. El Rebelde se frotó el dorso de la mano con el índice y Carlos gritó que aquello era una mierda.


Pablo aseguró tener una idea, llamó a Florita, le dijo algo al oído y Florita respondió que sí, que con los Rebeldes todo, y salió caminando hacia otro Rebelde que marcaba por su cuenta unos pasillos, y le preguntó algo. —¿Qué pasa? —dijo Gipsy. —Que son negros —explicó Berto—. No los dejan entrar porque son negros. —¡Eso es una mariconada! —dijo Carlos. —¿Qué cosa? —preguntó Maggie Sánchez. —Que los dejen —dijo Berto. Florita había empezado a bailar con el Rebelde. Lo hacía algo incómoda, tensa, sus estilos no encajaban bien. Era la mejor bailadora de Casino, la reina de la Rueda, y giraba en una onda coreográfica, ripostaba a la orquesta en el más puro estilo del club, parecía decir, «Mírenme, miren por Dios qué rico bailo», y el Rebelde no entendía aquello y se dejaba llevar suave por el son, sin esfuerzo, como si la música fuera una ola y él un pez, alguien que hubiese vivido siempre allí y que pensaba que era realmente bueno, realmente bonito y sabroso, y parecía decir, «pero.


qué rico es, santísimo, gócelo, compay», y estaba tan ido que casi no se dio cuenta del momento en que Berto separó a Florita y quedó ante el grupo con un odio cerril en la mirada. Pablo saltó hacia donde estaban el administrador y el capitán y empezó a decir, ahogado por la rabia, que parecía mentira, compañeros, lo que estaban viendo era, era, era, ¿no tenían sangre en las venas?, ¿cómo se atrevían a permitir?, allí estaban los compañeros, héroes allí los compañeros, ¡héroes, coño!, ¡a entrar al club, carajo!, ¡veinte mil cubanos no habían muerto para que las cosas siguieran como antes!, ¡a entrar al club con los compañeros! Partió hacia la puerta, pero el capitán lo detuvo. El Baby Sánchez sacó una pistola, un rebelde armó su garand, parte de la multitud se replegó chillando, otros bloquearon la puerta y el resto se unió a los rebeldes que rodeaban al capitán y obedecían su orden: —¡Bajen las armas, coño! Carlos había intentado dirigirse al grupo que rodeó a los rebeldes, pero se detuvo estupefacto al sentir que Gispy lo aguantaba, diciendo: «Si te vas.


con ellos, no me ves más la cara.» «¿Cómo?», preguntó, y ella, «Lo que oíste». El Baby había quedado junto a la puerta con la pistola en alto gritando, «¡Ningún negro va a bailar aquí!», y de pronto una voz terca y entrañable dijo, «Ningún blanco va a bailar con mi Conjunto», y Roberto Faz salió del club y Berto le preguntó por qué, si él era blanco, y el Benny que venía detrás dijo que se iba a cantar a la calle porque él era blanco como el capitán y negro como el teniente y mulato y libre como Belisario Moré en Cuba Libre, y el administrador dijo, «Cubanos, cubanos, cubanos», y le pidió calma al capitán, le dijo que podían entrar, mirar un poco, con orden, por favor, señores, compañeros. Carlos deseó con toda su alma que el capitán entrara y la paz volviera a su mundo, pero el capitán le dio las gracias al administrador, se podían comer su club envuelto en celofán, ellos se iban, y ya el Benny estaba cantando en la calle Pa que tú lo bailes, mi son Maracaibo, y la multitud empezó a dividirse, unos al son y otros al club, y Carlos sintió de un lado a Pablo y al Benny, y de otro el cálido aliento.


húmedo de Gipsy, y quedó inmóvil, como si aquellos pedazos suyos que se iban lo estuvieran rajando definitivamente en dos.


6 —Play it again, Sam —dijo Pablo, y Carlos releyó rebajan los alquileres en un 50%, mientras Pablo tarareaba Casablanca y el vendedor seguía voceando, «Vaya, se salvaron los de abajo, ahora sí», y una pareja discutía violentamente la nueva ley en el vestíbulo del cine. Carlos sintió una súbita sensación de alegría que se interrumpió de pronto al pensar en su padre, a quien sin duda ahora sí le daría un infarto. La primera amenaza había tenido lugar dos meses antes, dos meses que parecían años, porque habían pasado tantas cosas que el tiempo cobraba la extraña propiedad de hacerse inmediatamente lejano, superado por acontecimientos nuevos, imprevisibles, fulminantes; de modo que los tiempos remotos que ahora evocaba correspondían en realidad a la noche, todavía tan próxima, en que vieron a Fidel por televisión en su casa, sentados cómodamente en el sofá, admirados de su.


franqueza y totalmente impreparados para la frase que pronunció con un énfasis tranquilo. —No le pague al garrotero. José María tardó quizá un minuto en reaccionar, el ojo izquierdo le pestañeó espasmódicamente dos, tres veces, y de pronto saltó de su asiento y apagó el televisor. Carlos se incorporó con intención de protestar y encontró el rostro de su padre, púrpura, la gran vena de la frente latiéndole como una serpiente azul. Ahora Pablo era verde bailando bajo la luz de la marquesina del Capri, con Lauren Bacal, decía, bacán, decía, a lo Junfri Bogar, y Carlos lo invitó a ir hacia el Parque Central pensando en el color de los recuerdos. Los que correspondían a su casa eran grises como el rostro enfermo de su padre y como el rostro de ratón del médico de la familia cuando dijo: «No lo contradiga. Un infarto sería fatal. Usted es responsable.» Era evidente que el médico estaba gris porque tenía miedo, un miedo incontrolable que se expresaba en la sudoración viscosa de las manos y en el tartamudeo con que les informaba que se iría del país. Los Rebeldes.


eran melones, verdes por fuera y rojos por dentro, aquello era comunismo, co-mu-nis-mo, repetía abriendo los ojos para ilustrar la enormidad del hecho; ¿cómo explicar, si no, los choques con los americanos, el paredón, los constantes atropellos al capital? ¡Al ca-pi-tal!, subrayaba antes de narrar la trágica odisea de sus padres, que huyeron de la barbarie a través de media Europa perseguidos siempre por el fantasma, como lo calificara el mismísimo Karl Marx: rampante en el sombrío Moscú del temible Lenine, renacido en la Budapest horrenda del execrable Bela Kun, acechante en el Berlín convulso de la judía Rosa de Luxemburgo, ululando por las calles de Rostock, enrojecidas por el insaciable Karl Liebnichk, dos de sus padres lograron al fin embarcar en un paquebote sin destino que los trajo sabría Dios cómo a las playas de este paraíso que dentro de poco, lo oyeran bien, sería un infierno. Carlos se estremeció con aquel escalofriante recuento, pero el pronóstico le parecía absurdo, no se correspondía con lo que estaba ocurriendo. Su padre era garrotero, y él recordaba con demasiada.


claridad aquel negocio, y sabía que la revolución había liberado a los pobres de la presión del garrote, después de haber quemado La Cueva del Humo con el fuego de la justicia y entregado a sus habitantes una nueva ciudad, casi un balneario, llena de sol y espuma. Estaba claro, concluyó, que aquello no podía ser comunismo. Pero era política, y esa simple palabra bastaba para provocar en su padre un vómito de bilis. —¿Qué sacas tú metiéndote en toda esa mierda? —decía—. ¿Qué ganas, eh? ¿Tú no sabes que en las revoluciones siempre salen ganando los vivos y perdiendo los bobos? ¿Tú no sabes que mi abuelo se fue a la guerra en el sesentiocho y mi padre en el noventicinco, y que yo fui abecedario en el treinta, y lo perdimos todo y no se cumplió una sola de aquellas malditas promesas? ¿Tú no sabes que la revolución es un negocio de vividores?, ¿que en este país el que no puede ser médico, ni abogado, ni alcalde, ni senador, se pone a tirar tiros para hacer negocio con los muertos? ¿Tú no estás viendo que lo único que hacen los políticos es aprovecharse de los comemierdas.


como tú para pegarse al jamón? A ver, dime, ¿qué hizo Batista en el trenticuatro, y Grau en el cuarenticuatro, y Prío en el cuarentiocho, y Batista otra vez en el cincuentidós? ¿No ves?, te callas. ¡Esta cabrona isla no se ha hundido porque es de corcho, carajo, que si no, ya estaríamos todos comidos por los tiburones! El recuerdo de su casa lo paralizaba, seguía siendo gris porque el médico ordenó cerrarla a cal y canto, diciendo que José María había sido especialmente lúcido al apagar el televisor, debían prevenir a las amistades y no comprar periódicos ni escuchar la radio, cualquier noticia proveniente del exterior podía elevarle la presión a niveles intolerables y provocar un desenlace fatal. Ahora la noticia estaba dada, y lo peor es que era justa, demasiado justa como para no llegar a su padre por alguna vía. La condonación de las deudas por usura le había hecho perder casi cinco mil pesos y el negocio, pero la renta del edificio permitió capear la situación sin necesidad de recurrir a los ahorros guardados en la caja de caudales que había hecho trasladar, siguiendo una sugerencia de.


Manolo, de la Casa de Empeños a su cuarto. Ahora, de pronto, la renta se reducía a la mitad y esto no podrían ocultárselo. Nada impediría el desastre, salvo la llegada de Jorge. Su padre la esperaba ansioso y Carlos también, seguro de que Jorge lo ayudaría a hacerle entender al viejo que con la caída del tirano nacía aquel país distinto que con tanto entusiasmo saludaba en sus cartas desde Nueva York. Lo invadió una envidia triste al pensar que el padre de Pablo, condueño del edificio, apoyaba a la revolución, y Pablo podía alegrarse sin reservas mientras él prefería ocultarse en el cine. Allí se había refugiado para olvidar a Gipsy y había terminado habituándose como un alcohólico. Tuvo un romance tumultuoso con Marilyn, se vio con ella en cines exclusivos y en teatruchos sórdidos, extasiado ante sus piernas, sus pechos, su sonrisa, odiando la luz que siempre venía a frustrar sus ilusiones hasta que robó de la cartelera de un cine de barrio la foto que la mostraba con la saya levantada por un golpe de aire, las piernas abiertas, exhibiendo un gesto de asombro ingenuo.


y malvado ante el que se masturbó decenas de veces hasta que la foto estuvo amarilla y la mirada verde de Kim Novak lo arrastró de nuevo al recuerdo de Fanny. No podría decir cuándo logró liberarse de aquella nostalgia, ni cómo la dulzura de Roxana fue entrando en su alma hasta hacerse una costumbre. Había empezado a estudiar con ella para recuperar el tiempo perdido en el cincuentiocho e insensiblemente fue habituándose a su compañía, su inteligencia y sus sueños. Les gustaba ver salir los barcos y decirse que estaban en cubierta, despidiéndose, hasta que un día decidieron partir, después de casarse. Sería, soñaba ella, una boda regia, con ring boy y flower girl y Ave María de Schubert y muchas, muchísimas fotos en la Crónica Social del Diario de la Marina y honey moon in Mexico. Carlos llegó a participar de aquella ilusión, a verse a sí mismo de frac en la iglesia del Carmen con una sonrisa chic, a lo Gary Grant, mientras Roxana esperaba en el atrio, anhelante, al estilo de Elizabeth Taylor. Pero muy pronto el Diario de la.


Marina enseñó la oreja y él le dijo a Roxana que prefería morir antes que verse retratado en aquel periódico oligárquico, una palabrita de moda que le sonaba a manicomio, y allí mismo se trenzaron en una discusión que resultó ser el principio del fin. Desde entonces se pelearon y reconciliaron varias veces, sin recuperar jamás la dulzura de los días iniciales, hasta que la vida los sumergió en el torbellino y Carlos volvió a hundir su soledad en el cine. Ahora estaba con Lauren Bacall, se estaba dando una verdadera bacanal de Bacall en la retrospectiva del Capri, y usó las claves para obligar a Pablo a cambiar de tema diciéndole, «High Sierra, consorte, que tengo The big sleep», a lo que Pablo respondió que eso le pasaba por comerse un Maltese Falcon en un restorán de Casablanca, y Carlos tarareó el tema que había sustituido al de los Bacilos para continuar con aquellos galimatías y retruécanos que les permitían estar horas comunicándose con títulos, músicas, frases de películas. Pero sólo logró que Pablo le dijera que ahora hasta a Casablanca le habían.


rebajado el alquiler, Sam, e intentara seguir por esa vía, hasta a la Casa de Usher, Sam, interpretando el silencio de Carlos como una capitulación cuando era en realidad la vuelta de la tristeza ante el problema que intentaba eludir, metido ahora en el santuario que su socio profanaba añadiendo que hasta los casamientos y los cazadores y el mismísimo Padre de las Casas y las películas de Elia Kazan y los poemas de Víctor Casaus y las atrocidades de Kasabubu y las obras de Alejandro Casona y las actuaciones de Martínez Casado, y hasta las cosas en la cafetería Kasalta serían baratas, Sam, aunque no para los casatenientes, que presentarían casuísticos recursos de casación, pero los jueces los mandarían pa' en casa' el carajo, la que también, desde luego, estaría rebajada al cincuenta por ciento, ¿y qué le pasaba con sus escasas casas que casi no le hacía caso? Todavía no era High Naon, comentó Carlos al azar, y Pablo respondió OK gozando su limpia estocada, Corral, dijo indicando el Parque Central, que ya estaba lleno de estudiantes, esta noche habría allí tremendo.


gunfight. Antes de cruzar Prado, Pablo señaló el lumínico que estaba sobre la Manzana de Gómez, lo suyo era Misión imposible, Sam, hasta la muñequita del anuncio se lanzaba de cabeza al agua. En ese momento la muñequita tocaba la ola de neón, encima rutilaba Jantzen y luego la muñequita se desclavaba, volvía al trampolín con unos salticos cómicos que a Carlos no le produjeron risa. Pensó que Pablo tenía razón, había que lanzarse al agua de cabeza, sin guardar la ropa, confundiéndose con el río de la revolución, pero lo paralizaba el recuerdo de su padre y el no saber adónde coño iría a desembocar la corriente. Desde que regresó al instituto, avergonzado ante los héroes del clandestinaje, se había metido en un torbellino de discusiones que le hicieron olvidar las clases y que empezaban a competir peligrosamente con el cine, pero no había sacado nada en limpio. Al principio fueron una gran familia, ni Héctor ni el Mai le reprocharon nunca su cobardía y él se hizo la ilusión de que había continuado peleando. Pero muy pronto comenzaron ardientes polémicas sobre.


temas demasiado abstractos como para permitirle tomar partido. Todos estaban con la revolución, pero se dividían en izquierdas y derechas, y se subdividían, como amebas, las izquierdas en Ventiséis, Directorio y PSP, las derechas en auténticos y católicos, los católicos en progresistas y reaccionarios. Cada subgrupo estaba a su vez subdividido por sordas sutilezas o cuestiones de jefatura, salvo, y ésa era para Carlos su única, inquietante virtud, los comunistas. En la derecha le atraían los católicos progresistas, pero no soportaba a los reaccionarios, en la izquierda le gustaba el Ventiséis, pero temía a los comunistas. Estaba literalmente en el centro o, peor aún, en la cerca. Llegaron a la zona del parque donde se producían los debates y Pablo le dijo que se fijara, consorte, venía El tren de las tres y diez a Yuma con el Mai de maquinista para encaramarse en El árbol de la horca. Miró en silencio cómo el Mai subía al banco de la izquierda para clavar un cartel en el árbol. El día anterior Nelson Cano había clavado el primero sobre el banco de la.


derecha, y ahora el Mai traía la respuesta, la extendía después de haber fijado el borde superior, con una puntilla, y saltaba hacia atrás. Hubo un sordo murmullo de asombro, los carteles parecían exactamente iguales. Ambos tenían en el centro la foto de un niño, el mismo niño, peinadito e ingenuo; debajo, leyendas. En la derecha: ¿ESTE NIÑO SERÁ CREYENTE O ATEO? ¡DECIDE TÚ, CUBANO! En la izquierda: ¿ESTE NIÑO SERÁ PATRIOTA O TRAIDOR? ¡DECIDE TÚ, CUBANO!


Carlos no logró saber en qué momento la gritería sustituyó al murmullo, ni quién dijo primero, «¡A ustedes los paga el Vaticano!», o «¡Ése es el oro de Moscú!», ni cómo las demás palabras se esfumaron y quedaron sólo «¡Moscú!», «¡Vaticano!», «¡Vaticano!», «¡Moscú!», lanzadas por ambos bandos como las peores ofensas mientras él y otro grupo se dirigían a un tercer banco hacia el que se volvieron de pronto los otros dos, conminándolos a que tomaran partido, hasta que Roberto Menchaca respondió por ellos. —Esto es un banco neutral, Tierra de Nadie. Se sentía terriblemente confuso, Roxana lo llamaba desde el Vaticano, Héctor le dirigía una triste mirada comprensiva desde Moscú y el pistolero Roberto Menchaca alardeaba en voz alta sobre la Tierra de Nadie. Pensó en huir, aunque todos se volvieran contra él, pero la curiosidad lo retuvo. Aquella noche izquierdas y derechas pondrían en práctica el único acuerdo logrado, la inauguración del Círculo de Proyecciones Intelectuales José María Heredia, con la intención declarada de convertir las discusiones del parque.


en un diálogo serio y constructivo. Carlos sabía — y por eso estaba interesado en el asunto— que el objetivo real de estos debates era el de medir fuerzas y lograr adeptos para las próximas elecciones a la Asociación de Estudiantes, donde se definiría quién iba a controlar el instituto. Allí los escucharía a todos, sin broncas ni griterías, pensaría mucho, solo, y decidiría por quién votar. Los líderes salieron del parque arrastrando sus grupos. Pablo le preguntó, ¿por fin dónde iba a ser el gunfight, consorte?, y empezó a tararear la música de Duelo de titanes. Carlos se encogió de hombros, cualquier cosa que respondiera, sería La mentira maldita. Recordó el largo cabildeo sobre la sede, porque ninguna organización quería aceptar locales propuestos por otra. Ahora parecían haberse puesto de acuerdo, pero sin informar a nadie. En el camino los grupitos se habían ido disolviendo, izquierdas y derechas hablaban entre sí con una cortesía más bien tensa. Carlos cedió a su deseo de buscar a Roxana y fue sorprendido por un irónico, «Hola, Tierra de Nadie», que le hizo replicar, «¿Qué tal,


Vaticana?», mientras miraba a otro sitio. Decidió decirle algo amable y de pronto lo detuvo el asombro: estaban entrando al Capitolio Nacional. Avanzaron en silencio por los largos pasillos en penumbra y se detuvieron ante las seis puertas del Salón de sesiones del Senado, pasmados por el espectáculo. La iluminación parecía provenir de los vitrales, verdes, rojos, con flores de cristal amarillo, y elevarse serenamente hacia el techo donde se podían distinguir varias escalas. En el borde exterior una historia de vago sabor griego con figuras color oro mate, luego un festón de oro, un arco en oro y mármol negro, grandes oropeles sobre un fondo azul, y hacia el centro rectángulos lilas que enmarcaban rosetas de oro sobre un fondo rojo, iluminado. Los líderes entraron en medio de un ceremonioso silencio. Carlos siguió a Roxana hasta descubrir que las huestes volvían a dividirse y que el asiento que ella le ofrecía estaba a la derecha. Se hizo el distraído y se sentó junto a Pablo, que estaba a la derecha de la izquierda y a la izquierda de la derecha, exactamente en el centro, en el quieto vértice de aquel ciclón.


soterrado. Reconoció el lugar, preguntándose cómo habrían logrado autorización para usarlo. Tenía dos pisos: arriba, los palcos formaban un semicírculo sostenido por columnas de mármol, flanqueado por cortinajes rojos y oro, iluminado por pesadas lámparas de bronce; abajo, las cómodas butacas verdes se alineaban ante espejeantes mesas de caoba. Vio cómo Roberto Menchaca sacaba la pistola y la ponía sobre la mesa, y cómo los de la derecha, la izquierda y hasta el centro lo imitaban, desafiantes. Pablo frunció los labios antes de decirle, asere, parecía que el gunfight iba en serio y ellos no tenían ni un Winchester setentitrés, pero Fernández Bulnes propuso una cuestión de orden a nombre de la Juventud Socialista: retirar las armas. Nelson Cano estuvo de acuerdo como vocero de la Asociación de Estudiantes Católicos, y, puesto que los extremos coincidían, el problema quedó resuelto. El gordo León Morales, católico progresista, recolectó las armas y se sentó solo, con el arsenal enfrente. La izquierda cedió la palabra como prueba de buena voluntad y Juan.


Jorge Dopico se paró en la derecha para abrir el debate. Dopico habló bonito, con calma y énfasis de tribuno, y Carlos sonrió contento de que su compinche del Casino se estuviera convirtiendo en un orador de recursos sorpresivos como el que desplegó al decir que esperaba no ver interrumpidos los debates por la intolerancia de quienes tenían miedo a las ideas. Benjamín el Rubio lo interrumpió, «¿Con quién es eso?», y Dopico no perdió la tabla, se volvió hacia Benjamín diciendo que eso era justamente con quienes tenían miedo a las ideas, lo que provocó una ola de aplausos en la derecha, a la que Carlos se unió entusiasmado por el alfilerazo contra los comunistas. Después Dopico dijo que aquella noche debían elegir democráticamente al presidente de la sesión y seleccionar el tema de debates, y dio las gracias. El Mai se puso de pie y respondió en nombre de la izquierda. Recordó a Heredia, el poeta a cuya sombra estaban reunidos, quien dijo que en Cuba se unían las bellezas del físico mundo con los.


horrores del mundo moral, horrores, compañeros, que la revolución estaba desterrando. La izquierda empezó el aplauso al que se unieron, por contagio o compromiso, el centro y la derecha. El Mai alzó la voz y propuso a un poeta para presidir los debates, a un poeta héroe de nuestra lucha clandestina, el compañero Héctor. Dopico estuvo en contra y propuso a Nelson Cano, Benjamín estuvo en contra y propuso a Fernández Bulnes, León Morales estuvo en contra y propuso a Dopico, Fernández Bulnes estuvo en contra y volvió a proponer a Héctor, y Héctor estuvo en contra de sí mismo, con lo que desembocaron en un silencio expectante. Todo el mundo sabía que él era de izquierda, dijo, lo importante era encontrar a un compañero imparcial y con prestigio, por lo que proponía al compañero Carlos, que levantaran la mano los que estuvieran de acuerdo. Carlos protestó tartamudeando, él no sabía, compañeros, nunca había hecho aquello, le era imposible aceptar. pero nadie parecía hacerle caso. Se había creado una zona de silencio atravesada de guiños, codazos, cabeceos, noticias.


circulantes, y tras las manos de los líderes se levantaron todas las demás. Pablo le dio una palmada en el hombro, ahora era El hombre del brazo de oro, consorte, y empezó a tararear el tema de la película, mientras Carlos bajaba la escalera que conducía a la mesa central del hemiciclo en medio de una salva de aplausos. Se hundió en el sillón de cuero rojo rematado por el escudo de la República en relieves dorados, y lo sintió extraordinariamente frío. Al acercar el micrófono notó que había dejado impresas en la base huellas de sudor. «Bueno», dijo, su voz sonó exageradamente alta, por un momento le pareció que las cortinas o las lámparas se habían movido, «ahora hay que elegir al. », pero se contuvo a tiempo porque iba a decir un disparate: el presidente era él. Sintió un fogaje en el rostro y quedó en silencio hasta que la fina voz de Roxana vino en su ayuda soplándole, «el tema». «El tema», repitió agradecido, «el tema de los debates.» No había concluido la frase cuando vio alzarse las manos de Dopico y el Mai. ¿Quién había sido el primero? No le era posible.


determinarlo. Había que ser imparcial y definir rápido. Volvió a mirar la suave sonrisa de Roxana, iluminada por el candelabro situado ante la puerta de madera negra, y se sorprendió al oírse decir: «Dopico.» Roberto Menchaca gritó trampa y hubo un amago de desorden en la izquierda, que el Mai cortó acatando, «El presidente decide». Dopico esperó con una calma estudiada y luego propuso: —Conciencia comunista contra conciencia cristiana. Rubén Permuy se paró de un salto, ésa era una proposición divisionista y contrarrevolucionaria. ¿Qué estaba diciendo?, manoteó Nelson, ¿qué estaba diciendo?, lo probaba o la AEC se retiraba del debate. Dopico desautorizó a Nelson, la AEC no se iba a retirar porque un comunista. ¿Y quién era comunista?, gritó Permuy, ¿quién? Benjamín ordenó que se callaran, coño, y Juanito el Crimen exigió respeto, allí había compañeras, mientras Héctor imponía su voz por sobre el escándalo exigiendo al presidente que impusiera orden. Carlos aprovechó el silencio para pedir silencio,


descubrió su rostro reflejado en la pulida superficie de la mesa y le pareció el de un extraño que preguntaba por él quién quería la palabra. Juanito el Crimen pidió que Nelson retirara la acusación de comunista que le había hecho a Permuy. Dopico exigió que Permuy retirara la de contrarrevolucionario que le había hecho a Nelson. Benjamín gritó que la proposición de Juanito era imposible, ya que ser comunista era un honor, y Carlos se sorprendió adelantándose a Héctor al dar un golpe en la mesa, ¡sio! Que se votara la proposición de Dopico, compañeros, dijo el negro Soria aprovechando el silencio. Fernández Bulnes pidió una cuestión de orden y habló en contra de la proposición de Soria: escoger un tema sin más alternativa no era correcto, dijo, proponía que la derecha fundamentara su idea y la izquierda expusiera y fundamentara la suya, después se buscaría el consenso, de no haberlo decidiría la presidencia, ¿de acuerdo? Todos aprobaron y Carlos dio la palabra a Nelson Cano deseando no tener que decidir nada.


Nelson argumentó que la necesidad de discutir el tema «conciencia comunista contra conciencia cristiana» venía dada por el imperativo del momento. Rubén Permuy, por ejemplo, decía que era un tema divisionista, pero él sostenía que era unitario, el tema de la unidad de la revolución en Cristo. ¿Quién allí no creía en Cristo rey? Pues bien, dentro de un tiempo tendrían elecciones, se verían las caras la cruz y la hoz, Cuba contra Rusia, y todos deberían saber que cometería apostasía aquel que colaborara con los comunistas en la campaña. Terminó arrancando fuertes aplausos en la derecha, mientras la izquierda protestaba con un sonsonete, «en-con-tra, en-contra, en-con-tra». Carlos impuso silencio y le dio la palabra al Mai. Cristo, comenzó el Mai, era un carpintero, y dijo que más pronto entraría un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos. Quedó en silencio, mirando con calma a Nelson Cano, que pestañeó al preguntar, ¿qué le quería decir con eso? El Mai continuó, sin dejar de mirarlo, lo que estaba oyendo, que la mayoría,


comunistas incluidos, estaban de acuerdo con el Cristo de verdad, con el que botó de su casa a los mercaderes, a palo limpio. —A latigazos —acotó Nelson, incómodo— del templo. Mejor, continuó el Mai sin inmutarse, entonces era divisionismo oponer a los comunistas y a ese cristo. Los aplausos de la izquierda y el centro incluyeron a parte de la derecha. El Mai pidió silencio, iba a proponer, compañeros, un tema unitario para discutir. —El imperialismo y la revolución. Los aplausos crecieron, la derecha quedó desconcertada, Nelson, Dopico y Roxana empezaron a cuchichear y de pronto Nelson estuvo de acuerdo y pidió la palabra para reabrir el debate. Felicitó la idea del Mai, el imperialismo era un rico tema a discutir, tanto que se necesitarían años para agotarlo, pues desde que el mundo era mundo había imperialismos: asirios, babilonios, caldeos, griegos, mayas, romanos, etruscos, aztecas, españoles, franceses, holandeses, ingleses y etcétera, por lo que.


proponía discutir sobre uno solo, el imperialismo más voraz, el que representaba una amenaza mayor para la revolución cubana, o sea, compañeros, el imperialismo ruso. Logró invertir la situación, los aplausos incluyeron ahora al centro y a un sector de la izquierda. Carlos estaba pensando en aquel fantasma que recorría países devorándolo todo, cuando recibió una nota de Pablo, «Yo fui comunista para el FBI», y pensó que el muy cabrón nunca dejaría de joder. Pero él no podía dedicarse a responderle, Fernández Bulnes había pedido la palabra. Los criterios de Nelson, comenzó diciendo, cultos en la forma, habían sido profundamente falsos en el contenido. Casi ningún ejemplo de los que había puesto se refería al imperialismo sino al colo-nia-lis-mo. De ahí en adelante Carlos no logró entender su árido razonamiento acerca de la exportación de capitales, que concluyó con una idea explosiva: el imperialismo ruso se parecía a Dios. —¿En qué? —gritó Nelson, incorporándose. Fernández Bulnes no levantó la voz al.


responder: —En que ninguno de los dos existe, compañero. Se produjo un caos que Carlos no pudo controlar. Recibió una nota de Roxana, «Se están burlando. ¿Estás con nosotros o no? Nos vemos en la Cámara. R». Le dirigió una sonrisa y dejó el papelito junto al de Pablo, porque Héctor había dicho que estaba en contra de las palabras de Fernández Bulnes logrando así, por segunda vez, un silencio expectante: ahora la izquierda estaba públicamente dividida. Carlos se entusiasmó porque alguien expresaría al fin su ideal político: el Ventiséis sin curas y sin comunistas. Héctor empezó bajito, sin retórica y con malas palabras, diciendo que le interesaba un pito discutir la existencia de Dios o del imperialismo ruso, ya que ni uno ni otro tenía un carajo que ver con este país en este momento, y que le perdonaran los creyentes de ambos bandos, y también el Mai, dijo, pero el tema «el imperialismo y la revolución» era insuficiente, había que precisar qué revolución, exclamó dejando la pregunta en el aire y repitiendo.


después, en voz alta, el murmullo que se extendió por la sala, eso, la cubana; pero no preguntó qué imperialismo, sino quién coño se había meado sobre la estatua de Martí, y cuando oyó gritar: «Un yanki», dijo equelecuá, «El imperialismo yanki y la revolución cubana», ése era el tema, compañeros, ese era el tema aquí y ahora, lo demás era paja. Carlos se unió a la salva de aplausos pensando que el punto había sido decidido por aclamación, pero Nelson, Dopico y Soria dejaron caer las manos a lo largo del cuerpo logrando acallar a casi toda la derecha y a una pequeña parte del centro. Entonces Carlos dejó de aplaudir y reasumió sus funciones. Ahora los comunistas y el Ventiséis estaban otra vez unidos, y su socio Dopico lo ponía a él en la picota. —Corresponde al presidente decidir si ruso o yanki. Hubo un minuto de desconcierto en la izquierda, pero Héctor se compró la decisión sin consultar. «De acuerdo» dijo, y Carlos quedó como suspendido en el aire, sabiendo que izquierdas y.


derechas estaban seguras de que decidiría a su favor, que ahora estaba obligado a tirarse de la cerca, a salir para siempre del centro con una frase que de pronto le pareció la única posible, por lo que dijo con una voz inesperadamente serena: —Se discutirá el imperialismo yanki.


7 —Se van a tirar —dijo el Mai— a las doce. El grupo que estaba en el salón del antiguo Senado se agitó al recibir la noticia: la guerra entre Washington y Moscú era inevitable. Roberto Menchaca soltó la cuchilla con que tallaba una figura de mujer en la mesa de caoba y tomó su Luger. —¿Cómo se enteraron? —dijo. El Mai sonrió. Era bajito y rubio, tenía unos ojos grandes y azules y no cesó de mirar la pistola de Roberto Menchaca mientras sacaba su revólver, un bull-dog calibre trentiocho. —Nos enteramos —dijo. Roberto Menchaca separó lentamente la mano de la Luger, escribió una nota y se la pasó al moro Azeff evitando que Carlos sirviera de intermediario. —Ahora vamos a ver quién es de izquierda en la izquierda —dijo Héctor.


Carlos presionó el resorte que hacía girar el cenicero de plata adosado a su butaca, y se preguntó si debía participar en un choque entre dos bandos con los que no se sentía identificado. Estaba en la izquierda, pero había aclarado una y mil veces que no era un moscovita. ¿Qué hacer entonces cuando la derecha intentara destruir la corona de flores que Mikoyán colocaría ante la estatua de Martí? ¿Tendría razón Héctor al afirmar que aquél no era un problema de Rusia ni de comunismo, sino un ataque de los reaccionarios a la revolución?; ¿el Moro al replicarle que ése era un asunto de ñángaras y calambucos y que quien fuera allí sería un simple instrumento?; ¿Fernández Bulnes al decir que todos los problemas del mundo moderno eran en el fondo entre comunistas y anticomunistas y que quien no participara estaba participando de todas maneras? No hubo consenso, y Carlos salió del Capitolio sin saber qué haría. Siguió con el grupo de Mai y Héctor por el Arco del Pasaje, un sórdido pasillo que unía Prado con Zulueta, en cuyo centro había una tela de la Izquierda Unida:


¡LA REFORMA AGRARIA VA! ¡VOTA MOVIMIENTO ESTUDIANTIL REVOLUCIONARIO! A medio camino los sorprendió el sonido de unos altavoces. El Bloque Estudiantil Unido había empezado a trasmitir. —¡Cabrones! —dijo el Mai, consultando su reloj—. Se adelantaron tres minutos. La arenga les llegaba con estridencia desde un amplificador situado sobre el salón de billares. «¡Estudiante, no te dejes confundir! Por una libertad con pan, por un pan sin terror. » —Es Nelson Cano —dijo Rubén Permuy—, el blanquisucio ese. «. ¡Vota Bloque Estudiantil Unido, BEU!» Carlos se quedó rezagado escuchando aquella voz deformada por la amplificación, que gritaba exactamente lo contrario de lo que él gritaría media hora después.


«¡Juan Jorge Dopico, presidente! ¡Nelson Cano, secretario general! ¡Ellos darán una orientación cristiana a nuestros destinos!» Héctor se detuvo a esperarlo en los portales de Zulueta y cuando Carlos llegó junto a él, le puso una mano en el hombro. —¿Qué te pareció la reunión? —Nada —dijo, mirándose la punta de los zapatos—. Hay un carajal de cosas que no entiendo. «¡Contra el comunismo: vota BEU!» —Pero vas, ¿no? «¡Por la familia, la patria, la libre empresa y la Constitución del cuarenta. » —Tengo que pensarlo. «. vota BEU!» —¿Pensar qué? «¡Salvar a Cuba o hundirla: ése es el dilema! ¡Dios o el Diablo! ¡Marx o Martí!» —Todo —dijo, encogiéndose de hombros y mirando distraídamente hacia el instituto. Una larga fila de alumnos esperaba su turno para votar. «Estudiante: ¡no te dejes confundir por los.


criptocomunistas, los protocomunistas, los filocomunistas!» —Está bien —dijo Héctor—, piénsalo, chao. —Chao —murmuró Carlos. «¡Por un bloque cristiano: Dopico y Cano! ¡Por un bloque cubano: Dopico y Cano! Estudiante. » Carlos cruzó la calle como un autómata. En la esquina de Zulueta, y San José la metálica voz de Nelson Cano era apenas un zumbido. Dos estudiantes que salían de la cafetería Payret empezaron a provocarlo. —¡Tra-i-dor! ¡Tra-i-dor! ¡Tra-i-dor! —¡Traidora será tu madre! —gritó, llevándose la mano a la cintura, bajo la camisa, como si fuese a sacar una pistola. Los muchachos, asustados, cambiaron de rumbo y se dirigieron a Prado. Desistió de seguirlos, cruzó San José y se sentó en La Habana. Frente a él, Washington estaba vacío. En el parque descansaban varios ancianos. No había nada que declarara la inminencia del combate. Se dijo que no estaba obligado a participar y experimentó una suave sensación de.


libertad que se le reveló casi de inmediato como una puerta falsa, un nudo, un acertijo, un alto muro gris. No le daba la real gana de ir con Washington ni con Moscú, pero de todos modos algo definitivo ocurriría hoy, mañana el mundo sería irremediablemente otro, y si no iba, ¿quién sería él en ese mundo? Siguió el vuelo de un gorrión hasta encontrar el cartel, clavado como una insignia en el árbol que daba sombra a Washington: CUBA ES, Y DE DERECHO DEBE SER LIBRE E INDEPENDIENTE. Resolución Conjunta Congreso de los Estados Unidos — 1898 Y repitió, en un murmullo, la réplica clavada por La Habana en el árbol que estaba a su espalda:


VIVÍ EN EL MONSTRUO Y LE CONOZCO LAS ENTRAÑAS Y MI HONDA ES LA DE DAVID Aquellos carteles habían sido el punto más alto de las discusiones entre izquierda y derecha, el eje del reagrupamiento de fuerzas y del origen de nuevos nombres para los grupos en pugna. Hasta el día en que Nelson Cano clavó el de la Resolución Conjunta, el banco de la derecha se había llamado el Vaticano y el de la izquierda Moscú, pero cuando Héctor vio el nuevo cartel les gritó a los derechistas que aquello era increíble, que eran sencillamente agentes declarados y descarados de Washington; y Nelson le replicó que a mucha honra, porque a Washington se debía la libertad de Cuba, como probaba el texto de la Joint Resolution que había clavado bien alto para que el pueblo no olvidara. Podía estar tranquilo, tranquilito, tranquilito, remachó Héctor, el pueblo no iba a olvidar jamás la Enmienda Platt, ni la base de Guantánamo, ni el apoyo yanki a Batista;


no iba a olvidar que Martí los llamó imperialistas porque vivió en el monstruo y le conoció las entrañas, ni que un marine se había meado sobre la estatua del Apóstol. A partir de aquel día el banco de la derecha empezó a llamarse Washington y el de la izquierda La Habana. Pero el Vaticano y Moscú siguieron vivos en la constante actividad de la Asociación de Estudiantes Católicos y de la Juventud Socialista, que eligieron otros bancos donde desarrollar sus conciliábulos antes de participar en los debates generales. Todo aquel revolico estaba vinculado en cierta forma a la decisión que Carlos tomó como presidente de la primera y única sesión del Círculo, pero los grupos en porfía vieron en aquel gesto significados que iban mucho más allá de sus intenciones. Para el Vaticano era un traidor, para Moscú un compañero de viaje. Se preguntó qué sería, qué era en realidad, y un torbellino de palabras le estalló en la cabeza: Martí, Marx, Cristo, Lenin, Dios, Diablo, Washington, Moscú, Vaticano, La Habana, Creyente, Ateo, Patriota, Traidor.


Recordó a Pablo, que seguramente habría tirado sus angustias a relajo si no estuviera en plena Sierra, de maestro voluntario, sirviendo a la revolución en algo necesario, concreto y cierto, mientras él, Carlos, se había quedado en La Habana, como un inútil porque el infarto seguía rondando a su padre. Desesperaba aguardando el regreso de Jorge, cuya influencia tal vez contribuiría a ventilar aquella casa donde la palabra revolución no podía siquiera mencionarse, prohibida por el médico, quien se mantuvo en sus trece incluso el día en que Manolo llegó echando espuma por la boca y les dijo, con lágrimas en los ojos, que los comunistas les habían robado la Dionisia para regalársela al malagradecido de Pancho José, y que ahora ellos no tenían ni un pedazo de tierra donde caerse muertos. Carlos disfrutó el llanto furioso de Manolo, su voz rajada mientras clamaba al cielo contra tanta injusticia y decía que si su padre estuviera vivo se habría vuelto a morir de rabia o de vergüenza. Pero Carlos sabía que si el abuelo Álvaro hubiera estado vivo sería capitán del Ejército Rebelde, y.


también que la Reforma Agraria alcanzaba una finquita como la Dionisia porque su padre y su tía habían explotado durante años a Pancho José, violando el principio de que la tierra es de quien la trabaja. Eso había dicho en la discusión, donde los voceros de Washington lo acusaron de comunista, como Manolo había acusado a su madre; ella se persignó dos veces, pero siguió negada a darle ese disgusto a su marido, no le diría nada, ya se las arreglarían, dijo, total, ellos habían nacido desnudos. —¿Este niño será patriota o traidor? Carlos dio un salto y sonrió al ver que Roxana se sentaba a su lado. Tenía puesta la saya color vino y la blusa blanca del uniforme, y el monograma con las iniciales IH bordadas en rojo le caía justamente sobre el seno izquierdo. —Vamos a ver el mar —dijo. Sobre sus rodillas se iniciaba una línea de vellos suaves y sedosos; el borde inferior del muslo derecho, algo descubierto, era blanco y duro, y la cinta rosada del sostén dejaba en su piel una marca sutil que él miraba por la bocamanga.


preguntándose qué andaría buscando aquella mujer así, de pronto. —No —respondió—. No embarco a mi gente. Ella le tomó las manos. —Carlos —dijo—. ¿Tú eres comunista? —Primero muerto —respondió él, devolviéndole la mirada. —¿Estás. haciendo un trabajo? —Sí. Le rozó la mejilla con los labios y ella se dejó hacer y de pronto se separó asustada. Fue como si se hubiesen ido metiendo en Una campana neumática hasta quedar aislados del mundo, y ahora el mundo entrara de pronto con el claxon de una ruta ventisiete, los gritos de un vendedor de periódicos, el aleteo de una bandada de gorriones. —Te quiero —dijo ella—, y confío en ti. después de todo esto nos vemos. —Se incorporó en silencio, miró a ambos lados—. Ten cuidado con Soria —murmuró—. Chao —y le tiró un beso. Carlos quedó alelado. La vio cruzar la calle y la siguió mirando hasta que sólo fue un puntico negro en los portales del Centro Asturiano. Se levantó.


tarareando Amor bajo cero con una sensación de euforia clara y dulce como una naranja. De pronto hizo silencio. ¿Soria? ¿Por qué Roxana lo había mencionado? ¿Qué tenía él que ver con ese negro traidor? Se golpeó la frente, Soria no era un negro traidor, era un negro confundido, un negro vaticano; daba risa, pero se parecía a él, un blanco confundido, interesado a su pesar en una vaticana que había llegado a considerarlo un moscovita. Regresó por los portales del Payret pensando cómo convencer a Roxana de que él era a la vez anticomunista y antiimperialista. En el cuartucho que el MER había alquilado en el hotel Pasaje, frente al instituto, había un viejo olor a sudor, a cabos de cigarro y a restos de café. Cuando Carlos entró los Cabrones de la Vida estaban tirando una charadita rápida: «De la monja al pescao grande, nadie lo quiere por la noche.» Se detuvo a traducir, del cinco al diez, para que los giles apostaran al ocho, muerto; pero Chicho el Bemba no era tan noble como para regalarse así, y si la revolución no hubiera prohibido el juego, él, Carlos, le apostaría a la jicotea o al elefante, que.


no servían para nada por la noche. —No se puede jugar aquí —dijo. El Bemba protestó, ¿qué iban a hacer entonces? Era un negro bajito, gordo y jaranero, cuyas ocupaciones principales, casi únicas, eran tocar tumbadora y jugar al prohibido. Durante las elecciones había guiado la conga del MER, pero hoy, el día decisivo, estaba de reserva porque el pacto con el BEU impedía la salida de los músicos. —Leer —dijo Carlos. Lanzó hacia los Cabrones la pila de libros que estaba sobre una mesita: La fábula del tiburón y la sardina, El manifiesto comunista, La gran estafa y La nueva clase. Juanito el Crimen recibió la avalancha de polvo y papel diciendo que allí tenían curtura, ilnorantes, pero Emiliano Mateo se explotó: Washington transmitía con nueve altavoces, tres carros y una planta RCA. —Sí —comentó Carlos—, la voz de su amo. —Claro —dijo Emiliano—, pero nosotros tenemos nada más que tres altavoces y un equipo de mierda, y arriba de eso, ¿eh?, nos han robado.


como media hora de transmisión. ¿Por qué no empezamos ahora mismo y recuperamos cinco minutos? Carlos salió al balcón sin responder. Se agarró al guardavecino, una clave de sol fundida en hierro, e hizo una barra. Ganar cinco minutos implicaba también romper el pacto, pero ni Héctor ni el Mai estaban allí para consultarlos y él no podía decidir solo. Regresó al cuarto con las manos manchadas de óxido. Los Cabrones intercambiaban libros donde seguramente habían anotado números y versos. Iba a llamarles la atención cuando Roberto Menchaca entró corriendo, con los faldones de la camisa abiertos para mostrar la Luger. Arrastró hacia el balcón a Carlos, que lo siguió contraído, sin quitarle la vista de las manos, dispuesto a golpear primero. —Asere —dijo, y su voz le resultó a Carlos más desagradable que de costumbre—. Cuídate. Están encarnados en tu caravela. Te siguen. Carlos captó la dirección de la mirada de Roberto Menchaca y se volvió en el momento exacto en que éste le dijo que no lo hiciera. El.


negro Soria estaba en la acera de enfrente, mirándolo. —Estás como pescao en tarima —dijo Roberto. —¿Cómo? —Con los ojos abiertos y sin ver nada, asere. Cuidado con Soria. Abaírimo. Roberto salió corriendo. Carlos dio una patada sobre la chapa que cubría el borde del balcón y produjo un sonido estridente. No entendía un carajo. —Conecten —dijo al entrar. Juanito el Crimen le preguntó sonriendo si iban a romper el pacto, pero Carlos no respondió. Necesitaba ruido. Tomó el micrófono, dijo unounounouno y empezó a leer. —¡Compañero estudiante! ¡Blanco, negro, chino, judío, cubano revolucionario! ¡No te dejes confundir por las maniobras de la más turbia reacción! ¡Católico, librepensador, protestante! ¡No prestes. —Dejó de hablar porque una palabra invadió el cuarto, amplificada por el aparato del BEU, «¡Me-lón!, ¡Me-lón!, ¡Me-lón!». Entonces gritó, tratando de lograr un equilibrio.


¡No prestes oído a los enemigos de la Patria!— «¡Me-lón! ¡Melón! ¡Me-lón!» La maldita acusación ahogó su llamado a la unidad, interfirió su réplica improvisada y lo llevó a decir, sin siquiera cerrar el audio —: Se jodieron, vamos a dar la tángana. Bajó las escaleras a saltos seguido por los Cabrones, que iban armados de tumbadoras y cencerros, y tajoneaban, repicaban, cantaban Aaa los yankis, para que Chicho el Bemba los guiara, Se les caen los pantalones. Fue como un llamado, muchos estudiantes se unieron al coro, Aaa los yankis, se tiraron a la calle y siguieron a Chicho, que subía por Zulueta, Pues no tienen condiciones, en una larga conga que daba la vuelta, Aaa los yanquis, se enroscaba sobre sí misma, Les tumbamos los aviones hasta rodear el carro del BEU y repicar en la carrocería, Aaa los yankis. En eso Nelson Cano reaccionó, «¡Es la traición comunista!», la conga redobló su canto, No les damos vacaciones, Nelson vociferó, «¡Melones, verdes por fuera, rojos por dentro!», y los sonidos metálicos de los altoparlantes se.


trenzaron en un duelo con las voces de cuero de la conga, Aaa los yanquis, «No nos hacemos responsables del caos que la traición comunista. ». Les caemos a gaznatones, «. traiga a nuestro instituto», Aaa los yanquis, «Traición baja y artera. », Les rompemos sus traiciones, «. que prueba quiénes son. », Aaa los yanquis, «. los responsables del difícil momento. », Son tremendos maricones, «. por el que hoy atraviesa. » Aaa los yanquis, «. nuestro desdichado país», gritó Nelson, y el director del instituto le arrebató el micrófono y dijo, «¡Se acabó lo que se daba!». Lo que más molestó a Carlos en la reunión que sostuvo el MER después del diálogo con el director y el BEU, fue la desconfianza del Mai al preguntarle por qué había roto, sin consulta previa, un pacto que beneficiaba a la izquierda. Era evidente que su decisión dejaba al MER en desventaja: roto el pacto que establecía quince minutos alternos de transmisión por candidatura, el BEU impondría el poder de sus equipos. Pero había algo oculto en la reticencia con que el Mai.


aplazó la discusión del problema para después de la bronca con Washington. —Digo, tú vas, ¿no? Carlos se sintió acosado, miró al Mai sabiendo que de su respuesta dependía la inclinación de aquella extraña balanza en la que estaba siendo pesado su prestigio, y dijo: —No. Desde entonces se sintió mejor. Si no les bastaba su antiimperialismo, demostrado en el Círculo, ni su participación en la candidatura de la izquierda, peor para ellos. No les daría más. No era comunista ni lo sería nunca. Temía a aquellos tipos fastidiosos, metódicos y tercos, a quienes la derecha acusaba de estar pagados por el oro de Moscú, aunque la verdad era que nunca tenían un centavo y andaban pidiendo, siempre pidiendo; pero delante de ellos no se podía tocar a Rusia ni con el pétalo de una rosa y ahora querían imponer en Cuba una ideología exótica, asiática, antilibertaria. El himno de la Rusia bolchevique interrumpió sus reflexiones. Se asomó a la ventana. En el.


Parque Central, el OK Corral de sus juegos con Pablo, el acto había comenzado. Mikoyán avanzó hasta la base de la estatua de Martí y colocó una corona de flores. De pronto empezó a escucharse un duelo de gritos: «¡Abajo Rusia!» alternaba con «¡Abajo el imperialismo yanki!» a un ritmo acelerado. Se sintió de acuerdo con ambas consignas y golpeó con rabia la pared; estar de parte de los dos bandos en una guerra era cosa de locos. Washington salió delante en el combate, unos cien tipos de la Universidad de Villanueva avanzaron desde Neptuno y la dirigencia del BEU lo hizo desde San José. Muller gritaba, «¿La Reforma Agraria?», y su gente respondía, «¡No va!», ante los flashes de los fotógrafos. La izquierda había situado un grupito alrededor de la corona, y era evidente que la derecha iba a rodearla, cuando decenas y decenas de personas salieron de portales, comercios y cafeterías al grito de «¡Y va!». Durante unos segundos hubo tres círculos concéntricos que hicieron recordar a Carlos la rueda de Casino. De pronto alguien lanzó una trompada y los dos círculos mayores se liaron.


en una descomunal golpiza salpicada de improperios y ayes. Pero Carlos percibía apenas confusos movimientos y palabras —imperialismo, abajo, Reforma Agraria, Rusia—, hasta que llegó la policía y puso fin al choque. Poco después el Mai entró con el bull-dog en la mano preguntando si alguien había llamado. Detrás venía Héctor. —Nadie —respondió Carlos sonriendo, para ocultar su nerviosismo, y entonces se dio cuenta de que Héctor estaba herido en la frente. —Okey —dijo el Mai—. Vamos a aclararlo todo. ¿Qué pasó con Roxana? Quedó boquiabierto. El ataque había empezado por un flanco nuevo, inesperado, incomprensible. Buscó apoyo en Héctor, pero éste secundó al Mai. —Estaba contigo, en el parque —dijo, en tono neutro—. ¿Qué te propuso? No supo qué responder. No le salía del alma rebajarse a explicarles su historia con Roxana. Le parecía increíble que sus socios del Ventiséis le hubieran estado espiando. —Nada —dijo.


—Lee —replicó el Mai—, para que se te aclare la memoria. Tomó el papelito y reconoció la letra de Roxana: «Se están burlando. ¿Estás con nosotros o no? Nos vemos en la Cámara. R.» —¿Te lo mandó ella? —preguntó Héctor, mientras el Mai le extendía un segundo papelito. —Sí —dijo antes de leer: «Yo fui comunista para el FBI.» —Ésa fue tu respuesta —murmuró el Mai—. Eres un chiva. Una ira burbujeante y espesa le impidió hablar. ¿Quién le había robado aquellos papeles? ¿Cuándo? ¿Cómo era posible que Héctor creyera aquella locura? Sonaron tres golpes en la puerta, el timbre, y otra vez tres golpes. Una figura se dibujó tras el cristal nevado. El Mai tomó el bull-dog antes de abrir. Rubén Permuy entró diciendo: —Los gánsters del BEU le cayeron a golpes a Soria. ¿Vamos a la guerra? —No —decidió el Mai—. Toquen a un gánster, a uno sólo, y traigan a Soria.


Rubén Permuy salió sin despedirse. —Tienen un chiva infiltrado entre nosotros — dijo el Mai—, y yo creo que eres tú. —¿Y Soria? —gritó Carlos. —Es nuestro —informó Héctor. —¿Y Roberto Menchaca? —Nuestro —dijo el Mai. Carlos hizo un esfuerzo por concentrar la atención en las moscas posadas sobre el cordón del ventilador, pero no logró evitar un estallido, estaba bueno ya, ¿qué coño se creían?, él era hombre a todo, primero muerto que chiva, a él la revolución sí le había costado el dinero de su padre, y la finca de su padre, y el edificio de su padre y la salud de su padre; estaba en la izquierda porque le salía de los cojones, pero no era comunista ni iba a explicar un carajo sobre los papelitos, y si lo creían, bien, y si no, también. —Siéntate —le pidió Héctor. No lo hizo, y Héctor continuó calmadamente—. Tienes que hacer un esfuerzo, Flaco; primero, perdimos el pacto por tu culpa; segundo, no fuiste a la bronca contra Washington; tercero, sigues empatado con.


una vaticana; cuarto, los papelitos; quinto, la derecha descubrió a Soria. Déjame terminar, Flaco, no he dicho que seas un chiva. —¿Y entonces? —preguntó el Mai. —El plan de la derecha con el Flaco es otro — dijo Héctor, palpándose la cabeza como si le doliera—. Usar a Roxana para que renuncie. ¿Te das cuenta? El día de las elecciones la voz del MER acusa a La Habana de estar controlada por Moscú. —Puede ser —murmuró el Mai. —¡Puede ser, pinga! —gritó Carlos dando un cabezazo en la pared. Sonó el toque-consigna, Héctor abrió y Soria entró apoyado en Rubén Permuy y en Juanito el Crimen. El Negro arrastraba una pierna, tenía la boca partida y los ojos casi cerrados por los golpes. Héctor le ayudó a sentarse. —Habla —dijo el Mai. —A ella la mandaron para ganárselo —murmuró Soria muy lentamente. Mover los labios hinchados le costaba trabajo. —¡Di nombres! —gritó Carlos encimándosele,


pero Soria continuó su esfuerzo como si no lo hubiera escuchado. —Ella dice que él dice que está haciendo un trabajo —levantó la cabeza para mirar al Mai—, pero no pude comprobarlo, me jodieron antes. —Sigue —dijo el Mai. —La Juventud Católica les dio mil pesos y tienen un plan. —hizo silencio e indicó a Carlos, pero el Mai lo invitó a que continuara— . para robarse las urnas esta noche, si pierden. —Ahí tienes —dijo el Mai. De pronto, Carlos se sintió muy cansado y fue hacia la puerta, que había sido bloqueada por Rubén Permuy. —Déjalo —ordenó el Mai. —¿Salir al tipo? —murmuró asombrado Rubén. —Fíjate —dijo el Mai, y Carlos se volvió, porque sentía necesidad de escucharlo mirándolo a los ojos—, si la derecha se entera de que sabemos lo de las urnas, tú eres el chiva. —Vete a la mierda —dijo Carlos. Bajó las escaleras lentamente. Se sentía muy débil. Atravesó el parque sin saber adónde.


dirigirse. La corona comunista estaba al pie de la estatua, no había nadie en Washington ni en La Habana. En San José se escuchaba la guerra de proclamas dominada por la potencia del BEU. Tuvo que hacer un esfuerzo para distinguir quién transmitía por el MER y al fin reconoció la voz de Benjamín el Rubio: habían escogido a un comunista para sustituirlo. ¿Por qué? Hasta entonces los comunistas se habían mantenido al margen de aquel enredo, a menos que lo estuvieran manejando bajo cuerda. ¿Pero quién coño podía manejar al Mai? Tenía que ver a Roxana. Entró a la Cámara y revisó rápidamente los pullmans. Roxana no estaba. Decidió esperar cinco minutos, si no llegaba iría a buscarla al mismísimo local del BEU. Tenía que aclarar la situación. Si Roxana lograba convencerlo de que aquella historia de conspiraciones era una farsa, renunciaría mañana, cuando el resultado de las elecciones fuera público y su acción no pudiera hacerle daño al MER. Hubiera deseado pedir un batido, pero el dinero no le alcanzaba y se tuvo que conformar con una Coca-Cola. El sonido.


metálico de un carro-altoparlante invadió el local advirtiendo a los estudiantes que no se dejaran engañar por los criptocomunistas, los filocomunistas, los protocomunistas. Carlos empezó a burlarse del estilo didáctico de Fernández Bulnes, el secretario de la Juventud Socialista. —¿De dónde, compañeros —se preguntó—, viene la plata para pagar esos carros, esas imprentas, esos pistoleros? Viene, compañeros, de los siquitrillados, de los latifundistas, de los geófagos. —Tú habla solo, chico. José, el dependiente chino, estaba a su lado. Carlos le sonrió torpemente y se echó a reír de pronto, recordando la réplica de Rubén Permuy a Fernández Bulnes, «Geófago yo, compadre, que me he pasado la vida comiendo tierra». —Carlos, ¿tú eres MER del? El muchacho era bajito, aindiado, musculoso; un Cabroncito de la Vida que tecleaba la mesa con el índice esperando el sí que Carlos pronunció con desgano.


—¿Renunciaste tú? Carlos se paró de un salto gritando qué coño, y el Cabroncito se echó hacia atrás y dijo: —Mándame Mai el. —¡Pues dile al Mai que no soy un penco! — gritó, y el Cabroncito echó a correr. Seguían pasando cosas raras. Fernández Bulnes las explicaría como manifestaciones de la lucha de clases, pero ¿qué coño era una clase? ¿La Guerra de las Pandillas había sido una lucha de clases? ¿Los Bacilos fueron una clase? De pronto empezó a tararear en voz baja: «El bacilo de Koch, Koch, Koch. » —Tú canta solo, chico, tú habla solo, te líe solo, tú ta' loco, chico. Intentaba sonreírle a José cuando Nelson, Dopico y la ganga del BEU entraron a la Cámara y se dirigieron a su mesa. —Hola —dijo Nelson. —Quiay —respondió él—. ¿Y Roxana? —Viene ahorita. —Nelson se pasó los dedos por las cejas, en un gesto de cansancio—. Pero lo sabemos todo, los ñángaras han estado jugando.


sucio contigo. —Sí —aceptó Carlos—. ¿Quién se lo dijo? —Alguien —dijo Nelson moviendo las manos como si intentara alejar el humo de un cigarro—. Deberías renunciar. —Quizás —murmuró Carlos—. Quizás mañana. —Mañana no sirve —argumentó Nelson—. Tienes que renunciar hoy. —No —dijo Carlos e intentó salir. Pero la ganga había bloqueado el pullman—. ¿Qué coño es esto? —preguntó. —Cálmate, Flaco —le pidió Dopico—. Cálmate y piensa, tú no eres ñángara, pero los ñángaras te están usando. Tienes que renunciar, compadre. —Me voy —dijo Carlos. —No —respondió Nelson—, no te vas. Si tú estás loco, yo estoy cuerdo, ya nosotros anunciamos tu renuncia. Carlos empujó a un miembro de la ganga, recibió un golpe en el estómago y cayó sentado en el pullman. —¡Allí! —gritó alguien, y Carlos reconoció al Cabroncito. Venía guiando a un grupo hacia la.


mesa. El Mai pasó entre la ganga y se sentó a su lado. —¿Por fin qué? —preguntó. —Es mentira —dijo Carlos—. Esta gente. —Esta gente se va ahora mismo —decidió el Mai, acariciando el bull-dog que acababa de poner sobre la mesa—. Tranquilos, este perro es nervioso y además tenemos más de setenta muchachos allá afuera. Nelson Cano se puso de pie y dijo, mirando a Carlos: —Tú decidiste, tú mismo decidiste. —E inició la retirada sin dar la espalda. —Bueno, ¿quién es el chiva? —preguntó Carlos. —No sé —murmuró el Mai, sosteniéndole la mirada—. Perdona, chico, a veces la política es así. Carlos se mordió los labios sin sospechar entonces que algo semejante le diría Roxana dos horas después, enfurecida en los portales del Centro Asturiano, cuando decidió no verlo más.


8 El ataúd no pesaba tanto, pero era incómodo llevarlo al hombro y seguir el ritmo de la conga de los Cabrones de la Vida y del río de muchachos que desembocó en el remolino del Parque Central. Se molestó al descubrir un segundo ataúd porque estaba orgulloso de la idea que había propuesto como secretario de Prensa y Propaganda de la Asociación de Estudiantes del Instituto, y esperaba dar un palo único arrollando por las calles con aquella caja negra cuya réplica veía ahora en hombros de los tabaqueros de la fábrica Romeo y Julieta. En el extremo del parque vio un tercero, un cuarto, y dejó de contar porque los ataúdes se multiplicaban como los panes y los peces, haciéndolo dudar acerca de si la idea había sido suya, o si respondió a una consigna que nadie orientó nunca y que él tomó, como los demás, del aire de fiesta en que los ataúdes se mecían al ritmo de los cantos, bailando con los muñecones que.


giraban sobre la multitud atraída por la ricura de la conga: Oye, colega, no te asustes cuando veas, oye, colega, no te asustes cuando veas, al alacrán jodiendo al yanki, al alacrán jodiendo al yanki. Costumbres de mi país, mi hermano. La gente se montó en el montuno, Sí, sí, jodiendo al yanki, y un muñecón que representaba al Tío Sam llorando sacó a bailar al ataúd del instituto, y Carlos y Rubén empezaron a marcar, a responder al tipo del muñecón, un tipo que congueaba bien, guarachaba con sabor y movía a ritmo los hilos de su muñeco, que se remeneaba como un esqueleto rumbero mientras una enorme lágrima le subía y bajaba desde la mejilla hasta el pecho, donde tenía escrito: «¡Se acabó!»


Mientras bailaba Carlos logró olvidar el problema que lo tenía angustiado, pero cuando el muñecón se fue con su música a otra parte creyó ver a Jorge y escondió la cara tras el ataúd. Espió desde allí hasta comprobar que se trataba de una confusión, pero no pudo volver a empatarse con el ritmo de la conga y cedió su puesto bajo el ataúd a Benjamín el Rubio. Se sintió abatido en medio de aquella inmensa bachata, como si no lograra desprenderse de la atmósfera de desastre que reinaba en su casa, donde su padre contaba el dinero tres veces al día, lo metía después en la caja de caudales y se quedaba velando aquellos malditos papeles, como a un niño muerto. Carlos le fue tomando una lástima creciente a su amarga figura derrotada, cada vez más sola. El mundo que había logrado construir se había hecho trizas, él había rechazado brutalmente a sus amigos fidelistas, como el padre de Pablo, y los gusanos que venían a la casa a comentar la última se habían ido retrayendo, huyendo, y ahora mandaban postales desde Miami donde le contaban sus impresionantes éxitos financieros. El último en.


irse fue el médico. Visitó la casa el mismo día de la partida, dejó un plan que incluía todas las medidas posibles contra la enfermedad y aprovechó el momento en que José María recontaba sus dineros para hablar con Carlos y con su madre. Era flaco y sanguíneo y estaba especialmente excitado aquella tarde en que comenzó diciendo que había llegado el fin, estaban ante el cumplimiento de la profecía milenarista; Fidel, sin saberlo, era el Mensajero de los Postreros Días, se acercaba un holocausto que los cristianos llamaban el Día del Juicio Final y los Testigos de Jehová el Armagedón; debían salvar su alma y huir hacia la Tierra Prometida antes de que la cólera del Ignoto se desencadenara sobre la Isla Maldita. Carlos sonrió al descubrir que al tipo le gustaba escucharse, y recordó las palabras que le dijo Manolo antes de irse, sabiendo que encerraban la clave de toda la verborrea del médico. Manolo era asquerosamente terrenal y su única virtud fue la de no ocultarlo nunca, por eso le confesó que iba echando, sobrino, los yankis no iban a permitir.


revolucioncitas aquí y ahora había que estar allá, para después volver con los vencedores. Carlos recordaba especialmente su última risotada, «Yo le apuesto siempre al macho, sobrino, y el macho, en esta pelea, es el yanki». En aquellos meses, Carlos había descubierto una inesperada independencia de criterio en su madre, e intuyó que tras su terco silencio y su obstinada voluntad de esperar a Jorge antes de tomar cualquier decisión, alentaba la secreta esperanza de convencer a su marido de que la revolución estaba convirtiendo en leyes los preceptos básicos del sencillo cristianismo que constituía la verdad última de su alma. Por eso, sin hacer ninguna referencia al hecho inquietante de que Jorge había dejado de escribirles, amaneció como una flor de pascua la mañana en que fueron a esperarlo al aeropuerto. Carlos se sintió invadido por una súbita ternura al reconocer en aquel rostro sufrido una sonrisa igual a la que iluminó sus escasos momentos de felicidad, cuando jugaba a esconderse y ellos le decían, «¡El Bembé, el bembé, corre, que viene el bembé!», para que ella.


reapareciera en la ventana de la cocina con la sonrisa más bella de la tierra. Estaba observándola cuando ella cerró los ojos y empezó a hablar de sí misma. Él cedió al impulso de cerrar también los suyos para no ver las calles por las que se desplazaba el automóvil: acababa de descubrir, casi con horror, que no había escuchado nunca a su madre; que quizá nadie la había escuchado jamás, que se habían habituado a que ella les curara las heridas y les enjugara las lágrimas en silencio, les tuviera listos el baño y la comida en silencio, limpias la casa y las ropas en silencio, como un mecanismo automático que había cedido a la sencilla necesidad de hablar haciéndolo sentirse culpable y deseoso de redimirse, como ante una revelación o un milagro. Ella recordaba su infancia en el central azucarero, decía que era muy doloroso saber que la madre había muerto en su parto. Tuvo miedo de tenerlo a él porque padecía del mismo mal. No había sido tanto el miedo de morir, le juraba, sino de dejarlos solos a él, a Jorge y a José María. Quedó en silencio y de pronto dijo, «Lata», como.


si recordara algo muy preciado. «Lata», repitió acariciando la palabra. Cuando su padre la quería enseñar a leer mamá, ella decía lata, recordó riendo de una manera lastimosa. Y su padre, ¿qué iba a hacer su pobre padre, que en gloria esté, un carpintero solo con dos hijas, sino repartirlas con la esperanza de volver a buscarlas algún día, de unir a la familia? Repitió la última frase y Carlos le acarició las manos, suaves e inesperadamente frías, mientras ella murmuraba, «No se unió nunca, nunca», y recordaba cómo fue dando tumbos de una casa en otra, separada de Ernesta, esperando al padre que iba, cuando podía, a llevarle un puñado de azúcar cande. Su voz sonó levemente aterrada al preguntar, como por el destino de alguien muy querido, ¿qué se había hecho, Dios, el azúcar cande? Carlos la miró, sollozaba, los labios temblorosos por el recuerdo de esa dulzura perdida en la memoria, la mano en la frente como si le doliera mucho la cabeza. No se atrevió a interrumpir el plácido silencio en que quedó sumida, se limitó a pensarle su ternura: mamá, él entendía por qué había.


soportado y seguido a papá, a pesar del garrote y del tío Manolo, a quien no había llegado siquiera a odiar; él sabía, mamá, que ella estaba incapacitada para odiar; la quería tanto que había aprendido a entender sus silencios; admiraba, mamá, su manera callada de querer la revolución y de no herir a papá diciéndolo; quería decirle que si era revolucionario lo debía sobre todo al sentido de justicia que ella le había inculcado con sus actos; pero no se preocupara, no iba a herir a papá, lo juraba por el amor que le tenía: la familia se mantendría unida, sólo deseaba que ella fuera feliz alguna vez. Ya en el aeropuerto pensó muchas veces en aquel juramento y lo convirtió en un compromiso. Allí había decenas de familias despidiéndose en una lacerante exhibición de ansiedades, amarguras, miserias, llantos e incomprensiones, reproches y renuncias, y él no pudo evitar que su madre asistiera a la tragedia porque ella se empeñó en recorrer los salones acercándose a los que discutían, lloraban o se besaban por última vez, con una curiosidad obstinada, casi irrespetuosa,


absolutamente improbable en una persona tan tímida. Carlos la seguía, solícito, y sintió que la situación llegaba al extremo cuando ella se acercó a una muchacha hermosa y sola que lloraba desconsolada junto a una columna, y le pasó la mano por el rostro húmedo preguntándole qué le pasaba. «No viene», respondió la muchacha mirando al vacío, «él no va a venir.» «Búscalo», le aconsejó la madre, «no te vayas tú», y le dio un beso antes de seguir su camino. Carlos reunía fuerzas y argumentos para hacerla sentar cuando ella se metió virtualmente en el centro de una discusión: un niño gritaba que no quería irse y lloraba por regresar a casa de su abuela mientras una mujer lo halaba por el brazo. El niño logró soltarse, se refugió casualmente en brazos de la intrusa y ella comenzó a acariciarle la cabeza diciéndole a la mujer que parecía mentira. Carlos tuvo que interponerse para evitar que la mujer le pegara a su madre, pidió excusas, dijo, «Mamá, por favor», mientras una voz aséptica informaba, «Pan American anuncia la salida de su vuelo cuatro cuatro tres con destino a Miami.


Puerta de salida número dos», y su madre contemplaba impotente cómo la mujer arrastraba al niño mientras la muchacha de la columna, mirando hacia atrás, se dirigía a la puerta de salida número dos, y ella se apoyaba en él, derrotada. Los acompañantes se retiraron cabizbajos. Ellos fueron hacia un banco en silencio. En ese momento, Carlos se reprochó no haber tenido valor para decirle su ternura. Ella estaba triste porque en la sala, casi vacía, flotaba un aura trágica que no acababa de desvanecerse; estaba nerviosa a la espera de Jorge, no cesaba de estrujar entre sus dedos un breve pañuelito de hilo. Faltaba el halo mágico que hubo en el carro, y él pensó que podría crearlo si se atrevía a preguntarle algo muy importante, y dijo de pronto, «¿Usted lo quiso alguna vez, a papá?». Se sintió violento consigo mismo porque en el momento preciso algún oscuro mecanismo le impidió preguntarle si lo había amado, como si amar, esa palabra preciosa, tuviera algo de obscena entre sus padres. Ella lo miró con temor antes de murmurar,


«Claro, muchacho, ¿qué pregunta es ésa?», y él supo que en el miedo de su madre y en su propia incapacidad para formular la pregunta verdadera estaba la respuesta que buscaba: nunca le fue dado amar a un hombre, tuvo que conformarse con servirlo. Sintió una mezcla de rabia y de lástima, y luchó por pensar en otra cosa porque de pronto se sorprendió concluyendo que su madre jamás había gozado, y se sintió metido en un terreno por el que no tenía derecho a transitar. Se concentró en los que esperaban como ellos, identificándolos de inmediato como miembros de otra clase. Era evidente, por ejemplo, que los recién salidos eran los ricos, representaban la burguesía; y los que estaban por llegar eran trabajadores emigrantes a quienes la revolución les daba oportunidad de repatriarse. De pronto se hizo una pregunta, ¿Jorge era parte del proletariado? Se respondió que no, y no supo dónde encasillarlo. Un hijo de garrotero, de usurero, ¿sería parte de la pequeña burguesía? Estaba pensando los pro y los contra cuando su madre le estrechó la mano, exactamente unos.


segundos antes de que Cubana anunciara el arribo de su vuelo trestrentinueve procedente de Nueva York y Miami, como si hubiera presentido el momento exacto en que Jorge tocaba tierra. Lo divisaron enseguida, entre los primeros que bajaban, resuelto y elegante. Ella no le soltó la mano a Carlos durante todo el tiempo que duraron las formalidades, como si temiera caerse. Miraba a Jorge saludando brevemente con la cabeza, hasta que lo tuvo junto a sí y empezó a reconocerle el rostro con las manos, como una ciega, de la misma manera y en el mismo lugar en que lo había despedido dos años antes. Carlos supo que lo atraería a él también sin soltar a Jorge, y los uniría, los estaba uniendo bajo sus alas, estrechándolos con una fuerza inesperada, luchando por postergar la pregunta que Jorge pronunció con ansiedad, «¿y mi padre?», mientras Carlos recordaba a Fanny, la charada, los policías de aquella noche frenética que precedió a la partida, y abrazaba a su hermano dispuesto a revelarle la verdad sobre aquel dinero, a amarlo y a explicarle la distancia abismal que separaba.


aquellos tiempos del mundo nuevo que estaban empezando a construir. Pero Jorge no le permitió organizar sus palabras. Venía muy excitado y saltaba de una pregunta sobre la revolución a un cuento sobre sus éxitos en el Norte y a una duda sobre el estado de salud de su padre. Durante unas horas el caos les impidió discernir que estaban discutiendo; después acordaron tácitamente mantener la paz en público y, por último, se encerraron en el cuarto, con una botella de wisky sobre la mesita. Bebieron fuerte desde el principio brindando por los Bacilos, por las grandes jodederas de los viejos tiempos, recordando las jevas, la música y los chistes que los hacían morirse, mearse, doblarse literalmente de la risa antes de volver a chocar los vasos e ir sintiéndose suaves, cariñosos, felices de estar allí, cojones, hermanos, coño, por sobre todas las cosas de esta tierra, dijo Jorge, y de la otra, apuntó Carlos, y Jorge aceptó, de la otra, ¿se acordaba del chiste aquel? Empezó a hacer el chiste, que era realmente bueno, buenísimo, dijo Carlos llorando de la risa, mirando a su hermano a través de la.


leve neblina de las lágrimas, sintiendo que lo quería mucho, tanto como aquella carcajada inevitable tras la que fluían nuevas lágrimas que seguían brotando solas, incontenibles, consoladoras por qué no, coño, Yoyi, no estaba triste, quería decirle algo, coño, gritaba sabiendo que había encontrado, al fin, las palabras para desnudarse ante su hermano, para contarle cómo le había sacado el dinero del bolsillo la noche de su despedida y cómo había escupido después aquel rostro que ahora no cesaba de mirar pidiéndole que lo escupiera a él si quería, sintiendo una dulce calma en la humillación, como quien se confiesa. Jorge empezó a limpiarle las lágrimas, ¿cuántas veces le iba a decir que los hombres no lloran?, y se le quedó mirando con tanto amor como el que Carlos sentía en sí mismo mientras escuchaba decir a su hermano que eso no importaba, eso estaba out, y lo veía extender un brazo en el aire al repetir out, como un árbitro de béisbol expulsando a un jugador del terreno con aquella mano que de pronto cayó sobre su hombro estrechándolo con cariño, había hecho bien, había hecho bien en.


escupirlo, porque en un final él se acostó con aquella puta que Carlos quería tanto, ¿pero sabía por qué lo hizo, eh?, ¿sabía por qué lo hizo? No esperó a que Carlos respondiera para decir que por joderlo, pura y simplemente por joderlo y demostrarle que era demasiado bueno, demasiado comemierda, demasiado idealista en la vida, y en la vida no se podía ser idealista, porque la vida shit, dijo con fuerza, shit, repitió, ¡shit, shit, shit!, gritó con tal obstinación que Carlos olvidó su deseo de replicarle aun antes de que Jorge concluyera, ¡mierda!, ¿lo entendía?, ¡se metiera eso en la cabeza, hermano, en la vida no se podía ser verraco! Volvieron a beber en silencio, lentamente, con la conciencia inconfesada de que las cartas viejas se habían acabado y no quedaba más remedio que jugar tan fuerte como la mirada que se dirigieron de pronto, antes de bajar la cabeza avergonzados de aquella distancia metida entre el amor, de aquella lejanía capaz de hacer inútil el discurso sobre las virtudes de la revolución que Carlos había preparado durante tanto tiempo para callar.


ahora, cuando se dio cuenta de que el tema verdadero era el que Jorge proponía con una brutalidad apenas velada por el cansancio, ¿cuánto dinero quedaba? Volvió a chasquear los dedos mientras Carlos cobraba fuerzas para responder, «Casi nada», siguiendo con desesperación el estupor de Jorge, «¿Casi nada?», que de pronto se echó a reír como un idiota, repitiendo «casi nada, nothing, finished,» y seguía riéndose cuando Carlos, animado, empezaba a contarle lo ocurrido y se atrevía a incluir en su historia comentarios sobre la justicia de la revolución, que había suprimido las deudas del garrote, rebajado los alquileres y realizado la reforma agraria en beneficio de los pobres, de los desheredados, casi gritaba, porque Jorge lo había interrumpido, «¿Y la finca?», y él no podía responder así como así, necesitaba hablar de la pobreza, del desamparo de Pancho José sin dejar de mirar a su hermano, que repetía, «¿Y la finca?», y recibía una atropellada explicación sobre el verdadero ideario del abuelo Álvaro, ahogada por el grito, «¡Te estoy preguntando por la finca, coño!», mientras Carlos.


trataba de contarle lo de Toña, la guajirita analfabeta que ahora empezaría a vivir como una, una. asfixiándose, porque Jorge lo había cogido por el cuello y se lo apretaba, «¡La fincaaa, cojones!», para desplomarse cuando Carlos murmuró, «Perdida», y luego encimársele suavemente, escupirle la cara y darle un cabezazo en la boca que Carlos recibió como una penitencia mientras se limpiaba la sangre y la saliva diciendo con dolor y alegría que ahora estaban a ventinueve iguales, y sintiéndose con derecho a devolver el golpe que Jorge le lanzaba. Se pegaron hablándose, jurándose que los padres no se iban a enterar y deseándose la muerte mientras golpeaban cada vez más lentamente, con menos fuerza, hasta que la madre los sorprendió al amanecer, dormidos y abrazados. Ese día empezaron una lucha inútil por olvidar e hicieron delante de los padres los cuentos esperados. Estaban contentos de haber podido ocultar tanto rencor y quedaron estupefactos cuando su madre los sentó preguntándoles qué había pasado. Después de los primeros balbuceos.


comprendieron que era inútil seguir mintiendo, porque de una manera extraña y profunda ella lo sabía todo. Entonces comenzaron los alegatos para convencerla de sus respectivas verdades. Jorge, de que la revolución era un infierno y el único destino posible era irse en cuanto su padre pudiera viajar; Carlos, de que le dijera a Jorge la verdad, su verdad, que ella era revolucionaria, que sabía que las leyes revolucionarias eran justas y que el único destino posible era quedarse y convencer juntos al padre. Ella escuchaba con ansiedad y cuando empezaron a repetirse los mandó a callar con una autoridad que satisfizo a Carlos y sorprendió a Jorge, a quien dijo que la oyera bien, aquel viejo que contaba un dinero intocable en el otro cuarto era su padre, y estaba enfermo, y ella no lo iba a llevar a morir a una tierra extraña. En ese momento se le quebró levemente la voz, y Carlos le acarició la mano, seguro de que ella le diría a Jorge toda la verdad, le hablaría de su infancia en el central, de la miseria que padeció y estaba siendo barrida de esta tierra; por eso le sorprendió que se dirigiera a él ordenándole que no se hablara.


más de política entre aquellas cuatro paredes, y la miró asombrado tratando de hallar algún mensaje oculto en sus ojos, pero sólo encontró una fuerza terrible en la amenaza: el que divida la familia no tendrá nunca mi perdón. Desde entonces Carlos se sintió cada vez más deprimido y terminó abandonando sus actividades políticas. Veía a su madre sufrir por él, pero se decía que ella misma era la culpable de aquel sufrimiento. Encontraba un oscuro placer en no levantarse de la cama, soñando con el momento en que todos se dieran cuenta de aquella gran injusticia y se agruparan alrededor de su lecho para decirle levántate y anda. Mientras tanto, recordaba la bárbara explosión de los muelles, la bronca que tuvo contra Nelson Cano, donde venció a pesar de todo, y la discusión con Héctor y el Mai, donde a pesar de todo fue derrotado. Desde que la derecha intentó falsificar su proclama y la izquierda venció en las elecciones, Nelson Cano no había dejado de provocarlo. Al principio, el MER se opuso a la pelea porque la izquierda gobernaba y debía hacerlo responsablemente, sin.


broncas, pero a los letreros de «Carlitos meloncito», que habían aparecido en todos los baños, se agregó de pronto un «Mariconcito» que ya no fue posible tolerar. Incluso los comunistas, abanderados de la coexistencia, estuvieron de acuerdo en que era necesario dar un escarmiento. Héctor se ofreció para enfrentar a Nelson, porque consideraba un abuso que un tipo tan matrero peleara contra Carlos, pero el Mai no estuvo de acuerdo, era el afectado quien debía dejar clara su condición de hombre. Nelson Cano tenía casi el mismo peso y tamaño de Carlos, pero era famoso por su agresividad y sus conocimientos de boxeo. Por eso, los Cabrones de la Vida estuvieron en desacuerdo con el Mai, la pelea parecería pareja, dijo Rubén Permuy, pero Carlos se iba a apendejar cuando lo tocaran con limón y eso sería un desprestigio para la izquierda. «¡Desprestigio, pinga!», gritó Carlos antes de salir a buscar a su rival. Sentía una urgente necesidad de pasar el trance que sabía inevitable desde meses atrás, como si el instituto se hubiera convertido en un pueblo del Oeste.


demasiado pequeño para él y su contrario. Hasta ese momento se había escudado en la oposición del MER para rehuir el encuentro, pero ahora las palabras del Mai y de Rubén lo habían enceguecido haciéndolo saltar sobre su miedo, y entró al Instituto dispuesto a que lo desbarataran con tal de no bajar más la cabeza. Siguió hacia el patio de Educación Física, porque Nelson no estaba en el zaguán. Lo vio en un extremo, de espaldas a las paralelas, como para madurarlo por sorpresa. Pero pegar a traición no era de hombres. «¡Nelson Cano», gritó, «me cago en el recontracoñísimoetumadre!» Nelson se volvió despectivamente, seguro de que Carlos no atacaría, y recibió un golpe que le partió los labios. «¡Izquierda, izquierda, izquierda siempre izquierda!», gritaron decenas de estudiantes, estimulando a Carlos, que volvió a pegar y sintió un golpe corto e inesperado en el estómago. Dio un paso atrás mientras escuchaba el grito enemigo, «¡A la derecha!». Tiró un izquierdazo que Nelson aceptó para poder pegarle abajo mientras decía, “Perro ñángara”. Carlos no pudo soportar aquella.


ofensa, soltó la derecha y el rostro de Nelson se estremeció. Pero él recibió a cambio dos ganchos en el estómago.«¡Mátalo!», gritó Dopico, «¡Cocinaló!» Sintió que había perdido aire. «¡Cúbrete!», le gritó el Mai. «¡A la derechá!», gritaron los enemigos y de inmediato los suyos replicaron, «¡Izquierda, siempre izquierda!» Nelson no se apuraba, se movía diciéndole ñángara y entraba a pegar abajo, dejando descubierta la cara sobre la que Carlos concentró su ataque antes de recibir un gancho en el estómago que lo hizo retroceder entre gritos de «¡A la derechá!». Entonces avanzó con un remolino de golpes que desconcertó a Nelson, y oyó el «¡Izquierda, siempre izquierda!», mientras Nelson ripostaba con una combinación de jabs y ganchos, y los gritos se fundían en una consigna única y absurda, «¡Izquierda a la derechá!» Se sentía mareado, apenas veía el rostro del otro, que continuaba cocinándolo por abajo en el momento en que él propinó un golpe seco en la quijada que hizo retroceder a Nelson, y se agarró en un clinch buscando aire mientras oía a Héctor, «¡Boxeando.


la pierdes, Flaco, lucha!», y en un traspié arrastró a Nelson y ambos se revolcaron por el piso, el coro gritando izquierda, derechá, y de pronto sonó una explosión descomunal, ensordecedora, que hizo a los estudiantes correr hacia las puertas mientras ellos quedaron abrazados, inmóviles, hasta que, sin ponerse de acuerdo, se soltaron y fueron a ver qué había pasado. Nadie sabía nada. En la calle Zulueta las gentes se abrazaban conmovidas presintiendo una desgracia enorme. A lo lejos sonaban sirenas de ambulancias. Un hombre pasó gritando: «¡El polvorín, estalló el polvorín!», Cuando todos se miraban desconcertados el Mai gritó, «¡Viva Fidel! ¡Abajo el imperialismo yanki!», y los gritos de «¡Viva!» y «¡Abajo!» aplastaron a la derecha que se retiró temerosa porque había un fuerte olor a venganza en el aire. El Mai abrazó a Carlos e iba a decirle algo cuando otra explosión mayor aún estremeció la calle desbaratando los cristales de tiendas y automóviles. Muchos echaron a correr enloquecidos, sin dirección precisa. Otros se arracimaron alrededor del Mai exigiéndole ir a.


prestar ayuda, pero el Mai reventó de rabia respondiendo que no sabía dónde había sido la desgracia. «¡Allá!», gritó Héctor. Una espesa columna de humo se alzaba por sobre los edificios en la dirección de Atarés. Echaron a correr por Zulueta; al llegar a Monte, Carlos sintió que le faltaba el aire, porque los golpes de Nelson habían hecho su efecto, y fue quedándose a la zaga, perdido entre las miles de personas que acudían al lugar cruzándose con quienes regresaban y les advertían que no siguieran, no se podía pasar, había más de cien muertos, más de mil heridos. «¿Dónde?», gritó Carlos, «¿dónde?» «En los muelles», respondió una mujer que lloraba espasmódicamente en medio de la calle, «explotó un barco con armas y balas.» A lo lejos sonaban ráfagas interminables, como si miles de ametralladoras estuvieran disparando al mismo tiempo. Un hombre regresaba del siniestro gritando, «¡Sangre, hay que donar sangre!». Carlos echó a correr hacia los muelles, pero a la altura de la Terminal de Ferrocarriles volvió a faltarle el aire. El humo, los disparos, los gritos, las sirenas.


y los claxons habían creado una confusión enloquecedora. Siguió hacia Egido y descubrió a lo lejos, quebrados y negros, los hierros de lo que había sido la estructura de un barco hundiéndose en el mar como la mano convulsa de un náufrago gigantesco. Se detuvo ante la imagen de aquella caprichosa escultura de la muerte, y un soldado rebelde lo empujó. —¡Atrás, compañeros, puede haber otra explosión, compañeros! —¡El Che! —gritó alguien. Carlos se volvió y vio al Che atravesando la barrera de seguridad rumbo al lugar donde estaban sacando pedazos de hombres destrozados, brazos, piernas, torsos que llenaban de vísceras, huesos y sangre la calle donde se sentó, al borde del vómito. Allí escuchó otra vez, por sobre sirenas, alaridos y disparos, la voz de «¡Sangre, hace falta sangre!», y se incorporó para dirigirse a un hospital gritando: —¡Sangre, a donar sangre! No logró darla, toda la ciudad parecía volcada sobre los hospitales en plan de donante, los.


empleados y activistas se desgañitaban, «No hay capacidad, compañeros, vuelvan mañana, compañeros, retírense, por favor», y decidió irse a la casa donde pasó horas consolando a sus padres que lloraban por la desgracia, felices de que él estuviera sano y salvo. Al día siguiente asistió con el instituto al entierro de las víctimas de La Coubre, del detonador o la bomba de tiempo o el ácido colocado entre las armas que nunca pudieron llegar a sus destinatarios, que el enemigo marcó en un remoto puerto belga o francés con su signo de sangre. Y allí, entre los cuerpos destrozados por la metralla, Fidel fundió la furia y la tristeza, los gritos y silencios del pueblo convirtiéndolos en una sola voz al entregar por vez primera la consigna que todos repitieron como guía y bandera de los múltiples combates por venir: «¡Patria o Muerte!» Esa noche Héctor y el Mai lo felicitaron por su valor durante la explosión y contra Nelson Cano, y le dijeron que se había ganado el derecho a saber la verdad: en la lucha de la revolución contra el imperialismo, la burguesía y los terratenientes, en.


la lucha de los pobres contra los ricos, en la dura lucha de la vida, a fuerza de pelear, estudiar y pensar, se habían hecho comunistas. Carlos deseó que se lo tragara la tierra. ¿Cómo era posible?, el comunismo era una doctrina extranjera, antilibertaria, rusa, que estaba contra la propiedad, la familia y la patria, amenazaba al mundo libre con armas secretas y había ensangrentado países enteros como la Rusia de Lenine, la Hungría de Bela Kun y la Alemania de Rosa Luxemburgo, ¿cómo era posible? Héctor sonrió entre comprensivo e irónico y le mostró una calcomanía que llevaba pegada a la tapa de su carpeta. Allí, enmarcando el rostro de un indio, se leía: ¿ES USTED SIBONEY? PORQUE EN ÚLTIMA INSTANCIA LA TIERRA ES DE LOS SIBONEYES. —Pero las ideologías no, caballo —dijo Héctor —. En un final los siboneyes no eran católicos, ni el Papa vive en La Habana, los taínos no sabían ni hostia de la propiedad privada, ni los hambrientos un carajo de la libertad. Hablaste cáscara, ignorancia, y un ignorante se parece con cojones a.


un culpable. Terminó casi gritando y Carlos rehuyó su mirada porque no tenía argumentos que oponer y no estaba dispuesto a aceptar el comunismo, cuyo solo nombre le seguía produciendo un rechazo visceral. Tenía que decir algo, Héctor y el Mai esperaban. —Fidel no es comunista —murmuró. —¿Y si lo fuera? —preguntó el Mai. Evaluó esa posibilidad y sonrió por primera vez, como si acabara de descubrir lo que había oído tantas veces en la calle. —Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista. —Toma, ve llevando cartas —le dijo Héctor, y le extendió aquel librito que él cogió sintiendo que le quemaba las manos. Estuvo días sin atreverse a leerlo. Lo decidió un nuevo reto del Mai, «Hombre-hombre no tiene miedo». Su curiosidad se despertó con la primera frase, «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo». Pensó que el médico había dicho la verdad, el mismísimo Carlos Marx había calificado al comunismo como un fantasma, y.


continuó leyendo hasta descubrir la explicación de la lucha de clases, donde se detuvo fascinado e incómodo porque sintió que el libro estaba hablando de ellos, de la tormenta en que se debatían su país, su familia y su vida. Ese día abandonó la lectura, temeroso de continuar despeñándose hacia el abismo. Pero le resultó inevitable recordar aquellas páginas al tratar de explicarse el continuo batallar de la calle, las posiciones expresas y ocultas de grupos y periódicos, la actitud de su padre, y volvió al libro en la noche sintiendo una mezcla inconfesable de alegría y temor, una excitación tenaz que le impidió dormir y le hizo preguntarse muchas veces si él mismo, a su pesar, no se habría convertido en ñángara. Desde entonces sintió una ambivalencia molesta porque políticamente seguía considerándose no sólo distinto, sino también distante de los comunistas, cuya disciplina casi militar lo irritaba. Pero cuando la depresión que siguió a la bronca con Jorge se convirtió en hastío, comenzó a extrañar sus obligaciones, a sentir la modorra.


como una oscura forma de traición, a pensar que quizás podía volver a la lucha sin que su familia se enterara. Por eso se alegró tanto cuando su madre le pidió que fuera a visitar a la tía Ernesta y a la prima Rosalina. Ellas eran revolucionarias, y él interpretó el pedido como un mensaje en clave, una suerte de autorización secreta para que siguiera sintiendo como en el fondo, estaba seguro, también sentía ella. El encuentro con su prima lo conmovió: parecía saberlo todo, sentirlo todo, haber estado en todas partes. Era delgada y más bien pequeña, pero crecía al contarle cómo el pueblo se había empinado ante los golpes de la contrarrevolución, que había quemado cañaverales y tiendas, ¿sabía? Carlos callaba avergonzado de no saber, pero ella no le permitía concentrarse en su vergüenza, ahora reía, le contaba su quehacer en la milicia y reía de cómo llevaba el paso en las agobiantes marchas, un, dos, tres, cuatro, comiendo mierda y rompiendo zapatos, pasaba de la risa a la ira porque en la OEA se tramaba una maniobra contra Cuba y otra vez a la risa al contarle que Roa había.


calificado al canciller yanki de «concreción viscosa de todas las excrecencias humanas». ¿Se daba cuenta, mipri?, preguntaba tocándole el hombro, irritándose de nuevo porque las compañías americanas se negaron a procesar el petróleo soviético, convenciéndolo del derecho que asistía a la revolución a nacionalizarlas, ¿y ellos qué habían hecho?, cortar la cuota azucarera para ahogar a Cuba por hambre, ¡ah, pero la revolución iba a contratacar, y de qué manera!, ¿iría al acto del estadio del Cerro donde Fidel iba a anunciar nuevas medidas, eh, iría? Carlos dijo que sí, desde luego, sintiéndose estúpido y emocionado ante su prima que ahora preveía el futuro, los yankis atacarían, faltaba sólo precisar si con Eisenhower o después de las elecciones, con el próximo gobierno, pero atacarían y se romperían los dientes contra los fusiles del pueblo. Durante el acto del estadio no se cansó de agradecer el entusiasmo de Rosalina y el silencio cómplice de Ernesta. Gracias a ellas había vuelto a la vida junto a los compañeros del instituto, que.


aceptaron su explicación de la enfermedad sin preguntar demasiado, porque todo el tiempo era poco para escuchar al colombiano que guiaba con su acordeón: Dicen los americanos que Fidel es comunista. Dicen los americanos que Fidel es comunista, y no dicen que Batista mató a veinte mil cubanos e incorporarse al coro de la multitud que llenaba el estadio: Cuba sí, Cuba sí Cuba sí, yankis no sintiendo, al corear el estribillo, que era la tierra quien estaba cantando con la voz de una justicia.


antigua y necesaria como la vida, con la voz unánime que empezó de pronto a repetir el nombre de quien se había ganado el derecho de hablar por todos porque representaba la esperanza de todos, ¡Fi-del! ¡Fi-del! ¡Fi-del!, como un grito de victoria, una bandera que continuaba ondeando sobre el silencio de ese momento único en que Fidel no pudo hablar y empezó a hablar Raúl antes de que se reanudara aquel discurso con el que la patria se hizo de todos para siempre. Y era también un canto en que Fidel decía, «Cuban Telefón Compani», y no pronunciaba kiuban, sino cuban, ni decía télefon, sino telefón, y la gente se la llevaba al vuelo e iba coreando «¡Se ñamaba!», y el canto era alegre como un son, divertido y sabroso como un son en el que la multitud tomaba la frase mambisa y la convertía en montuno, rescatando la voz de los héroes en la de Fidel que ponía, «Unite Fruí Compani», y en la del pueblo que coreaba para siempre, «¡Se ñamaba!». En esa atmósfera Carlos tuvo la idea de construir el ataúd para enterrar al imperialismo en la fiesta que se improvisó esa noche y que continuaba.


todavía, más de veinte horas después, en la rumba descomunal que avanzaba cantando por la Avenida de las Misiones: Y esto es lo último, esto es lo último en los muñequitos, el fin del yanki se jodió Supermán. Los rumberos arrollaban con antorchas y muñecones de los muñequitos. Bajo las luces de los fuegos venían llorando Supermán, Dick Tracy, Tarzán y Juana, el Pato Donald, Batmán, KLisoKilowat y Tonito Rin-Rin, un tío Sam agonizante, nuevos ataúdes, fuegos artificiales, cohetes y voladores que sonaban como un tiroteo gigantesco y cubrían el cielo de luces rojas, verdes y amarillas bajo las que Carlos, por primera vez en mucho tiempo, se sintió feliz. Gozaba la rumbantela alegrándose de haber tenido valor para seguir desde el estadio hacia el instituto con.


Héctor y el Mai, quien le dijo que Juanito el Crimen había sido el chiva infiltrado en la izquierda cuando las elecciones, y agregó, «Lo hizo por dinero, pobre tipo». Sintió vergüenza de ver a un dirigente tan duro como el Mai pidiéndole otra vez excusas y le dijo, «No jodas, consorte», mientras se unía a los que cortaban, clavaban, forraban, quinteaban y rumbeaban porque el ataúd estaba terminado y la conga de los Cabrones se abría paso hacia la calle arrastrando un río de muchachos en cuya punta iba él, con el ataúd sobre los hombros. Pasó el tiempo arrollando, a veces enloquecidamente alegre y otras sombrío, casi apartado, como ahora, cuando lo asaltaba de nuevo la obsesión: Jorge esgrimiría esas veintitantas horas fuera de la casa como prueba de que había sido él quien rompiera el delicado equilibrio impuesto por la madre. En eso, una negra que venía rumbeando se detuvo, lo miró, lo tomó por los brazos y empezó a preguntarle si él no era el hijo de José María, sin esperar respuesta, porque estaba segura de que él era el hijo de José María,


«Pero no puedo creer, muchacho, que estés aquí con nosotros, cosa más grande Tiembla Tierra, cará», dijo sacando a Carlos de su asombro porque el nombre de la santa le dio de pronto las claves de aquel rostro que todavía lo miraba asombrado, «¡Mercedes!», dijo, y la negra respondió, «La misma que viste y calza», en medio de una carcajada de alborozo, se acordaba, cará, ¿la familia bien?, «Bien», decía él y le era casi imposible reconocer a la tímida criada de su casa que ahora lo invitaba a rumbear mientras se meneaba y decía lleva, lleeeva, cuando Carlos le respondía a ritmo y ella soltaba las nalgas al son de la rumba, reía y lo abrazaba diciéndole que estaba tan contenta de verlo del lado de la revolución, pero tenía que irse con su gente y se despedía, abaírimo Tiembla Tierra, cará, para incorporarse a la rumba y arrollar invocando a los dioses que invadían la memoria de Carlos envueltos en el remolino del enorme Bembé que pobló de miedo sus noches de infancia, atizado por los terrores del Pastor y del Cura, y que ahora era verdad, ahora subía desde las entrañas de la.


miseria para arrasar con fuego el mundo de los ricos, y en él cabían negros y blancos, San Francisco y Kisimba, Álvaro y Chava, Luleno y San Lázaro, todo mezclado, Carlos, Toña y Mercedes que ya se perdía en la multitud invocando a Tiembla Tierra mientras él sentía cerca el ronco retumbar de los tambores y las voces que hacían verdad el nombre de la santa: la tierra estaba temblando bajo los pies de los rumberos y los fuegos de las antorchas iluminaban la noche hasta convertirla en día haciéndolo recordar, ¡La tea, carajo, la tea!, mientras entendía que estaban ganando, al fin, la guerra de su abuelo, que aquél era el verdadero Día del Juicio Final, y sentía una alegría estremecedora y arrollaba como un poseído gritando, «El Armagedón!», hasta escuchar cómo los Cabrones convertían su grito en una conga, El Armagedón, pucutún, el Armagedón, y volvía a su puesto bajo el ataúd para responder al reto de Supermán que bailaba tratando de volar sin lograrlo, lo intentaba e iba al suelo mostrando un letrerito sobre las nalgas, ¡Ay pobre de mí!, mientras los tipos de la conga.


coreaban: Ya Cubita tiene kriptonita tienes kriptonita, mi linda Cubita, y empezaban a moverse hacia el mar donde comenzaba el fin de fiesta y el pueblo tiraba al agua a Tarzán y a Juana, al Tío Sam y a Dick Tracy, al pato Donald y al mismísimo Supermán, que voló por última vez antes de hundirse haciendo a Carlos gozar de lo lindo mientras gritaba, «¡El Armagedón!», y ayudaba con todas sus fuerzas a lanzar al agua iluminada el primero de los centenares de ataúdes que el Caribe comenzó a desbaratar contra las rocas.


9 Al llegar a la esquina sintió una timidez que lindaba con el miedo. No conocía a nadie allí, ni había asistido a las citaciones anteriores porque no era miliciano, y no estaba seguro de tener derecho a emprender la caminata. Antes de salir de casa de Ernesta se dijo y le dijeron que nadie se fijaría en él, que se trataría simplemente de ponerse en fila y caminar, ganando con ello el derecho a empezar una nueva vida. Pero ahora imaginaba que todo podía ser peligrosamente distinto. Quizá le preguntarían quién era, qué hacía allí, cuándo lo habían citado. Podía pasar algo peor, que algún antiguo miliciano del instituto lo reconociera y acusara de haber abandonado la lucha. Entonces lo expulsarían sin remedio gritándole «¡Rajao!, ¡Rajao!, ¡Rajao!», como lo hacía aquel extraño cuervo con quienes abandonaban la Sierra. Se detuvo a la entrada del campamento, bajo el.


letrero MÁRTIRES DE LA COUBRE, calculando las consecuencias del posible desastre. Al huir de su casa había roto un encierro que lo ahogó durante meses, llevándolo al borde de la locura. Rosalina le sugirió que se integrara a las Milicias, donde ahora admitían a todos los voluntarios capaces de probar su adhesión al proceso caminando sesentidós kilómetros en una jornada, y él aceptó entusiasmado. Entonces todo llegó a parecerle fácil, pero ahora estaba aterrado ante la posibilidad del rechazo porque no tenía dónde ir, y se sabía capaz de cualquier locura con tal de no regresar a la locura de su encierro. Así que se encomendó a Dios y a Tiembla Tierra al entrar lentamente al campamento. Un puñado de tenientes luchaba por organizar a miles de milicianos en pelotones, compañías, batallones improvisados, y Carlos supuso que había cometido un error irreparable al preguntar dónde se ponía, en lugar de hacerlo en cualquier sitio. Durante un segundo imaginó cómo se desencadenaba su expulsión, pero el joven teniente a quien se había dirigido le gritó una frase que.


luego se cansaría de escuchar, «¡Prenda chispa, miliciano!», y lo situó al frente de una escuadra teniendo en cuenta su estatura. Fue tan sencillo que le dio por reírse, aunque enseguida se calló, temeroso de que el teniente malinterpretara su alegría. «Taloco el cabo», dijo uno a sus espaldas, y él volvió a reír y continuó riendo porque no sólo era miliciano, era cabo de las Milicias, era alguien en la revolución, así, de pronto, como por arte de magia. Se volvió hacia la escuadra para decir algo a los hombres bajo su mando, pero no encontró nada mejor que un saludo. «¿Y qué?» «Aquí», le respondió un negro joven y sonriente de apellido Kindelán, «en el tíbiri tábara», para después volverse hacia su compañero y decirle, señalando a Carlos, «Te digo que taloco». Le molestó el bonche montado por Kindelán, que seguía insistiendo con su compañero, a quien llamaba Carnal Marcelo, acerca de las desventajas de ir a la guerra mandados por un loco. Se dijo que debía hacer algo y le respondió, «En un final, asere, cada loco con su tema», para dejar establecido, con la frase inicial y la contraseña del.


«asere», que no era un blanquito bitongo. Tuvo éxito, porque Kindelán le susurró de inmediato, «Identificado, identificado», y empezó a hacerle cuentos de locos. En unos minutos trazó una imagen formidable de lo que llamaba su manicomio personal, a través de decenas de cuentos en los que sólo reinaba la lógica de hacerlos reír hasta el delirio en un carnaval de carcajadas que no se detuvo cuando comenzó la marcha, sino cuando el loco de un cuento empezó a quintear con la boca, a hacer una rica rumba con la boca, entonando: Fifitaaa, miliciana, por la mañanita Fifita me llama. Carlos se unió al coro recordando la conga de los Cabrones, pensando que aquel tipo era tan buen rumbero como los Cabrones y preguntándose dónde carajo estarían. Volvió a reír, por primera.


vez en mucho tiempo sentía deseos de ver a sus socios, sin que lo acosaran la vergüenza y el miedo. Se sentía parte de aquella multitud que caminaba en la noche por la carretera de Managua, seguro en su uniforme, con ganas de hacer la caminata que le daría un lugar definitivo en el mundo al que había regresado, donde ahora le cantaban Taloco, pucutún, taloco, y un teniente interrumpía el canto, ¿cosa era aquello, milicianos?, el ejército no era una rumba, a los cuarenta kilómetros tendrían autorización para bailar, a ver quién se atrevía. Kindelán le dijo que les quedarían veintidós kilómetros para el güiro y el teniente les regaló aquella distancia y se fue a poner orden en la retaguardia. La marcha se había ido desorganizando con el avance. Lo que contaba era llegar, los tenientes sólo se preocupaban de que los hombres caminaran, no de la formación, y Carlos reconoció con cierta tristeza que él mismo, al sumarse a la rumba, había contribuido a desordenar su escuadra. No pudo rehacerla, Kindelán le dijo simplemente, «¿Qué escuadra ni.


escuadra?», cuando le pidió ayuda, y él dio varias vueltas tratando de reconocer los rostros de los suyos hasta convencerse de que el rumbero tenía razón, ya no había escuadras, sólo una larguísima columna donde cada cual avanzaba con su propio ritmo. La noche le impidió incluso localizar a Kindelán. Después de acercarse en vano a varios caminantes pensó que en la oscuridad todos los negros eran iguales, y siguió solo su camino, cantando en voz baja el guaguancó de Fifita. El canto lo remitió a la rumba del Armagedón y a la coartada perfecta que inventó para regresar a su casa sin que Jorge pudiera acusarlo de haber roto el pacto impuesto por la madre. No le tembló la voz al murmurar que se había quedado a dormir en casa de Ernesta y Rosalina después de ver la teve, pero la sonrisa de Jorge comenzó a ponerlo nervioso. Estaba seguro del cuento porque había ganado por teléfono la complicidad de Ernesta, pero Jorge siguió sonriendo hasta que su madre no pudo más y le pidió, «Enséñaselo». Bajó la cabeza: era obvio que ella tenía alguna prueba de su mentira, y no se sentía capaz de sostenerle la.


mirada. Jorge le puso ante los ojos un ejemplar de Revolución donde había varias fotos de la fiesta. Sonrió involuntariamente al reconocer a Supermán y al Pato Donald, para después seguir el índice de Jorge, que había empezado a moverse lentamente por la plana hasta llegar a una foto donde reconoció su rostro, rumbeando bajo un ataúd. No había nada que hacer. Miró la foto lamentando que su antiguo deseo de salir retratado en el periódico se cumpliera de aquel modo. Leyó el pie, «Desbordante alegría popular», y se sintió agobiado por el cansancio de tantas horas de rumba, triste, sin fuerzas siquiera para replicar a la brutal acometida de Jorge, «Bailabas con el ataúd de tu padre», apenado ante la inagotable angustia de su madre. «Estuve horas esperándote —dijo ella—. Se oían tiros, cohetes, voladores, gritos, cantos. Todo sonaba como un Bembé, y a tu padre le dio por decir que ésa era la furrumalla, cobrándose el desalojo con fuego, y preguntaba por ti y yo lo engañaba con la misma mentira que acabas de decirme ahora, sabiendo que no estabas en casa de Ernesta, que estabas.


sabría Dios dónde, pero segura de que llegarías a dormir, como me habías prometido. Y no llegaste, nos pasamos toda la noche esperándote y no llegaste. Tuve que darle a tu padre pastillas para dormir antes de salir a buscarte con tu hermano. En la policía me dijeron que a quién se le ocurría buscar a nadie en una noche así, y tenían razón, por todas partes había tambores, rumbas, muñecos, ataúdes. Casi me vuelvo loca y tú, mientras tanto, jugando con la muerte. ¡Déjame llorar! Dame un beso. Come algo. Descansa. Y prométeme que no lo vas a hacer más.» —¡Miliciano!, ¿no me oye, miliciano? —Miró sorprendido al teniente que le zarandeaba el hombro—. ¡Ya dimos el de pie! ¡Prenda la chispa! Se incorporó de un salto. Sintió la pierna derecha entumecida y trastrabilló antes de recuperar el equilibrio e incorporarse a la columna. Dejaban atrás un pueblecito dormido. Algunos comenzaron a preguntar por la meta, pero los tenientes sonreían irónicos, ¿la meta?, ¿qué se creían, milicianos?, estaban empezando, ahora iban a saber lo que eran casquitos de dulce.


guayaba, cuero y candela, carajo, cuero y candela ahí. Carlos se maldijo por haberse sentado durante el descanso contraviniendo las instrucciones de los tenientes, no se sentaran, el cuerpo se enfriaba, después era más difícil. Ahora comprobaba que tenían razón, sentía un calambre en la pierna y decidió correr un poco para entrar en calor. Fue aumentando la velocidad insensiblemente hasta acercarse a la vanguardia, donde un teniente le aconsejó, «Caminando, miliciano, que esto es largo, laaargo». Se detuvo y entonces se dio cuenta de que las botas empezaban a molestarle, especialmente en el pie izquierdo, pero era cosa de nada, se dijo mirándolas, una bobería. Eran nuevas y todavía brillantes, un regalo de Rosalina junto con la mochila, la cantimplora y el uniforme, que Carlos apreció como un símbolo al que Ernesta convirtió en compromiso: «Lo importante es que llegues.» Eso no le preocupaba, se sentía bien físicamente, con una leve molestia en el pie izquierdo y mucho calor. No se movía una hoja en los árboles que bordeaban la cuneta. Abrió la cantimplora y en seguida varios milicianos lo.


rodearon, ávidos. La hizo circular después de beber tres largos tragos y sólo tuvo valor para reclamarla cuando se dio cuenta de que el tipo que bebía llevaba una en la cintura. Un teniente pasó aconsejando no tomaran agua, milicianos, se enjuagaran la boca y escupieran, después era peor. El tipo le devolvió la cantimplora con una sonrisa de tejodí que remitió a Carlos a las veces en que Jorge lo había acusado de comemierda. Estaba casi vacía. Mejor, se dijo, así pesa menos. Después de un rato de marcha la jornada le pareció mucho más larga que las anteriores y se unió al rumor de protesta que comenzaba a extenderse en la columna, ¿los tenientes estaban dormidos?, ya tocaba descanso, ¿no?, ¿qué pasaba?, ¿el final, el final, se acercaba el final? Pero los tenientes respondían, silencio, milicianos, cuero y candela, el final estaba donde el diablo dio las tres voces. Sintió deseos de orinar. Decidió hacerlo antes del descanso porque ahora no estaba seguro de cuándo pararían. Salió del camino y vio a un grupo compitiendo, a ver quién mojaba más alto el tronco de una seiba. Orinó en.


la cuneta, incapaz de hacerlo en el árbol, irritado por haber perdido su lugar en la vanguardia y por el calor que le pegaba la camisa a la espalda. Hizo un esfuerzo por regresar a su posición. No quería caminar junto a los viejos, los gordos, los lentos agrupados espontáneamente en la retaguardia. Pasó junto a un asmático que avanzaba en medio de un ataque: el rostro convulso, las manos luchando por mantener el atomizador junto a la boca abierta en un grito sordo, silencioso. Lo dejó atrás tratando de olvidar aquella triste figura empeñada en un esfuerzo que le pareció trágico; el asmático sabía, tenía que saber que no llegaría a la meta. Mantuvo el paso hasta alcanzar el centro de la columna y allí tuvo que reducirlo para atenuar la molestia en el pie. Se llevó las manos a la espalda buscando levantar la mochila y reducir el peso sobre los hombros, que habían empezado a arder. El gesto lo obligó a caminar con la cabeza gacha, mirando el asfalto. Así lo sorprendió la voz de Alt que los tenientes gritaban haciendo funcionar la te como un latigazo. Se mantuvo de pie para evitar que el cuerpo se le enfriara. Dejó.


caer la mochila, echó hacia atrás la cabeza para desentumecer la nuca y entonces, de pronto, descubrió el cielo. Abrió la boca en un gesto involuntario, estaba deslumbrado, sentía vértigo ante la serenidad del infinito, le parecía increíble haberse dejado cegar durante tanto tiempo por las luces rastreras de la ciudad. Miró a su madre astral, la Luna, que brillaba como un gran círculo de azogue iluminándole el camino, y esto le pareció un buen augurio. Durante su encierro, deprimido, había matado el tiempo con el monopolio y las damas chinas, que se le revelaron casi de inmediato como pasatiempos vacíos. Se aficionó al ajedrez, fascinado por el extraño desplazamiento de los alfiles, los saltos imprevisibles del caballo, los nombres de las defensas y aperturas: Siciliana, Española, India del Rey, que sugerían mujeres poderosas, traidoras y desnudas. Una noche, cansado de vencerse a sí mismo, tomó una revista abierta por azar en la sección del Horóscopo y sonrió ante el subtítulo: «Las estrellas inclinan, pero no obligan.» Allí leyó que la presencia de Plutón en Libra durante los.


pasados años había sido la razón de drásticos cambios en la vida de los nacidos bajo su signo, Cáncer, y luego se metió, intrigado, en el laberinto de las profecías. «Todos los proyectos y las uniones que no se han concretado llegan a su final. Plutón es considerado como una especie de dios Shiva destructor de todo cimiento poco sólido. Este año Saturno se encuentra en el signo de Libra y hará un cuadrilátero con Cáncer, por lo cual los próximos dos años se habrán de caracterizar por una incansable labor, en la que serán probados todos los asuntos que conciernen a estos nativos. Lo que no será válido no sobrepasará las pruebas, y todo asunto que supere estos tiempos se desarrollará rápidamente y se convertirá en un proyecto sólido y duradero.» Todo era oscuro y, al mismo tiempo, todo parecía tener sentido. ¿Qué estaba llegando al final, su unión con la revolución o con su familia?, ¿qué cimientos estaba chivando Plutón?, ¿cuál sería la incansable labor?, ¿cuáles las pruebas? Leyó afiebradamente la breve definición de su signo para ayudarse a aclarar el enigma: «Los.


sentimentales hijos de la Luna fueron los creadores de la familia, del estar juntos, de las tradiciones, del patriotismo, del amor al sitio donde se nace, a la familia a la que se pertenece.» El acertijo se hizo entonces aún más doloroso. ¿Qué debía hacer un hijo de la Luna cuando la fidelidad al sitio donde se nace implicaba el abandono a la familia a que se pertenece? La pregunta lo obsesionó durante mucho tiempo, aun cuando se repetía a sí mismo que las estrellas inclinan, pero no obligan. Ahora reemprendía la marcha pidiéndole a su madre astral que continuara iluminándole el camino, acortándolo un poco, si podía; a las estrellas que lo inclinaran a seguir, diciéndose que lo habían escuchado y que caminaba sobre la alfombra negra y suave del cielo, donde los pies no podían dolerle, en medio del fresco del cielo, donde no sentía sed, ni calor, ni le molestaba aquel polvo de estrellas, Star dust, pensó, evocando el sonido de la trompeta que tanto gustaba a Gipsy, porque era ella quien lo acompañaba ahora de astro en astro hasta el centro mismo de la rosa de los vientos, allí donde no eran.


verdad el traspié, ni la caída, ni el «¿Usted es bobo, compadre?», que le dirigió el miliciano con quien había tropezado. Se levantó de un salto, irritado por haber hecho el ridículo y por el «¡Prenda la chispa, miliciano!» que le gritó un teniente. Al avanzar sintió un dolor en la rodilla derecha; se había desgarrado el pantalón, cojeaba. Los primeros desertores se habían ido quedando en la cuneta y uno se dirigió a él, «¡Quédate, cojo!», y le insistió, «¡Cojo!», a lo que Carlos respondió, «¡Nudo!», logrando que al tercer grito las palabras sonaran como una sola, «¡Cojo! —¡Nudo!», que lo ayudó a continuar avanzando sin que el dolor de la rodilla cediera. Comenzó a engañarse fijándose metas parciales. Miraba un árbol, una de las inmensas seibas que bordeaban la carretera, y pensaba que aquella planta misteriosa era el final, si llegaba a ella podría descansar junto a los grandes nudos de su tronco poderoso, bajo los gajos por los que se filtraba la limpia luz de la luna. Al llegar se decía que en realidad no era ésa la seiba que había fijado, sino aquella otra, mucho más lejana, bajo la.


que se tendería a quitarse las botas y aliviar el dolor de los pies. Caminaba esperando que el final verdadero lo sorprendiera cuando empezaron a divisarse en la distancia las luces de un pueblo donde debía terminar aquella marcha infinita. Apuró el paso para adaptarse al ritmo de la columna, que ahora avanzaba más rápidamente, atraída por las luces del fin. El desaliento llegó desde la vanguardia y se esparció de inmediato a lo largo de la tropa, ratificado por las voces de los tenientes, ¿qué se creían?, cuero y candela, no estaban ni en la mitad, faltaba lo mejor, el Terraplén de la Ruda. Llegó a aquel pueblo maldito que ya no era el final haciendo un esfuerzo doloroso por mantener el paso. Sentía a sus espaldas la agónica respiración del asmático y no quería llegar tras ella. Se dejó caer cuando dieron el alto y entonces escuchó que lo llamaban, «Taloco». Saludó a Kindelán, admirado de que tuviera ánimo todavía para improvisar una rumbita, Orate, Orate, loco de remate. Cedió al deseo de tenderse de espaldas a pesar.


de las continuas advertencias de los tenientes, pero no logró concentrarse en los misterios del cielo. Por primera vez tenía miedo de no llegar al fin, su madre astral le pareció una luna de muerto, sintió cómo le iban apareciendo nuevos dolores en cada músculo y cada hueso, y escuchó a su pesar lo que alguien decía sobre el Terraplén de la Ruda, más conocido como Cementerio de los Milicianos, porque allí caían como moscas, sin fuerza o sin valor para vencer la caminata. El asmático estaba cerca, de pie, con el pecho sonándole como un fuelle inservible. Carlos admiró su imagen terca y angustiada. «Siéntese», le dijo, y el otro declinó con un gesto, como si ahorrara fuerzas al no hablar. Ahora Kindelán contaba la historia de un miliciano loco que había hecho la caminata tocándole trompeta a la luna, compadre, tururú, tururú, tururí, y el cuento tenía dos finales, en uno el loco se convirtió en lobo y llegó corriendo a la meta, donde se hizo otra vez hombre, compadre, y fue el primero en llegar. En otro, el loco iba tocando tururú, mirando la luna, tururí, hasta que se cayó, compadre, cataplún bangán, y se quedó.


sentado en el Cementerio de los Milicianos. Y ahora, cada vez que un hombre se queda en el cementerio, la voz del loco le grita, «Cataplún bangán». Carlos se sintió aludido por el segundo final, tan semejante al cuento de los pájaros de Pablo. Habría que inventar un tercer final, se dijo, porque él no iba a ser el primero, pero tampoco el último. Los tenientes dieron el «¡De pie!», y la idea de no ser el último le ayudó a hacer el esfuerzo obstinado que necesitaba para incorporarse. Le dolía el cuerpo como si se lo hubiesen golpeado minuciosamente, sin dejarle un huesecillo, un tendoncito, una miserable célula indemne. Avanzó lentamente, como un viejo, hasta incorporarse a la columna. «¿Se siente mal, cabo?» Tenía a su lado a un hombre blanco en canas que debió haber formado parte de su antigua escuadra. «Entero», le respondió molesto, y el hombre se confesó hecho talco, pero tenía que llegar, le dijo, porque su yerno había llegado y él no se podía chotear con su hija. «Cuero y candela», comentó Carlos. Había ido midiendo el Terraplén de la Ruda y no le.


parecía tan terrible, una estera de polvo blanco, llena de curvas, en medio de un campo irregular. Pero los dolores mordían, especialmente en la rodilla y el pie, y la continua cháchara del viejo lo tenía mareado. Apuró el paso, obteniendo cierto placer en vencer al dolor, hasta unirse al grupito liderado por Kindelán. A pesar del esfuerzo que debía imponerse para mantener el ritmo, se sentía mejor en aquel piquete de jodedores que se burlaban de todos y de todo, recordándole a los Bacilos y a los Cabrones. Se unió a Kindelán cuando éste interrogó a un hombre despatarrado en la cuneta. «¿Cataplún bangán, demente?» El tipo respondió, «Yo no sigo», y Carlos le gritó, «¡Rajao!», con la misma voz de pito con que según Pablo los pajarracos de la Sierra chillaban la palabra. Le hubiera gustado que Pablo lo viera avanzando por el Terraplén de la Ruda a pesar del peso de la mochila y de la sed, del calor y del polvo, del pie lastimado y la rodilla herida. Le hubiera gustado porque sospechaba que Pablo no lo creía capaz, y en su deseo había tanto de gratitud como de reto.


No olvidaría jamás que fue Pablo quien lo sacó del sopor que siguió a la crisis con su madre, hecho de pasatiempos y augurios indescifrables. Aquella simple noticia, «Pablo te busca», bastó para hacerlo saltar de la cama y quedar alelado de admiración y envidia ante las barbas y el uniforme del amigo que regresaba y ya no era el mismo a pesar del abrazo. Desde el principio sintió que los separaba una distancia tan grande como la que había entre su pijama y aquel uniforme de Maestro Voluntario, entre su cuarto cerrado y la montaña. Esa sensación fue creciendo durante el diálogo en que Pablo rechazó el ron porque ya no bebía ni fumaba, y Carlos lo sintió puro y distante como un héroe. Ahora pensaba que quizá, cuando terminara la caminata, podrían hablar de hombre a hombre, pero en aquel momento se percibía a sí mismo como demasiado pequeño y miserable, y a Pablo demasiado seguro en el monólogo donde hablaba de los ríos crecidos que había cruzado bajo aguaceros inacabables, de las montañas con laderas de barrancos abisales que era necesario salvar atravesando pasos peligrosísimos como el.


de los Monos o el de las Angustias, apenas una hilera de piedras entre dos abismos, tras la que se encontraba el Pico Turquino, donde había grabado su nombre sobre un tronco, a punta de cuchillo. Se sintió peor cuando Pablo le contó que esa misión había sido cumplida por miles, pues en la Sierra estaban no sólo los Maestros Voluntarios, sino los reclutas del Ejército Rebelde, los Cadetes, y, sobre todo, los Cinco Picos, centenares de muchachitos, casi niños, que habían respondido al llamado de la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Concluyó con rabia que sólo él estaba encerrado en su cuarto, sólo él era un mierda, y sintió una urgente necesidad de hablar, de contar algo, cualquier cosa que lo redimiera ante Pablo, y empezó a magnificar la historia del Armagedón que, sin embargo, le salía pobre, deslucida, raquítica sin aquel brillo de locura magnífica que tuvo realmente y que él era incapaz de transmitir, por lo que apeló a la vieja fraternidad, a las antiguas claves, y dijo fue algo grande, Sam, algo bestial, Los diez días que estremecieron al mundo, Sam, y Pablo sonrió, nostálgico, pero no.


continuó el juego, sino que preguntó, ¿y después?, dejando a Carlos sin cuento que hacer, jodido, con una repentina necesidad de herir a quien sabía perfectamente qué había pasado después, le decía, meses en aquel cuarto, sin hacer nada por la revolución, ¿oía?, encerrado leyendo el horóscopo, ¿se daba cuenta?, ¡el horóscopo!, porque era una mierda, y si eso es lo que quería que le dijera ya se lo había dicho, él, Carlos Pérez Cifredo, un mierda, así que ya se podía ir para su escuelita o para casa del carajo, lo mismo le daba. Hubiera preferido que Pablo le gritara, se fuera, cualquier cosa en lugar de aquella reacción mesurada, tranquila, subrayada por la frasecita, «Eres un inmaduro». Rió de rabia, era como si lo compararan con un plátano, y él no era un plátano, dijo, ni maduro ni verde. Pablo repitió la frasecita acompañada ahora de un ¿no ves?, que le resultó definitivamente insoportable. Se tapó la cabeza con la sábana para no aguantar la descarga y allí otra frase lo golpeó como una bofetada, «Esto es ridículo». Pensó que era verdad, estaba cometiendo una acción infantil, estúpida. Se quitó.


la sábana de la cabeza y encontró al Pablo adulto, que acababa de conocer aquel día, preguntándole, «¿Qué te pasa, Carlos?». Sintió que si al menos le hubiese dicho ambia, asere, consorte, socio o Flaco le hubiera contado su tristeza, pero lo había llamado Carlos, como sin duda hacen las personas maduras, y no le dio la real gana de franquearse con él. Por eso le respondió, «¿A mí? Nada. Sigue, sigue contando». Pablo accedió y Carlos sintió que lo estaba tratando como a un niño, o a un loco. Decidió no hacer mucho caso de aquella extraña historia que era la contrapartida de su Armagedón. Una contrapartida gris, pensó con cierto desprecio, porque Pablo contaba que había pasado la noche encerrado en un almacén en las afueras de La Habana, junto a decenas de Maestros Voluntarios, viendo el acto por televisión, ante lo que Carlos comentó que se había perdido lo mejor, por televisión no era nada, y Pablo continuó diciendo desde luego, el encierro los tenía encabronados porque no era justo que después de estar tanto tiempo jodiéndose en la Sierra los tuvieran allí sin.


saber por qué ni para qué, sin llevarlos siquiera al Estadio donde se estaba cambiando el curso de la historia. Ese encierro, dijo, había generado una especie de competencia entre diversos grupos de maestros que decían saber el porqué; según unos, se había constituido con ellos una columna guerrillera que tendría la misión de ir a Santo Domingo a derrocar a Trujillo; según otros, saldrían hacia la Unión Soviética para hacerse pilotos de Migs diecisiete; los demás decían que no comieran tanta mierda, ellos eran Maestros Voluntarios, a la mañana siguiente les darían pase y después irían a la montaña a enseñar. Ninguno tuvo razón, añadió Pablo, se pasaron la noche discutiendo y ninguno tuvo razón, porque al amanecer llegó un comandante rebelde para informarles que la revolución había decidido poner en sus manos los bienes que el pueblo acababa de nacionalizar esa noche. Carlos no entendió y se sintió mejor cuando Pablo le dijo que él tampoco había entendido, ni siquiera cuando el comandante pronunció su nombre. —Aleaga, Pablo. Central Cunagua, Camagüey,


ex propiedad de la Tuinicú Sugar Compani. Sales enseguida. ¿Alguna pregunta? —No —dijo Pablo que le había dicho, sorprendido, pero luego rectificó—. Sí, perdone comandante, ¿qué tengo que hacer? —Muchacho —el comandante le había puesto el índice en el pecho—, ¡tú eres el Ad-mi-nis-tra-dor del central Cunagua! Ahora Pablo le preguntaba qué le parecía y Carlos decía, de pinga, y repetía, de pinga, ante el cuento de la manifestación que dieron los obreros en el batey para recibir al administrador de Fidel y alertarlo sobre las marañas que preparaban los americanos, y sentía irresponsable y ridícula su rumba del Armagedón comparada con la montaña de problemas que Pablo le contaba, absurda su crisis frente a la tarea inmensa de aquel que revivía el miedo y la ignorancia que estaba obligado a vencer cada día ante lo enorme y lo desconocido. Los americanos habían dejado millones de pesos en deudas contraídas con los colonos, que ahora exigían el pago y reivindicaban su derecho a ciertas tierras que la administración.


yanki les habría robado; los obreros pedían el establecimiento de los cuatro turnos de trabajo para combatir el desempleo, medida socialmente justa, pero económicamente suicida; los macheteros se iban a las ciudades y pueblos buscando las nuevas fuentes de trabajo y huyéndole a su tarea de esclavos, lo que era también justo, pero dejaba un hueco enorme en los cañaverales; algunos técnicos y empleados lameculos estaban conspirando e intentando sabotajes, y así y todo había que hacer la zafra, y mantener el rendimiento histórico en azúcar, y ponerse a estudiar a ver si se dominaba aquella tecnología tan complicada donde la mayoría de los términos —zarandas, pol en caña, pol en bagazo, agua de imbibición— le sonaban a chino. «De inhibición», murmuró Carlos, nostálgico por haber logrado una buena frase para el juego de palabras que no iba a comenzar, porque las palabras no eran ya un juego para Pablo. Ahora eran algo tan serio como aquel mundo volcánico que evocaba, más distante aún de la aburrida estupidez de su cuarto que la propia montaña. Era.


increíble, su socio Nariz, el putañero Nariz administrando un central inmenso en las legendarias llanuras del Camagüey, hacia donde debía partir al día siguiente, bastante decaído porque no tenía mujer ni modo de conseguirla: trabajaba dieciocho o veinte horas al día, no le importaba eso, pero en las cuatro horas que pasaba en el albergue del central se sentía mas solo que un perro. ¿No habría nadie con quien salir esa noche?, ¿un grillito, aunque fuera? Pablo estaba ahora derrumbado, implorante, y él sintió una oscura calma al verlo así, al no poder ayudarlo: también estaba solo, jodido, como podía ver. Pablo se mesó las barbas en silencio y Carlos saltó de la cama gritando, «¡Rosalina!», y corrió hacia el teléfono alentado por su zona más clara. Pablo y Rosalina, cará, qué bien, se dijo después que todo estuvo arreglado para la salida esa noche, y Pablo se mostró agradecido, curioso, sí, recordaba algo, ¿Rosalina?, y él le aclaró que su prima era revolucionaria y flaca, pero con buenas nalgas. Pablo hizo traquear sus dedos, feliz, y le pidió a Carlos que le contara sus problemas. Él.


habló conmovido, esperando que su amigo lo abrazara o le pusiera al menos una mano solidaria en el hombro. Pero Pablo estaba frío, distante, casi irritado, y habló sin referirse a la historia que acababa de escuchar, ni siquiera para acusarlo otra vez de inmaduro. —En la Sierra —dijo—, apendejado por los aguaceros, las caminatas y el hambre, un tipo quiso irse. Intentó fugarse en la oscuridad para no dar la cara. Los demás, de pronto, empezamos a escuchar unos graznidos rarísimos, fuimos a ver y encontramos al tipo en plena huida, seguido por una bandada de pájaros que chillaban algo que todos repetimos: «¡Rajao!, ¡Rajao!, ¡Rajao!» Desde esa noche todo el que quiso rajarse debió hacerlo de frente, a la luz del día. La moraleja era demasiado clara. Carlos sintió un odio feroz hacia Pablo, aquel cabrón incapaz de ayudar a un amigo en desgracia, y se maldijo por haberle conseguido la cita con su prima. Esa noche se tuvo una lástima dolorosa y dulce. Se sintió más solo que Pablo en la soledad de su cuartucho del central, porque no tenía nada que hacer al día.


siguiente, salvo seguir estando solo, y volvió a acariciar lentamente la idea del suicidio. Pero esa madrugada lo asaltaron por primera vez los gritos de los pájaros, se despertó temblando y no logró conciliar el sueño hasta el amanecer. En la tarde siguiente, su madre lo despertó con el almuerzo y la noticia: Rosalina y Pablo se casaban, así de pronto, sin fiesta y sin noviazgo, para irse a vivir a Cunagua, y Ernesta estaba de acuerdo y contenta; nada, que el mundo se había vuelto loco. Carlos tardó unos segundos en entender y luego tuvo un golpe de alegría, harían una linda pareja aquellos dos. De pronto se sintió oscuramente deprimido, Pablo había matado la soledad de un tiro mientras que él seguiría solo de solemnidad, como solía decir su madre, más solo que el silencio del cuarto donde aguantó la ofensa de aquel cabrón que no estaba siquiera enamorado de su prima. Fue a buscar café mientras su madre hablaba de conseguir dinero para comprar un regalo. Jorge estaba en la cocina echándole alpiste a su canario. Pasaban semanas sin hablarse, Jorge dedicado a sus asuntos y él a su cama, por lo que.


cruzó junto a su hermano sin saludarlo. Se estaba sirviendo el café cuando le oyó decir: —¿Qué te parece la boda? No le respondió. El café estaba frío y amargo, y empezó a buscar azúcar en el estante. —Casarse con una puta —murmuró Jorge. —No es una puta —repuso él, feliz de llevarle la contraria. —Tremenda puta —insistió Jorge. Carlos tomó el café, que ahora estaba demasiado dulce, y se volvió para decirle a Jorge que se lavara la sucia boca con salfumán antes de hablar de Rosalina. Jorge no se irritó. —En un final, a ti siempre te han gustado las putas —dijo—. ¿Quieres que te diga por qué Rosalina es una puta? Carlos se le encimó y pudo ver muy cerca la mueca de su hermano. —¡Porque yo le toqué el culo y tú le tocaste el culo! Le pegó de frente, un golpe corto y contundente que tiró a Jorge contra la pared, pero no logró evitar su grito, «¡Julián también le tocó el culo!»,


mientras avanzaba con un palo contra Carlos, que tomó un cuchillo y lo soltó de pronto, ante el rostro aterrado de su madre. No quiso explicarse, regresó temblando a su cuarto y allí estuvo horas, asaltado por el grito de los pájaros y por la turbia memoria de la Nochebuena en que tocaron a Rosalina, midiendo el instante que lo salvó de acuchillar a Jorge, seguro de que lo mataría si no lograba romper para siempre aquel encierro donde vivía odiando como un perro de presa, despreciándose, separado de todo lo que le había dado alguna vez un sentido a su vida. Sólo lograba calmarse al soñar que salía, que estaba fuera, libre, dejándose arrastrar por el río de la revolución, como Pablo. Pero aquella euforia se disolvía de pronto: no tenía un lugar en el proceso, lo había perdido al traicionar a sus compañeros del instituto, abandonándolos en el momento más difícil, negándose inclusive a recibirlos cuando fueron a visitarlo en los peores días de su depresión. Tenía que irse. Y para integrarse a los Batallones de Combate tenía ahora que vencer la prueba; sólo después.


podría volver a mirar sin sonrojo a sus antiguos compañeros. Pero el Cementerio de los Milicianos justificaba su nombre con creces: la irregularidad del terraplén hacía la marcha tan penosa como una maniobra a campo traviesa, y sólo lograba avanzar a tropezones por aquel infierno que no ofrecía siquiera el consuelo de una seiba. Se decía que llegar no era una cuestión de fuerzas sino de cojones, porque hacía demasiado rato ya que estaba exhausto y seguía avanzando, magullados el pie izquierdo y la rodilla derecha, cojo de las dos piernas como San Lázaro, evocando al querido Luleno de sus días de infancia e imaginándose apoyado en sus muletas, venciendo las duras pruebas a que lo sometía el hijoeputa de Saturno por andar confluyendo con Libra y formando cuadriláteros con Cáncer; y se repetía que era un cojo-nudo capaz de llegar a la meta y de ganarse así un espacio propio desde donde reanudar sus reflexiones sobre la ideología del proletariado. Sólo que ahora no tenía libros ni casa: había decidido no regresar a la de Ernesta para evitar un encuentro con su madre, e incluso un eventual.


contacto con Rosalina o con Pablo, prometiéndose que lo volverían a ver únicamente cuando se hubiera hecho un hombre por su cuenta. Aquella decisión, tomada con aire de heroica soledad, lo hizo sentirse orgulloso de sí mismo; pero ahora no cesaba de preguntarse adónde coño iría cuando terminara la caminata. El viento negro de la Ruda había levantado una polvareda que le resecó la garganta. No logró aliviar la sed con el chorrito de agua que le quedaba en la cantimplora. Se pasó la lengua por los labios y le supo a tierra. La sintió áspera, impregnada del polvo que seguía batiendo el camino, metiéndosele en la boca, los ojos, la nariz, haciéndolo maldecir en silencio y ver imágenes absurdas: ahora el negro Kindelán era blanco, como espolvoreado con harina, y parecía uno de esos blancos que se pintan con betún para hacer de negritos de teatro. Quiso decírselo, pero sintió que no tenía saliva para articular ni una sola frase. La negramata de marabú donde fijó la nueva meta también era blanca, con el tronco doblado y los gajos aleteantes, como el cuerpo de un náufrago a.


quien debía salvar, porque si no, se dijo, el pobre tipo se ahogaría, y el pobre tipo era él, avanzando contra el polvo en medio de la noche. Por primera vez añoró su cama, evocó con una fuerza dolorosa la dulce estupidez en que solía sumirse durante semanas, el inefable placer de dormir catorce o quince horas, levantarse, bañarse y volver a acostarse sobre sábanas limpias, frescas, recién planchadas, que lo arrullaban con la música celestial producida por la levísima capa de almidón que su madre les ponía. Ella, parada frente a la cama con la bandeja del desayuno, y él gritándole, «¡No quiero! Déjame dormir, ¿me oyes?». Ella salmodiándole, «No duermas tanto, los huesos te van a criar babilla». Pero aquella marcha interminable no era un sueño, no estaba soñando que caminaba, sino caminando tanto que creía estar soñando, delirando, diluyéndose en las blancas nubes de polvo y las formas torturadas de los marabuzales y los chillidos de los murciélagos y la infinita columna de sombras y el dolor y la sed y el hambre y el cansancio terrible que acabaría venciéndolo si no era capaz de llegar hasta esa.


mata al menos, un poco más, aun después del Alt de los tenientes y del taloco de Kindelán, hasta tocar el tronco del marabú y dejarse caer exhausto, resollando, como en la arena de una playa. Pensó en quitarse las botas, desistió por miedo a que no le entraran después, e intentó un masaje en la rodilla; la encontró inflamada, sensible incluso al contacto con los dedos. Separó suavemente la camisa de los hombros, liberados ahora del peso de la mochila, pero no logró reducir el ardor. Se pasó la lengua por los labios cuarteados y volvió a sentirla áspera, como un papel de lija. Se dejó caer bocabajo, con la cara sobre la mochila, y allí lo sorprendió el olor del pan con bisté que le había preparado Ernesta. Hizo un esfuerzo para sacarlo, le dio una mordida y tuvo la sensación de estar mascando arena. El acceso de tos removió todos los dolores de su cuerpo. Tocó la cantimplora, vacía. Dejó caer el pan, cerró los ojos, y el frío de la tierra comunicó a su cuerpo una vaga modorra en la que los dolores se le hicieron insoportablemente dulces. Así lo sorprendió el «¡de pie!», que escuchó asordinado.


por la niebla de su modorra. Tuvo conciencia de que la columna había reiniciado la marcha y no se movió. En un minuto se pondría de pie y se incorporaría a filas. No, mejor en dos, en diez. Se sentía incrustado a la tierra, había logrado disolver los ruidos de la marcha de la columna en su cansancio y ahora era como si no estuviera pasando nada, salvo aquel sueño delicioso. Continuó inmóvil aún después del primer «¡Rajao!», que fue rápidamente seguido por otros. Hacía rato que no se escuchaba el grito, traído por él a aquella prueba, y ahora los milicianos lo repetían haciéndolo pensar no en el cuento de Pablo, sino en el de Kindelán, que le sonó al oído un «¿Cataplún bangán?» haciéndolo sentarse sin querer, asustado y con un dolor atroz en la cintura: él era el loco Carlos, despatarrado para siempre en el Cementerio de los Milicianos. Entonces se aferró a las manos de Kindelán, que ahora eran blancas y lo halaron como una grúa poniendo de pie la inservible suma de dolores que era su cuerpo. Caminaba rígido, sin mover apenas las.


articulaciones, como un robot oxidado. Kindelán se había ido delante, a apoyar a su carnal Marcelo, dejándolo a él en la retaguardia, de la que no lograba despegarse. Pensó que librarse de aquel tormento sería fácil, tan fácil como caminar cada vez más lentamente, hasta dejar que la columna se fuera lejos, lejos, lejos. Entonces estaría solo en el camino y nadie podría gritarle rajao; en realidad no se habría rajao, simplemente caminaba despacio, muy despacio, cada vez más despacio, cuando el teniente jefe de retaguardia gritó junto a él, «¡No hay dios que resista esto!», y continuó caminando a su lado, «Cuero y candela, miliciano, ¿usted es un cojo. » «Nudo», susurró Carlos. El teniente se hizo el sordo. «Grite, miliciano, ¿un cojo. » «Nudo», repitió Carlos. El teniente parecía insatisfecho, «Gritar es gritar, miliciano, ¿un cojo. » «¡Nudo!», vociferó Carlos, para quitárselo de encima, y el grito tuvo el efecto de un duchazo en sus músculos y en el estado de ánimo del teniente, que repitió con voz ronca y poderosa, «¡Cojo!», para escuchar el eco, «¡Nudo!», y así anduvieron hasta que el teniente pasó el juego al.


plural y lo extendió a la retaguardia, desde donde ganó toda la columna, que avanzó gritando en la noche que eran eso, cojonudos. Carlos hizo un esfuerzo desesperado por despegarse de la retaguardia profunda y fue dejando atrás a los viejos, los gordos, los lentos. Continuó hasta divisar al asmático, que caminaba tercamente, con pasos cortos e iguales, a unos treinta metros de distancia. Se impuso una marcha ansiosa diciéndose que era un cojonudo y viendo cómo se acercaba lentamente a las espaldas del asmático, que no alteró su ritmo ni siquiera cuando Carlos pasó junto a él forzando el paso: el tipo caminaba sin mirar a nadie. Al alcanzar la punta de la retaguardia supo que había cometido un error grave embarcándose en aquella competencia estúpida donde malgastó las fuerzas provenientes del grito que ahora no podía siquiera repetir. Dejó de fijarse metas. Cada paso era una, y los daba sin saber si podría alcanzar la siguiente. ¿Cómo era posible que a los veinte años fuera más débil que hombres de cuarenta o de cincuenta, y aún que los viejos, los gordos, los lentos de la cola? Llegar, se.


repitió, no es una cuestión de fuerzas, sino de cojones. Muchos jóvenes habían quedado en el camino, mientras que otros, casi niños o casi ancianos, seguían en la brecha. Pero él estaba hecho polvo, destruido, y pensó que su madre tenía razón: los huesos le habían criado babilla. Babilla, ¿cómo no se había dado cuenta antes? La babilla era algo resbaladizo, esponjoso, que le ponía el cuerpo como de estopa y le quitaba la fuerza y la decisión para moverse, aun cuando sintiera a sus espaldas la angustiosa respiración del asmático que lo pasaba como en un sueño del que no lograba despertar. Deseaba su cama, estaba en su cama soñando que a su lado cruzaban sombras, sombras, sombras que pronto dejarían de pasar para dejarlo al fin dormir tranquilo. Dijo «¿Eh?», y volvió a decir «¿Eh?», cuando el teniente jefe de retaguardia lo empujó suavemente hacia delante: «El campamento está ahí, miliciano. Un esfuercito más, cuero y candela.» Era el último hombre de la columna al llegar a Managua, el pueblecito que habían dejado atrás hacía tantas horas, y comprendió que habían hecho.


un largo lazo en la caminata, un lazo de sesentidós kilómetros capaz de coger al mundo por el cuello y ahogarlo. Una difuminada luz rosa envolvía la columna que llegaba a la calle real del pueblecito donde esperaban los vecinos dando vivas a Fidel y a los milicianos, trayéndoles agua y pan. Carlos descubrió cuán larga era la columna al verla tendida, cubriendo cuadras y cuadras. Divisó a Kindelán e hizo un esfuerzo por acercarse a él, a medio camino se le doblaron las rodillas y empezó a deslizarse hasta quedar a gatas y luego bocarriba, despatarrado en plena calle. Estaba destruido, pero había llegado. De pronto una mano se deslizó bajo su nuca y una mujer que podía ser su madre comenzó a verterle un hilo de agua entre los labios, le dio un trozo de pan todavía caliente y le dijo que tenía que atender a otros milicianos. Carlos se sentó, venciendo un dolor tenaz en la cintura, se comió el pan masticando lentamente, como un anciano, y cedió al deseo de quitarse las botas. Tenía los pies hinchados y debió hacer un gran esfuerzo para sacarlas. Entonces haló las medias verdes que ahora eran negras y estaban.


rotas y adheridas a las ampollas. Luego volvió a tenderse y sólo entonces advirtió que había dejado la mochila en el camino. Se encogió de hombros y movió los dedos de los pies con el placer infinito de sentirlos libres. Ya conseguiría un saco donde llevar sus cosas a la escuela militar. Dudó acerca de si dirigirse a aquella señora para pedirle que lo dejara pasar dos días en su casa hasta que lo llamaran para el curso, pero no tenía ánimo para incorporarse y, envuelto en una dolorosa somnolencia, escuchó aquel grito imposible, «¡De pie!». Pensó que estaba sufriendo una alucinación, una de sus pesadillas recurrentes, mientras los milicianos protestaban, no, no podía ser, habían caminado como cien kilómetros; y los tenientes, «¡Sesenta, milicianos! ¡Los sesentidós se cumplen frente al campamento! ¡De pie!», y en esa pesadilla entraban los murmullos, el trajín de los hombres levantándose, los gritos del jefe de retaguardia y la voz cada vez más apremiante de Kindelán, «¡Dale, Taloco!». Abrió los ojos porque Kindelán no dejaba de zarandearlo, dijo, «Zarandas, Pablo habló de zarandas», y balbuceó,


«No puedo», acariciando sus pies, su rodilla tumefacta, mientras la vanguardia reanudaba la marcha y él se sentía incapaz de volver a ponerse las botas y dar un paso con aquellos pies llagados. No era justo. No era justo que después de un esfuerzo como aquél lo dejaran allí, vencido, tragándose la rabia mientras veía alejarse a la vanguardia y escuchaba las frases de aliento de Kindelán. Sintió una ternura inmensa hacia el negro y murmuró, «Sigue solo, socio», lo que le provocó al Kinde un estallido de cólera antes de levantar de un tirón el cuerpo de Carlos, incapaz de andar ahora, inmóvil, rígido, recostado a Kindelán, que trastabilleaba con el peso gritando, «¡Un hombre aquí, cojones!». Un miliciano rubio y trabado le pasó el brazo a Carlos bajo el sobaco y sobre el hombro, haciendo palanca con Kindelán, que dijo, «Guapo ahí, Gallego»; y Carlos sintió que lo hacían andar como a un San Lázaro con muletas humanas, como a un Cristo crucificado con dos ladrones amigos que habían logrado el milagro, y pensó que no era justo con los otros, mientras el Kinde lo animaba, «Anda, camina», y.


no tardaba en percibir el ritmo de guaracha escondido en la frase, con el que improvisó una rumbita moribunda: «Anda, camina / camina, Juan Pescao. » Carlos sintió que el tumbaíto ayudaba y fue poniendo los pies sobre el asfalto, pisando firme a ratos, pero ochenta metros más allá no pudo soportar el ardor de las llagas y tuvo que colgarse otra vez de sus muletas, que ya se habían apodado mutuamente Gallego y Lumumba, sombras que sólo yo veo, se dijo, pensando en sus dos abuelos, Chava y Álvaro, en quienes también se apoyaba para avanzar. Kindelán había dejado en el aire una adivinanza, ¿por qué, en Cuba, el Gallego y el Negro eran hermanos desde antes de la revolución? Fácil, dijo, porque tenían el mismo apellido: Negro’e Mierda y Gallego’e Mierda. Carlos no se rió: estaba acumulando fuerzas para soltarse y seguir a rastras, si era necesario, cuando los alcanzó la última fila, siete milicianos demacrados que avanzaban como ellos, apoyándose en sus fatigas recíprocas y trasmitiendo el peso hacia los extremos, donde marchaban dos tenientes. Al sumarse a la cuerda,


Carlos supo que estaba salvado. Ahora eran demasiado débiles para no llegar, su dolor se apoyaba en los quejidos de los otros y en la respiración irregular del asmático que fue el primero en advertir la meta desde donde llegaban los gritos de victoria de la vanguardia y el centro. Aumentaron el ritmo, o quizá sólo creyeron que lo hacían al moverse dando tumbos como borrachos, animados por las voces de aliento de quienes ya habían llegado, por los aplausos y los vivas con que los recibían, como héroes que sólo se desploman en la meta. Carlos cayó junto al Gallego y a Kindelán, quien había recuperado su alegría y no cesaba de decirle, «Taloco», tratando de convencerlo de que estar loco era un honor, pues solamente unos locos de remate eran capaces de hacer aquella barbaridad voluntariamente; su carnal Marcelo, por ejemplo, estaba cuerdo, por eso se había quedado en el camino, pero ellos estaban dementes, kendys, quemados, discontinuos, fundidos, turulatos, con los cables cruzados y un pase a tierra, así estaban sus queridos loquitos,


decía, sus oraticos, decía, provocando en Carlos una risa espasmódica que se vio interrumpida de pronto por el modo desconsiderado en que aquella muchacha Cruzroja empezó a limpiarle el pie, haciéndolo gritar como un loco, decía Kindelán, mientras la muchacha seguía su trabajo sobre la sangre coagulada y el churre, arrancándole tiras de pellejo, rogándole que se callara, milicianito lindo, si no era para tanto, sesentidós kilometricos nada más, y dejándolo estupefacto ante el descaro con que hablaba de su hazaña, con que se reía de su dolor, con que le pedía, burlona, la otra patica.


10 Apoyó el brazo izquierdo en el fango y levantó la cabeza por sobre la yerba de guinea. Miró atrás, los hombres de su pelotón continuaban tendidos. «Parecen fantasmas», pensó al verlos cubiertos de lodo. Se dejó caer de nuevo sobre la tierra viscosa y negra calculando que llevarían más de media hora hundidos allí. Estuvo un rato respirando su propio olor insoportable. Volvió a alzar la cabeza. El vasto pastizal parecía desierto. «Nos van a joder», se dijo, escudriñando las palmas que marcaban el fin visible del campo en la distancia. —Enlace —llamó—, enlace. El cuerpo ágil y esmirriado de Remberto Davis se acercó chapoteando en el fango. —Ordene —dijo. Carlos acarició el cubrellamas del fusil. —Me los corto si no están en aquella arboleda. De pronto se escuchó un silbido largo, tres cortos, y luego sólo quedó el soplo del aire sobre.


las puntas de las yerbas. «Nos van a joder», murmuró. Un grupo de auras sobrevolaba el campo, salpicando de manchas fugaces el cielo color pizarra. —Va a seguir lloviendo —dijo. —O hay muerto —comentó Remberto Davis. Calculó la distancia. Era demasiado lejos, pero si lo lograba, el enemigo estaba frito. —Dile a los cabos que arrastrándose hasta el palmar —ordenó. Comenzó a asegurarse el fusil con la correa. Remberto Davis seguía a su lado, temeroso. —¿Qué pasa? —preguntó Carlos—. ¡Eso es ya! El enlace se llevó instintivamente la mano derecha a la ceja y justificó su apodo de Ardillaprieta al arrastrarse entre las yerbas. Los hombres comenzaron el avance protestando en voz baja. Carlos se apoyó en el codo izquierdo para calcular la apertura del abanico. «Se ven a la legua», pensó, al divisar las caras sudorosas y enfungadas, «¿o será que yo sé por dónde van?» Doce metros a la izquierda las nalgas del gago Zacarías sobresalían claramente sobre el campo.


Le tiró una piedra, el gago hundió el culo por un momento, y volvió a sacarlo al continuar el avance. Carlos comenzó a reptar. Ardillaprieta se le había emparejado y avanzaba sin dejar de mirarlo. —¡Mira otra cosa! —le gritó, pensando que a lo mejor Remberto Davis tenía razón, atacar era una locura, pero él no podía resistir más allí, hundido en el fango como una puñetera rana. Empezó a llover y la sabana se convirtió en un lodazal. De pronto, los gritos del cabo Heriberto Magaña se filtraron desde el campo enemigo por entre el ruido de la lluvia. —¡Uno, tres, cinco, siete! Carlos se agazapó instintivamente, preguntándose si los habrían descubierto. —¡Quince metros! —gritó ahora el cabo. Armó el fusil pensando que si el cabo los había descubierto estaban fritos, pero si no, se iba a meter hasta el mismo centro del mando enemigo para joder a media humanidad. Los números dos, cuatro y seis de la escuadra de Heriberto elevaron los fusiles por sobre la yerba para cubrir el avance.


de sus compañeros, mientras Carlos pensaba que allí mismo se iba a decidir el combate. —¡Al salto! —ordenó el cabo, echando a correr. Sus cuatro hombres lo siguieron, desplegados, y pasaron por la izquierda del pelotón sin descubrirlo. «Los jodimos», se dijo Carlos, arrastrándose a codazos sobre los charcos. El enemigo estaba desprevenido. A través del aguacero podía ver el inmenso cuerpo azul del negro Tanganika. Veinte metros más, dos minutos, y estaría frito, a tiro de fusil. —Dile al Kinde que por la izquierda —ordenó sin detenerse. Ardillaprieta se desvió a cumplir la orden. Carlos indicó al Barbero que moviera su escuadra por la derecha y asumió el mando de la del Gallego para atacar por el centro. «No los salva ni Dios», se dijo, esperando desesperado a que los suyos terminaran el despliegue. Cuando estuvo seguro gritó, «¡Al salto!», y su pelotón emergió desde el fango corriendo hacia el mando enemigo. Se sintió inmenso al avanzar a campo traviesa oyendo sus propias ráfagas. «¡Ra-ta-ta-tá! ¡Ra-ta-ta-tá! ¡Ra-tata-tá!» Sabía que los suyos.


atacaban, era jefe de aquella tropa dura, fogueada, capaz de combatir bajo la lluvia sin importarle el fango ni los disparos de un enemigo que se había dado cuenta demasiado tarde de la estratagema y ahora intentaba una defensa desesperada con armas cortas, «¡Bang! ¡Bang!», como si eso bastara para detener la marcha del pelotón que Carlos arrastraba gritando, «¡Al ataqueee», mientras corría en zigzag para evitar el zumbido del plomo en sus sienes, «¡ZINNNNG»!, cada vez más cerca, «¡ZINNNG!», hasta que llegó donde Tanganika, conminándolo: —¡Ríndete, carajo! Hubo una gran confusión. Tanganika y su escuadra no aceptaban rendirse, Carlos y su pelotón se autoproclamaban vencedores, desde el otro lado del campo llegaban también gritos de victoria y protesta; entonces el teniente Aquiles Rondón gritó, «¡Aquí!», y todos corrieron hacia él formando un semicírculo para analizar el ejercicio. Carlos estaba excitadísimo por la habilidad con que había logrado entrar a saco en el campamento enemigo, y por la negativa de.


Tanganika a rendirse, actitud que consideraba infantil y lo había enfurecido, de modo que cuando el teniente preguntó quién había ganado, respondió: —Nosotros, teniente, los rojos. El Segundo ordenó sentarse y el teniente le gritó un furioso «¡De pie!». Hizo una figura ridícula y cayó al intentar cumplir ambas órdenes. Se incorporó pensando que algo debía haber salido mal. El teniente reportó al Segundo y le pidió: —Diga usted mismo la causa. Cristóbal Suárez miró al fango antes de responder, «Atribuciones indebidas», y fijó sus ojos en Carlos, que se sintió confuso ante la invitación del teniente. —Diga, dígale a sus compañeros cómo fue esa victoria. Sin duda, algo no había funcionado bien, pero él no sabía dónde estaba el fallo y para colmo estaba pensando otra vez en la pesadilla. —¿Le comieron la lengua las hormigas, miliciano? Quedó en silencio, con la boca abierta. Aquiles.


Rondón le puso un reporte por tibieza, y Carlos comenzó a explicarse, se había callado porque estaba reconstruyendo el ejercicio, ganaron cuando su pelotón atravesó a rastras toda el área y ocupó el Puesto de Mando del grupo azul. Aquiles Rondón miró al campo, asintiendo lentamente con la cabeza. —¿Sí? ¿Y qué más, miliciano? Carlos buscó apoyo en los hombres de su pelotón, sorprendieron al enemigo, teniente, a unos veinte metros de su puesto se lanzaron al salto y les entraron a tiros, él mismo vació el peine de su rifle. —¡Silencio, miliciano! ¿Qué dispararon, qué vació, cómo se llama su arma? Carlos miró el gesto, la mano ancha, abierta, callosa y enfangada con que Aquiles Rondón había subrayado las preguntas y se sintió abrumado, si le ponían otro reporte no habría Dios que le quitara una imaginaria. Pidió perdón maquinalmente y se explicó, habían disparado cartuchos de guerra, vaciado el cargador, su arma se llamaba fusil y el error que acababa de cometer, terminología.


inadecuada. Aquiles Rondón ordenó al Segundo que explicara su punto de vista sobre el ejercicio y Carlos se sintió libre del reporte pensando que efectivamente habían ganado. Pero el Segundo, jefe del grupo Rojo, estaba violento y lo acusó a él, Sargento jefe del pelotón dos, de violar la orden recibida, proteger el Puesto de Mando Rojo, con lo que el enemigo Azul se había impuesto por superioridad. —Responda —le ordenó Aquiles Rondón. Carlos intentó dominarse y hablar lentamente, con precisión, pues en la respuesta le iba el reporte y la guardia: el problema había sido, teniente, que pasó más de media hora hundido en el fango con su pelotón sin hacer nada, entonces tuvo la idea de atravesar el campo a rastras, dar un rodeo y sorprender el puesto enemigo por la retaguardia, cosa que logró bajo el aguacero, venciendo inobjetablemente por superioridad numérica; pero el enemigo, en una actitud que no quería calificar, se negó a rendirse. Aquiles Rondón lo escuchaba en un silencio.


tormentoso y de pronto se desató en imprecaciones. —¡No quiso rendirse porque ya ustedes habían perdido! ¡Lo dejé para ver qué carajo iba a hacer! ¿Y qué iba a hacer, qué hacía, qué hizo? ¡Correr en zigzag y disparar con la boca como en un juego de niños! ¡Pero esto no es un juego, miliciano, esto es preparación para la guerra! ¡La guerra de verdad, miliciano, donde se mata y se muere! ¡Los Azules entraron por el flanco que usted dejó descubierto al incumplir, incumplir, miliciano, incumplir una orden! ¡Tiene cuatro reportes: tibieza, terminología inadecuada, indisciplina y pedir perdón; déle su número al teniente Permuy! Carlos respondió «Oncecuarenticuatro», y sufrió un acceso de tos. Temblaba, una imaginaria esa noche era más de lo que sus nervios podían soportar. Se sentía rabioso, puesto en ridículo, desautorizado, con deseos de renunciar a la jefatura del pelotón. Pero en la milicia no se podía renunciar, pedir perdón, moverse, ni hablar siquiera sin permiso, según le quedó claro desde el primer día del curso, cuando llegó desorientado,


junto al Gallego y a Kindelán, al inmenso polígono donde las órdenes restallaban como látigos. Buscando compañeros que hubiesen hecho la caminata junto a ellos descubrió casualmente a Rubén Permuy. Le produjo un ataque de risa ver al mismísimo jefe de los Cabrones de la Vida vestido de teniente, dando órdenes como un general, y le tapó los ojos con las manos, gritando. —¡Adivina, mulato maricón! En ese momento apareció Aquiles Rondón hecho una furia. —¿Qué es eso, miliciano? Carlos se dispuso a explicarle que estaba saludando a un socio, a un hijoeputa redomado, a un viejo amigo. Pero el teniente no le dejó hablar, le ordenó que fuera corriendo hasta la puerta de la Escuela y regresara enseguida. Carlos preguntó por qué y a qué, y recibió una respuesta tajante. —¡Es una orden, miliciano! Mientras corría escuchó una carcajada de burla a sus espaldas. Se sintió irritado consigo mismo por no haber respondido como debía a aquel gritón. Decidió hacerlo al regreso, decirle, «Oiga,


teniente, no crea que me va a sopapear, ¿sabe?», y entonces dirigirse a quienes se rieron, «Ni ustedes tampoco, ¿saben?, yo sí me ripeo con cualquiera». Algo así les diría, el caso era dejar clara su condición de hombre, no permitir que le cogieran la baja. A mitad del camino se sintió mejor, el cuerpo le estaba respondiendo, casi no sentía las ampollas de la Caminata. Quizá no debería tratar tan duro al teniente, podría ser más político, tener en cuenta que el tipo tenía un nivel cultural bajo, explicarle, “Fíjese, compañero teniente, no debe dirigirse así a los milicianos, debe ganárselos con inteligencia, ¿entiende?». Le gustó esa manera de enfocar el asunto y pensó en Rubén Permuy. Ésa sí era noticia, el mulato jodedor, jugador, rumbero, había sido enviado por el instituto a la Escuela de Responsables de Milicia y ahora era teniente. Había cambiado mucho, ya no tenía las motas de pasas sobre las orejas, ni las uñas de los meñiques largas, ni pintadas de esmalte, y la carencia de aquellos tres detalles lo hacían a la vez el mismo y otro. Carlos recordó que ya había tenido esa sensación frente a Mercedes y a Pablo, como si la.


lucha fuera cambiando incluso el aspecto de las gentes. Tocó la puerta y regresó caminando. Un grupo de milicianos que venía corriendo se cruzó con él. «¿Por qué?» les preguntó. «Por reírnos», respondió uno; «De ti», añadió otro. Le gustó eso, el oficial había sido bruto, pero justo, lo correcto sería darle una sencilla explicación política. Se preguntó si el tipo le pediría excusas y se dijo que en ese caso debía aceptarlas con sencillez, para ir educándolo. En el polígono las órdenes seguían restallando. Se asombró al comprobar que en tan poco tiempo los oficiales hubiesen logrado organizar en escuadras, pelotones y compañías a aquella masa de milicianos que todavía vagaba desorientada por el campo cuando él comenzó la carrera. Le brotó una carcajada al descubrir algo inaudito, cómico: los hombres habían comenzado a pelarse unos a otros. El viento arrastraba sobre la yerba mechones y mechones de pelo. Aún no había dejado de reírse cuando lo sorprendió un grito, «¡Prenda la chispa, miliciano!». Siguió caminando lentamente, a pesar de que era obvio que Aquiles.


Rondón se dirigía a él. —¡Corriendo, miliciano, dije corriendo! Echó a correr porque pensó que ya era intolerable aguantar tanta gritería en público, y decidió cantarle las cuarenta al tenientico. Llegó hasta él diciendo, «Oiga, no crea que va. » y recibió un «¡Silencio!» que lo dejó frío. El teniente estaba hecho una furia. Carlos le sostuvo la mirada, reconstruyó su rabia y dijo, «. a abusar conmigo. ». Pero Aquiles Rondón volvió a fulminarlo con la vista. —¡Silencio, dije! ¡La patria le quita el derecho a protestar, el derecho a discutir, el derecho a quejarse! ¡La milicia no es un sindicato! ¡Aquí las órdenes se cumplen y no se discuten! ¿Entendido? ¡No se discuten! ¿Bien? ¡Se cumplen y no se discuten! ¿Queda claro? Carlos se mordió los labios al murmurar, «Pero esto es voluntario», y Aquiles Rondón respondió: —¡Voluntario es quedarse o irse, miliciano! ¡Puede irse, si quiere! ¿Se va? Carlos se sintió enrojecer de odio contra aquel abusador que lo insultaba en público utilizando su.


poder para chantajearlo, y se dijo que nunca abandonaría la Milicia por culpa de un amargado que ahora volvía a gritarle: —¡Responda, miliciano!, ¿se va? —No —murmuró antes de escuchar otra orden. —¡Grite, lo más alto que pueda! Desfogó su ira en un «¡Nooo!» estentóreo e interminable que pareció gustarle al teniente, quien comentó entusiasmado: —Tiene buena voz, es cabeciduro. Bien, usted es el Jefe de pelotón que me faltaba. Sintió una extraña mezcla de rabia y gratitud. Todavía estaba rojo de ira por los excesos del teniente, pero gracias a él era sargento, tenía veinticuatro hombres bajo su mando. —Siéntese, sargento —le pidió Kindelán, que había sido nombrado cabo de escuadra y blandía alegremente una venerable maquinilla de pelar con la que lo tusó a conciencia. Carlos, todavía perplejo, pensaba en el incidente cuando comenzó a sentir una extraña sensación de frialdad en el cráneo. Se tocó la cabeza y comprobó con horror que su pelo había.


desaparecido casi totalmente. Iba a protestar cuando Rubén Permuy ordenó una guardia vieja, quería ver el área limpia de pelos enseguida. Carlos le pidió un espejo y Rubén lo dejó estupefacto. —¡Espejo ni espejo, miliciano! ¡Dirija a su pelotón, recoja pelos! Se agachó rumiando su rabia contra Rubén, también se había convertido en un gritón. Tomó unos mechones y no supo qué hacer con ellos. Se sentía feo, estúpido, no había ido a la milicia a recoger pelos. Aquiles Rondón pasó junto a él. —¡Prenda la chispa, miliciano, mande a sus hombres! Carlos miró al campo donde varios milicianos paseaban conversando y dictó su primera orden: —¡Pelotón, a recoger pelos! Recogieron montones, canas, pasas, mechones negros, rubios, rojos, los agruparon y les prendieron fuego. Al terminar, Carlos tenía un molesto dolor de cintura. Iba a sentarse a descansar cuando Aquiles Rondón formó la unidad para dirigirla a paso doble al lugar donde.


dormirían. Corrió pensando que podría tirarse un rato en una cama, en un catre, o al menos en su hamaca. Comenzó a llover. «Sargento», le dijo Kindelán, «la hija del diablo se está casando.» «¡Silencio!», gritó Rubén Permuy, «¡No se habla en formación!». Carlos maldijo al comemierda de Rubén y a la estúpida hija del diablo que había propiciado la unión del sol y la lluvia, perfecta para producirle un catarro. Respondió de buen grado a la orden de apurar el paso, deseoso de llegar al área para guarecerse en la barraca. El aguacero arreció, formando un denso muro gris en la distancia. De pronto, la formación comenzó a disolverse, los hombres se metían bajo los árboles, algunos intentaban cubrirse con nailons. Aquiles Rondón reaccionó asombrado, ¿cosa era aquello, milicianos?, la lluvia no hacía daño, al camino, milicianos, corriendo. Regresaron en silencio, doblaron a la derecha y accedieron a un claro rodeado de árboles. —Señores —dijo Rubén Permuy—, ésta es su casa. Carlos quedó inmóvil, buscando inútilmente un.


techo en el descampado. «Taloco, apúrate», Kindelán lo llamaba desde el sitio que correspondió al pelotón, donde ya tenía reservadas dos parejas de árboles para colgar hamacas. Llegó murmurando, «No hay techo aquí», pero nadie le hizo caso. Todos estaban empeñados en armar el Manicomio, como dijo Kindelán, hablando solo. Amarró su hamaca antes de colocar el nailon que debía cubrirla, vio cómo la empapaban los goterones filtrados entre las hojas de los árboles, se sentó pensando que total, ya estaba hecho, y se sintió caer lentamente al suelo de donde Kindelán lo levantó, murmurando, «Un ballestrinque, Taloco, un ballestrinque». Dos o tres se burlaron y Carlos, con la vergüenza de su inutilidad, desvió la mirada, uniéndose a Kindelán en el trenzado de aquellos nudos incomprensibles que al fin dejaron listos el nailon y la hamaca donde se tendió, sólo para ser sacudido por un sobresalto. —¡De pie! ¡Las hamacas no se cuelgan de día, milicianos! ¡Recojan! ¡Dos minutos para formar! Se empeñó en evitar que Kindelán lo ayudara. Llegó tarde a formación, donde le asignaron un.


número que tuvo que repetir enseguida, «Oncecuarenticuatro», porque le habían puesto dos reportes, uno por tibieza y otro por incorporarse sin pedir permiso. —Pero eso no es justo —protestó. Aquiles Rondón le puso un tercero, por réplica, reportó a otros milicianos que llegaron tarde y llevó la unidad a paso doble hasta el área de clases, un nuevo descampado bordeado por una carreterita. El sol sucedió a la lluvia y la lluvia al sol mientras recibían Reglas y Procedimientos del Tiro, Táctica, Cortesía Militar e Infantería en una sesión interrumpida apenas por períodos de cinco minutos entre clases, que ahora acababan de terminar. Ya estaban otra vez marchando por la carreterita, muertos de cansancio, hacia la clase de Ingeniería de Combate que había excitado la imaginación de Carlos haciéndolo pensar en cálculos matemáticos durante los cuales podría descansar su cuerpo atribulado y hacer trabajar su cabeza recalentada y húmeda en la que el extraño «¡Arán, oú, éi, ara! ¡Arán, oú!» con que Aquiles Rondón ritmaba el paso se mezclaba con los.


rudimentos recibidos en la tarde. Se entusiasmó cuando el teniente desvió su pelotón para que fuera con él a buscar los instrumentos. Trabajarían en la creación de un sistema defensivo muy eficiente, dijo, llamado Doble Delantal Francés. Carlos llegó al almacén, una vasta nave de tablas, pensando en teodolitos, compases, complejos mapas militares. —Aquí están —murmuró Aquiles Rondón, que se movía como un gato en la penumbra—, son nuevecitos. —Encendió la luz y les mostró un centenar de picos y palas tan pequeños que parecían hechos para enanos—. Arriba —ordenó —, cuatro por cabeza. Cinco minutos después Carlos estaba jadeando y maldiciendo aquel piquito de alpinista recubierto de una costra fangosa que tenía que quitar una y otra vez, como si estuviera cavando con las uñas. Sonrió al pensar en Gisela. Ella se burlaría de su dolor de cintura y su cabeza rapada, de su ilusión por la Ingeniería de Combate y su rabia contra aquel picoteo que le parecía un disparate, de sus deseos de pasar la Escuela y su perplejidad ante la.


disciplina, la lluvia, el sol, el fango, la falta de techo y cama, las órdenes y el corre-corre permanente que lo tenían turulato, extrañando la calma de su casa. Ella se burlaría, como siempre; burlándose le había curado los pies al final de la Caminata y lo había apodado Ceniciento cuando él cometió la estupidez de decirle que había perdido las botas en la marcha. Carlos estaba entonces quebrado de cansancio, incapaz de dar un paso, con los llagados pies, al aire, sin tener dónde meterse ni con quién compartir su victoria. Se lo dijo a Kindelán cuando éste fue a ayudarlo preguntándole dónde vivía, pero no contó con que el Kinde estaba loco, con que se apenaría muchísimo diciendo, «¡Recórcholis!», contrariado de no poder darle una mano porque vivía en un cuarto con su loca y sus cinco loquitos. Carlos estaba diciendo, «No importa, hermano», cuando el otro se incorporó gritando, «¡Ésta es una tarea para Superkinde!», y se dirigió a Gisela diciéndole, Princesa, como podía ver, el Ceniciento había perdido los zapatos de baile, y además carecía de palacio donde refugiarse, es.


decir, no tenía gao. Carlos creyó que iba a añadir que era un sin-gao, pero Kindelán hizo algo peor al preguntar, ¿invitaba al herido a su mansión? Él comenzó a protestar contra aquel atrevimiento y Gisela no le hizo caso, se reía de las locuras de Kindelán, llamaba a Carlos milicianito lindo y le ofrecía su casa, de la que también se burlaba calificándola de pobre, pero honrada, y volvía a reír mostrando los dientes con la gracia de una coneja, lo que provocó el súbito interés de Carlos y lo hizo aceptar la invitación, pensando que a lo mejor aquella conejita podría endulzar su zanahoria. La ambulancia corría vertiginosamente sonando la sirena, con el foco del techo encendido, y Kindelán, tendido en la camilla junto a Carlos, se divertía horrores, le decía al chofer, «Así, asere, así, ¡usté taloco!», e imitaba el sonido de la sirena, «¡Aaaaaaaaaa!», cortándolo para gritar, «¡Heridos de guerra! ¡Heridos de guerra!», cuando se veían obligados a detenerse en un tranque o un semáforo. Carlos soñaba con que había sido herido en combate y sonreía orgulloso ante las miradas de.


admiración y las palabras de aliento que les dirigían los transeúntes o los choferes de otros carros al dejarles vía libre, pero estaba molesto por el juego constante de Gisela con el chofer de la ambulancia. Unas cuadras después, ella le pasó la mano por el pelo preguntándole cómo se sentía, y al llegar a la casa, Kindelán lo ayudó a ponerse sobre sus pies en el portalito y se despidió de Gisela, que había besado en la mejilla al chofer y ahora se acercaba llave en mano, abría la puerta, lo hacía pasar y comenzaba a repartir besos entre la chiquillería que preguntaba, «Tía, tía, ¿quién es este soldado sin zapatos?». Detrás de los sobrinos salieron los hermanos, cuñados, padres y abuelos, a quienes Gisela lo presentó como un amigo que pasaría unos días en la casa hasta que empezara la Escuela Militar. Carlos deseó que se lo tragara la tierra, pensó en despedirse e ir a carenar a casa de Ernesta, pero tuvo vergüenza de salir a la calle sin zapatos, miedo de que su madre lo viera en ese estado, y se dejó ganar por el cansancio inmenso que la Caminata y la vida habían volcado sobre su.


espalda. Aceptó el baño, la comida y la cama que la madre de Gisela, una mulata gorda y prematuramente envejecida, le brindó con una simple frase: «Ésta es tu casa, mi hijo.» Pasó allí tres días inolvidables y, sin embargo, nunca llegó a adaptarse a aquella familia numerosa y gritona, donde la burla era una forma de vida y no existía el más mínimo sentido de la privacidad ni de la propiedad. Fue sorprendido varias veces en calzoncillos por Gisela o sus hermanas, que se burlaban de su vergüenza o sus canillas sin darle a aquello ninguna importancia. Por momentos las confundía entre sí, pues en aquella casa las ropas pertenecían a quien le sirvieran, y él mismo andaba con las mejores del padre o los hermanos. A veces surgían discusiones por una blusa o un pantalón, subían de tono, el ambiente se caldeaba, parecía que el mundo se iba a acabar, y de pronto todo volvía a su nivel, como la leche hirviente cuando la quitan del fogón. Gisela le curaba los pies tres veces al día, en las mañanas, después de regresar de la Cruz Roja, y en las noches. Carlos nunca logró adaptarse a.


aquellas sesiones en las que ella se aplicaba a la tarea burlándose del tamaño de sus dedos o la disposición de su arco, mientras alguien bailaba con la música del radio y los fiñes alborotaban ante el televisor con sendos platos de comida en las manos, haciendo caso omiso de la tía que los amenazaba sin dejar de rasguear su guitarra y respondía al saludo de algún vecino que entraba sin llamar, con un alegre, «¿Qué, caballero, cómo va la cosa?». Carlos soportaba el escándalo y las bromas en silencio, agradecido, deseando que llegara el momento de largarse, habituado a mirar a Gisela como a una amiga, una prima, una hermanita zumbona. Se sintió liberado de una presión indefinible cuando el Gallego y Kindelán llegaron a buscarlo. Andrés, el padre de Gisela, le había regalado un equipo completo, uniforme, boina, botas, mochilas, hamaca, nailon, ropa interior y medias. «Para que hagas algo por la patria», se había burlado Gisela, y al partir, Carlos se dijo que atesoraría en la memoria aquel instante, se despidió uno a uno de los miembros de la familia diciéndoles que no sabía, que no tenía.


cómo agradecer. «Cumpliendo», le respondió Andrés al abrazarlo, mientras Gisela lo halaba hasta el portalito y le daba un beso en la mejilla. No supo qué decir, sentía una inmensa ternura hacia aquella hermanita mulata que lo había salvado al borde mismo del fracaso. Se limitó a acariciar levemente sus sienes, su hermoso pelo ensortijado. Ella se burló, «¿Tú sabes escribir, milicianito?». «Coneja», bromeó él, para ahuyentar un repentino deseo de besarla. Ella lo miró fijamente, «Escríbeme», dijo. Y Carlos supo que por esta vez no se estaba burlando. Pero ahora añoraba justamente la burla, la capacidad de reír, el desenfado que lo ayudaría a tirar a relajo el dolor punzante en los riñones, el temblor en las piernas, la ardentía en las manos ampolladas, el recuerdo de su casa, la rabia contra aquella Escuela donde no habían visto siquiera un fusil, el rechazo a las órdenes que restallaban en el atardecer, «¡Arribalemilitarr!», para que la Unidad no llegara atrasada a la retreta donde el Capitán Jefe pedía informes y los tenientes respondían que la Plana Mayor, la Batería de Morteros, el Pelotón.


de Zapadores y la Primera, Segunda, Tercera y Cuarta Compañías Especiales de Infantería estaban como presentes, creando una atmósfera de poder y organización, de abrigo y fuerza sobre la que entraba el Himno de Bayamo e iba bajando la bandera de la estrella solitaria, recortada contra el sol rojo de la tarde, frente a la que Carlos prometía a su abuelo encontrar valor para endurecer la miserable madera de que estaba hecho y convertirse en un patriota digno de empuñar las armas que, según informó el Capitán, les serían entrega das inmediatamente después de la comida. El comedor, como todo en la escuela, era un descampado. Algunos focos creaban breves zonas de luz mortecina, insuficientes para iluminar la comida servida en bandejas de lata, que ingerían de pie porque el suelo estaba hecho un fanguizal, con una cuchara de lata como único cubierto. Al llegar al área de la Tercera Compañía los tenientes distribuyeron nuevas tareas. Carlos reaccionó entusiasmado, a pesar del dolor de cintura, porque correspondió a su pelotón acarrear las cajas de.


fusiles, mientras a los otros les asignaron trabajos que supuso ingratos e inexplicables, buscar piedras grandes como para fogones, traer leña seca, arrastrar bidones y llenarlos de agua. «Será para el baño», se dijo, al ocupar su puesto junto a una rastra cargada de cajas, en la punta de la cadena humana que trasladaría las armas hasta el cuarto. Lo animó la idea de un baño caliente, tenía encima un día entero de fango, sudor y polvo. «¡Va!», gritaron desde arriba. Recibió y pasó la primera caja pensando que a lo mejor en ella iba su fusil, el primer fusil de su vida, un fusil de verdad, limpio, nuevecito, aceitado, que le entregarían después del baño. «¡Va!» Automatizó el movimiento de recibir y entregar. Las cajas eran pesadas, pero se dijo que no importaba, «¡Va!», con tal de llevarlas rápidamente al cuarto, abrirlas, coger las armas, «¡Va!», que le servirían para disparar, hacerse soldado, prepararse para la guerra necesaria, «¡Va!», responder a las voces de sus muertos que sólo entonces podrían descansar en paz, «¡Va!», no dejarse coger mansito, vender cara su vida, darla si era preciso, «¡Va!», por la.


patria que le quitaba el derecho a protestar, el derecho a discutir, el derecho a quejarse, «¡Va!», del dolor que le estaba reventando la cintura, los brazos, las piernas, «¡Va!», al que tenía que imponerse porque aquellas cajas eran exactamente iguales, «¡Va!», a las que había visto destrozadas en los muelles cuando, «¡Va!», la explosión de La Coubre, «¡Va!», y junto a ellas había torsos, piernas, brazos que no podrían ya empuñar los fusiles, «¡Va!», y él tenía que seguir, porque sus brazos entumecidos estaban cargando por aquéllos, «¡Va!», los de abuelo, Chava, Toña, Mercedes y hasta por los, «¡Va!», de su madre en la que prefería no pensar porque, «¡Va!», no podía defraudarte, Gisela, se ñamaba, tenía que, «¡Va!», aguantar ahí cojones patriaomuerte carajo que ya viene la última, «¡Va!». Corrió hacia el área sin pensar en el cansancio, se había ganado el fusil y esperaba recibirlo enseguida. Se detuvo ante los cinco fogones encendidos en el campo. Los fuegos iluminaban la noche, a su alrededor se movían sombras deformes de milicianos armados. A la izquierda, en una zona.


oscura donde habían colocado las cajas, Aquiles Rondón entregaba fusiles. Se acercó, sintiendo que las manos le sudaban, tembló al extenderlas, y dijo, «¿Qué es esto?», al recibir el arma. Estaba resbalosa, sucia de fango, según le pareció antes de reconocer la textura de la grasa, una grasa gorda que empavonaba el fusil de punta a cabo. «¡Prenda la chispa!», gritó el teniente. No sabía qué hacer, pero se retiró al intuir que una duda, una pregunta, una demora equivaldría a un nuevo reporte por tibieza y éste a una guardia de castigo, según les habían explicado en la clase de Cortesía Militar. Se dirigió hacia el fuego tratando inútilmente de quitar con las manos la grasa del fusil. Al acercarse sintió cómo el frío se convertía de pronto en un vómito del infierno, se vio envuelto en una nube de humo y chispas que al saltar de la madera crepitante le chamuscaron los brazos. Retrocedió mirando cómo los hombres, bañados por el resplandor de la fogata, tomaban por el cubrellamas los fusiles grasientos, los hundían en el agua hirviente, ennegrecida, los sacaban y les daban vuelta hasta tomarlos por la.


cantonera todavía humeante y meterlos de punta para limpiarles el cañón; entonces los entregaban a otros que los secaban con estopa, les quitaban los restos de grasa y los dejaban relucientes junto a la fogata. Pensó pedir estopa, dedicarse a la tarea más fácil, pero el Gallego lo llamó desde el otro extremo del infierno y él avanzó hasta el latón con los ojos entornados para evitar el humo que de todas formas lo hizo lagrimear y toser. Hundió el fusil en el agua hirviente, lo sacó chorreando y lo miró mientras daba tiempo a que escurriera, fascinado ante el culatín tipo pistola y el brillo de la cantonera, por donde lo tomó para hundirlo de punta y limpiarle el cañón con fuego. Esta vez no lo dejó escurrir, lo sacó empuñándolo como si fuera a disparar, lo mantuvo firme a pesar de que el agua le quemó los dedos todavía grasientos, logró leer el número a la luz de las llamas, venticinco nueve cuarentiocho, y lo escondió junto al árbol. Dos horas más tarde volvió por él, después de haber limpiado decenas de fusiles, con los ojos enrojecidos por el humo y la falta de.


sueño, con los brazos chamuscados por las chispas y el agua, febril de tanto transitar del frío al fuego. Se dedicó a limpiarlo lentamente, minuciosamente, hasta verlo brillar. Esa noche Aquiles Rondón felicitó a la compañía y dejó sin efecto los reportes puestos antes de las clases. Kindelán lo ayudó a armar la hamaca, Carlos se sintió incapaz de dejar el fusil solo, colgado de un árbol, cogiendo sereno, y se durmió junto a él mirando las pavesas mientras pensaba que después de todo había valido la pena. La diana sonó a las cinco y quince, todavía de noche. Todo estaba mojado por la lluvia o el rocío, pero no había agua para lavarse la cara ni la boca. El inodoro era una letrina cuya peste a perro muerto puso a Carlos al borde del vómito, haciéndolo sentir miserable, incapaz de defecar de pie, hasta que desistió pensando que aún debía anudarse las botas, meterse la camisa por dentro, zafar el maldito ballestrinque, correr a filas gritándole a sus hombres que lo siguieran para tener listo el pelotón, e informar entonces que el número dos estaba como presente. Rubén Permuy.


pasó inspección y los reportes llovieron sobre los rezagados, los que se incorporaron después de la orden sin pedir permiso o tuvieron un botón zafado en la camisa mugrienta. Después fueron a paso doble hacia el comedor, donde tragaron de pie un jarro de leche ahumada y un pedazo de pan. Entonces continuó el corre-corre de las clases que no terminó hasta la noche, salvo para los reportados, que fueron a hacer las imaginarias donde perderían dos de las seis malditas, insuficientes, imprescindibles horas de sueño. Al cuarto día, Carlos descubrió que el cansancio no se acumulaba. Se sentía más fuerte después de tanto trajín, su cintura era más flexible y en las ampollas de las manos se le estaban formando callos que le permitían sostener el pico con seguridad. Recuperó la rapidez de sus días de pelotero y esto le dio prestigio ante sus hombres. Logró hacer el ballestrinque, repetir de memoria el nombre de todas las piezas del FAL, armarlo y desarmarlo con los ojos vendados, dirigir la línea de construcción de la trinchera. Pero le molestaban el polvo, la lluvia, el fango, el frío, la hamaca.


siempre arqueada, la letrina hedionda donde debía defecar de pie, la explanada del comedor donde debía comer de pie, la imposibilidad de bañarse, de lavarse la boca en las mañanas, y por el hueco de esa molestia comenzó a filtrarse el recuerdo de su casa, la añoranza, la nostalgia del calor y los cuidados de su madre, la pena y el sentimiento de culpa por no haberle avisado siquiera dónde estaría, la desesperación de imaginarla buscándolo como la noche del Armagedón, reprochándole su desamor, sufriéndolo, anegándose en la flora morada de su tristeza, imaginándolo arropado en su cama, donde él mismo imaginaba estar cuando escuchó un grito que salía o se hundía en el fondo de su memoria, «¡Rajao, Rajao, Rajao!». Aceptaba la disciplina como una imposición irracional. Lo irritaba ser el Oncecuarenticuatro, un número, un elemento, un personal de FAL según aquella jerga que era más bien un nuevo idioma donde el rifle se llamaba fusil, las balas cartuchos, el gatillo disparador, y así se quebraban los hábitos, se formaba a fuego otra visión, un orden nuevo, donde todo esfuerzo parecía insuficiente y.


cualquier fallo implicaba un sobresalto, un reporte, una guardia, un encabronamiento. Se mantuvo distante de Rubén Permuy, a quien los hombres apodaron «Látigo», con la sospecha de que él y Aquiles Rondón le exigían más que al resto, lo pinchaban, lo hacían ir siempre más allá de sus fuerzas. La confirmó en una clase de Reglas y Procedimientos del Tiro, estaba enrabiscado en los momentos en que Aquiles Rondón, ante la pizarra, explicaba que era necesario apuntar al centro y borde inferior de la diana, y con la tiza dividía en dos la circunferencia para concluir, vagamente, «Esta rayita así». Carlos dijo, «Se llama diámetro», y casi no había terminado cuando Aquiles Rondón le estaba ordenando: —¡De pie! Tiene un reporte por hablar sentado, otro por hacerlo sin permiso. Ahora diga, ¿qué cosa es el diámetro? Respondió de inmediato para evitar un tercer reporte por tibieza. —Es la mayor de las cuerdas, teniente. —¡Cuerda! ¡Con una cuerda lo voy a colgar a usted, miliciano! —gritó Aquiles Rondón—. ¿No.


se da cuenta que para estos hombres una cuerda es un pedazo de soga? Por la noche, durante la guardia de castigo, Carlos recordó las risas de sus compañeros. No los culpaba a ellos, sino a sí mismo y al teniente. Comenzó a llover. Se colgó el fusil con el cañón hacia abajo y se tapó como pudo con el nailon. Lo reventaba la humedad, aquella agua inasible que creaba una leve pátina verdosa sobre las botas y los calzoncillos, sobre el pantalón y la cuchara. Tuvo una necesidad urgente de tocar algo seco, pero no era posible, no había un solo objeto seco en cien leguas a la redonda. Levantó la vista: su pobre madre astral también se veía verdosa tras la lluvia. Sintió morriña. Morriña. Su abuelo había usado alguna vez esa dulce palabra que ahora lo empujaba suavemente hacia el calor de su casa, hacia la blanca taza seca del inodoro de su casa, hacia las blancas sábanas secas de su cama, donde podría dormir mañana con sólo acumular valor para reconocer lo que ya era evidente, no soportaba más, no podía con la disciplina, Aquiles Rondón, las guardias, la maldita humedad.


Además, no quería, sencillamente no quería. A la mañana siguiente iría al Estado Mayor y pediría la baja. La unidad se enteraría después, como había sucedido en los cuatro casos anteriores, y nadie podría gritarle rajao en su propia cara. De pronto se dio cuenta que antes de irse tendría que entregar el fusil, su venticinco nueve cuarentiocho, y automáticamente lo armó, gozando con el sonido del cartucho al entrar en la recámara. Esa noche soñó que su padre había muerto. El velorio era como el de abuelo Álvaro, pero él, Carlos, no estaba. Su madre preguntaba sobre su paradero, nadie sabía, y él la veía llorar y buscar, y veía a su padre muerto en el ataúd del Armagedón. Dio un alarido y despertó tiritando, el nailon se había corrido, la hamaca estaba completamente mojada. Se sentó, temeroso de volver a dormirse. Saludó a Asma, que también estaba despierto, envuelto en su cobija, luchando con el atomizador contra un ataque. Se puso las botas mohosas de humedad y fue hasta él, ¿necesitaba algo? Asma esbozó una sonrisa que se confundió con un nuevo gesto de ahogo, tenía los.


ojos hundidos, de su triste figura emanaba una conformidad desesperada. Carlos regresó a su hamaca, Asma sólo necesitaba solidaridad y aire. Le había dado la primera, lo segundo no estaba en sus manos. Asma debía seguir luchando solo con sus bronquios como él con sus pesadillas. ¿Por qué estaba allí aquel hombre?, se preguntó, ¿por qué no regresaba a su casa?, ¿de dónde sacaba fuerzas para afrontar, tras el esfuerzo bárbaro de la Caminata, las pruebas permanentes que imponía la Escuela?, ¿cuál era la fuente de su locura o de su terquedad? Recordó al Che avanzando hacia los hierros retorcidos en el muelle de La Coubre, los cuentos sobre sus ataques de asma durante la Invasión, y esa última palabra lo remitió al abuelo Álvaro atravesando con Gómez y Maceo los cañaverales en llamas para traer a Occidente la guerra necesaria. Sintió vergüenza de sus pesadillas, de sus vacilaciones, y murmuró, «No soy un obrero», diciéndose que quizá se trataba de una cuestión de clase, deseando que ésa fuera la explicación total del problema para sentirse relevado de su.


responsabilidad. Pero había algo más, porque dos de los cuatro rajados eran obreros, y si bien en la compañía casi todos lo eran, también había desempleados, trabajadores por cuenta propia, oficinistas, estudiantes, técnicos e incluso un profesional de renombre, el Dóctor, un ingeniero que, según Kindelán, era comunista. «¿Y tú?», le había espetado Carlos la noche de la confesión. Kindelán se rió de la tensión implícita en la pregunta y le respondió que sí, que él también era comunista porque los comunistas estaban locos, ¿se imaginaba, querer cambiar el mundo?, ¿querer acabar con la miseria, con el hambre y con la descojonación?, locos de a viaje estaba. Carlos sonrió mientras Kindelán seguía hablando, todos en la Escuela eran comunistas, algunos lo sabían y otros no, pero todos querían lo mismo, cambiar el mundo, que era una mierda, y además cambiarlo de a timbales, por eso estaban locos, ¿cómo, si no, aguantar la lluvia, el frío, la Caminata, las guardias y el carajo y la vela? ¿Prepararse para qué?, ¿para una guerra contra los yankis, el imperio más hijoeputa del mundo, que además.


estaba ahí mismo, a la vuelta de la esquina? Locos de a viaje, hermano, no jodas. Ahora Carlos se decía que a lo mejor por ahí andaba el lío, no estaba lo suficientemente loco, tenía demasiado ajustados los tornillos por los meses de comodidad y de vagancia que mediaron entre el Armagedón y la Caminata. Miró dormir a sus hombres pensando en lo que dirían si un día amanecían con la diana, bajo la lluvia, y se enteraban de que su jefe se había rajado. Sintió un escalofrío al imaginar la rabia y las ofensas, maricón, pendejo, gusano, y se conmovió ante la frase que Kindelán diría sin reír, «Cuerdo, cará, ese cabrón estaba cuerdo». Tuvo un acceso de tos. El aguacero se había convertido en llovizna. Asma le sonrió desde su hamaca, había logrado controlar el ataque, pero no se acostaba, quizá por temor a que le repitiera. «¡Tíralé, imaginaria, tíralé!» Se volvió con el fusil en las manos, pero inmediatamente lo dejó descansar sobre los muslos. Había sido el Gago Zacarías, que también sufría pesadillas, daba gritos y pronunciaba frases en las noches, pero nunca gagueaba dormido. Era.


muy lento de cuerpo y de mente, y los hombres lo vacilaban en los brevísimos descansos. Zacarías se reía de sí mismo cuando ya todos los demás lo habían hecho, y daba la impresión de no darse cuenta de nada. Al lado del Gago dormía Biblioteca, un obrero a quien todos respetaban porque le había ganado una discusión al Dóctor, que no pudo reprimir su desconcierto ante la andanada libresca lanzada por aquel mulato largo, levemente encorvado, que parecía saberlo todo sobre Víctor Hugo, Bakunin y Garibaldi. «Usted es una biblioteca ambulante», le dijo el Dóctor, y el mulato le explicó que no era más que un tabaquero que llevaba veinte años en su oficio, oyendo leer todos los libros del mundo. Más allá, en el triángulo de flamboyanes, tenían colgadas las hamacas Asti y el chino Chang, entre quienes existía una guerra de ronquidos. Más acá, junto al Gallego, vivía Remberto Davis, Ardillaprieta, casi un niño, apenas un palmo más alto que el FAL. Del otro lado de los árboles dormía el resto del pelotón. Veinticuatro hombres entre los que había de todo, blancos, negros,


chinos y mulatos; jóvenes y viejos; musculosos y enclenques. Desde el Puesto de Mando llegó el sonido agudo de la diana. Los hombres se removieron en las hamacas en medio de sordas protestas, ronquidos, bostezos, y comenzaron a incorporarse en la noche, bajo la lluvia. «No jodas» se dijo mirándolos, «locos de a viaje.» Esa madrugada, durante el desayuno, el miliciano Jefe de Cocina les informó al Segundo y a los Jefes de Pelotones que al día siguiente la Tercera tendría derecho a usar el Correo Subterráneo, un sistema clandestino de comunicación con el exterior formado por los milicianos choferes de abastecimiento. Allí mismo el Segundo les recordó que Aquiles Rondón cumpliría años durante el curso, según les había dicho una vez Látigo Permuy, y propuso hacer una colecta para comprarle un regalo a través del Subterráneo. Carlos no se entusiasmó con la idea, pero la aprobó ante la unanimidad del resto de los jefes. Kindelán, contento con la posibilidad de escribirle a su loca y sus loquitos, imitó la pregunta de un programa radial al oír la palabra.


cumpleaños, «¿Quieres que te haga un keiii?». La broma concretó la idea, el regalo sería un cake para el que los hombres contribuyeron de buena gana. En los descansos del día se dedicaron a escribir a sus familias y a comentar la leyenda de Aquiles Rondón, a quien habían empezado a llamar Panfilov por el legendario defensor de la carretera de Volokolamsk. Su historia les había llegado de modo fragmentario, apócrifo, y así la fueron reinventando. Aquiles Rondón sería de Camagüey, habría cortado caña con su padre y ocho hermanos desde los diez años, y habría marchado durante el tiempo muerto a recoger café a las montañas de Oriente. Su padre sería Aquilino Rondón, asesinado por la guardia rural durante la huelga por el diferencial azucarero en mil novecientos cincuenticuatro. Aquiles había huido a la montaña y no habría regresado al llano hasta que las fuerzas del comandante Juan Almeida lo aceptaron como mensajero, a principios de mil novecientos cincuentiocho. Al triunfar la revolución, tendría diecisiete años y sería analfabeto. Pero su voluntad y su inteligencia.


natural le habrían permitido superarse hasta llegar a ser el primer expediente de la primera Escuela de Cadetes del Ejército Rebelde. La cicatriz que exhibía al quitarse la camisa no sería el resultado de una operación, sino de un disparo. ¿Y quién podría decir los años que habían pasado sin que le celebraran un cumpleaños? Era casi seguro que jamás hubo una fiesta para el teniente Aquiles Rondón y parecía que nunca iba a apagar una velita, como no se levantara de la caja el día de su entierro. Al escuchar aquella historia Carlos imaginó una similar para sí mismo, mientras armaba la húmeda hamaca. Él se habría enfrentado a las fuerzas de la tiranía en la ciudad, junto a Héctor y el Mai, realizando formidables sabotajes que pusieron en jaque al tirano. A causa de una delación habría sido herido y capturado después de un desigual combate. Sometido a brutales torturas, no habría dicho una sola palabra. Después de una fuga sensacional habría reaparecido en la Sierra para participar junto al Che en la Invasión. Ahora sería el Capitán Jefe de la Escuela y con sus esforzados.


milicianos salvaría a la patria de un artero ataque enemigo ganándose así la felicitación del Estado Mayor y la devoción de sus hombres, que llevarían un cake al hospital donde Gisela, emocionada, le estaría curando las terribles heridas del combate. El recuerdo de Gisela interrumpió la ilusión. ¿Debía escribirle? Había pasado el día dudando acerca de si hacer o no una carta a su madre, y había llegado a la triste conclusión de que no era posible. El Correo Subterráneo trabajaba de madrugada, sería funesto que un miliciano tocara en su casa a esas horas. Quizás Jorge recibiría la carta, quizás se la enseñaría a su padre, quizás su padre ya estaría muerto. Se recostó en la hamaca. Todos sus compañeros terminaban las cartas y él no tenía a quién escribir. Salvo a Gisela. Ella le había puesto sobre, papel y lápiz en la mochila, y ahora él evocaba sus dientes de coneja, su pelo ensortijado y sus pechos, y sentía una desesperada necesidad de que ella lo besara en los labios, le curara el catarro, lo quisiera. Tomó el sobre, escribió la dirección y se detuvo ante el papel. ¿Y si ella se burlaba?, ¿y si.


le enseñaba la carta a su familia?, ¿si Andrés pensaba que era una falta de respeto? No, mejor no escribiría. La decisión lo tranquilizó durante unos segundos, hasta que el enlace del Subterráneo comenzó a recoger las cartas en el pelotón. Entonces volvió a sentirse solo, desgajado, y pensó en hacerle una carta amistosa dándole las gracias por todo. Pero aquellas palabras le sonaron a final, a ruptura, y quedó otra vez paralizado. El enlace llegó hasta su hamaca pidiéndole el sobre. «Enseguida», dijo. Miró el papel y la mano del enlace. Entonces escribió: «Te quiero. Patriaomuerte. Carlos», y lo entregó, sin darse cuenta de que estaba enviando su primera carta de amor. Las dudas renacieron enseguida, deseó no haber hecho aquello, se dio cuenta de que no había escrito siquiera el nombre de Gisela, y quiso a la vez que el tiempo corriera y no pasara, que nunca y ya llegara la noche siguiente para leer y no enterarse de la respuesta que ella le enviaría. Corrió hacia el centro del área, donde Aquiles Rondón había llamado a la formación ritual antes.


del «para retirarse, rompan filas», recordando un bolero, pidiéndole al reloj que no marcara las horas porque iba a enloquecer, diciéndose que ella se iría para siempre cuando amaneciera otra vez, e informando como presente cuando llegó su turno, desesperado por regresar a la hamaca donde la sentiría ronronear en su oído tuya soy porque tú me enseñaste a querer. Pero aquella noche no llegaron hasta las hamacas. Se detuvieron a mitad de camino, junto al algarrobo bajo el que estaba el pastel rosado, con un letrero de merengue azul que decía, ¡Felicidades Teniente Aquiles! Lo tomaron y regresaron corriendo y cantando: «Felicidades, teniente, en su día, que lo pase con sana alegría. » Aquiles Rondón no reaccionó de inmediato. Quedó frente al pastel, rodeado por los hombres que continuaron cantando aun después del toque de silencio. Los jefes de los pelotones tres y cuatro separaron las hojas adheridas al merengue. Ardillaprieta y Zacarías les pasaron la lengua antes de botarlas, despertando en Carlos la memoria de un sabor dulce y remoto, y Cristóbal, el Segundo, explicó que aquél era un sencillo.


homenaje, una muestra del afecto revolucionario de toda la unidad a su querido jefe. El cortante «¡Silencio!» que ordenó Aquiles Rondón quebró la salva de aplausos y vivas e hizo que los hombres se pusieran automáticamente en atención, presintiendo tormenta. Pero ésta no estalló de inmediato. Aquiles Rondón los miró con tristeza. «No han aprendido», dijo. Después, en el mismo tono suave, preguntó de quién había sido la idea. Carlos sabía que a esa calma seguiría una explosión, un castigo, y miró con rabia al Segundo, pensando que era un lamebotas y un cobarde. «¡Quién?», volvió a preguntar el teniente, dando grandes zancadas frente al pastel, que estaba cubriéndose de hojas. Entonces el Segundo dijo, «Yo, teniente”, y Aquiles Rondón se cuadró frente a él diciéndole que eso estaba feo, feo, feo, porque un cuadro de mando no se podía equivocar en ciertas cosas. Carlos admiró a su pesar la reacción del Segundo, pero no se unió a las voces dispersas que reclamaron la responsabilidad para todos sin que por ello Aquiles Rondón cediera en su criterio, eso era mucho peor, les dijo, mucho peor,


mucho peor, mucho peor. ¿No sabían, no les había explicado mil veces que un acuerdo tomado por más de tres milicianos sin conocimiento del mando era técnicamente una insubordinación? ¿Cómo habían metido eso en la Escuela? ¿No sabían acaso que el punto donde se encontraban era secreto militar? ¿Correo cuánto? ¿Subterráneo? ¿Cómo era, cómo funcionaba, desde cuándo? Pero eso era grave, Segundo. ¿Se daba cuenta? Grave, grave, grave. En principio tendrían todos una guardia esa noche. Después comunicaría al mando. Carlos empezó la nueva guardia rumiando su rabia, pensando que la falta de sueño sí se acumulaba y que a ese ritmo no podría soportar. Lo obsesionaba además la certeza de un desastre, el Correo Subterráneo sería clausurado, no podría recibir la respuesta de Gisela a la carta que quizá no debió enviar. Se preguntaba adónde ir, qué hacer cuando terminara el curso, y las respuestas lo conducían a estrellarse contra un muro de nuevas preguntas que resolvía en sueños, padre estaría vivo, Gisela le diría que sí, Jorge habría cambiado, su madre estaría orgullosa de él, no.


habría guerra, se casaría con Gisela y se irían juntos a Cunagua. En ese punto se interrumpía el sueño, Gisela era mulata, y aun si padre estuviese vivo, Jorge cambiado y su madre orgullosa, nunca la aceptarían en la familia. De pronto sintió la punta de una bayoneta hincándole la espalda y una voz que le decía, «Entréguese». No supo si estaba dormido o despierto, ni si se trataba de una broma o de un asalto, hasta que tuvo frente a sí al teniente Aquiles Rondón. «¿Duerme, miliciano?» Respondió que no pensando que ahora sí estaba jodido, aquella sorpresa pudo haber provenido del enemigo, su negligencia merecía la guardia extra que no podría soportar. «Oncecuarenticuatro», dijo bajando la cabeza. Aquiles Rondón no anotó el número, lo miró con calma antes de preguntar, «¿Estás bien, miliciano?». «Sí, teniente», le respondió sorprendido. Aquiles Rondón continuó mirándolo mientras movía lentamente la cabeza y preguntaba quién podía estar bien bajo la lluvia, enfangado hasta los huesos, muerto de sueño y de cansancio, lejos de su casa y su familia, ¿quién, miliciano?


«Nadie», respondió Carlos, llevado hacia sus sueños por el ritmo nostálgico de las preguntas. De pronto sospechó que quizás había cometido un error al dejarse arrastrar de aquella manera, pero ahora Aquiles Rondón asentía, nadie, y le pasaba la mano sobre el hombro al explicarse, nadie lo quería, ninguno de ellos lo quería y, sin embargo, se lo imponían a Cuba; era por ella, para defenderla a ella —continuó como si estuviera hablando de una mujerque tenían que soportarlo todo. La guerra vendría pronto, ¿se daba cuenta? Carlos volvió a responder que sí y Aquiles Rondón volvió a negar, no se daban cuenta, eran todavía civiles que regalaban pasteles a sus jefes burlando el secreto militar. Dio una patada en el fango murmurando para sí, «Correo Subterráneo», y continuó diciendo que quince días no eran suficientes, pero que los yankis no le daban tiempo para más. «A Cuba», murmuró Carlos, mientras el teniente Aquiles Rondón, sin despedirse, se perdía lentamente en la noche. El recuerdo de aquella conversación se convirtió en su escudo y acicate durante los momentos más.


difíciles de las jornadas que siguieron. Como esperaba, el Correo Subterráneo fue clausurado. Las respuestas a las cartas de la Tercera Compañía quedaron retenidas en el Estado Mayor, sólo serían entregadas después que terminara el curso. El pastel fue servido al día siguiente en el desayuno y no alcanzó para la Tercera. Muchos hombres amanecieron con un humor de perros, murmurando críticas contra el teniente. Carlos lo defendió tenazmente, a pesar de que la clausura del Correo, al impedirle saber si podría regresar a casa de Gisela, y sobre todo a Gisela misma, lo llevó otra vez al borde de la crisis. Entonces adoptó el hábito de fijarse metas parciales, como había hecho durante la Caminata. Lo entusiasmaban tres objetivos, el Ejercicio Práctico del Tiro, donde podría disparar al fin con un arma de verdad; el Campo de Infiltración, por el que debía arrastrarse a lo largo de cien metros, eludiendo minas y sorteando alambradas, mientras a treinta pulgadas de su cabeza estarían zumbando ráfagas de ametralladoras cargadas con cartuchos de guerra; y la Gran Prueba de Táctica, en la que.


los grupos Azul y Rojo, formados cada uno por tres pelotones, se enfrentarían en un ejercicio muy parecido a un combate. Ésa sería la última jornada del curso. Después ya vería qué hacer con su vida y sus tragedias. Pero ahora estaban frente a él, ineludibles. La Gran Prueba de Táctica había terminado con la derrota de su grupo, que Aquiles Rondón analizaba minuciosamente, desesperadamente casi, repitiéndoles una y otra vez que no eran todavía soldados y tenían que entender, milicianos, entender que el imperialismo les impondría una guerra y debían prepararse para enfrentar el futuro, mientras Carlos se preguntaba qué haría él mañana con el suyo, cuando se separara de aquellos compañeros que formaban bajo la lluvia, con quienes había pasado quince días insoportables que empezaban a parecerle hermosos, ahora que el final lo llevaba otra vez al borde del vacío. Emprendió el camino de regreso con la ansiedad de recuperar el tiempo y sus señales. Pasó junto al Sistema de Doble Delantal Francés, ya terminado, recordando los momentos en que el hueco de la.


trinchera fue tan profundo que los cubrió completos, y sacar el fango del fondo con la palita devino una tarea interminable y dolorosa, que ahora evocaba con orgullo, aspirando el aire húmedo de la tarde, sin rastros del excitante olor a pólvora que ardía en su memoria al pasar frente al Campo de Tiro, donde se vio tendido, tratando de pegar los talones a la tierra, de afincar bien los codos, de evitar un estornudo y librarse de la maldita gota de sudor que le nublaba el ojo cuando llegó la orden: «¡Con un cartucho de guerra: carguen!» Había contenido la respiración y se preguntaba cómo sonaría el disparo de un fusil de verdad; no sería ¡BANG! porque así sonaban las armas cortas; «¡ZINNNG!», ¿sonaría ZINNNG?». Entonces Aquiles Rondón pronunció la orden que lo había sacado de dudas: «¡Con un cartucho de guerra: rompan fuego!», y al presionar el disparador sintió de pronto el tronido indescriptible de cien fusiles disparando a la vez y una especie de patada en el hombro. Se maldijo por no haber ajustado correctamente el cilindro de los gases, así el FAL culateaba, pateaba como un.


caballo encabritado. Volvió a la brega pensando que tendría que soportar diez patadas, diez tronidos. Los soportó y al final se puso de pie con el fusil en alto, marcado por el ruido de los disparos y el dolor en el hombro, feliz de haber obtenido cuatro sobre cinco en la prueba, embriagado con el olor de la pólvora, cuya memoria lo ponía ahora al borde del vómito: estaban pasando junto al Campo de Infiltración y recordaba la muerte de Asma, su propio miedo al salir de la trinchera bajo las ráfagas de las ametralladoras y la muerte de Asma, su deseo de huir del infierno de disparos, minas, alambradas, y, sobre todo, la muerte de Asma, asediado por los bronquios en pleno campo, luchando por respirar, incorporándose y recibiendo entonces el disparo que los llenó de desesperación, de impotencia y de rabia porque les había arrancado al mejor compañero, como diría el Capitán Jefe de la Escuela cuando lo enterraron con honores de oficial muerto en campaña. Tenía razón, a su humilde manera, Asma había sido el mejor compañero y era justo que estuvieran.


dedicando a su memoria la última retreta, entregando a su viuda la boina verde y los libros que él había ganado con sangre. Ahora los llamaban, el pelotón avanzaba en columna de hilera hacia la tribuna y Carlos guiaba el paso hasta cuadrarse frente a Aquiles Rondón y recibir su boina verde y sus libros, Los hombres de Panfilov y La carretera de Volokolamsk. La viuda le había puesto la boina a su hijito, que sonreía como si hubiese recibido un juguete. Al dar la media vuelta, Carlos recordó a su padre, pensó en la posible muerte de su padre y tuvo miedo de la soledad que lo esperaba en la guardia de esa noche, la última antes de enfrentar las respuestas que ya la vida le habría dado a sus preguntas. Ahora, en su sitio, se quedó mirando al niño que sonreía, a la madre que luchaba por no llorar, a las hijas de Asma que lloraban bajo la consigna que presidía la tarde: ¡PATRIA O MUERTE!


Entonces comenzó el Himno de Bayamo, la mujer empezó a cantar entre lágrimas, el batallón se unió formando un coro enorme y desigual, y él cantó para Asma, para su marcha obstinada durante la Caminata, para su conmovedora figura en la madrugada de la guardia, para el golpe de su ataúd sobre la tierra, que le recordó de pronto al del abuelo y le hizo imaginar el que tal vez contenía los restos de su padre, mientras terminaba de cantar, envidiando al niño que había heredado aquella boina ganada con sangre.


11 Se dijo que la solución no estaba en que el psiquiatra lo hubiera autorizado a reintegrarse a la unidad, sino en saber cómo lo recibirían sus compañeros. Tenía el ánimo oscuro al esconderse tras un árbol frente al lomerío donde estaban dislocadas las fuerzas de la Tercera Compañía. No se atrevía a presentarse. Decidió vigilar desde allí hasta ver a Kindelán y preguntarle qué pensaba la gente. Lo avergonzaba el escándalo que había armado la noche de su última guardia disparando hasta que el cargador quedó vacío y hubo que remitirlo al hospital y sedarlo con somníferos. Despertó frente al psiquiatra, un tipo bajito y gordo, con grados de capitán, barba y sombrero, que se presentó como un detective chino. —Soy Chan Li-po —dijo—. Cuénteme todo, absolutamente todo. Le dio confianza la locura del loquero y le descargó los pormenores de su crisis. El médico.


lo escuchó mesándose las barbas, haciéndole breves preguntas, con los ojos cerrados. Quedó en silencio después que Carlos terminó, como si estuviera dormido. De pronto, dijo: —Ponte el uniforme y vamos. Montaron en un Willys desvencijado al que el psiquiatra llamaba Gilberto, y dieron tumbos por estrechos caminos vecinales hasta llegar a un campamento militar. Sobre la puerta, un cartel: «El Ejército Rebelde es el pueblo uniformado. Camilo.» Carlos entró preguntándose qué irían a hacer allí, por qué el soldado de guardia había llamado al médico Archimandrita y éste le había respondido con la señal de la cruz. El médico adivinó sus pensamientos. —Los engaño —dijo—, no saben que soy Chan Li-Po. —¡Archimandrita! —llamó un teniente desde la jefatura. —Tratamiento de choque —respondió el médico, haciendo la señal de la cruz sin detenerse. Carlos se contrajo al imaginar en qué consistiría ese tratamiento. Llegaron a un cuartico detrás del.


campamento. A lo lejos, sobre una cerca, había centenares de botellas. —Ahora traen los instrumentos —dijo el médico. Él pensó en una fresadora de dentista, en un aparato de electroshok, en una enorme aguja hipodérmica, y miró sonreír enigmáticamente al Archimandrita diciéndose que no le aguantaría ninguna locura. El teniente entró con sendos fusiles en las manos y le entregó uno. Estaba mirando el número cuando escuchó una ráfaga: el médico había abierto fuego contra las botellas. Sintió un escalofrío ante el olor a pólvora, el ruido, la imagen de los casquillos saltando, pero el médico ya había terminado y le decía, «Dale, atrévete». Se acodó en la ventana, armó el fusil y disparó, sintiendo que el FAL se movía en sus manos como algo vivo, capaz de hacerle recordar su locura mientras la hacía saltar en pedazos como al cristal de las botellas. El ruído y la pólvora empezaban a gustarle y el Archimandrita reía, le daba su fusil y reía, «¡Tira, carajo, Tira!», y él descargaba su furia con aquellos disparos que lo.


iban relajando, sedando, permitiéndole guiar la cadencia de tiro, lograr ráfagas de tres, cinco o siete cartuchos, según su voluntad soberana, eufórico, jugando con el fusil como con una tumbadora, arrancándole un cinquillo, tan tan tan, tan tan, comprobando que aquella mierda no sonaba ¡ZINNG!, ni ¡BANG!, ni ¡RA-TA-TA-TA!, sino piquitipá, a son, coño, a música, cojones, como el cencerro o los cueros. Una semana, siete conversaciones y dos mil tiros después, el médico se apareció con un juego de barajas. —Te voy a poner las cartas sobre la mesa — dijo, y empezó a voltearlas y a señalarlas con el dedo—. Éste es el oro que perdió tu padre, éstos los bastonazos que te quiere dar, aquí está la amarga copa de la vida, y ahora viene, mírala, la espada de la Justicia. Él miró las cartas, fascinado, y el médico le pidió que fuera volteando otras. Llevó la mano al paquete, tomó una, y antes de que la volteara el médico le preguntó cuál era. —La reina —dijo.


—En la baraja española no existe —comentó el psiquiatra, como si hubiera confirmado algo—. Hablas de tu madre, te quiere mantener bajo su saya. Voltea esa carta. Tembló al destaparla, como ante una apuesta decisiva, y se quedó mirando al Caballero de Espadas. —Ése eres tú. Miró al psiquiatra: ahora decía que no hiciera demasiado caso de las cartas, que estaban arregladas, pero sí de la vida, donde un paso podía conducir a otro que no tuviera arreglo. Oyera bien: había averiguado que su padre estaba vivo, en un estado de salud estacionario; por otra parte, el país entero estaba en pie de guerra esperando una invasión. Aquél era el momento de la verdad: podía regresar a su casa y encerrarse, o ir al batallón y combatir, ¿qué decidía? Carlos recordaba ahora el momento en que dijo, «Al batallón», y también el abrazo del Archimandrita, que estaba seguro de que sus compañeros lo recibirían con gorros, pitos y matracas. Pero él no se atrevía a presentarse y Kindelán no acababa de.


aparecer. Sintió un ruido y se escondió hasta reconocer a Remberto Davis. —Enlace —llamó—, enlace. Ardillaprieta corrió hacia él y al verlo abrió los brazos gritando: —¡El Sargento, volvió el Sargento! Carlos respondió a su abrazo y le ordenó que se callara, buscara a Kindelán y lo trajera hasta allí sin decir nada a nadie. Remberto Davis hizo un saludo militar al irse y otro al regresar con Kindelán, que no podía creer, Taloco, que ya estuviera otra vez con su gente, coñóoo, qué bárbaro, dijo, abrazando a Carlos y entregándole una carta. Él abrió el sobre pensando me quiere, no me quiere, como había hecho al arrancar las hojitas en la guardia, durante su locura, y cerró los ojos al sacar el papel. Lo desdobló a ciegas sintiendo que las manos le sudaban, agradeciendo el gesto de Kindelán que bien podía ser, sin embargo, portador de su desgracia. Metió el pulgar de la mano derecha entre el anular y el meñique, unió los dedos de la mano izquierda, abrió los ojos, leyó: «Yo también.


Venceremos. Gisela», y sintió que los colores del mundo estaban cambiando: los verdes se hicieron vivos, voraces; los rojos estallaron como bengalas; los grises de la lluvia cobraron un brillo insospechado. Ahora su desgracia se podía ir al carajo, los yankis podían atacar, podía venir la guerra, no importaba. Cargó a Kindelán para liberar la fuerza de su entusiasmo y comenzó a dar vueltas, «¡Me quiere, negro, me quiere!», mientras Kindelán reía, agitaba los brazos, dedicaba a Gisela su mayor elogio, «¡Loca, asere, loca pal carajo!», y lo invitaba al fiestón que los jefes de pelotones habían armado en la Colina Veinticuatro para despedir el año. Dejó de girar y soltó a Kindelán, asombrado de que fuera treintiuno de diciembre, de haber pasado la Navidad sin darse cuenta, de no estar con su familia. Pero ya Kindelán y Ardillaprieta caminaban diciéndole que los hombres se iban a poner muy contentos, y él los seguía con una furiosa nostalgia de la Pascua, respirando el olor amarillo de los tamales, el olor ámbar de los buñuelos, el olor a infancia de su madre friendo.


masas de puerco. De pronto, un chivo que bajaba berreando la ladera le hizo ver a Manolo cuchillo en mano y escuchar las palabras ansiosas de la prima Rosalina, que ahora estaría en Cunagua esperando el año junto a Pablo. Entró tenso al varaentierra del Puesto de Mando, pero sus compañeros lo saludaron con gestos y sonrisas, sin abandonar la tarea de colocar cuatro cabos de velas en los topes del camastro donde descansaba el Segundo con el rostro afilado por la lívida luz de los cirios, mientras el Dóctor entonaba una letanía coreada por aquella tropa donde todos parecían haberse vuelto locos, como Kindelán y el Archimandrita. —Miliciano ejemplar. Ora pro nobis. Segundo buen socio. Ora pro nobis. Tipo del carajo. Ora pro nobis. Antiimperialista. Ora pro nobis. Y hasta comunista. Ora pro nobis. Tremendo marxista. Ora pro nobis. Tipo muy curtido. Ora pro nobis. Que está muy jodido. Ora pro nobis. Duro de roer. Ora pro nobis. Se nos va a romper. Ora pro nobis. —El Dóctor detuvo la letanía con un gesto, levantó la cabeza del Segundo y le dio una pastilla y un.


brebaje—. El cuerpo hecho aspirina, la sangre hecha cocimiento te salvarán del diabólico catarro. ¡Vade retro, catarrás! Kindelán empezó a quintear en el hierro del camastro y en el vidrio de la botella, inventando una escala propia para la rumba, El Segundo no camina, oora pro nobis, pues no tiene vitaminas, oora pro nobis, y al Segundo quién lo ampara, oora pro nobis, la cosa no se le para, oora pro nobis, y los hombres fueron saliendo uno a uno a bailar con las armas, a abrazarlas y besarlas mientras el Kinde seguía inspirado, floreando con la voz nostálgica de ron que recordaba viejos guaguancós carcelarios para amores ausentes, Xiomara por qué, Xiomara por qué, Xiomara por qué tú eres así. creando un aura alegre y triste y desesperada como su música que usaba sólo el amor y las manos para clamar por aquella mujer, que ahora se llamaba Fifita porque estaban bailando milicianos y ellos la habían inventado, una y múltiple en la voz de Kindelán, aquella Fifita que los llamaba por la mañanita para compañarlos en la soledad de las trincheras y en.


los fuegos del combate, Déjalos que vengan a Cuba, adéjalos que pongan un pie, les vamos a dar pepechazos, hasta virarlos al revés, y también a esperar el año en el varaentierra, en cuyo centro Tanganika hacía maravillas bailando una columbia, tocándose los güevos y el pecho con su Pepechá y dejando libre la pista para que Carlos, con el fusil que el Gallego le entregaba, entrara cantando y dirigiendo el coro hacia un viaje a la semilla, una vuelta de la rumba a sus orígenes. El Segundo está cabrón, oora pro nobis, no le gusta el vacilón, oora pro nobis, y el Segundo no conoce, oora pro nobis, ¡Señores ya son las doce!, gritaba Kindelán en el momento en que comenzaron a escucharse decenas, centenares, miles de disparos al aire que los hicieron salir del varaentierra a la noche cruzada por centellas amarillas de trazadoras disparadas por otros pelotones, compañías, batallones a los que ellos se unieron disparando también contra el cielo y cantando el Himno de Bayamo. A la mañana siguiente el Jefe del Batallón, teniente Permuy, citó una reunión de Segundos y.


Jefes de pelotones a la que Carlos asistió junto a Kindelán, que insistía en cederle el cargo. Permuy empezó diciendo horrores del tiroteo y él pensó que el mulato seguía con el mando subido a la cabeza. Pero el teniente estaba tenso, casi desesperado ante la quiebra de la disciplina, lamentando que Aquiles Rondón se hubiese tenido que quedar en la Escuela a entrenar a otros hombres, gritando que parecía mentira, compañeros, habían gastado miles de cartuchos por nada, para matar dos vacas. Carlos se unió a la carcajada unánime que Permuy cortó diciendo por favor, la cosa era seria, los hombres se escapaban a sus casas y regresaban cuando les venía en ganas, la construcción del sistema de trincheras no avanzaba, no se podía hablar siquiera de reportes, saludos ni voces de mando. Sabía demasiado bien, compañeros, como sabían todos, que se había abierto paso una consigna negativa, «Las órdenes se discuten y no se cumplen», ¿y a qué guerra se podía ir con una tropa en ese estado? Pues bien, la guerra quizás llegaría mañana. Los había citado para ordenarles, como jefes que eran del ejército.


del pueblo, que regresaran a sus unidades con la consigna de imponer la disciplina. Patriaomuerte, compañeros, podían retirarse. «No es tan fácil», dijo Kindelán cuando Carlos comentó durante el regreso que era necesario meter a la gente en cintura. En ese momento decidió retomar el mando del pelotón. No se explicaba el desaliento de Kindelán y el resto de los jefes, ni estaba de acuerdo con sus reflexiones acerca de que los hombres estaban cansados de dar pico y pala, de no ver a su familia, y de que se escapaban porque les hacía falta. Estaba conmovido por la desesperación de Permuy y por el título «Jefes del ejército del pueblo», que lo igualaba a los legendarios combatientes de Panfilov. Había releído el libro en el hospital, impresionado por la fuerza con que trataba el mismo drama que ellos vivían ahora: el de hacerse soldados. Si la indisciplina seguía carcomiendo las bases del batallón, se dijo, tras ella entraría el General Miedo. Era necesario detenerla. Para eso estaba él, un jefe del ejército del pueblo tan duro como Momísh-Ulí.


Ante la pasividad de los jefes de pelotones y la enfermedad del Segundo, decidió asumir el mando de la compañía. Durante un recorrido relámpago por el área de la unidad prohibió las salidas, puso una fecha inmediata para que se terminara el sistema de trincheras, exigió que lo saludaran como correspondía. Al regresar le informó a Kindelán que todo estaba hecho, pero el Kinde continuó escéptico, diciéndole que para modificar la situación hacía falta algo grande, una invasión yanki, por ejemplo, o verdaderos jefes como Aquiles Rondón. Carlos decidió darle una lección silenciosa, bastaba con que alguien hubiese aprendido el ejemplo de Panfilov, con que surgiera un inflexible Momísh-Ulí para poner las cosas en su sitio, y ese Momísh-Ulí había surgido, era él, ya se irían dando cuenta. Rectificó la línea del Sistema de Doble Delantal Francés y pasó el día cavando, opuesto al razonamiento de que el área del batallón estaba muy lejos del mar y en caso de ataque serían movilizados hacia la costa, por lo que no tenía sentido matarse abriendo trincheras inútiles. En la noche hizo una inspección.


sorpresiva, pero todos estaban en sus puestos. «Salen por el día a resolver problemas», le informó Ardillaprieta. Decidió repetir el control en la mañana y se dedicó a recorrer las postas. No durmió esa noche, sentía que no era posible abandonar el recorrido, la disciplina aprendida en la Escuela parecía borrada por la lluvia. Nadie daba tres veces el alto como era de rigor, al oír un ruido gritaban simplemente «¡Alto tres veces!» y armaban el fusil, o, como decían olvidando también el vocabulario militar, ponían la bala en el directo. Algunos hacían la guardia sentados en las hamacas y se dormían. Carlos se dedicó a poner reportes sin tener una idea precisa de cómo castigar después a los infractores, las guardias no eran un recurso, porque allí se hacían todas las noches, la prisión era más bien un premio, significaba dormir bajo techo en el Puesto de Mando sin la obligación de dar pico y pala. En eso pensaba cuando se recostó en la hamaca al amanecer. Dos horas después lo despertó el sol. Remberto Davis estaba velándole el sueño con un jarro de leche en las manos, a lo lejos se.


escuchaba el monótono golpear de los picos. Se sentó extrañando la ducha caliente del hospital. El uniforme que las enfermeras le habían lavado comenzaba a percudirse y la leche estaba ahumada. —Mierda —dijo. En el área de trincheras los hombres trabajaban lentamente. Los contó tres veces con la vista sintiendo que ahora sí tenía algo grande entre las manos, faltaba el cabo Nemesio Martínez, alias el Barbero, que por ser jefe tendría una doble responsabilidad si se había fugado. Dio media vuelta, decidido a informar al teniente Permuy para que diera un escarmiento. Se sentía excitado al dirigirse al Puesto de Mando, llevaba la denuncia de una indisciplina flagrante, como la que Momísh Ulí o Aquiles Rondón utilizaban para foguear a su tropa. Se volvió al sentir que alguien corría tras él. —¿Qué pasa? —le preguntó a Ardillaprieta. —No diga nada —le pidió Remberto Davis—. Está en la carretera, pero no diga nada. Cambió de rumbo diciéndose que era preferible.


sorprender al Barbero en el momento de escaparse. Subió y bajó corriendo la colina que estaba frente a la carretera. Se escondió en un aromal, acosado por las espinas, e hizo un esfuerzo por no maldecir. El Barbero estaba en la cuneta, hablando con una mujer. Ya había decidido salir y cantarle las cuarenta cuando dos niños que jugaban junto al aromal se acercaron a la mujer y le pidieron agua. —Déjenme hablar con su padre —dijo ella, molesta. Los muchachos se perdieron entre las matas. Nemesio y la mujer discutían, ella decía que no podía ser y él gritaba que no podía ser, pero era evidente para Carlos que hablaban de cosas distintas. —¡Pum! ¡Te maté! —gritó uno de los niños a sus espaldas. Le indicó silencio con el dedo, pero ya Nemesio se había dado cuenta y avanzaba hacia él. —Son míos —dijo al llegar. Carlos acarició la cabeza del menor, que en ese momento le pedía una bala. Estaban flacos, tenían.


cicatrices de caídas en las piernas. —Están pasando hambre —comentó con rabia la mujer. —Me tengo que fugar, sargento —dijo el Barbero, mirándolos—. Les consigo comida y vuelvo. Carlos quedó inmóvil en la cuneta mientras el Barbero se alejaba con su familia. ¿Qué haría Momísh-Ulí ante un problema como aquél? El Barbero era un trabajador por cuenta propia y no se beneficiaba de la ley que obligaba a pagar a todo miliciano en campaña su salario completo, tenía que irse y él tenía que dejarlo ir, lo había dejado haciéndose cómplice de una indisciplina. El cabrón de Kindelán tenía razón, no era tan fácil. Regresó al campamento pensando en su madre, espantado por haber pasado un mes sin verla. De pronto se sorprendió preguntándose, «¿Y si me escapara también, como los otros?». Acarició la idea durante un segundo y la rechazó enseguida. «Soy Momísh-Ulí, ¿qué coño pasa?», murmuró al doblarse sobre la trinchera. En la tarde estaba molido de sueño y de.


cansancio, pero continuaba luchando por mantener el ritmo mientras repetía un trabalenguas que había inventado para darse ánimo. —En la compañía hay un Momísh-Ulí muy bien momishisulishado y aquel que lo desmomishisulishase un gran desmomishisulishador será. —Tas loco —oyó decir a sus espaldas. Se incorporó, casi no veía a Kindelán en el rojo contraluz del crepúsculo. —Una vez me lo dijo un chino —respondió, mientras volvía a contar a los hombres y abandonaba la tarea al ver regresar al Barbero, que lo saludó con un gesto y ocupó su lugar en la trinchera. En la noche Remberto Davis se empeñó en convencerlo de que durmiera, pero él insistió en hacer los recorridos. Sospechaba que había algo anormal en la cosaca que hacían Zacarías, el Mago y Roberto el Enano. Le llevó tres horas descubrir el truco de los relojes: Roberto y el Mago adelantaban los suyos y hacían hora y media de guardia, mientras Zacarías hacía tres. Cuando.


llevó al Gago a dormir al varaentierra y obligó a los otros a cubrir la guardia hasta el amanecer, sintió que había logrado algo concreto y podía, por fin, irse a dormir. Camino de su hamaca pasó por la posta de Kindelán, el Dóctor y Biblioteca. Kindelán seguía de guardia, el Dóctor roncaba en su hamaca. —¿Y Biblioteca? —preguntó. —La mujer está pariendo —respondió sencillamente Kindelán— y el Biblio fue al hospital. —¿Y tú lo dejaste? —Mira —dijo el Kinde—, en el pelotón hay un Kindelán muy bien rekindelanizado y aquel que lo desrekindelanizare un gran desrekindelanizador será, ¿ta claro? No respondió. Le debía demasiado a Kindelán y no estaba ahora para desafíos ni trabalenguas. Se desplomó en su hamaca y pensó tan intensamente en Gisela que terminó soñando: ella acercaba un seno a sus labios y él trataba inútilmente de morder aquel pezón embrujado que se iba alejando y alejando hasta disolverse en una niebla.


Al despertar pensó de nuevo en fugarse, pero desistió: era Gisela quien tenía la obligación de ir a verlo, como hacían las mujeres de sus compañeros, como habían hecho siempre las mujeres. Ese día trabajó con desgano. Biblioteca no había regresado, el Gallego se había ido y él no sabía qué hacer. Decidió consultar a Permuy. No le daría nombres, pero le explicaría claramente las cosas. Quizá el mulato pudiera ayudarlo, no en balde había sido su socio. Al llegar al Estado Mayor se cuadró ante Permuy, que le respondió con un saludo cansado, más bien distante. Comenzó a hablar de la disciplina y no tardó en darse cuenta de que estaba repitiendo las palabras del otro, pero continuó hasta llegar a Los hombres de Panfilov y a los ejemplos de Momísh-Ulí y de Aquiles Rondón. Permuy se había ido relajando. Le confesó que en la Escuela tuvo reservas con la actitud de Carlos y llegó a creer, inclusive, que los disparos de la última noche habían sido un truco para rajarse; por eso lo entusiasmaba oírlo valorar tan altamente la actitud de comunistas como Momísh-


Ulí y Aquiles Rondón, pero la situación del acuartelamiento era distinta a la de la Escuela y la guerra. Los hombres estaban cerca de sus casas, tenían necesidades, llevaban tiempo sin ver a sus familias. Lo significativo no era que se escaparan de vez en cuando, sino que regresaran voluntariamente. Sin embargo, las cosas iban mejorando, después del treintiuno no habían vuelto a disparar, las trincheras eran más hondas y, en fin, ¿qué decirle? Que siguiera dando el ejemplo, ése era el deber de los comunistas. Cuando las contradicciones con el imperialismo se recrudecieran la situación de la disciplina se modificaría radicalmente, de eso podía estar seguro. Carlos se despidió militarmente y regresó a la unidad desencantado, incómodo por el vocabulario de Rubén: reservas, valorar tan altamente, significativo, contradicciones recrudecidas; así no había hablado nunca Aquiles Rondón, que ahora también resultaba ser tan comunista como Kindelán y el Dóctor, como Héctor y el Mai. Daba la impresión de que todo el mundo se estaba.


volviendo comunista, pero ése no era ahora su problema: tenía cosas más urgentes en las que pensar. Fugarse, por ejemplo, reunir valor para fugarse al amanecer teniendo en cuenta que lo significativo era regresar voluntariamente. El único problema era la ropa, no quería aparecerse en su casa vestido de miliciano, con el fusil a cuestas. Podía ir a casa de Gisela, verla y cambiarse, pero no le daba la real gana de ceder en ese punto; era ella quien debía averiguar dónde estaba el batallón y venir a verlo. Se tendió en la hamaca pensando iniciar el recorrido más tarde. Acarició la idea de ver a su madre, se preguntó cómo estaría su padre, si Jorge seguiría odiándolo, qué hacer cuando el acuartelamiento terminara, y se quedó dormido en un mar de respuestas contradictorias. Lo despertó el grito de Kindelán: «¡Rompieron, Taloco!» Metió la cabeza bajo la frazada porque tenía demasiado sueño y le importaba un carajo que alguien hubiera roto algo, pero Kindelán siguió gritando «¡Rompieron!», levantó el nailon, la frazada, y lo haló con las manos húmedas,


obligándolo a sentarse. Lo hizo maldiciendo el frío, la acidez, el sueño, y escupió antes de leer en el Revolución que Kindelán había desplegado ante su cara: ¡VIVA CUBA LIBRE! ROMPEN LOS EEUU SUS RELACIONES CON CUBA ¡VENCEREMOS! mientras, el Dóctor explicaba que el viejo cabrón de Eisenhower quería dar el zarpazo antes de que llegara Kennedy, porque los demócratas eran igualitos que los republicanos, replicaba Biblioteca, pero nadie les hacía caso. Kindelán estaba cantando Déjalos que vengan a Cuba, arrollando con la compañía hacia las trincheras, y Carlos se unía a la conga pensando en la guerra que ahora suponía inevitable, inminente, aunque incapaz de parar a esos orates que acometían rumbeando el trabajo de las trincheras, como si la.


situación hubiera dado de pronto un sentido a la muerte de Asma, la Escuela y el acuartelamiento, al frío, la soledad y el cansancio. Pero él tenía algo que hacer antes de que empezara la guerra y aquella atmósfera de eufórica locura lo paralizaba. Sabía que el batallón no era capaz de movilizarse en menos de dos horas y ese tiempo bastaba para llegarse hasta su casa, donde tendrían que aceptarlo armado o no volver a verlo. Había decidido no buscar a Gisela, moriría sin ella o regresaría como un héroe solitario y no le perdonaría jamás haberlo abandonado. Pero qué decirle a sus hombres, cómo explicarles que Momísh-Ulí tenía problemas personales, cómo fugarse en los momentos en que la disciplina regresaba, ante la inminencia de los combates. Tenía sólo una respuesta, quedarse, y entonces qué decirle a su madre, cómo explicarle que era más responsable ante la patria que ante la familia, cómo no verla otra vez, y a su padre, y a Jorge, cómo no verlos justamente hoy, el último día de la paz que podía ser también el último día de la vida. Media hora después estaba picando al ritmo.


feroz de sus compañeros cuando Remberto Davis le susurró al oído, «Lo busca una jeva, sargento». Entregó el pico al enlace y el mando a Kindelán, ya volvía, iba un momento hasta la carretera, y echó a correr con el fusil en bandolera. Sólo una persona en el mundo podía estar buscándolo y empezó a gritar su nombre desde que llegó al tope de la colina, y gritando corrió hasta ella y la cargó y empezó a darle vueltas y besos mientras Gisela reía, «Dios mío, mi novio es loco», y entonces la soltó, «Repítelo», y ella, «Loco», y él, «Novio», y ella, «Loco», y así estuvieron hasta que ella empezó a besarlo de un modo ingenuo y entregado, sin hacer caso de los gritos que les dirigían los pasajeros de los ómnibus, ni del claxon que siguió sonando aún después que él volvió la cabeza hasta ver la ambulancia. «Me tengo que ir», dijo ella, «¿por qué no me dijiste dónde estabas?» Carlos dio una patada contra un tronco y Gisela empezó a explicarle que los yankis habían roto y el país estaba en pie de guerra, que había perdido mucho tiempo buscando el batallón y tenía que regresar al hospital. Él la escuchaba impaciente, sabía o.


podía suponer todo aquello, pero no quería que se fuera, y ella dijo entonces, «Tu padre está mal», y lo dejó confuso y extrañado y le pidió perdón por ser tan bruta, ahora le explicaba; había buscado su teléfono en la guía y le había preguntado a su madre, eso era todo, y se volvió hacia el chofer de la ambulancia, que seguía tocando el claxon. «Le dio otro infarto, ¿sabes? Está ingresado en el Calixto». Se echó a llorar de pronto en sus brazos, por Dios que no quería irse, por Dios que lo había buscado durante horas. ¿Por qué?, lo miró, dejando la frase inconclusa, como una niña que preguntara los porqué de todo lo terrible entre el cielo y la tierra, y él decidió en ese minuto ir a ver a su padre antes de que empezaran los combates, y la besó sin permitirle que volviera a preguntar, porque sólo podía entregarle su amor como respuesta.


12 «José María Pérez Meneses», dijo tamborileando en el mostrador de madera tras el que la empleada de Información se inclinó sobre una especie de libro mayor en el que al Haber correspondían los nombres de los enfermos y los números de las camas y al Debe los estados de salud, como si se tratara del estado de pérdidas y ganancias de la muerte. Llevaba hora y media fugado, le era totalmente imposible regresar a la compañía a la hora prevista al escapar, y maldecía el lentísimo y vertiginoso transcurso del tiempo al mover una y otra vez el seguro del fusil mientras miraba el índice de la empleada bajar por la columna del Haber y se preguntaba si su padre habría muerto, si los yankis habrían atacado, si a esas alturas el batallón estaría movilizándose y él sería considerado un desertor. Cuando Gisela lo llevó hasta el Diezmero desviando la ambulancia pensó que tendría tiempo para todo. Se demoró.


incluso observando la calle: le parecía increíble andar entre civiles que proseguían su vida como si no pasara nada. Pero casi de inmediato se dio cuenta de que era una impresión falsa, las gentes seguían su rutina y, sin embargo, un detalle mostraba que algo estaba pasando, y ese detalle era él con el FAL y doscientos tiros a cuestas, en traje de campaña, orgulloso ante las miradas de las muchachas, las palabras de aliento de las viejas, la fascinación de los niños. Se dejó admirar hasta que un vendedor de periódicos pasó voceando, «¡Vayá que llegó la guerra!», mientras mostraba el periódico que Carlos había visto al amanecer. Le preguntó qué ruta pasaba por el hospital Calixto García, y el vendedor, entre dos pregones, que desde allí ninguna, tenía que montarse en el muerto, tirarse en La Habana y preguntar. Le pareció una siniestra coincidencia que la ruta que debía llevarlo hasta su padre fuera la ocho: la charada se volvía contra él como antes las cartas y el horóscopo. Viajó en aquella muerte agotadoramente lenta dando vueltas inútiles por callejuelas, calzadas, calles desconocidas, hasta.


descender, por fin, junto a un parque que alguna vez había recorrido con los Bacilos, donde ahora una multitud coreaba: «¡Fidel, seguro, a los yankis dales duro!», la oradora lo descubría, lo invitaba a decir unas palabras a las mujeres de la retaguardia y él comprendía que le era imposible negarse, miraba los rostros de aquellas novias, esposas, madres de combatientes y les aseguraba, compañeras, en nombre de todos los milicianos, que primero se hundiría la isla en el mar antes que consintiéramos en ser esclavos de nadie, y terminaba con el fusil en alto y un enfebrecido ¡Patria o Muerte! al que las mujeres respondían ¡Venceremos!, mientras él se iba a tomar el ómnibus de una ruta menos maldita, ventitrés, vapor, que lo llevaba hacia la tierra conocida del Vedado y del Calixto García. Al fin, la empleada encontró el nombre y le tomó la mano como si hubiese ocurrido algo irremediable. «Dígame», murmuró él en un tono sorpresivamente bajo, pensando que el augurio del ocho se había cumplido. Pero la empleada le respondió, «Muy grave», y él cerró los ojos.


murmurando «Dios», mientras ella agregaba el nombre del pabellón y el número de la cama que resultó ser venticinco, piedrafina, y creó una cábala que lo remitía a las piedras finas obtenidas por padre con el garrote, algo que hubiese preferido no recordar en ese momento. Entró casi corriendo y se sintió perdido en aquella ciudadela de vago estilo neoclásico, marcadamente municipal, silenciosa como un panteón inmenso. Le preguntó a una enfermera que se empeñó en guiarlo, convencida de que iba a visitar a un compañero herido en campaña. Cuando llegaron, ella dijo de pronto, «¿Y habrá guerra?». Él la miró con tristeza, la pregunta había sido ingenua y juguetona. «Sí», respondió, «gracias». Al entrar al zaguán lo sorprendió el mismo olor limpio y sombrío del hospital donde había reposado su locura. Evocó las cartas del Archimandrita, pero ahora el viejo rey de bastos estaba moribundo, sin fuerzas ya para pegar, y él sabía que la reina de copas lucharía con el inmenso poder de su ternura para limarle la espada y reunir bajo la saya los tres palos de su baraja: el.


oro no le interesaba y eso hacía más limpio su reclamo. Sabía también que meter allí la espada equivaldría a un suicidio, y empezó a subir la empinada escalera con la convicción de dirigirse a un juego donde se apostaba el destino. Comprendía el porqué de su oscuro rechazo a visitar la casa desde que había escapado: tenía miedo a colgar el arma y quedarse. Contra esa tentación disparó la noche de la última guardia en la Escuela, y contra ella volvía a luchar ahora diciéndose que la Isla estaba sitiada y que su abuelo, el rey de espadas, lo vigilaba desde la muerte recordándole que el lugar de las armas era el combate. Se preguntó qué estrategia seguiría Jorge, el as de bastos, recordó el momento desesperado en que estuvo al borde de matarlo y se dijo que esta vez bajaría la guardia ante su hermano permitiéndole cantar las cuarenta y llevarse las diez de últimas, porque la victoria de Jorge, botarlo, era también la suya, irse. De pronto descubrió una figura marcial reflejada en el espejo del rellano. Nunca se había visto así, y quedó detenido ante aquella imagen entre.


lamentable y heroica, sucia, barbuda y aguerrida, con la boca levemente abierta por el asombro que sentía al reconocerse distinto a como se recordaba. «Soy otro», murmuró intentando tocar el fusil en el espejo. Quizá no debió haber venido con aquella ropa, pero no tenía otra alternativa que obligarlos a reconocer su verdadero rostro. Accedió a un salón rectangular, pintado de blanco, dividido por dos hileras de camas. Allí sintió que enfermos y acompañantes lo miraban con la misma admiración con que lo había mirado la gente en la calle, y le indicaban que siguiera avanzando como si supieran quién era, adónde se dirigía. «Durmió mejor anoche», le dijo el viejo de la cama trece, y él maldijo el número mientras se daba cuenta que lo reconocían por el aire de familia que su padre siempre señalaba orgulloso. Se detuvo al final del pasillo, frente al cubículo de la cama venticinco: su padre estaba cubierto hasta el pecho por una sábana de la que sobresalía, pálido, el pie derecho; Jorge miraba por la ventana hacia el vacío; su madre, que dormía en una butaca, levantó.


de pronto el rostro como si lo hubiese presentido, murmurando, «Hijo». Carlos le dio un beso en la frente y avanzó hacia la cama. Su padre respiraba con dificultad, por la boca, le habían quitado los dientes y su rostro chupado prefiguraba una calavera. «Está mejor», murmuró ella, tomándole la mano. Él se volvió para besarla, y por primera vez desde que estuvieron al borde de matarse se encontró frente a Jorge. La madre los empujó suavemente, Carlos abrazó a su hermano y cedió al deseo de acariciarle el pelo y la espalda, y lo sintió llorar y decirle, «Se nos muere», y lloró también en silencio. Su madre le quitó suavemente el fusil, como quien recoge el bastón de un visitante, y al hacerlo golpeó con el cañón la pata de la cama produciendo un ruido metálico. Entonces su padre preguntó: «¿Quién?» El fusil estaba contra la pared, su madre inclinada junto al lecho, y él se arrodilló desarmado ante su padre respondiendo, «Tu hijo», mientras besaba el rostro consumido que parecía regresar desde la muerte para sonreírle. «Carlos», dijo su padre con una dulzura inusual, abriendo los.


ojos. La luz le transfiguró el rostro con la belleza de la vida, y él supo que el caballero de espadas había hecho bien, y recordó con calma al niño de la boina sin desear para sí otro padre que aquel viejo cascarrabias con quien nunca había logrado entenderse. Ahora lo quería tanto como en los escasos momentos de su vida en que no le tuvo miedo, pensaba que era una lástima no haber crecido antes para encontrar con la madurez el valor de sentarse frente a él e invitarlo a recordar juntos la historia del abuelo. Quizá tendría tiempo aún, si regresaba vivo de la guerra, para cuidarlo, convencerlo, o entregarle al menos la ternura que sentía crecer ante su imagen derrotada. Había una blanca paz en el cuarto, su padre le sonreía, Jorge le puso una mano en el hombro, su madre comenzó a pasarle las canas por la mejilla mientras le salmodiaba suavemente que estaba sucio y flaco, que debía comer y bañarse, y él sufría la dulzura del regreso, se dejaba sentar en la butaca sintiendo que perdía la partida; los bastos y las copas lo acariciaban, el oro no había sido mencionado. Recordó al rey de espadas para ganar.


fuerzas, pero el rey no estaba allí, el abuelo Álvaro no estaba para conjurar la triste mirada de su padre, que lo arrastraba hacia el vórtice inmóvil del ciclón. Poco después llegó el médico a pasar visita y ellos salieron al pasillo. Su madre tenía un plan: irían Carlos y ella a la casa, él se bañaría y comería, descansaría un poco y volverían al hospital a relevar a Jorge, que llevaba una semana junto a su padre casi sin dormir. Carlos miró el reloj, de sus dos horas iniciales quedaban sólo once minutos. Dos, once: gallo y mariposa. «El gallo convertido en mierda», pensó. «No», dijo, «me tengo que ir en seguida.» Se arrepintió de haber sido tan brusco, pero ya estaba hecho y ahora su madre lo torturaba recordándole las sagradas obligaciones de la familia. No encontró calma para razonar y casi gritó que todas las familias del país estaban amenazadas. Lo recondenó la imperturbable voz de Jorge, «No importa, mamá, yo me quedo», e intentó una explicación desesperada acerca de la guerra inminente. En ese momento el médico salía, su.


madre enrojeció, él no pudo saber si de vergüenza o de rabia, porque ella había vuelto el rostro hacia el médico que parecía optimista, lo había dejado dormido, completamente fuera de peligro, era mejor que descansara, decía, y se retiraba con una venia mientras ellos le daban atropelladamente las gracias. «Vamos», dijo su madre dirigiéndose al cuarto. La siguió y tomó el fusil. Al volverse vio a Jorge abstraído, mirando a través de la ventana; su padre dormía y su madre lo miraba a él con un amor que por primera vez le pareció rencoroso. Cubrió el pie derecho de su padre con la sábana y metió la cabeza entre los hombros, dispuesto a escapar. Ya había llegado a la puerta cuando ella dijo: «Ven.» Se arrodilló ante su madre, incapaz de soportar la tierna mirada endurecida, dejó caer la cabeza en sus muslos y sintió sus manos, suaves e inesperadamente frías, acariciándole el cuello. De pronto supo que debía irse en ese instante o no sería capaz de hacerlo nunca, se apoyó en el fusil para vencer la resistencia de aquel imán que lo atraía con una fuerza oscura, y escapó hacia la luz.


13 Ahora el cielo estaba despejado, rojizo, casi ámbar, y él no cesaba de mirarlo desde la azotea del gran edificio de la Beca. Esperaba la guerra, sabía que iba a estallar, había estallado o estaba estallando aquella misma madrugada del dieciséis de abril. Miraba el cielo con cierto sobresalto porque ahora ocultaba una amenaza latente y era raro en aquellos días verlo limpio, lavado, con las estrellas perdiéndose en la luz como cuchillos de hielo al disolverse. Había descubierto la azotea apenas tres semanas atrás, una suerte de atalaya ideal desde donde, según el Cochero, se podían ver desnudas todas las ninfas del Vedado. Sus logros fueron fugaces, escasos, lejanos e indescifrables, pero mantuvo el hábito porque redescubrió la magia espléndida del juego de las nubes. De pronto era dueño de un barco, de un elefante o del fusil que había perdido al abandonar el batallón, y sus posesiones eran azules, doradas,


rojizas y etéreas, y terminaban siempre disueltas por los vientos o tragadas en silencio por la insondable oscuridad de la noche. Entonces aparecían las estrellas y Roal Amundsen Pimentel Pinillos, más conocido como el Indio Munse, les donaba con displicencia su saber, al que solía llamar galaxicología. Carlos, para sus compañeros de la Universidad el Ruta, fue un rápido partícipe de su entusiasmo y conoció que existían no sólo la Osa Mayor y la Menor, sino Jirafa, Lebreles, Camaleón, Cuervo, Grulla, Tucán, todo un bestiario de constelaciones. El firmamento, Munse odiaba la palabra cielo, no se agotaba ni remotamente en aquellos animales. Había constelaciones vegetales tan imprescindibles como las Hidras Hembra y Macho, héroes mitológicos como Hércules y Perseo y también múltiples constelacionesinstrumento: Microscopio, Brújula, Sextante. Aunque a simple vista lograban distinguir muy pocas, Munse hablaba siempre de las constelaciones-industrias, como el Horno Químico o la Máquina Neumática; Carlos, por su parte,


sentía una afiebrada inclinación hacia la Cabellera de Berenice, el Caballete de Pintor y el Pájaro del Paraíso. En público siempre decían preferir a Cochero sólo para molestar a Osmundo Ballester que, debido a su fealdad antológica, era llamado el Cochero de Frankestein. Francisco Urquiola, conocido por Pancho el Fantasma, gustaba agregar «Triplefeo que su dueño» y Osmundo se defendía, «Triplefeo pero blanco», y declamaba unos versos aprendidos de labios de su padre: «Ser blanco es una carrera, / mulato, una profesión, / negro, un saco de carbón / que se compra dondequiera.» Y así andaban, amigos, irónicos, entusiastas, el día que Diosdado de Dios los sorprendió con la noticia: —Los rusos pusieron un hombre en el cielo. No hallaron tiempo para explicarle a un tipo como Diosdado que no se decía rusos, sino soviéticos, ni cielo, sino cosmos. Prefirieron correr a la atalaya a mirar el azul que guardaba las interrogantes inmemoriales de sus constelaciones, y regresaron en la tarde, al terminar las clases.


Munse, conmovido, empezó a explicar que el hombre había coronado el sueño legendario que se expresara en los mitos alados de Ícaro, Pegaso y Chulima, para dar inicio a una nueva etapa en la historia, la Era Cósmica, mientras el Fantasma quinteaba sobre una caja de refrescos: Yuri Gagarín, Yuri Gagarón, Yo me voy pa’l cosmos montado en un patín. El Indio interrumpió su explicación, cómo coño se atrevía a burlarse de la Era Cósmica. «Porque estoy inventando la Era Cómica, asere», respondió el Fantasma, y rompieron a reír del cosmocómico y dejaron de hacerlo al ver el fuego que estalló de pronto hacia el este, sobre El Encanto, y creció con una rapidez vertiginosa devorando la que ya iba dejando de ser la tienda más hermosa de La Habana, barriéndola y enrojeciendo el cielo en la.


distancia como si quemara el canto del Pájaro del Paraíso. Veinticuatro horas después empezó el bombardeo. El cielo estalló hacia el oeste en explosiones parecidas a los tipos de estrellas cuya existencia Munse había explicado: errantes, binarias, triples, múltiples, fugaces, fijas, con un ruido ensordecedor y siniestro. El Cochero bajó a buscar noticias y regresó diciendo que aviones de procedencia desconocida estaban atacando las hangares de la Fuerza Aérea en Ciudad Libertad. Carlos se unió a los gritos de Patria o Muerte y pidió perdón para los invasores, con la certeza de que no se trataba de un amago como el ocurrido cuatro meses atrás: esta vez la guerra había empezado. Intentó reintegrarse a su antiguo batallón y le negaron el permiso. Él era universitario, la Universidad decidiría cuándo y cómo movilizar sus unidades. Estaba pensando violar aquella disposición absurda cuando les informaron que los compañeros muertos durante el bombardeo se velarían en el Rectorado y a ellos les.


correspondería mantener el orden. Al ver sellados los ataúdes pensó en La Coubre: ahora también los cuerpos estarían calcinados o destrozados. Recordó la advertencia de Chava, «Los muertos vigilan», y se maldijo por haber abandonado el Batallón de Combate para becarse en la Universidad. Con ello había logrado un lugar donde residir, venciendo el sobresalto en que vivía desde que abandonó su casa y se integró a las milicias. Pero ahora que la guerra iba a estallar, había estallado, estaba estallando quizá en la noche, ahora que los novecientos compañeros de su batallón se jugaban el pellejo por la patria, pensaba que el costo de su decisión había sido demasiado alto y reconocía haberla tomado bajo el impulso de la rabia que le produjo su sanción por haberse fugado. La vida en la Beca significó una vuelta al paraíso perdido de la normalidad. En el gran edificio, tan parecido al que alguna vez poseyó su padre, compartía un cuarto con sus socios, tenía cama, sábanas, toalla, un baño de azulejos con un inodoro azul, y además recibía un estipendio. La.


primera tarde fue al cine con Gisela y al redescubrir el sueño de la vida en el juego de luces y sombras llegó a pensar que su vida en las milicias había sido un sueño, y evocó el frío, la sed y el cansancio con la alegría de quien ha despertado. Desde allí siguió hacia el hospital pretextando las rigurosas costumbres de su familia para no tener que llevar a Gisela, y cuando estuvo solo se sintió un miserable. El viejo Buick de su padre estaba frente al pabellón, Jorge había pegado una calcomanía en el parabrisas: SOY RELIGIOSO. EN CASO DE ACCIDENTE AVISE A UN SACERDOTE. La leyó con una sonrisa amarga, pensando que podría pegarle al lado la respuesta que adornaba el carro del director de la Beca: SOY REVOLUCIONARIO, EN CASO DE ACCIDENTE AVISE A UN MÉDICO, o llevar a Gisela a la visita, plantársela delante a Jorge y decirle, «Mírala bien: mulata y miliciana». Sin embargo, la había escondido, por pendejo, como si su hermoso pelo ensortijado fuese un estigma. Se serenó al reencontrar a su familia. Jorge seguía distante, pero su madre le agradeció con un beso la.


decisión de quedarse y cuidar de su padre, que sonreía contento de que sus dos ramas estuvieran allí, junto al viejo tronco. Desde entonces vivió días intensamente felices y tristes. Gisela se iría dentro de poco a alfabetizar, pasaría un año lejos, entre los campesinos, y él estaba orgulloso de aquella decisión y la animaba contándole la historia de Toña; pero deseando, al mismo tiempo, que jamás llegara el día de la partida. Solían ir al cine a soñar que la función duraría eternamente mientras descubrían sus cuerpos en la penumbra. Al salir redescubrían sus rostros en la luz del atardecer, y Carlos quebraba la felicidad inventando pretextos inverosímiles para no llevarla a la visita. Caminaba hacia el hospital rumiando su miseria, diciéndose que al día siguiente terminaría de una vez por todas con su hipocresía. Pero al mirar el rostro cada vez más consumido de su padre pensaba que había hecho bien, que no tenía derecho a asegurar su propia felicidad adelantándole la muerte al presentarse allí con una negra; porque para su padre los mulatos no existían.


Las noches en que se quedaba a cuidarlo sentía una confusa felicidad. Jorge no estaba y él no se veía obligado a inventar conversaciones amables sobre nada bajo la mirada tierna e inflexible de la madre. Su padre había experimentado una leve mejoría, hablaba en voz muy baja, pedía las cosas por favor y no hacía comentarios hirientes sobre política, como si la cercanía de la muerte hubiese dulcificado su carácter. Carlos aprovechaba la paz del cuarto y de la noche para entregarle su ternura, atento a los orines, los excrementos o las escaras, descubriendo el cuerpo que lo había engendrado como si descubriera el de su propio hijo. Le hubiese gustado bañarlo y afeitarlo, pero no lo intentó porque su madre jamás cedería ese privilegio. Se contentaba con hacerle leves cosquillas en el pecho para verlo sonreír, oírlo murmurar, «No jodas, chico», sentirlo cercano, socio. Pero una noche su padre no respondió a las cosquillas, tomó sobre el pecho la mano de Carlos y dijo, «Tengo miedo». «¿A qué?», preguntó él dispuesto a pedir ayuda. Su padre lo contuvo con una angustia tenaz, repitiendo la frase, y él sintió.


también algo vacío, irremediable, oscuro, de lo que no lograría escapar, porque estaba en su alma como el daño, y supo que aquél era el miedo inexplicable y final de los niños y de los moribundos, y se dijo que debía ser hombre y besó la frente de su padre murmurando, «No jodas, chico, no jodas», antes de llamar a la enfermera, que se inclinó sobre aquel vacío contra el que nada podrían médicos ni sacerdotes. Quedó sumido en un estupor extraño, en una niebla parecida al sueño o al cansancio, sorprendido al no sentir deseos de llorar. Telefoneó a su madre, le dijo simplemente, «Vengan», y ella respondió con un grito mutilado. Pero no lloró al llegar, pidió permiso para estar cinco minutos sola junto al cadáver, y Carlos se quedó consolando a Jorge, que sollozaba como un niño en el pasillo. Se volvieron al escuchar el golpe de la puerta. Su madre había salido vestida de negro, con un sufrimiento seco en las pupilas, dispuesta a ocuparse de todo. Durante aquellas horas Carlos admiró como nunca su sentido práctico de la vida, su natural capacidad para el.


trabajo, y se dijo que allí residía la fuente de su ajada belleza. Cuando llegaron a la funeraria había amanecido, una extraña luz lila flotaba en el salón, no habían traído aún el cuerpo. Poco a poco fueron llegando remotos amigos de la familia y de Jorge, que saludaban con un «Mi más sentido pésame», o «Lo acompaño en sus sentimientos», que Carlos respondía invariablemente con un «Gracias» apagado, mientras los veía arremolinarse junto a su madre o su hermano, y él se sentía cada vez más solo y se preguntaba si tendría derecho a llamar a Gisela; si su padre, tan comprensivo después de haber visto el rostro de la muerte, la habría aceptado. Se respondió que no debía hacerlo sin consultar a su madre. Temía que Jorge le hiciera un desaire que no estaba dispuesto a soportar, prefería sufrir su soledad en silencio; pero entonces jamás podría convencer a Gisela de su amor. Necesitaba un consejo, los socios de la Beca no acababan de llegar, Pablo estaba en Cunagua, los compañeros del batallón en el Escambray, su padre muerto.


Lo despertó un murmullo creciente. Jorge gesticulaba ante su madre, y Gisela, Pancho, Osmundo y Munse se habían detenido en el umbral de la capilla. Fue casi corriendo hacia su madre y logró escuchar el final de las palabras de Jorge, «. Y esa gente?». —Es mi novia —respondió él, en un tono demasiado alto. —Tráela —le pidió su madre, reteniendo a Jorge. Carlos se volvió hacia Gisela, que ahora estaba confundida en medio del salón, le dio un beso en la mejilla y la condujo hacia su madre, que le acarició suavemente el rostro, le besó la frente y le ordenó a Jorge: —Saluda a tu cuñada. Jorge extendió la mano sin poder dominar el rencor de su mirada, Gisela respondió al saludo con la cabeza gacha, murmurando «Lo acompaño en sus sentimientos», y un empleado de la funeraria se acercó a ellos. —¿La señora Josefa Cifredo? Su madre movió la cabeza, asintiendo.


—Por favor —dijo el empleado con voz grave —. ¿Quién va a vestir al difunto? Ella miró a Jorge con una triste desesperanza, luego a él, y respondió: —Sus hijos. Carlos bajó delante, en silencio, sintiendo un súbito escalofrío que se convirtió en temblor al llegar a la penumbra del pasillo cada vez más oscuro. Entró a las sombras recordando una noche poblada de ánimas en pena, daño a lo largo de aquella vereda desconocida que lo llevó al socavón oscuro donde escuchó por vez primera los ecos de la muerte, que ahora sonaban como sus propios pasos mientras se dirigía hacia la lívida luz del final bajo la que su padre yacía desnudo, amarillento, pobre y capaz de situar el amor en el lugar del odio y del miedo, de hacerlo compartir con su hermano la tarea que cumplieron metódicamente, serenamente, sollozando en silencio. Y ahora, en el portalón del Rectorado, observaba a los familiares de las víctimas del bombardeo pensando que no les había sido dado.


siquiera vestir a sus muertos, verlos envejecer ni cerrarles los ojos. Se sentía parte del ancho mar humano que colmaba la escalinata y la calle clamando venganza. Frente al ataúd donde yacía su novio había una muchacha que se negó a comer y sentarse; no lloraba, ni respondía a los ruegos de sus familiares para que descansara; simplemente estaba allí, mirando la madera. Carlos buscó sus ojos para decirle en silencio que estaba con ella, pero cuando sus miradas se cruzaron sintió que era inútil: la muchacha no podía verlo. Se preguntó dónde estaría Gisela, en qué sitio perdido de Pinar del Río, quizá allí donde estaría comenzando la guerra, donde otros milicianos la defenderían de la muerte como ella lo había defendido a él de la soledad en que se hundió después del entierro. Entonces había abandonado el cementerio con el temor de que su madre reiniciara la batalla por encerrarlo junto a Jorge, sabiendo que justamente en ese momento le sería imposible negarse. Pero al llegar a la puerta de la casa ella lo miró como si quisiera aprender su rostro de memoria, antes de besarlo en la frente y decirle:


—Haz tu vida. Horas después, al despertar en el cuarto de la Beca, se sintió desolado como un huérfano y corrió en busca de Gisela. Caminaron en silencio por la Avenida de los Presidentes, bordearon el malecón y se sentaron en el muro, de espaldas al triste mar de marzo. Frente, en los jardines del Hotel Nacional, junto a los oxidados cañones de los tiempos de España, tres baterías antiaéreas cuidaban la tarde. —Me voy mañana —dijo ella. Carlos no respondió, aquella partida encajaba perfectamente en su tristeza; todo el mundo se iba, a alfabetizar, al Escambray, a Cunagua o a la muerte. —Quiero darte algo. Él pensó que nada resolvería un retrato o un mechón de pelos. —Sé que no es el momento —dijo ella—, pero me voy mañana. Carlos se volvió dispuesto a recibir lo que fuera forzando una sonrisa. Gisela estaba tensa, especialmente hermosa, recortada contra el cielo.


rojizo como la llama de un incendio. —Si no quieres, no —dijo, y él tardó un instante en comprender que se estaba ofreciendo, así, por nada, y le dijo que no, amor, no, después, cuando ella volviera, se casarían. —Pero yo quiero ahora —insistió Gisela como una niña—. Yo te quiero ahora. El cuarto de la posada era gris. Gisela no sabía qué hacer y Carlos reconocía con horror que él tampoco, que Fanny y Gipsy lo habían hecho todo, mientras buscaba una manera digna de quitarse el pantalón y luchaba por rechazar la idea de que no podría, de que aquél no era el lugar, ni el día, ni la hora, de que su miembro no iba a responderle porque él estaba cometiendo un sacrilegio. Gisela había perdido su desenfado, su locura, se quitaba las ropas en silencio, cabizbaja, como quien cumple una condena; se sentó junto a él en la cama, se volvió de espaldas y le pidió ayuda. Él pensó que no tenía cómo, e iba a decirlo cuando se dio cuenta que se trataba de zafarle el sostén. Pero sus torpes dedos húmedos de sudor no daban con el misterio del cierre que no era broche ni botón,


sino una suerte de enganche inexplicablemente complicado que ella liberó de pronto, dándose vuelta para refugiarse en Carlos, que la besó sintiendo aletear los pequeños pechos en el suyo, escuchándola decir «Ven» mientras lo arrastraba hacia la cama y él sentía arder su sexo al contacto con aquella piel cálida, y lograban, la mano derecha de él y la izquierda de ella, sacar el pantaloncito y entonces dejarla abierta, esperando, y Carlos avanzaba hacia ella y la penetraba y sentía su grito y aquellas contracciones de serpiente devorándolo y haciéndolo derramarse en el principio mismo del placer. «¿Ya?», preguntó ella y él se echó a llorar. Se sintió huérfano, culpable y fracasado, y lloró el estupor del hospital, la tristeza de la funeraria y la soledad del golpe del ataúd de su padre sobre la tierra. Ella lo dejó llorar sobre sus pechos, junto a su calor, respirar el olor de su pelo, escuchar el ritmo acompasado de su corazón, sentir correr en su entrepierna la mezcla única de la savia y la sangre, albergar la duda maravillosa y terrible de si habría engendrado, él también, un hijo. Así quiso.


recordarla al día siguiente, cuando la despidió junto al tren en medio de la algarabía de miles de alfabetizadores y familiares, y ella murmuró después de besarlo: —Tú eres mi marido. Pero ahora, solo en su atalaya, mirando el cielo casi completamente azul, esperando la guerra que iba a estallar, había estallado o estaba estallando precisamente en aquellos momentos, la recordaba sobre el vagón abierto, vestida de uniforme, con la mochila, la cartilla y el inmenso lápiz de cartón, en medio del bullicio de sus compañeros, radiante, mientras él trataba de abrirse paso entre la multitud de familiares, las comisiones de despedida, la banda de música, los vendedores ambulantes, y sonaba el ronco resoplar de la locomotora, el pitazo de partida y el golpe vibrante de los platillos, y él gritaba adiós inútilmente y la veía perderse tras la nube de vapor cantando a coro con la multitud: Somos las brigadas «Conrado.


Benítez» somos la vanguardia de la Revolución. Y ahora repetía maquinalmente el adiós, en la azotea, desde la retaguardia, sintiendo que algo no andaba bien, porque en las películas, los libros, las canciones, habían sido siempre las mujeres quienes despedían a los héroes. —Ruta, tu pura está daun. No necesitó volverse para identificar al Fantasma, nadie en la Beca lograba hablar así, aunque muchos lo intentaran. Fue hacia el ascensor preguntándose qué querría su madre. Nunca había venido a la Beca, era improbable que estuviese enferma. Después de la muerte de su padre él la había llevado al Archimandrita, que la encontró dura y flexible como una rama de cedro. Ella había sonreído, complacida con el diagnóstico y más aún con la receta. —Las medicinas enferman, mi vieja. Tómese un cocimiento de flores de jazmín, azucena o azahar.


para que no le brinque más el estómago. Había quedado tranquila desde entonces, resignada, pidiéndole que le llevara la ropa sucia y fuera a comer más a menudo a aquella casa que era tan suya como de su hermano, ofreciéndole la mitad del dinero que su padre había dejado en la caja fuerte. Carlos la complacía sólo cuando Jorge no estaba, porque las discusiones con su hermano habían vuelto a centrarse en la política y era casi imposible que se hablaran sin gritar. Sabía que Jorge se había quedado con el carro y pretendía quedarse también con la casa y el dinero, argumentando que Carlos perdió todo derecho al abandonar la familia, pero no le importaba. Tenía en la cartera un retrato de su padre, no necesitaba más. Al descubrirla sentada en el extremo del comedor pensó que el oscuro idioma del Fantasma podía ser claro como la mañana: vestida de negro, inclinada suavemente sobre la mesa de bagazo prensado, iluminada a contraluz por el sol, su pobre madre era la imagen de la pureza. Avanzó sin dejar de mirarla. Ella no había notado su.


presencia: a través de las paredes de cristal, miraba a su vez a la calle, donde algunos milicianos comenzaban a formar para dirigirse al entierro. Carlos creyó entender el motivo de la visita, venía suponiendo que él iría a la guerra, y se dijo que el hecho de no ir, el formar parte de aquella estúpida unidad de boinas negras y fusiles sin cartuchos, tendría al menos la ventaja de calmarla. —Hola —murmuró dándole un beso en la mejilla. Ella se volvió sorprendida, le tomó ansiosamente las manos. —Tu hermano está preso —dijo. —Se lo advertí —murmuró Carlos, bajando la cabeza. —Él no hizo nada —dijo ella, convencida. —Yo no lo sé, mamá, ni tú tampoco. Ella se mordió el labio inferior, lo miró implorante. —Habla con tus amigos —dijo. Él comenzó a golpear el suelo con las botas preguntándose si su madre podría entender que no.


tenía tales amigos, ni estaba dispuesto a interceder por Jorge, ni encontraría quien le hiciera caso. —No puedo —dijo—. Hay guerra. Ella estrujó una y otra vez su breve pañuelito de hilo, como si repasara un rosario. El Cochero golpeó el cristal con los nudillos, Carlos le pidió por señas que lo esperaran. —¿Vas a ir? —preguntó ella, con una ansiedad derrotada. —No —respondió Carlos, mirándola a los ojos. Su madre se incorporó, lo atrajo, le dio un beso en cada mejilla y murmuró menos mal, mientras abría su inevitable cartera negra, con un broche dorado, de donde sacó un cartucho manchado de grasa. —Toma —dijo—. Te traje un bisté.


14 Tras las oscuras hojas de la palma cana se insinuó en la neblina de la noche una inexplicable mole gris. Le apuntó sobresaltado. Sólo entonces, al pasarse la lengua por los labios y descubrir el sabor a tierra y a pólvora, recordó que era un tanque quebrado en el camino. Cerró los ojos, pero siguió viendo la brutal explosión de la bomba y la carrera enloquecida de los milicianos: la imagen prendida a su retina como el cansancio a sus huesos, como el napalm a la piel de los que aullaban y corrían, como el miedo a sus nervios y el odio a su corazón de combatiente; dejó caer la cabeza sobre el pecho y la imagen de su madre se sobreimpuso a la del infierno aquel, como si su encorvada figura tuviera el poder de borrar el miedo, el dolor, la muerte, la rabia, antes de desaparecer tras los cristales de la Beca mientras él partía hacia el entierro de las víctimas a través de calles galvanizadas por la ira, pensando que no.


iría a la guerra, sintiéndose fuera de aquel mecanismo descomunal que el Dóctor llamaba la Rueda de la Historia, avergonzado al ver los Batallones de Combate. Cedió al deseo de buscar el suyo para saludar a los compañeros antes de que partieran, entregó el viejo fusil sin cartuchos a Munse y echó a caminar por Ventitrés entre oleadas de combatientes desconocidos; pasó por Diez, pescao grande, y llegó a Doce, puta, desde donde vio el mar de milicianos fundirse con el Caribe tras la colina que descendió abatido hasta Ventiuno, majá, Diecinueve, lombriz, que continuó bajando, irritado con la cábala rastrera, hasta divisar en el garaje de Diecisiete, luna, la joroba inconfundible de Biblioteca y correr seguro de que su madre astral lo ayudaría, lo había ayudado en aquella inesperada conjunción de charada y horóscopo; allí estaban Ardillaprieta, el Barbero, Biblioteca y Kindelán, que fue el primero en verlo, «¡Coñóoo, Taloco!», dando la alarma al pelotón que lo cercó con abrazos y preguntas, mientras él, a su vez, «¿Y el Gallego y Zacarías?», y el alegrón se quebró de pronto en un silencio tumultuoso que.


lo hizo entender: el más fuerte y el más torpe habían muerto en la Limpia del Escambray mientras él, el más pendejo, estudiaba en La Habana; no pudo reconstruir sus rostros ni cerrando los ojos y sintió el brazo de Kindelán sobre los hombros y pensó en su otra muleta, aquel Gallego que había muerto como un hombre, dijo Kindelán, echando plomo y gritando patriaomuerte, añadió estremeciéndolo: la frase había funcionado como el conjuro que desatara el gigantesco viva con que los milicianos saludaron la llegada de Fidel a la tribuna haciendo a los tenientes dar la voz de ocupando sus puestos y dejándolo desconcertado, fuera de lugar: los milicianos habían corrido a filas y él quedó en la acera como un estorbo; Kindelán y Ardillaprieta lo llamaban desde la formación, pero no se atrevió, no tenía fusil ni derecho; el teniente Permuy se acercaba cuidando la alineación, lo descubrió y se quedó mirándolo como a un aparecido antes de gritarle, «¿Qué hace ahí, miliciano? ¡Incorpórese!», y él ocupó el lugar de Zacarías pensando en la cábala: el tres de la tercera.


escuadra, marinero marinero lanzado al mar de los obreros, uncido a la noria de su memoria, recordando al torpe amigo muerto, alzando los brazos desarmados en medio de la ola de fusiles que se levantó cuando Fidel dijo de una vez por todas que lo que no podían perdonarnos los imperialistas era que hubiéramos hecho una revolución socialista en sus propias narices, y el estallido de júbilo hizo a Carlos gritar patria o muerte y venceremos antes de subir a los camiones, al ritmo de un coro multitudinario: «Marchando vamos hacia un ideal sabiendo que hemos de triunfar. » Y se sintió digno de Gisela, heroico en el adiós a las gentes que se arracimaban en todas las aceras de todas las calles de todas las ciudades, pueblos, caseríos, bateyes, entronques que atravesaron después de abandonar el campamento donde recuperó el fusil y lo asaltó la angustia: Zacarías era amuniciador de la sietepuntos y él no estaba habituado a las cajuelas que lo golpeaban los tobillos cuando la caravana entró en la carreterita serpeante a cuyos lados el polvo amortajaba las escasas palmas canas, las yagrumas.


y los negros mangles retorcidos que brotaban del suelo espectral de aquella ciénaga llamada como la calle del cementerio, Zapata, Ventinueve, «Ratón», murmuró en la duermevela al darse cuenta que el cementerio estaba en la esquina del ratón y la puta, que la muerte es un ratón y una puta inolvidable cuando se le ha visto el rostro en la guerra: ahora regresaba a su memoria montada en el avión, con la sonrisa que debió dirigirles el artillero desde la carlinga de cola mientras ellos saludaban, confiados en las insignias de la nave que giró en redondo y picó sobre sus cabezas vomitando una línea de luces blancas y amarillas que hicieron estallar la carretera obligándolo a tirarse en la cuneta, machacado por el ruido de los cohetes y por la explosión ciclónica de la bomba que aún retumbaba en sus oídos cuando la onda expansiva de una segunda línea de cohetes anunció que la tercera estallaría precisamente allí, en el fango donde tenía hundida la cara. Alzó la vista, convencido de que sería la última vez: el cielo estaba vacío, azul, sin una nube, y sólo entonces se dio cuenta que se había orinado y que en la.


carretera estaban estallando la cólera y la vida; olía a pólvora y a fuego y el teniente exigía, «¡Informen las bajas!», y había pequeños cráteres y «¿Quién?», preguntaba el Segundo, «¿Quién?», y la bomba había desatado un incendio en el bosque cercano y, «No mires», le dijo el Barbero, y miró los restos del cabo Heriberto Magaña, las entrañas azules y rosadas del cabo Heriberto Magaña, que ahora volvía a ver en la estridente pesadilla por la que descendía hacia un mar oscuro, dejando atrás el cadáver de su padre, y despertaba agobiado de terror, contento de estar vivo, capaz de imaginar que Gisela le permitía descansar en su regazo, respirar el olor de su piel, escuchar el ritmo acompasado de su corazón, deseando que ella estuviera embarazada, que le estuviera naciendo en el vientre un varón engendrado por él para no morir definitivamente de un bazucazo, un tiro, una granada o una bomba como la que logró borrar de su memoria con la voz cantarina de Gisela enseñando a leer a una niña, mi mamá me ama, sobre el mismo fango gelatinoso de la ciénaga mordido por los morterazos que él no había.


identificado hasta entonces, porque estaba metido en su miedo, recordando el desprecio con que el cabo Higinio Jiménez le puso las cajuelas de sietepuntos en las manos y le dijo, «Agarra, te measte y las dejaste», pensando en los intestinos de Heriberto Magaña y en la muerte de Asma mientras esperaba otro avión, echaba a correr por contagio y sólo después de la primera explosión se daba cuenta que aquellos silbidos eran el descenso de los obuses de mortero que detuvieron en seco el yipi del Comandante obligándolo a saltar a la carretera, con sangre en el brazo izquierdo y en la cara, y a ordenar, «¡Disparen, carajo! ¡Despliéguense!», mientras él se tiraba tras un raigón, disparaba una ráfaga y el FAL saltaba en sus manos como algo vivo: había hecho blanco en la tierra, Higinio y su escuadra no aparecían por parte alguna, desde la carretera llegaba el estrépito de una columna de tanques, volvió a disparar y estaba cambiando el cargador cuando escuchó que el Mago lo llamaba: tenía una herida a sedal, una horrible desgarradura sanguinolenta en el centro, negra de pólvora en los bordes.


destrozados de la camisa; la sietepuntos del Tanga había entrado en acción con un sonido rítmico, ardiente y rico como los que el Mago sabía sacar cuando quinteaba, pero el Mago boqueaba, imploraba coño por su madrecita que le echara en la quemadura el fango gelatinoso donde ahora la niña estaba leyendo mi mamá me ama, Gisela observando en un temblor la tensa concentración de sus ojos, el leve latido de sus labios al descifrar la frase, y ya él podía cubrir con fango la herida del Mago, escuchar su grito y la voz del teniente pidiendo una escuadra detrás de cada tanque, soñar que Toña lo miraba a través del tiempo y la distancia, «¡Voy!», correr encorvado bajo las balas hasta la carretera para cubrirse tras un T-34 desde donde disparó contra los círculos de luz de la Cincuenta, que siguió disparando hasta que el tanque se detuvo, la torreta giró sobre su eje, hizo dos, tres disparos y la ametralladora enemiga reventó como un siquitraqui mientras el comandante gritaba, «¡Ahora, milicianos! ¡Patriaomuerte y cojones, milicianos!», y él avanzaba tras el Tanga, detenido ahora por el.


fuego de otra Cincuenta y pidiendo «¡Parque!, ¡Parque!», antes de que él le diera las cajuelas y se tirara en el hueco con un racimo de milicianos oyendo al teniente Teodoro Valdés, «¡En abanico, dije en abanico!», cuando una ráfaga de Cincuenta lo partió en dos y el tanque desbarató la Cincuenta y un bazucazo paró al tanque y se hizo de noche y las llamaradas del monte le permitieron ver la cara contraída del teniente, de la que intentaba escapar ahora llamando a su madre y al cabo que había muerto sin combatir, mientras Asti le ofrecía sus orines y el Barbero un líquido apenas menos denso que el fango, y él recordaba el murmullo de la marcha que lo había sacado del sopor haciéndolo moverse y tocar la cremallera del tanque destruido mientras escuchaba al comandante, emboscado en un cayo de monte, «¿Dónde están ahora?», «Rajando», respondía el Barbero, «¿Y dónde van a estar mañana?», «En la resimbombá de su madre«, gritaba el Metro, «¿Y cuál es la consigna?», «Patriaomuerte y cojones», vociferaba Tanganika cuando Carlos, integrado a su escuadra, cogía las cajuelas y todos seguían por el camino.


que los mercenarios cubrieron a media mañana con el fuego cruzado de dos Treintas emplazadas entre los matorrales y su escuadra recibía la primera misión concreta en el combate: decía la Ardilla que decía el Segundo que decía el comandante que cubrieran a su escuadra, iba a emplazar por la derecha, en la lomita, para desalojar las Treintas; eso dijo la Ardilla antes de cruzar a saltos el terraplén y caer en la cuneta mientras ellos alternaban el FAL con los sietepuntos para tenerles siempre el plomo arriba a los pintos, y con el silbido de los morteros de la milicia el Segundo gritó, «¡Están rajando, carajo!», y en el avance Carlos se detuvo junto a la Ardilla que estaba tendido, como durmiendo en la cuneta, y el comandante lo empujó, «¡Adelante, miliciano! ¡Hasta el mar, carajo, miliciano!», y él pensó que ahora sí, que con un empujón aplastarían a los mercenarios y entonces podría pensar de otro modo en Higinio, en las entrañas de Heriberto y en la cabeza de clavo de la Ardilla, cuyas pasas, de un algodón negrísimo, flotaban ahora en aquel terreno situado entre el sueño, la.


imaginación y la memoria sobre un cuerpo tan blando que también parecía de algodón, como si no tuviera huesos, y sin embargo tenía acero, tal vez plata de luna, y lo estaba mirando, diciéndole Sargento, llamando a Chava y al abuelo para que vieran lo bien que combatía contra el tanque que los atacó en el kilómetro quince con un ruido de espanto ante el que Carlos sintió un miedo tenaz, dominado por el «¡Atrásnadie!» del Barbero, el tableteo de su FAL y los golpes de la artillería que quebraron al Sherman dejándolo en medio del camino como una bestia agonizante mientras los flancos enemigos cedían y el comandante iniciaba la marcha hasta el kilómetro diecisiete, donde empezó la preparación artillera contra San Blas, y a ellos los pasaron a retaguardia y al fin comió, bebió, le mandó a decir a su madre que había quedado vivo y se desplomó bajo una yagruma mientras todo volvía a ocurrir en su memoria o en su sueño como una película sin fin donde no alcanzaba a actuar como un héroe, el miedo regresando con la noche, volviendo al amanecer en el ruido del avión, un ruido real hasta lo.


inverosímil que le hizo abrir los ojos: el bicho estaba en el aire vomitando fuego y él miró durante un segundo la doble línea de luces de la muerte con la certeza de que ya había vivido ese momento, antes de echar a correr, confundido, sin encontrar dónde meterse hasta que sintió el tronar de la antiaérea y corrió hacia allí: los cuatro tubos de las cuatrobocas soplando metralla contra el avión que respondía con las ocho calibre cincuenta de sus alas intentando silenciar la ametralladora, mientras se apoderaba de él la sensación de haberse equivocado de lugar, de estar en una ratonera queriendo huir y sin poder moverse, fascinado por la locura de los artilleros descamisados que echaban cojones y candela contra el bicho, cuyas descargas cada vez más cercanas habían convertido la tierra en un infierno que los llevaría a todos al carajo cuando el avión se acercara un poco más, pero en ese momento empezó a brotarle un humo negro del motor izquierdo y una llamarada naranja estalló bajo sus alas y los artilleros siguieron echando cojones y candela y el bicho empezó a perder altura y pasó.


encendido sobre la antiaérea que lo siguió castigando hasta que estuvo completamente fuera de su área de tiro: entonces se hizo un silencio ansioso, artilleros e infantes siguiendo el descenso, la caída, la muerte del bicho en el fango de la ciénaga, estallando en un abrazo múltiple, enloquecido, hecho de lágrimas, risas y del «¡Pinga aquí!», que repitió tres veces, como un conjuro, el artillero a quien Carlos había abrazado, un rubiecito tan joven como Ardillaprieta que ahora regresaba al pie de la antiaérea mientras un capitán ordenaba al batallón que lo siguiera, había rumores de un nuevo desembarco y ahora los pintos iban a saber lo que era amor de mulata, y Carlos volvía al camino marcando en el puesto de Roberto el Enano que había quedado atrás, con los heridos, y se preguntaba dónde coño se habrían metido Permuy, Kindelán y el resto de los compañeros del pelotón especial para el que no fue seleccionado, cómo se habría portado con ellos la puta, si se habría llevado a muchos a la cama, y seguía avanzando bajo el sol, las manos heridas por la agarradera de.


las cajuelas, el bípode empezándole a pesar en la espalda, el Tanga explicándole que no se preocupara si no sabía cargar la máquina, diciéndole que le diera cintas cuando hiciera falta y preguntándole dónde estaría combatiendo Aquiles Rondón, sin recibir respuesta, porque Carlos no quería decir lo que había pasado: Aquiles Rondón tenía el halo de los héroes y los héroes mueren jóvenes, como Ardillaprieta, sólo que la Ardilla no tenía aspecto de héroe, sino de niño, y Zacarías de torpe y Heriberto Magaña de viejo, «Y Aquiles Rondón está vivo», dijo, y el Tanga lo miró extrañado y siguió caminando en silencio bajo el sol ya caldeado que Carlos sentía arder en los hombros, bajo los arreos del bípode, y en la frente anegada de sudor que no podía secar porque llevaba las malditas cajuelas: estaba haciendo la tarea de dos hombres y sintió una creciente irritación contra el Tanga, un negro fuerte como un tronco de seiba que sólo llevaba la sietepuntos y dos cintas de balas cruzadas sobre el pecho, y avanzaba sin dar cuartel ni preocuparse de que su amuniciador fuera cargado como un.


burro bajo el sol cenital que ahora lo obligaba a detenerse, a secarse el sudor antes de que sonaran los primeros disparos y él se tirara al suelo: el Tanga echando cojones por la falta de bípode, disparando de pie, enorme y casi invisible a contraluz hasta que llegó arrastrándose hasta él; emplazaron cubiertos por el FAL del Metro, y el Tanga le sacó música a la máquina: la cinta de cartuchos amarillos pasando vertiginosamente hacia los mecanismos, el cañón vibrando enrojecido por las llamas, el oscuro montecito de los mercenarios mordido por los plomos hasta que flotó de pronto un calzoncillo en la punta de un palo y se oyó el inapelable «¡Alto al fuego!» del capitán, tras el que se hizo silencio y aparecieron siete pintos con las manos en la nuca diciendo que tenían varios muertos y heridos, haciéndole pensar que la cábala era justa, siete, culo, cuando el capitán decidió trasladar los heridos y prisioneros a la retaguardia dejando los muertos para luego, y tres milicianos aprovecharon para decirle adiós a la metralla que sonaba a lo lejos, hacia el mar, y él pensó que estaban asegurando el pellejo y.


Tanganika le puso el bípode en la espalda, las cajuelas en las manos y continuó el avance sin permitirle optar por retirarse, devolviéndolo a la sed y el escozor que le hicieron refugiarse en Gisela: ahora iba a su lado atenuando el suplicio de la marcha, suavizando el sol, acortando las distancias, haciendo respirable la polvareda y desapareciendo de pronto, como vino: el ruido había aumentado en dirección al mar, el capitán ordenó redoblar el paso, la mugrienta columna comenzó a avanzar cada vez más rápido, casi corriendo ahora, atraída por los truenos de la costa donde se necesitarían refuerzos, y él luchó por mantener el paso, las manos heridas por las anillas de las cajuelas, el bípode y el fusil golpeándole la espalda, la sorpresa del «¡Avióón!» que gritó el capitán antes de que él se tirara de cabeza en la cuneta cuando el bicho pasó sobre la columna rociando fuego y ya volvía para descargar sus bombas y cohetes mientras él, otra vez con la cara en el fango, esperaba las explosiones que no se produjeron: el bicho seguía rondando y descargando sus ocho ametralladoras contra un.


blanco nuevo y lejano que le permitió volverse bocarriba; ahora había dos aviones, uno enorme y lento y otro pequeño y rápido, volando en sentidos opuestos como si fueran a chocar, el B-26 vomitando fuego sobre el T-33 que de pronto salió de la trayectoria del tiro, aceleró e hizo un banqueo hacia la izquierda trepando, nivelando, volviendo, banqueándose a noventa grados y abriendo fuego sobre el bicho que giró violentamente mientras el T-33 pasaba a su lado como una tromba, trepaba, disminuía potencia y volvía al ataque, pequeño y tenaz como un pitirre, y Carlos se ponía de pie, gritaba, «¡Ahora, coño! ¡Descojónalo, coño!» cuando el T-33 picó sobre el bicho, disparó, lo persiguió como si quisiera morderlo antes del choque que ya parecía inevitable, y de pronto esquivó la descarga que estremecía el cielo, las trazadoras amarillas del bicho persiguiéndolo, el pitirre estabilizándose en lo alto mientras el B-26 huía picando sobre el mar y la columna continuaba el avance gritándole a su gallito de pelea, y el Tanga aseguraba, «Por mucho que el aura vuele, siempre el pitirre la pica» y.


Carlos, «¡La pica, cojones, la pica!», porque el T33 se había montado otra vez sobre el B-26 tocándolo con fuego, desprendiéndole la cabina, sacándole humo, mordiéndolo y picándolo hasta que la candela alcanzó sus motores y el bicho se ladeó estallando en el aire, regando pedazos de planchas y hundiéndose en el mar bajo un gran círculo de fuego del que sacaron fuerzas para llegar hasta la costa y ver cómo los mercenarios intentaban reembarcarse en una arrebatiña por alcanzar las lanchas, y a su avioncito y a la artillería costera bombardeándolas, hundiéndolas, incendiando al buque de transporte, quebrándolo y obligando a los pintos a retroceder y entregarse a las mismas unidades que los habían empujado hasta la playa y que ya los conducían en fila india a los camiones mientras el capitán disponía que el batallón quedara de guardia hasta nueva orden y Carlos se desplomaba de cansancio frente al mar, que ahora estaba tranquilo, como correspondía a una tarde de primavera.


15 Tomó la cajita que estaba sobre la mesita de noche y contó los centavos que había dentro. Cinco. Los dejó caer con rabia, no era posible que en todo un fin de semana Roal Amundsen, Francisco y Osmundo hubiesen dicho solamente cinco malas palabras. Seguían siendo unos cabrones. Se detuvo en cabrones, no la había pronunciado y no tenía, por tanto, que pagar por ella, pero la había pensado y eso era un indicio serio de descontrol. Debía cuidarse, no estaría satisfecho hasta haber interiorizado una manera correcta, limpia, pura, absolutamente comunista de pensar. En ese caso, por ejemplo, debía haber pensado que sus compañeros (no sus socios, ni sus ambias, ni sus aseres, ni sus ecobios, ni sus moninas, ni sus consortes, ni sus compinches, ni mucho menos sus cúmbilas) eran unos inmaduros. También él lo era todavía, en cierta medida. Durante el fin de semana, irritado ante las.


condiciones objetivas creadas por la conspiración de Benjamín el Rubio, había soltado seis palabrotas: tres coños, dos carajos y un maricón. Sólo el hecho de que fuesen compañeros lo salvó de decir también hijoeputa, con lo cual se libró de dos errores, puesto que la palabra no sólo habría sido mala, sino también mal pronunciada. Lo correcto hubiese sido decir hijo de puta, aunque pensándolo bien, ¿había malas palabras correctas? Dejó sin respuesta la inquietante pregunta. El misterio de los cinco centavos consistía en que Roal Amundsen y Francisco, los compañeros más lengüisucios del cuarto, no habían hecho el depósito correspondiente. Seguían siendo unos inmaduros. Osmundo, en cambio, sí había adoptado la correcta manera de pensar, como lo probaban sus cinco centavos. No dejaba de ser irónico que Osmundo, pequeño burgués educado en los Maristas, fuese tan consecuente con las ideas revolucionarias, mientras que Francisco y Roal, de origen humilde, negro uno y mulato el otro, persistían en el relajo y la indisciplina. ¿Relajo era una palabra correcta? En ese caso sí,


porque no significaba obscenidad, sino desorden. La explicación podría consistir en que Osmundo había ejercido la negación de la negación sobre sí mismo, logrando convertir en positivos los valores religiosos, intrínsecamente negativos. ¿Valores negativos? ¿No encerraba esa frase una contradicción interna? No, porque la palabra negativo borraba todo valor reduciendo la expresión a la nada. ¿Y entonces, podría la nada negarse a sí misma y convertirse en valor positivo? Volvió a dejar la pregunta en el aire, tenía que estudiar más, profundizar en esos intrincados problemas teóricos. Pero ahora debía dedicarse a la práctica. Depositó seis centavos en la cajita e hizo el asiento en el libro de contabilidad. Los submayores coincidían. Debe: ciento ochentisiete malas palabras; Haber: ciento ochentisiete centavos. Con sólo trece malas palabras más podrían comprar un nuevo libro. Pero en este caso la contradicción interna era evidente, la adquisición de libros dependería de pensamientos soeces. ¿Pureza y suciedad serían polos de unidad.


y lucha de contrarios? Probablemente, y esa contradicción debía ser superada para propiciar el desarrollo. Sólo entonces podría aplicarse un nuevo estilo en la recolección de fondos. Ciento ochentisiete era una cantidad enorme para un trimestre y se trataba sólo de media verdad, seguramente se habían pronunciado unas trescientas sesenticuatro malas palabras, lo que era pavoroso. A partir del día siguiente aplicaría un nuevo método, los asientos tendrían que hacerse de modo individual, así nadie podría ocultar sus errores. Para descargar la tensión se dedicó tenazmente a limpiar la pistola. La desarmó con la habilidad que le había granjeado tanta admiración entre sus compañeros. Pulió amorosamente cada pieza. Comprobaba el estado de las estrías del cañón cuando Osmundo entró al cuarto y se detuvo sin atreverse a interrumpirlo. Carlos continuó impávido su tarea; limpiar la pistola requería una concentración plena, Osmundo esperaría. Lo miró sin verlo a través del cañón, en el que, por cierto, había bastante polvo. Comenzó a baquetear y de pronto.


suspendió el movimiento: meter y sacar la baqueta del hueco era un gesto profundamente obsceno. Pero no había otra manera de limpiarlo, el objetivo justificaba los medios, la obscenidad era sólo una apariencia fenoménica. —Oye —le dijo Osmundo. Lo miró extrañado, con aquel leve gesto despectivo que dominaba a la perfección, hasta hacerlo bajar la cabeza. Entonces siguió baqueteando, el maldito polvo parecía estar incrustado. Osmundo era un buen compañero, precisamente por eso no podía permitirse hacia él la menor debilidad. Benjamín, Francisco o Roal se habrían ido, pero Osmundo esperaba disciplinadamente, como debía ser. Sólo cuando logró verlo a través de un cañón impoluto murmuró: —Dime. —Los Duros cambiaron el Testamento de José Antonio —dijo Osmundo en voz baja y quebrada. Carlos tuvo que hacer un gran esfuerzo para dominarse. Era una noticia importantísima y si él, Presidente de la Asociación de Estudiantes de la.


Escuela y Jefe de Piso en la Beca no la sabía, Osmundo, su subordinado, tampoco tenía por qué saberla. Estaba ante una nueva contradicción: necesitaba informarse, pero no podía revelar que no estaba informado. Mantuvo la inmovilidad facial que tanto trabajo le había costado diseñar para ocasiones como aquélla. Osmundo se movió inquieto, era evidente que no sabía si Carlos sabía. —Le quitaron el nombre de Dios —dijo, y se quedó escrutándole el rostro—. ¿Tú lo sabías? Carlos asintió en silencio. Osmundo soltó una risita de ratón. —Entonces, me voy. —¡Espérate! —ordenó Carlos, mirándolo a los ojos grises y acuosos. No le era posible rebajarse a averiguar detalles, pero tenía que asegurar su victoria—. Recuerda que ésa es una información clasificada —dijo—, top secret, ¿okey? —Sí, claro —murmuró Osmundo antes de salir. Dio una patada en el piso. ¿Sabría Osmundo que él no sabía? ¿Hubo algo en sus ojos, en su sonrisa, algo como un fondo de burla? No, no era posible.


Nada había ocurrido, estaba muy sensible por que Benjamín conspiraba contra él y Roal y Francisco se negaban a aceptar su autoridad. Osmundo era distinto, no en balde le había traído aquella noticia grave y clave. ¿Modificar el Testamento de un héroe era correcto? No, los Duros habían ido demasiado lejos. Resultaba terrible alterar la última voluntad de alguien que había muerto peleando y que no tenía cómo defenderse. Pero la misma excepcionalidad de la decisión hacía pensar que quienes la tomaron tenían razones muy poderosas para hacerlo. Aparte de las intenciones que hubiera tenido José Antonio en su momento, la mención de Dios sería nociva para las nuevas generaciones y eso también era inaceptable. ¿Entonces? Pensándolo bien, era el futuro, y no el pasado, el que debía servir de norte a las acciones; la arriesgada decisión de los Duros era una necesidad de la lucha y una línea. Interpretada en el contexto del combate que mantenía contra Benjamín, significaba una ratificación y un desarrollo de su propio punto de vista. La apoyaría con todo el peso de su prestigio,


un halo virtualmente mitológico, como afirmó con rendida admiración el Peruano al saber que Carlos caminaba por una carretera sin fin en medio de una noche extraña y neblinosa cuando el B-26 pasó sobre él quemando la oscuridad con las luces fosforescentes de la muerte: el ruido de los disparos, el estallido de los cohetes, la explosión ciclónica de la bomba, su alarido de huérfano y las manos heladas de Osmundo, despertándolo. —Fue horrible —dijo, y contó el horror. A la mañana siguiente Osmundo quiso saber más y Carlos descubrió el placer de contar la guerra que ha pasado, la cercanía de una muerte ya inofensiva. Por aquellos días la Beca era el reino del relajo, los atorrantes tupían los inodoros con papel higiénico, coronaban las cabezas de los dormidos con pasta de dientes y a menudo robaban una sábana, un jabón, una toalla. Carlos no se inmiscuía. Había regresado de la guerra dispuesto a concentrarse en los estudios y mantenía un altivo silencio, una rígida disciplina individual frente al caos. Pero a partir de la conversación con Osmundo comenzó a sentirse insatisfecho con su.


pasividad, ofendido por el desorden, y cuando estalló la batalla de las botas decidió intervenir. La primera golpeó la ventana que estaba sobre su cabeza, despertándolo. Tardó unos segundos en darse cuenta que no había sido un disparo, que no estaba otra vez soñando con la guerra, que aquella inmensa bota frente a sus ojos no encerraba el pie de un enemigo ni de un compañero. La segunda golpeó al Fantasma. «¿Quién tiró con tanto tino? ¿Quién tiró con tanta talla? ¿Que a mí me dio en el pepino y a su madre en la papaya?», voceó el agredido antes de lanzar una bota contra los agresores, que respondieron con fuego graneado de botas en la noche. El Fantasma organizó la defensa ordenando a sus huestes usar los colchones como escudo y tomar la puerta del baño intercalado para ganar una salida al pasillo y sorprender al enemigo entre dos fuegos. La puerta del baño se convirtió en la cabeza de playa donde golpeaban los botazos como bombas cuando Carlos encendió la luz. Los combatientes, tomados por sorpresa, quedaron inmóviles como en una foto: los atacantes se habían pintado las caras, los.


negros de blanco, con pasta de dientes, y los blancos de negro, con betún; junto a la puerta de entrada al cuarto tenían un arsenal de botas y cubos de agua. Los defensores, ocultos tras sus colchones, tardaron segundos en sacar las cabezas. Entonces se empezaron a reír y contagiaron a los atacantes de rostros pintarrajeados, que gesticulaban como payasos hasta que Carlos gritó que parecía mentira, coño, esa pasta, ese betún, esas botas, esos colchones los pagaba el pueblo, y desde hoy, compañeros, se acabaría el bonche en la Beca. No se acabó, y Carlos comenzó a sentir que la impotencia lo carcomía. Cuando se produjo la asamblea para elegir candidatos a la presidencia de la Asociación de Estudiantes no pensaba ni remotamente en ser propuesto; por eso habló a favor de Benjamín el Rubio, que era comunista desde el instituto, «cuando todavía yo», dijo, «navegaba en un mar de profundas confusiones ideológicas». Se sorprendió muchísimo al escuchar que el Cochero, como le decía a Osmundo entonces, lo proponía a él, calificándolo.


de héroe. Aquella palabra le pareció totalmente desproporcionada e interrumpió al Cochero para rechazarla. Pero éste presentó el rechazo como una prueba de modestia y contó la saga de Carlos en los combates de Girón, donde se batió con los mercenarios cuerpo a cuerpo, compañeros. «¡Él, compañeros, que procedía de una familia pequeñoburguesa, cuyo padre, muerto hacía poco, no estuvo nunca integrado al proceso! Pero eso no fue óbice para que él cumpliera su deber de hijo y de comunista. ¡Por eso lo propongo, compañeros, porque es el primero en la guerra, el primero en la paz y el primero en el corazón de los estudiantes de Arquitectura!» Una ovación siguió a las palabras de Osmundo. Ante el reclamo de sus compañeros, Carlos tuvo que ponerse de pie, y al hacerlo se sintió flotando. Benjamín el Rubio retiró su candidatura y apoyó la del compañero Carlos que también, dijo, había sido un combatiente contra la tiranía y un esclarecido dirigente estudiantil durante el Bachillerato. La ola de aplausos resurgió y la sensación de flotar se hizo realidad: Munse y el.


Fantasma lo habían cargado, lo conducían en andas hacia la tribuna. En el camino todos lo felicitaban, le daban vivas, querían tocarlo. Los dirigentes de la FEU lo abrazaban al llegar, los estudiantes corearon, «¡Que hable! ¡Que hable! ¡Que hable!» y él reclamó silencio porque no se le ocurrió otra cosa. Pero de pronto el silencio se hizo y sintió el placer aterrador de haberlo logrado con un simple gesto de la mano. Ahora tenía que hablar, que ser digno de aquel honor inmerecido. —Tendré que ser digno de este inmerecido honor —dijo. Supo que había acertado y prometió dedicar todas sus fuerzas al avance de la revolución en la Escuela. En medio de la nueva salva de aplausos se escuchó el grito del Fantasma: —¡Tiene mendó, asere! Quedó confundido, no se hablaba así en público, había perdido la concentración, no sabía qué decir. —Lo siento, compañeros —dijo—. Estoy muy emocionado. La emoción se extendió por la sala en frenéticos.


aplausos, sobre los que gritó un «¡Patria o Muerte!» al que los estudiantes respondieron «¡Venceremos!» mientras la maestra de ceremonias se acercaba al micrófono para anunciar que con las notas del Himno Nacional se daría por concluida la asamblea. Al salir, los estudiantes lo rodearon para felicitarlo. El Peruano le pidió por favor que le contara los combates, la clandestinidad, también él tendría que pelear alguna vez, hermano, necesitaba experiencia. Carlos le dijo que lo vería más tarde, en la Beca; una trigueña de campeonato le había pedido cinco minutos y quería hablar con ella. Pero le resultó muy difícil abordarla: en el breve trayecto los estudiantes le recordaron la necesidad de textos, de comedor para los no becados y la existencia de gusanos entre los profesores; le pidieron implementos deportivos, nuevas convocatorias para los exámenes, autógrafos. Cuando, por fin, llegó donde la trigueña, se sentía abrumado. —¿Tú querías plantearme algún problema? —No —respondió ella, separándolo del grupo.


—, quiero estar contigo, eso es todo. Me gustan los dirigentes. Bajaron la escalinata en silencio. ¿Aquella mujer estaría loca? Ahora le había cogido la mano, le ronroneaba como una gata. No era correcto que anduviera así, engañando a Gisela, que estaría pasando quién sabe qué trabajos con sus analfabetos. Pero aquella mujer, loca o cuerda, tenía unas tetas prodigiosas y lo arrastraba por las turbulentas luces de La Rampa hasta meterlo en la oscuridad cómplice de La Zorra y el Cuervo, donde empezó a besarlo con una voracidad enloquecida que lo llevó al centro de la gozadera, decía ella, del vacilín, decía, mientras él metía la mano buscando aquel centro invisible, lo que ella impidió con un, «No, que estoy mala», dejándolo frustrado antes de abrirle la bragueta. «Porque no te creas que te voy a dejar así», dijo, y se zambulló en la oscuridad para desatar una succión sincronizada con la música lujuriosa del rock, hasta que levantó la cabeza y lo miró con la más inocente de sus sonrisas: «¿Te gustó, mi chini?» Regresó a la Beca con una persistente sensación.


de incomodidad, casi como si lo hubieran violado. Al entrar al cuarto, el Peruano lo miró devotamente. —Hermano —le dijo—, tu vida es casi mitológica. Osmundo me ha contado: la clandestinidad, las torturas, la lucha ideológica, la muerte de tu padre, la guerra. Eres como Eneas, hermano. Carlos lo miró, desconfiado. ¿Eneas? Eneas era un personaje de los muñequitos, el compañero de Benitín, un tipo alto, flaco y un poco encorvado como él. ¿Le estaría diciendo eso el Peruano? ¿Se estaría burlando? No lo creía capaz. Pero entonces, ¿quién era el otro Eneas? Decidió no preguntar, un tipo casi mitológico no podía ser un ignorante. ¿De qué torturas habría hablado el Cochero? —Todo eso es mentira —dijo. Los ojos del Peruano se iluminaron al murmurar la palabra modestia. —Perdóname —añadió Carlos—, pero no te puedo atender, tengo guardia. Al entrar al cuarto para ponerse el uniforme.


escuchó que el Peruano hablaba de sus ingentes sacrificios. Durante la guardia empezó a abrigar la sospecha de estar envuelto en una confusión espantosa. Era como si la persona por la que sus compañeros habían votado no fuera él, sino alguien heroico, modesto, sacrificado y capaz. ¿Debía renunciar?, ¿dejar la Beca y la Escuela en manos de los irresponsables? Sería una cobardía imperdonable. Debía estudiar y trabajar, combatir, crecer hasta donde pudiera. Al día siguiente supo, gracias a un Pequeño Larousse, que Eneas era el protagonista de un poema épico donde se narraban los peligros, las tribulaciones, las hazañas realizadas por el héroe en su constante peregrinar desde la vencida Troya hasta las tierras de Roma. Se sintió deprimido, la comparación del Peruano era tan hiperbólica que resultaba absurda y podía esconder una burla. Lo consoló saber que el otro Eneas, el de los muñequitos, no aparecía siquiera en el diccionario. Pero tenía que estar a la viva con el Peruano; de Carlos Pérez Cifredo, el Candidato, no se burlaba nadie. Las conversaciones con él lo.


convencieron de que su admiración era real, sólo que estaba basada en una confusión inmensa. Osmundo había contado su vida de tal manera que el resultado era una leyenda. El propio Carlos se emocionó tanto al escucharla que no fue capaz de explicarle al Peruano cuáles eran los límites precisos de la verdad. —Todo es mentira —dijo desalentado—, no lo repitas. Pero su prestigio continuó creciendo y ganó las elecciones con el noventidós por ciento de los votos. Al día siguiente presidió su primera reunión en la FEU de la Escuela, de donde salió satisfecho y preocupado. Benjamín era un Vice formidable y Osmundo un Secretario eficientísimo, ambos con la virtud adicional de saber subordinarse. Pero las tareas urgentes formaban una montaña, él las asumió todas y a partir de aquella decisión se convirtió en un galeote. Sus jornadas duraban entre dieciocho y veinte horas, no tenía tiempo para visitar a su madre, ni para salir con la trigueña, ni mucho menos para jugar con sus amigos a las nubes y las constelaciones. Aquella devoción.


laboral alentó a Osmundo y al Peruano a contar una y otra vez su leyenda, que desde entonces fue repetida por un número cada vez mayor de estudiantes, quienes le añadían nuevas tribulaciones, peligros, hazañas. La verdad sólo podía ser establecida en una asamblea general y eso era totalmente imposible. No podía acusar de mentiroso a Osmundo, que le había hecho tanto bien, ni desencantar al Peruano, ni a los centenares de estudiantes que habían depositado su confianza en él. Estaba obligado a dejar que su leyenda siguiera creciendo, por el bien de los mismos que la creían. Durante varios días aquella situación lo hizo sufrir; la soportaba diciéndose que era el precio de la responsabilidad y que tenía dos compensaciones decisivas: permitirle hacer bien a los demás y darle, con la certeza de ser una personalidad extraordinaria, los instrumentos para actuar. Cuando asistió al primer pleno de la FEU supo que podía servirle para cosas aún más importantes. La reunión lo confundió muchísimo, allí había tendencias. Una dura, inflexible,


implacable, y otra suave, contradictoria, quizá demasiado reflexiva. Aunque de inmediato se sintió inclinado hacia los Duros, la existencia de aquella pugna sorda lo irritó. Las cosas eran muy claras para él: revolución-contrarrevolución, buenos-malos, y punto. Al carajo. No había espacio para aquellos matices y escarceos, en ese sentido hasta los Duros le parecieron blandos. Pero no intervino. Los líderes de ambas tendencias eran hábiles, tenían historia, sabían muchísima filosofía y no se sentían impresionados por él. Para ellos, era todavía una incógnita. No obstante, habían tomado posiciones: los Duros consideraban su presencia como una derrota, hubieran preferido a Benjamín el Rubio, comunista probado; los Reflexivos, en cambio, lo recibieron con agrado; era evidente que no tenían cuadros y les abrían espacio a los nuevos con la esperanza de sumarlos. Ya se encargaría de demostrarles que con él se habían equivocado; aunque pareciera lo contrario, era más duro que los Duros, y no tenía compromisos con nadie. Al salir, se dirigió a la librería del Habana.


Libre. Necesitaba estudiar filosofía; unas semanas atrás, recordando la formidable experiencia que había tenido ya con El Manifiesto, leyó la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel; no entendió ni hostia y cuando pidió ayuda le dijeron que debía leer también una larguísima serie de filósofos alemanes, economistas ingleses, socialistas franceses y pensadores de clasificación diversa que terminaba, o empezaba en Demócrito, Anaximandro y Anaxímenes. Pero no tenía tiempo ni cabeza para eso y compró cinco folletos de Mao que eran breves, básicos y baratos. Se dirigió a su casa, llegó diciendo que debía irse enseguida, estaba apuradísimo, lo habían elegido Presidente. Su madre le salmodió unos reproches como si no lo hubiese oído, estaba flaco, nervioso, parecía enfermo, ¿por qué no se quedaba a comer? —Porque me eligieron Presidente —insistió él. —Está bien —repuso ella—, pero tengo tamales. Carlos golpeó la mesa, irritado. —¿No te das cuenta de que me eligieron Presidente?


—Sí —dijo ella, invitándolo a que la siguiera a la cocina—, por eso mismo tienes que comer. Destapó la olla de los tamales y un olor dorado se esparció por la habitación, haciéndolo sentarse. Su madre sonrió. —¿Presidente de qué? Él comenzó a contarle las asambleas, los aplausos, las responsabilidades y los honores, y la vio asentir con su sonrisa tímida mientras trajinaba y cedió de pronto al deseo de darle un beso. Ella le acarició el rostro con la mano húmeda, olorosa a cebollas. —Ya casi nunca vienes por aquí —dijo. Y no le dio tiempo a justificarse, continuó hablando y trajinando, la comida escaseaba, había especulación y bolsa negra. —Son bolas, inventos —dijo él. —No —replicó ella—, lo he visto con estos ojos que se han de comer la tierra. Carlos estuvo a punto de preguntarle si el cabrón de Jorge la había hecho gusana. De pronto suspiró, ahora su madre le pedía a Fidel que acabara de imponer el racionamiento para que todos cogieran.


lo mismo, protestando y rezongando con aquella capacidad sorpresiva, para él un tanto irresponsable, de decir lo que le viniera a los labios. —El Comité va a ayudar en eso —concluyó ella —. Dan ganas de hacerse cederista. Carlos evocó a Jorge, su madre jamás ingresaría al CDR, para no herirlo, prefiriendo acallar a la fidelista que llevaba dentro y que ahora había tomado la palabra y le preguntaba por su novia y por la Campaña de Alfabetización. Le contó la última carta de Gisela y se sintió súbitamente invadido por los olores de la cocina y por el recuerdo confuso de una palabra: lata. «¿Lata?», se dijo, «¿de dónde. » Pero en ese momento su madre se dio una palmada en la frente. —¡Lo que te tenía que decir, muchacho, Pablo y Rosalina se divorciaron! Carlos no lo quiso creer, una pareja tan linda, tan revolucionaria. —Revolucionaria y todo —dijo ella, mientras servía la mesa—. Figúrate esa pobre muchacha, divorciada y con un hijo. Siéntate a comer, anda.


La sazón de su madre le hizo olvidar la sorpresa. La comida era frugal, pero sabía a los mejores recuerdos de su vida. Ella lo miraba comer anticipando sus deseos, agua, pan, sal, diciéndole que estaba muy orgullosa de que lo hubieran elegido Presidente y quejándose de que no hubiera carne que brindarle. Él cerró los ojos para concentrarse en el delicado sabor de los tamales y del mojo, e inventó el juego de descubrir qué sabores había, cuáles no. Estaba la tierna textura del maíz y eso era bastante para su paladar habituado a los insípidos macarrones de la Beca, pero faltaba el ácido precioso de las gotas de limón. En cambio, sintió el cálido sabor de las cebollas y la excitación de un dientecito de ajo tras el que no siguió, por desgracia, el crujiente pellejito de puerco. Estaba añorándolo, recreándolo, cuando sintió una tensión extraña. Abrió los ojos y vio a Jorge detenido en el umbral. Su madre se había puesto de pie mirándolos con una desesperación que cedió solamente cuando él dijo, «Hola» y Jorge respondió «Hola». No veía a su hermano desde el entierro de su padre, estaba.


más flaco, tenía una mirada amarga y nocturna. Pensó preguntarle por la cárcel, pero se contuvo, buscó otro tema de conversación, no lo halló y supo, de una manera oscura, que a Jorge le pasaba lo mismo. Se miraron sin hablar hasta que Jorge le dio la espalda y se metió en su cuarto. Terminó de comer en silencio, a la carrera. —Me tengo que ir —dijo. Su madre comenzó a acariciarle el brazo suavemente, podía venir cuando quisiera, murmuró, aquella casa también era suya, y el dinero, y el Buick, ¿por qué no lo usaba nunca? Él miró las luces del edificio que se filtraban por la ventana de la cocina y repitió una frase escuchada hacía poco. —La propiedad es un robo. Deseó no haberla dicho, su madre la había entendido como una alusión personal a su padre. Intentó explicarle que se estaba refiriendo a clases sociales, no a individuos, pero ella lo hizo callar con un beso en la frente. —Vamos —dijo—, te acompaño a la puerta. Durante el trayecto le hizo las recomendaciones.


previsibles y luego permaneció en el umbral, diciéndole adiós con la mano, como una niña. Carlos observó su imagen iluminada, bordeó el edificio, y el recuerdo de la furnia lo llevó a pensar en la batalla de las botas. Los estudiantes se portaban como niños, sólo que ahora no peleaban negros contra blancos. Pero esa diferencia capital era todavía insuficiente; botar, robar, romper, jugar con los bienes del pueblo era un crimen y él no estaba dispuesto a permitirlo. Para ello presionaría a Munse hasta que cumpliera con su deber de responsable de piso. Era una lástima haberse demorado tanto, si al menos tuviera el Buick de su padre podría desplazarse rápidamente hacia la Beca. Pero no podía ceder en un asunto de principios, aunque a su madre le doliera: la propiedad era un robo, por algo todos los grandes ladrones eran propietarios. Llegó a la una de la mañana, torturado por la larga espera del ómnibus y el lentísimo viaje. Munse estaba en el jardincito tocando en la guitarra una vieja canción de Elvis Presley, rodeado por un grupo que le hacía coro. Carlos se.


acercó indeciso, ¿tendría derecho a interrumpirlo? Habían quedado en verse a las once de la noche y era él quien llegaba atrasado. Se sentó en un murito a esperar que terminara la canción. Perla, la trigueña de pechos desafiantes, fue hasta su lado y le puso la mano en el muslo. —La perla de Oriente —improvisó Munse. —¡Y qué Perla! —coreó el Fantasma. Carlos se sintió oprimido por las risas. ¿Qué hacía allí perdiendo tiempo como si fuera uno más? Era el Presidente, coño, y Munse sabía muy bien que ése era el día para preparar la ofensiva contra la indisciplina. Retiró violentamente la mano de Perla, dispuesto a sacar de allí a Munse. —Indio —dijo. —Espérate, asere —respondió Munse, y pasó sin transición del lento blue a un rock desaforado —. You ain't nothing but a hound dog, crying all the time. El coro chilló de entusiasmo. Carlos golpeó el muro con los folletos de Mao, no estaba dispuesto a seguir perdiendo tiempo y prestigio en aquel lugar donde para colmo se cantaba en inglés.


—Roal Amundsen —insistió con voz autoritaria. Munse no lo miró siquiera, aporreó la guitarra mandando al hound dog a otra parte con sus pulgas, y Carlos gritó: —¡Óyeme, cojones, te estoy hablando! Munse dejó de tocar, abrazó la guitarra como a una mujer y dijo: —Ahora no, asere. Carlos intuyó que había cometido un error al rebajarse a discutir en público de tú a tú. Tenía todas las de perder; aunque ganara la discusión o la bronca siempre podría decirse que el Presidente andaba por ahí cayéndose a piñazos, echando cojones delante de las compañeras. Miró al grupo, esforzándose por transmitir con los ojos la certeza de la venganza. —Está bien —dijo. Ya en el cuarto desfogó su ira con dos patadas a la pared. ¿Cómo coño aquel comemierda se atrevía a retarlo en público? ¿Y cómo había sido él tan imbécil de aceptar el reto? Tenía que aprender, su mejor argumento hubiera sido el silencio, no el grito; el gesto, no la palabra. Debía.


recordar que no era un tipo común, situarse siempre a la altura de su leyenda. Ahora, por ejemplo, estaba obligado a dominar su ira y continuar el plan de dormir solamente cuatro horas diarias. Tomó una pastilla para vencer el sueño y se sentó ante los folletos de Mao, su artillería china. De ella obtendría el conocimiento de las leyes más generales que rigen la naturaleza, el pensamiento y la sociedad. Podría interpretarlo y preverlo todo científicamente. Atrás habían quedado la charada, el horóscopo y las barajas, instrumentos de ciegos; atrás los bembés y las creencias de su infancia, sucedáneos de sordos. Y cuando leyó la primera línea de Sobre la contradicción sintió sobrecogido que entraba al reino de la verdad. Al día siguiente hizo aprobar en asamblea un riguroso régimen de trabajo voluntario, a fin de que los estudiantes contribuyeran a la rápida terminación de las obras del comedor para los no becados. Después de las primeras jornadas comenzó a ser acusado de Duro en los corrillos de la Beca. La especie le llegó a través del Cochero,


porque los autores no tuvieron el coraje de hablarle cara a cara. —Se esconden —le dijo Osmundo— porque te envidian. Carlos saboreó la palabra Duro; era verdad, nadie, jamás, podría acusarlo de blando. Por eso trabajaba como el primero en las obras, sacando ventaja de su experiencia en las milicias para ser el mejor con el pico y la pala, como lo era también en los estudios; y después, cuando los demás perdían tiempo, hablaban boberías, dispersaban sus fuerzas con mujeres o familiares, él dedicaba su vida a hacer avanzar el proyecto de Reforma Universitaria, preparar expedientes para la depuración, redondear la estrategia de lucha contra la indisciplina, crear condiciones para la impresión de libros de texto y aun, mientras viajaba en ómnibus o comía, fortalecerse ideológicamente repasando la artillería china. El primer libro que se imprimió en las nuevas condiciones tenía un nombre simbólico: Resistencia de materiales. Lo sacó del taller en la noche y lo llevó a la Beca como prueba del.


cumplimiento de una tarea que muchos consideraban imposible. Cuando llegó, Osmundo estaba contando lo que él, a su vez, había tenido la debilidad de contarle: que Carlos había renunciado al automóvil y al dinero de su padre porque la propiedad era un robo. Lo mandó a callar, mostró el libro, que al Peruano le pareció otra proeza digna de Eneas, y sintió un latigazo cuando el Fantasma dijo: —Corre corre que se mea. Osmundo replicó: —Ésa es una falta de respeto, ¿no te parece? —Mientras más me la maman, más me crece — rimó el Fantasma. Carlos tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerse, el dominio gestual era la parte más difícil de su nueva personalidad, pero ya sabía que no obtendría nada rebajándose al plano común de los gritos y las malas palabras. De modo que miró al Fantasma despectivamente hasta hacerle bajar la cabeza y se sintió feliz de su triunfo sobre los demás y sobre sí mismo. Esa madrugada, cuando terminó de estudiar.


Acerca de la práctica, consideró que se había ganado el derecho a descansar unas horas. Sobre su litera encontró un papelito: «Aquí tienen mucha autosuficiencia, pero no tienen autocrítica ni automóvil.» Cedió al rabioso deseo de hacerlo añicos, ahora que nadie lo estaba mirando. No lograba entender que sus esfuerzos produjeran ingratitud y burla en quienes habían sido sus socios. Pero ya la cosa pasaba de castaño oscuro, las masas habían delegado en él la autoridad e iba a ejercerla. Si Munse y el Fantasma querían guerra, la tendrían. Les daría una respuesta orgánica, completa, capaz de establecer institucionalmente el camino hacia la disciplina más rigurosa, asumiendo la dirección del piso, aunque ello implicaba aumentar su cuota de sacrificio. Dos días después, el Responsable de la Beca citó de improviso a una asamblea donde planteó la necesidad de sustituir a Munse por su mal trabajo como Jefe de Piso, y obtuvo el apoyo de la mayoría, convencida previamente por Carlos, Osmundo y el Peruano. Munse protestó, ¿cómo era.


que él no sabía anda? «Porque nunca quisiste reunirte conmigo», replicó Carlos antes de solicitar proposiciones. El Peruano lo mencionó a él con un argumento decisivo: ¿cómo podría otro dirigir el lugar donde vivía Carlos y, por tanto, dirigir a Carlos? Cuando el Responsable pidió nuevos nombres, Osmundo dijo que no era necesario, todos querían a Carlos. El Responsable no logró que surgiera otro candidato. La votación se hizo a mano alzada para que nadie pudiera escudarse en un anonimato irresponsable. Carlos sonrió al comprobar que un noventinueve punto nueve de los becarios votaba por él a cara descubierta. Sólo Munse, llevado probablemente por un insano apego al cargo que perdía, tuvo el descaro de votar en contra, el cinismo de mirarlo a la cara mientras lo hacía, el atrevimiento inaudito de decir, una vez terminado el conteo: —El Peruano es un comemierda, el Cochero un oportunista y tú, Ruta, un ambicioso. Carlos contuvo los deseos de pegarle, aquel segundo reto público era su gran oportunidad. Debía dar la respuesta irrebatible que sus.


admiradores esperaban. La tenía, la había preparado por si Munse era tan irresponsable como para oponérsele. Era elemental y mortífera, una especie de jaque al descubierto en el terreno político. Pero debía tomarse su tiempo, revelar primero la autoridad en silencio; miró a ambos lados y luego a Munse, antes de decir categóricamente: —Prueba eso. Demuéstralo. Munse guardó silencio, Lívido de rabia. Cuando todos entendieron que no tenía más argumentos que su terca convicción, Osmundo gritó que aquella irresponsabilidad debía ser severamente sancionada, pero Carlos decidió perdonar. —Déjenlo —dijo—. La práctica lo enseñará a ser más profundo. Entonces presentó a consideración de la Asamblea el Proyecto de Reglamento de Orden Interior del Piso, explicando que se trataba de un pilotaje que se extendería después a todo el edificio y aun, en sus partes pertinentes, a la propia Universidad. Lo había escrito de un tirón una madrugada que se sintió especialmente.


ofendido al encontrar una expresión obscena ensuciando la pared del lujoso baño del piso. Básicamente era una glosa del Reglamento que existía, aunque más riguroso y preciso al definir incumplimientos, responsabilidades y sanciones. Llegaba a establecer la expulsión de la Universidad y de la Beca para los casos de robo, y responsabilizaba a los estudiantes de guardia con toda las irregularidades que no fueran capaces de evitar. Incluía, además, un nuevo Por Cuanto: pensamiento y lenguaje forman una unidad indivisible, las expresiones obscenas, nombretes y afines son manifestaciones de un pensamiento impuro, incompatible con nuestra condición de estudiantes revolucionarios; Por tanto: queda rigurosamente prohibido el uso público o privado, oral o escrito, de dichas expresiones, nombretes y afines, y aquel que incurra en dichas faltas debe abonar voluntariamente multas de un centavo (1) como reconocimiento de su error, si éste es oral, y de veinte (20), si es escrito. Los fondos así obtenidos se dedicarán a comprar libros para la biblioteca del piso. «¿Alguien en contra?»,


preguntó al terminar la lectura. Nadie. Carlos miró el rostro desencajado de Pancho, a quien no se le diría más Fantasma y que ahora tenía institucionalmente prohibido decir versitos groseros; buscó el de Roal Amundsen, pero éste ya no estaba en la sala. Dio por terminada la asamblea y mientras los demás se dirigían al comedor fue a su cuarto para recoger los documentos de una reunión urgente. Munse estaba en la cama, llorando. —¿Qué te pasa? —le preguntó. El Indio alzó la cara, roja de rabia. —Asere —respondió sin dejar de llorar—, yo lo que necesito es caerme a golpes contigo, asere, descojonarme a golpes contigo, asere. Carlos quedó perplejo. Ahora Munse estaba en guardia, enloquecido, y él no sentía deseos de pelear. —¿Por qué? —preguntó. —Porque tú eres un tipo duro y a la vez eres un mierda —respondió Munse sin bajar la guardia. Carlos advirtió la contradicción interna, pero no tenía tiempo de detenerse a pensar en ella.


—Ahora no puedo —dijo consultando su reloj —, tengo una reunión con el Decano. —¿Por la tarde? —preguntó ansiosamente Munse. —Tenemos clases —respondió Carlos—, después tengo trabajo voluntario, un contacto con la imprenta y una reunión sobre la Reforma. ¿A la una de la mañana te conviene? —A cualquier hora —dijo Munse, y luego, casi rogándole—. No me embarques, asere. Durante el resto del día Carlos perdió capacidad de concentración, no lograba explicarse las raíces de la locura de Munse. Necesitó recordar que el Indio (a quien no debía seguir llamando así, ni tampoco Munse, sino Roal, Roal Amundsen) lo había acusado en público de ambicioso, algo verdaderamente mezquino, para convencerse de que Osmundo tenía razón: su móvil era la envidia. Entonces sintió ganas de partirle los cojones a ese Indio maricón y desagradecido. Se dio una palmada en la frente, había pensado dos palabrotas. Luchó por controlarse e imaginar expresiones correctas, pero el «¡Ponte en.


guardia!» que acudió a sus labios le pareció ridículo, inútil para responder a las ofensas de que había sido objeto. Acusarlo a él, ¡a él, coño!, de ambicioso y autosuficiente era el colmo de la inquina y la envidia, en pocas palabras, era una mariconada. Y ahora tenía pensamientos bajos porque estaba respondiendo a bajezas. Pero no se dejaría arrastrar por la provocación, le partiría la cara a Roal Amundsen en silencio. Fue a buscarlo en la madrugada, excitado por un día de agobiante batallar en bien del colectivo, y cuando tuvo a su enemigo enfrente le brotó del alma un «¿Qué cojones te pasa?» al que Roal respondió de una manera inesperada, los ojos desorbitados y febriles, los brazos caídos a lo largo del cuerpo: «Yo no puedo fajarme contigo, asere, yo, coño, tú estuviste en Girón y eras mi socio.» No logró contener un sollozo y se abrazó a Carlos, que lo dejó seguir, «Tú eras bueno, asere, y estás equivocado hasta el forro», mientras luchaba porque Roal no notara que él también estaba llorando. Esa noche durmió mal. Se levantó tarde, irritado.


contra la ternura de sus sueños, y sin permitirse el lujo de desayunar se dirigió a palear mezcla en las obras del comedor. Estaba débil, tenía alrededor de los ojos la oscura aureola del hambre y del insomnio, pero debía ofrecer un ejemplo a los que majaseaban en la sombra y a Roal, que se empeñó en trabajar de pareja con él y que, avergonzado quizá de su llanto de la víspera, paleaba como un condenado retándolo en un inaceptable alarde de soberbia. Allí estaban, patentes, las muestras del resentimiento y la inmadurez; Roal Amundsen había trasladado al terreno del trabajo la discusión de la asamblea y la bronca que en última instancia no tuvo valor para echar, con la intención de superarlo ridiculizándolo ante el colectivo. Pero se había olvidado de que competía con él y que él no daba ni pedía tregua. A media mañana todos se habían dado cuenta de la emulación, la seguían sin extrañarse de que no pararan ni un segundo y aun formaban bandos (Roal apoyado por un ridículo séquito de indisciplinados dirigidos por Francisco; él, con el calor de un círculo de compañeros que seguían a Osmundo; la ingrata.


mayoría, neutral, expectante) ante los que obligaría a su oponente a morder el polvo de la derrota. Sólo que el polvo del cemento lo tenía frito (el ventajista de Amundsen se había enmascarado con un pañuelo, parecía un cowboy asesino de indios; pero él no podía rebajarse a imitarlo), lo hacía toser a cada instante estremeciéndolo, enervándolo, mientras el sol castigaba cruelmente su cara pálida (Roal era mulato, ¿cómo coño iba a parecer un cowboy?, en todo caso un indio, por algo le decían así), haciéndole chorrear un sudor que le metía los ojos en salmuera (el mulato hijoeputa, mientras tanto, con otro pañuelo en la frente y los ojos radiantes), y él obnubilado, sintiendo la visión borrosa, confusa, y el sol de pronto oscuro y las voces, «¡Al Policlínico! ¡Al Policlínico!» y la broma macabra del Fantasma, «¡Al Polinesio! ¡Al Polinesio!». Al despertar, tenía puesto un suero. El médico le recetó comidas balanceadas que debía ingerir siguiendo un horario riguroso, frecuentes viajes a la playa, práctica de deportes, un mínimo de ocho horas diarias de sueño, lecturas amenas, música,


bailes y una disminución considerable de la carga de responsabilidades. ¿En qué país vivía aquel hombre? ¿Estaba loco o tenía problemas ideológicos? Fue a replicarle, pero el médico le ordenó silencio y se retiró dejándolo solo con la súbita conciencia de su derrota. El maricón de Munse había logrado su objetivo: ponerlo en ridículo. Se torturó durante tres horas con esa idea y con el lentísimo gotear del suero. Cuando la enfermera lo acompañó hasta la puerta, se sentía deprimido, pero al abrirla sus ojos se empañaron con lágrimas de alegría: en el amplio salón del Policlínico lo esperaba la masa, casi tres decenas de compañeros que le dieron vivas cuando salió saludando, todavía pálido y tembloroso. ¿Cómo podía el médico no darse cuenta de que la virtud del sacrificio era la mejor medicina?, ¿cómo había sido capaz de recetarle la pérdida de su precioso tiempo en diversiones frívolas?, ¿cómo se había atrevido a ordenarle que disminuyera la intensidad de su entrega a la causa? No, compañeros, no diría nada por modestia, pero podían estar seguros, ustedes que lo habían esperado y ahora lo seguían.


en el camino de regreso a la Beca, que su Presidente no les fallaría, que seguiría siendo implacable consigo mismo y desde la altura de esa moral sin tacha, implacable también con todo el que dudara. Ahora, por ejemplo, tendría el valor, la moral, la disciplina y la humildad de la autocrítica. «Compañeros», dijo al llegar, «en el día de ayer, día aciago, cometí una serie de errores sobre una serie de problemas al discutir con Roal Amundsen sobre una serie de asuntos. Estuvimos a punto de pegarnos, compañeros. Violé el Reglamento al pronunciar y pensar una serie de expresiones obscenas, rezagos evidentes de un pasado que debemos superar. Me autocritico, pago veinte centavos de multa e invito a Roal Amundsen a hacer lo mismo como prueba de arrepentimiento.» Días después, cuando hubo en la cajita dinero suficiente para comprar el primer libro, preguntó democráticamente a los compañeros qué título adquirir y Roal propuso El Quijote. Carlos se molestó porque esperaba que la pregunta regresara a él para sugerir diez folletos de Mao. Pero a Roal.


le entusiasmaba la posibilidad de comprar el primer libro editado por la flamante Imprenta Nacional y había logrado sumar el Peruano, que dijo solemnemente, «Es la obra más importante de la lengua», como si con eso su propia lengua se hiciera importante. Carlos valoró la coyuntura, se trataba de una contradicción secundaria que en modo alguno debía ser elevada a rango de principal, y aceptó en silencio la propuesta. Esa noche comprendió que había caído en una trampa, Francisco y Roal lo esperaban muertos de risa mientras Osmundo estaba serio, ceñudo. Se puso en guardia, aquello era mala señal, la risa tenía siempre un trasfondo corrosivo que amenazaba el orden y restaba fuerzas para las grandes tareas. «¿Qué pasa?», preguntó. Francisco le extendió el libro entre carcajadas. «Pinta, consorte, pinta al Miguelito.» Carlos tomó el volumen; sus ojos, guiados por el índice de Francisco, dieron con una palabra increíble: hideputa. La leyó como si recibiera un bofetón, como si aquella expresión incalificable hubiese sido dirigida contra su madre por el facineroso.


Francisco, que gritaba sin dejar de reír, «¡Pero qué hideputa, el Miguelito!». Debía controlarse, los problemas políticos no podían ser reducidos a la esfera personal. —Tienes una multa —dijo. —¡Pero si el que escribió hideputa fue Cervantes! —replicó Francisco. Era cierto, pero tenía que hallar una respuesta a aquel reto a su prestigio. Francisco, envalentonado, aseguraba que Cervantes estuvo en Cuba y al oír cómo hablábamos el español se quedó Manco del Espanto. Todos reían cuando él encontró una respuesta: —Quizá Cervantes escribió esa palabra obscena, pero nadie podría probarlo; tú, sin embargo, la pronunciaste dos veces, así que paga. Francisco quedó aplastado por la autoridad, pagó, y la reunión se deshizo porque Carlos les estaba diciendo con la mirada que si querían perder su tiempo, allá ellos, él tenía que estudiar. Cuando todos estuvieron dormidos abandonó los libros de texto y tomó El Quijote. No pensaba leerlo completo, era demasiado largo y se trataba.


de una novela, no podía enseñarle nada de la vida; simplemente necesitaba informarse para polemizar. Leyó varios capítulos salteados y quedó sumido en una confusión creciente. El héroe resultaba ser un tipo feo, flaco, ridículo, que unas veces daba risa y otras lástima porque siempre estaba equivocado (en realidad no era un héroe, se las daba de héroe) y luchaba por la justicia sin conocer las leyes de la historia, ni tomar en cuenta a las masas, ni las condiciones objetivas y subjetivas, ni la correlación de fuerzas entre explotados y explotadores, y confundía las contradicciones antagónicas con las no antagónicas, las principales con las secundarias, las internas con las externas, porque en el fondo no sabía siquiera qué era la contradicción y, por tanto, no podía comprender la inevitabilidad de los períodos de acumulación de fuerzas, era incapaz de convertir los cambios cuantitativos en cualitativos, producir el salto y ejercer la negación de la negación sobre el proceso histórico para propiciar el desarrollo en espiral; era, en fin de cuentas, un pequeñoburgués (farmacéutico, o más.


bien, boticario) que no había logrado suicidarse como clase y conservaba su carácter anárquicoindividualista pretendiendo tomar la justicia por su mano. Se creía un héroe, pero no había en él la más mínima muestra de humildad, sencillez o espíritu autocrítico. ¡Tenía hasta un criado! Todo ello se debía (según confesaba ingenuamente el propio autor) a que una montaña de lecturas mal asimiladas lo habían enloquecido, y al final, cuando recobraba la cordura, el mismísimo Cervantes recomendaba prohibir aquellos libracos. ¿Y el suyo? ¿No podía también El Quijote hacer un daño incalculable a las nuevas generaciones? Pero, entonces, ¿por qué se habían editado aquí más de cien mil ejemplares? Había sólo una respuesta, las editoriales estaban minadas de viejos (o de gentes con viejos criterios, daba lo mismo), incapaces de entender que la tarea de la revolución consistía en arrasar con el pasado, en destruir los falsos ídolos y valores y crear un mundo totalmente nuevo, proletarizado, puro. Excitado por esta idea abrió el cajón de la artillería china y hurgó entre la.


copiosa papelería donde atesoraba los reportes semanales de Xinhua y los folletos de Mao, hasta encontrar el librito sobre las conversaciones de Yenán. Allí estaba toda la verdad sobre el tema del arte expuesta en treinta páginas. Era esa capacidad de síntesis, esa habilidad para liquidar de una manera breve y sencilla los problemas más complicados (o aparentemente complicados, pues los burgueses los enredaban para engañar al pueblo), lo que lo fascinaba de los teóricos chinos. Debía ser muy tarde, pero el entusiasmo era tanto que estuvo estudiando hasta el amanecer. Despertó a media mañana, con la cabeza adolorida y sin tiempo para desayunar. Debía correr hacia el local de la Asociación a dar el visto bueno a una exposición de pintura que los Reflexivos pretendían montar en los salones de la Escuela. Los cuadros lo confundieron aún más que El Quijote. No entendía nada. Sincera, sencilla, honestamente no entendía nada. Rayas, manchas, mujeres con cuatro ojos. Quedó un rato en silencio, luchando por encontrar el posible sentido de aquellos disparates, y no lo encontró. (Incluso.


un tipo tan débil ideológicamente como Francisco se burlaba, arriesgando una multa: «¡Qué cara!», decía, «¡Qué gesto! ¿Qué carajo es esto?») Pero él no podía reírse, tenía que decidir y decidió que la Asociación no podía patrocinar aquella locura. El Secretario de Cultura y Prensa (un Reflexivo tan autosuficiente que tenía el descaro de usar la palabra Comisario para designar su cargo en la exposición) le dirigió una pregunta retadora: —¿No te gusta ese cuadro? Carlos miró la tela señalada, era un adefesio, jamás el futuro podría reflejarse de aquella manera. —No —dijo—. ¿Quién ha visto una mujer con cuatro ojos? —¡Pero si eso no es una mujer, eso es un cuadro! —gritó el otro, antes de emplazarlo—: ¿Tú sabes que estás prohibiendo a Lam, a Portocarrero, a Antonia Eiriz? El grito atrajo a una decena de estudiantes, a los que Carlos miró con la confianza de la razón. —Estoy prohibiendo el pasado —dijo. Se sorprendió al saber que la FEU había tomado.


un acuerdo (propuesto por los Reflexivos con la silenciosa complicidad de los Duros) criticándolo por haber prohibido la exposición que, según constaba en el propio acuerdo, se montaría en el Rectorado como desagravio a las glorias de la cultura nacional. Intentó presentar batalla desde la Asociación, pero por primera vez Benjamín le llevó la contraria, impidiéndole crear consenso. —También te envidia —le susurró Osmundo al oído, mientras regresaban a la Beca. Cuando entraron al cuarto, Francisco empezó a pregonar: —¡Mira, lo que dice Al Mamarte! —¡Multa! —gritó Osmundo. —¡No! —replicó Francisco—, dije Alma Marte, Marte, orisha romano de la guerra. Carlos le arrebató el ejemplar de Alma Mater y los botó del cuarto. En las páginas centrales del órgano de la FEU había un comentario elogiosísimo de la dichosa exposición, ilustrado con unas fotos de los cuadros, más horribles aún que los originales. Se trataba de un problema ideológico serio, y había que hacerle frente; así.


que esa misma tarde, con la ayuda de Osmundo, colocó cargas de artillería china en puntos claves de la Universidad. En la noche presidió una reunión de la FEU de la Escuela e hizo un informe impresionante de la actividad desplegada: establecimiento de la disciplina en la Beca, impresión de dos decenas de libros de texto, impulso decisivo a las obras del comedor. Benjamín intentó empequeñecer su extraordinario esfuerzo recordando el atraso en el apoyo a la Reforma y en el proceso de depuración, pero Carlos se defendió con una verdad evidente. —Trabajo veinte horas diarias, casi no duermo ni como, ¿qué más quieres? —Dirigir como se debe —respondió Benjamín. Carlos sonrió, el Rubio se había desnudado. Osmundo aprovechó la brecha y lo atacó, apoyado por los restantes compañeros que elogiaron el informe dejando a Benjamín aislado, pequeñito frente a la saga del héroe que Osmundo evocaba. Carlos tomó la palabra, podía moler al Rubio, pero le resultaba evidente que estaba ante una contradicción no antagónica y que ése no era el.


método correcto para resolverla. De modo que sacó a votación el informe. Fue aprobado con los votos en contra de Benjamín y Romualdo, el Secretario de Cultura. Pensó de pronto que su condescendencia podía ser confundida con debilidad y decidió dejar una leve amenaza en el aire antes de retirarse. —Bien —dijo—, haré una pregunta que debe ser respondida en la próxima reunión: ¿existen entre nosotros compañeros con problemas ideológicos? Se dirigió a la Beca y recorrió los cuartos del piso. Todos dormían. La aplicación del Reglamento había sido a tal punto exitosa que el Consejo había decidido extenderla a todo el edificio. Los robos, el despilfarro y las roturas habían desaparecido después de las primeras expulsiones. Sólo el índice de obscenidades continuaba siendo alarmantemente alto, aun cuando muchos no pagaban las multas. Decidió establecer un Libro Mayor para asentar los pagos y darle un vuelco radical a la situación. Estaba agotado, pero se sentía sin derecho a dormir. Faltaban apenas diez días para que Gisela regresara y él, agobiado.


por las responsabilidades, le había escrito muy poco. Ella se quejaba amargamente, porque desconocía que ya su novio no era un estudiante común. De modo que aquél era el momento oportuno para contárselo todo. Comenzó a evocarla mientras redactaba y se dejó ganar por una desesperada sensación de soledad. Llegó a escribir que no podría continuar sin ella, que la necesitaba para fundir sus vidas en los grandes combates por venir, en los que morirían por la patria o arribarían juntos a la roja alborada del futuro. Amanecía cuando escribió al pie de la hoja: «¡Patria o Muerte!» Al día siguiente compró con su estipendio, acumulado durante meses, una pistola. Por primera vez en su vida no asistió a clases. Pasó la tarde frente al espejo admirando lo bien que le quedaba en la cintura; rindiendo imaginarios informes sobre grandes batallas, graves infiltraciones y peligros inminentes; descubriendo a Gisela en medio de un mar de alfabetizadores o siendo descubierto por ella, herido, moribundo y feliz, luego de vencer en.


el último combate sin soltar su pistola, ya vacía. Dos días después era capaz de armarla y desarmarla con los ojos vendados, provocando la admiración de sus compañeros y el pesadísimo versito del Fantasma: «Ayer pasé por tu casa y me tiraste un revólver / no te lo voy a devólver.» Le puso la pistola en la cabeza, logrando así el milagro de que el negro se pusiera cenizo, casi blanco, «Porque para chistes pesados, yo», dijo, mientras los demás reían. La obsesión con el trabajo y la pistola le hicieron tolerable, durante unos días, la espera de Gisela, pero su ansiedad fue creciendo mientras se acercaba la fecha decisiva y ahora no podía tranquilizarse en la estación, abarrotada de jóvenes que buscaban a sus familiares en el aire rojo de la tarde, donde creía verla y se equivocaba y se volvía a equivocar, y se detenía confundido al sentir aquellos dedos cubriéndole los ojos, y dejaba escapar un grito que ella acalló, besándolo. Los primeros días fueron una maravillosa sucesión de emociones que culminaron en el gigantesco acto en la Plaza de la Revolución,


donde Fidel izó la bandera con la leyenda que los hizo aplaudir y gritar enfebrecidos: CUBA: PRIMER TERRITORIO LIBRE DE ANALFABETISMO EN AMÉRICA Pero después, cuando se sentaron en el malecón, vestidos ya de civiles, ella empezó a reprocharle que no hubiera visitado a su familia en todo un año; su padre, su madre y sus hermanos estaban trinando contra él, lo consideraban un insensible y un malagradecido y decían que no estaba enamorado de ella. Carlos reaccionó molesto, si iba a ser su mujer debía saber desde ahora que él no tenía ni tendría tiempo para detallitos. Su vida era una entrega total, plena, absoluta y definitiva a la revolución. —Podías haber ido un domingo —dijo Gisela—, una noche. Carlos suspiró, ¿con quién creía ella que estaba.


hablando?, no tenía ni domingos, ni noches, y además, ¿para qué? ¿Para perder el tiempo? Bastante había hecho con faltar a su deber durante una semana por estar con ella. —¿Se supone que tengo que agradecértelo? —Si quieres —murmuró él, desviando la mirada. Lo sorprendió el sonido desconsolado de los sollozos y cedió al deseo de abrazarla. Gisela se separó, le pasaba por boba, por estar enamorada como una boba, escribiéndole cartas que el niño ni siquiera se dignaba a responder. Su mamá tenía razón, coño, todos los hombres eran iguales, por comemierda le pasaba. Carlos contuvo el deseo de reprocharle las palabrotas, ¿no había recibido una carta firmada con sangre? Gisela negó con la cabeza, impresionada, y él aprovechó para explicarse, la quería, la quería muchísimo, pero no se debía a él, no tenía la culpa de tener tantas responsabilidades y tareas, ella debía entender que no estaba con una persona común. —¿Y con quién estoy? —preguntó Gisela, entre ingenua y burlona.


Carlos no supo cómo responder hasta que ella repitió la pregunta con un leve acento de reto. Entonces le empezó a contar su leyenda, se fue animando y sintiéndose heroico, pasó del prestigio del pasado a las responsabilidades del presente y a la imagen de un futuro cercano en que sería Presidente de la FEU y hablaría en grandes concentraciones estudiantiles; inflamado por sus propias palabras, habló de su papel en el destino del país, ¿quién sabía?, pero por lo pronto debía ser fiel a su tarea inmediata, a la confianza de las masas, a la sensación indescriptible, que sólo con ella compartía, de saberse un revolucionario ejemplar. La cantarina carcajada de Gisela le sonó a vidrios que se quebraban en su cabeza, ¿qué coño se creía? Le dirigió su silencio más poderoso, pero ella siguió doblándose de risa. —¿Un qué? Carlos echó a caminar, la rabia le había producido unos insoportables deseos de pegarle, que se resolvieron en impotencia. Ahora ella lo seguía, «Oye, héroe, espérame», pero él apuró el.


paso, hubiera sido el colmo aceptar aquello. «Presidente, Presi», repetía ella con la inflexión burlona que constituía el centro de su carácter y que él no estaba dispuesto a soportar. En dos momentos sintió la tentación de esperarla, pero la memoria de la burla lo obligó a seguir caminando como si la arrastrara por las calles del Vedado, obligándola a pagar su ofensa. Cuando llegaron frente a la Beca, el tono de voz de Gisela varió de pronto, haciéndose casi desesperado. —Carlos —dijo— espérame. —Pero él entró sin volverse, como un hombre. Esa noche supo de qué miserable materia estaba hecho, tuvo un sueño erótico con Gisela y se despertó llamándola. Al día siguiente desatendió sus deberes y rondó como un perro, como un pequeñoburgués la casa de su amada. Tuvo al menos el valor, como hombre y revolucionario, de no rebajarse a pedir clemencia. Era ella quien había fallado, a ella le correspondía venir a verlo y pedirle perdón. Él mantendría su intransigencia sacando fuerzas y felicidad del trabajo. Pero desde su regreso a la Beca no logró siquiera levantarse.


de la cama. Se sentía solo y traicionado, sin deseos de atender las decenas de asuntos que se acumulaban esperando solución. Aceptó que Benjamín se ocupara de todo, escuchó en silencio los versitos obscenos del Fantasma y supo, a través de Osmundo, que sus enemigos se aprovechaban de su inercia para acusarlo de vago y capitán araña. Desesperado, se confesó al amigo, que encontró una respuesta ideal al problema: diría a todos que Carlos estaba enfermo, atacado por una úlcera sangrante, y que el dolor atroz era la causa de sus frecuentes crisis depresivas. Aquella idea genial fue como un bálsamo en medio de su desgracia. Francisco dejó de decir versitos, decenas de estudiantes desconocidos le trajeron leche y viandas, el Peruano le puso al día todas las libretas. Pero su depresión no cedió hasta la tarde en que Osmundo le sopló al oído: «Está allá abajo, esperándote.» La felicidad le dio fuerzas para vestirse y bajar. Gisela lo esperaba en el comedor, tamborileando incesantemente sobre la mesa de bagazo prensado. Al verlo fue hacia él y lo abrazó llorando.


—Yo te quiero, coño, vine porque te quiero. —Ya —respondió él, besándola en la frente—, no llores. Salieron abrazados hacia la Avenida de los Presidentes y se sentaron en un banco. Gisela no cesó de llorar mientras le contaba su soledad y su amor, sus desesperadas noches de insomnio y su tristeza. —A lo mejor soy bruta, pero yo, yo te quiero, coño, y yo, yo hago lo que tú quieras. Si yo. yo nada más quería jugar un poco. Carlos le secó las lágrimas con los labios y le besó la boca en silencio, porque no deseaba siquiera escuchar su propia voz en ese instante. Volvió a sus tareas con una fuerza redoblada, protestando contra la maldita úlcera que lo había alejado del cumplimiento del deber. Entre los múltiples errores que se cometieron durante su ausencia hubo uno gravísimo, de principios: Benjamín pretendía llevar a cabo la depuración con criterios conciliadores. Enmascaraba sus fines acudiendo a pretextos tales como cautela, tacto y delicadeza; proponía un método jurídico.


perteneciente al pasado, no aceptar la opinión común (la opinión de las masas, nada menos) y atenerse a las pruebas; hablaba abiertamente de no lesionar a ciertos profesores y estudiantes, a quienes no consideraba revolucionarios ni gusanos (como si esa expresión política de su dualismo filosófico fuera posible en la vida); y llegaba al colmo de exigir que no se tocara a los religiosos ni a los homosexuales, ya que, decía, ésos eran asuntos privados. Carlos comenzó su réplica respondiendo la profética pregunta que había formulado semanas atrás. —Sí, compañeros, hay entre nosotros una persona con graves problemas ideológicos: Benjamín Cifuentes, alias el Rubio —y continuó con una crítica demoledora de la propuesta y de quien la había realizado. Pero su lapidaria intervención no obtuvo el efecto que esperaba. Benjamín el Zorro había conspirado deslealmente durante su ausencia hasta crear una fracción de Reflexivos que lo apoyó contra viento y marea, criticó a Carlos su absurda.


centralización, su miopía política y la práctica de distribuir propaganda china; logró una votación dividida y tuvo la soberbia de anunciar, a través de su jefe, que apelaría ante el Consejo de Facultad. —Quiere destronarte —le dijo Osmundo al salir —, te envidia. Carlos se mantuvo en silencio. Su enfermedad había servido para poner a flote la miseria moral de sus enemigos. Osmundo tenía razón, Benjamín lo envidiaba, lo había envidiado desde que las masas lo prefirieron, y ahora el muy cabrón conspiraba, cegado por una turbia sed de poder. Bien, tendría guerra, también él sabía conspirar, le revelaría en secreto a los Duros de la FEU quién era quién en la Escuela de Arquitectura y apelaría al Consejo Universitario cuando tuviera ganada la pelea bajo cuerda. No se detendría hasta lograr que se expulsara al Rubio de la Asociación: sus enemigos actuales y futuros debían saber cuál era el precio de su osadía. Mientras amarraba el asunto continuaría su actividad normal, distribuiría propaganda china y albanesa, pero no criticaría a.


Benjamín; sus enemigos pensarían que era tonto como un cordero, y cuando reconocieran al tigre sería demasiado tarde para ellos. Pero los Duros se mostraron cautelosos con sus planes, tomaron nota del problema de la depuración, quedaron en responderle y le criticaron, ¡ellos también!, que estuviera distribuyendo aquella propaganda. Tuvo un nuevo disgusto al llegar al cuarto: un grupo le hacía coro a Francisco, que hojeaba con avidez un librito, Aventuras del soldado desconocido cubano. Carlos no pudo evitar acercarse y leer, guiado por el negro índice del Fantasma, «. y le pegué tan terrible patada por los cojones. ». Quedó estupefacto; de pronto arrancó el libro de las sucias manos de Francisco, gritando que estaba bueno ya, que allí tenía la prueba, que ahora sí lo expulsaría de la Beca. —¿La prueba de qué? —preguntó el Fantasma —. ¿Usted no sabe que ese libro lo escribió Pablo de la Torriente Brau? Carlos se atusó el pelo, incrédulo, no era posible que un héroe, un comunista que había muerto.


peleando en España hubiera escrito aquella barbaridad. Y, sin embargo, lo era, en la portada de aquel librito obsceno estaba su nombre. —¡Es un error! —gritó, sin saber exactamente a qué se refería, y salió dando un portazo, en medio de las carcajadas. Un minuto después Osmundo lo alcanzó en el pasillo y le sopló al oído que todo había sido preparado por el Fantasma, quien, además, estaba haciendo correr el chistecito de que Carlos era bugarrón porque perseguía a los maricones, ¿qué le parecía? Carlos pensó en volver al cuarto y coger al Fantasma por el cuello, pero logró dominarse, tragándose la rabia. Le parecía una provocación, dijo, y no iba a caer en ella; tenía un plan para pasarles la cuenta en su momento. Transcurrió más de un mes sin que los Duros le dieran respuesta, tenía tantas tareas que no daba abasto y Benjamín se empeñaba en hacerle controles sistemáticos para tener oportunidad de criticarlo. El Libro Mayor, puesto en funcionamiento desde principios de año, no había dado los resultados que esperaba (sólo Osmundo y.


él cotizaban disciplinadamente, dando la impresión insoportable de ser los más boquisucios del piso). La FEU tuvo el descaro de designar a otra persona para que hiciera el discurso de inauguración del Comedor Universitario, y aunque era un Duro e hizo una intervención bastante radical, no dejaba de ser ofensivo que el designado no hubiera sido él. Incluso Osmundo comenzó a permitirse ciertas ironías. No le había contado sus contrariedades a Gisela por temor a que reaccionara burlándose, pero llegó el momento en que no pudo más y le narró de un tirón la difícil coyuntura en que estaba, las turbias conspiraciones de sus enemigos abiertos o embozados y la envidia que provocaba a cada paso su prestigio. Se sintió triste al comprobar que ni siquiera su novia le entendía y albergó en secreto la dolorosa sospecha de que quizás estaba equivocado. Pero dos días después Osmundo le dio la noticia más importante del año: los Duros habían suprimido el nombre de Dios del Testamento de José Antonio. Era una triste, una conmovedora necesidad de la.


lucha que ni siquiera él hubiera tenido el valor de llevar a cabo. Quienes lo habían hecho sabrían por qué, y le trazaban un camino. Las posiciones que hasta entonces había defendido eran válidas. Debía incluso hacerlas más radicales, definitivas e intransigentes. Si la correcta manera de pensar no podía detenerse siquiera ante algunos aspectos del pensamiento de un héroe como José Antonio, ¿cómo respetar entonces las vacilaciones de Benjamín, las dudas de los Reflexivos? Si la realidad era dura, más duros tenían que ser los revolucionarios para transformarla. Se puso el uniforme y la pistola y se miró al espejo antes de partir hacia el acto del 13 de marzo al frente de los estudiantes de Arquitectura, la Escuela que alguna vez había dirigido el propio José Antonio. Cuando llegó, la Escalinata estaba repleta. Se fue colando entre las gentes, junto a Osmundo, hasta situarse cerca de la tribuna. ¿Fidel sabría lo del Testamento? Sí, claro, ¿a quién se le ocurriría hacer algo así sin consultárselo? Se dio vuelta, la multitud cubría ahora la calle San Lázaro, más allá de la Escalinata, casi hasta el lugar donde.


chocaron con la policía seis años antes. Entonces eran apenas un centenar, ahora eran un pueblo; y si él no hubiese huido, aguijoneado por el miedo, estaría sentado en la tribuna como el Mai, a quien acababa de ver, hecho un dirigente nacional de los jóvenes; o habría muerto y su retrato estaría junto al de José Antonio, en el Salón de los Mártires. Fidel empezó refiriéndose a ellos, los becarios. «¿Queremos acaso», dijo, «una juventud que simplemente se limite a oír y repetir? ¡No! Queremos una juventud que piense.» Carlos empezó a aplaudir entusiasmado; estaba en la línea correcta, la de pensar y aplicar sus conclusiones hasta las últimas consecuencias. La multitud aplaudía aún cuando él dejó de hacerlo, estupefacto, ¡Fidel estaba leyendo por sobre los aplausos las palabras suprimidas en el Testamento! «Confiamos en que la pureza de nuestras intenciones nos traiga el favor de Dios para lograr el imperio de la justicia en nuestra patria.» Estaba arremetiendo contra los censores, preguntándose si sería posible, compañeros, si seríamos nosotros tan cobardes; si podría llamarse marxismo.


semejante manera de pensar, socialismo semejante fraude, comunismo semejante engaño, y repitiéndose que no, mientras Carlos huía entre las gentes, jadeando como si se asfixiara. A veces la voz le llegaba de lejos, casi inaudible, y otras como si le estuviera preguntando al oído en qué se convertiría la revolución, ¿en una escuela de domesticados? Cuando dijo que eso no era la revolución, Carlos decidió asumir ante las palabras el valor que no tuvo una vez ante las balas, y regresó para oír a pie firme el resto del discurso. Luego le pidió a Osmundo que lo dejara solo y se quedó sentado hasta la madrugada en la enorme escalinata vacía. La Asamblea General para discutir el discurso se hizo la noche siguiente en el anfiteatro de la facultad. Había un aire de fiesta entre estudiantes y profesores, pero él se mantenía callado como un zombie, sin ánimo para responder a la pregunta de Regüeiferos, el Reflexivo que dirigía el debate a nombre de la FEU. —¿Hubo en esta escuela manifestaciones de los errores señalados?


Sintió la responsabilidad de romper desde la presidencia el largo silencio que se hizo en la sala. Pero se sabía incapaz de hilvanar una autocrítica coherente en ese momento; no se entendía a sí mismo, necesitaba tiempo y valor, de modo que siguió callado aun cuando advirtió que Benjamín lo miraba a los ojos antes de decir: —Sí, hubo. Entonces se sintió mejor. Al fin comenzaría la venganza que le daría pie para asumir, públicamente, la responsabilidad de los errores que seguramente había cometido. Pero Benjamín lo confundió al pronunciar un discurso reflexivo, a veces vehemente y otras lento, casi triste, donde describió una situación en la que él, Carlos, quedaba como un sectario trabajador, un autosuficiente esforzado, un compañero básicamente bueno, cuyos enormes errores se debían a un método de dirección personalista y a una ignorancia teórica y política descomunal. —¿Sabía el compañero que el Testamento de José Antonio había sido alterado? —lo interrumpió el Decano.


—No —respondió Benjamín—, no lo sabía. —¿Debe el compañero proseguir al frente de la Asociación? —preguntó Regüeiferos a la asamblea. Carlos miró a la multitud. Durante la intervención de Benjamín se había sentido indistintamente humillado, triste, agradecido o ausente, pero tuvo un salto en el estómago cuando Emilia Suárez, una trigueña delgadita en la que no había reparado nunca, dijo: —Bueno, yo creo que no, porque yo le tengo miedo —hubo una oleada de risas y la muchacha se sentó, casi asustada. Entonces Osmundo pidió la palabra y Carlos lo miró deseando decirle que no lo defendiera, que dejara correr las cosas, ya él pondría orden en su cabeza y hablaría. No pudo hacerlo, Osmundo estaba muy lejos, en el centro de la sala, y desde allí conmovió a la asamblea acusándolo de mentiroso, contando minuciosamente una historia según la cual Carlos había alterado su vida para presentarse como un héroe, inventando enfermedades como la famosa úlcera y ocultando.


informaciones decisivas, porque sí supo, compañeros, que el Testamento había sido alterado, y estuvo de acuerdo con eso. Se produjo una oleada de murmullos que él sintió lejana, como si estuviera en el fondo de un pozo. —¿Tienes algo que decir? —le preguntó el Decano. —Nada —respondió. Se sentía como anestesiado, los movimientos de la gente le parecían lentos, los rostros distantes. Vio a Munse levantarse como en una nube de niebla, como en una nube de niebla lo escuchó gritar que no creía ni jota de lo dicho por el Cochero, porque el Cochero era un oportunista que hasta ayer estuvo de lameculo de Carlos, de lameculo, repitió, y Carlos, dijo, era un sectario y un autosuficiente pero era hombre, y esa hombría la demostró en la guerra, frente a las balas, y además había trabajado como loco para ellos, que ahora tenían comedor, libros y un ceremil de cosas más gracias a un hombre que se desmayó paleando mezcla antes que decirle no al trabajo, y por eso, porque creía que era un tipo equivocado, pero.


entero y capaz de rectificar, proponía que siguiera de Presidente. La asamblea se dividió en aplausos y abucheos. Regüeiferos impuso orden y se volvió hacia Carlos. —Compañero —dijo—, ¿vas a intervenir o votamos? —No —respondió él, con una voz casi inaudible —. No voten, yo renuncio. A duras penas logró evitar un acceso de llanto y escapó del anfiteatro sin pedir permiso, en medio de un silencio absoluto. Caminó sin ver las calles, guiándose por el instinto, hasta llegar a casa del Archimandrita, que lo hizo pasar a la biblioteca y escuchó su torturada historia pidiéndole, por favor, que no olvidara un solo detalle. El abatimiento casi le impidió llegar a la desolada pregunta final. —¿Qué me pasa, doctor? ¿Qué me pasa? El Archimandrita le sirvió un trago de ron, encendió un tabaco y lo miró a los ojos mientras le explicaba con voz grave que estaba enfermo, padecía un mal infantil que entre los adultos solía tener consecuencias desastrosas. Y lo peor era que lo había atacado en su variante china,


desgraciadamente la más virulenta y la que mayor índice de morbilidad estaba causando entre nosotros. Sufría, dijo poniéndole la mano velluda y algo regordeta sobre el hombro, el Síndrome del Izquierdismo, una enfermedad psíquico-política común, pero muy perniciosa; por suerte, en su caso no venía acompañada de ciertas manifestaciones parásitas como el oportunismo, aunque sí de una fortísima incidencia egolática que, por otra parte, no era lo peor. Todo joven soñaba con ser un héroe, luego la vida hacía su trabajo. Hizo una pausa y subrayó su conclusión apuntando a Carlos con el tabaco. —Cuando digo que estás enfermo no uso una metáfora. Estás enfermo y sufres, sufres físicamente. Carlos se secó los ojos con el dorso de la mano. —Doctor, ¿qué hago? —Dale tiempo al tiempo —respondió el Archimandrita chupando lentamente su tabaco—. No hay otro remedio.


brasileño llega desesperado al confesionario, Padre, eu so canalla, he fornicato a meus amigas, a meus primas, a meus irmanas, y el sacerdote, ¡Hijo!, ¿a oscuras?, y el brasileño, Sí, a os curas, a os militares, a os camponeses, y cuando regresaron las mujeres el Archimandrita anunció cambio de onda, uno serio, filosófico, con tres moralejas, y Carlos se preguntó cómo coño podría haber un chiste serio. Eso es una contradicción, dijo, pero el Archimandrita siguió con la descarga del pajarito que estaba a punto de morir de frío cuando una vaca le cagó encima y el calor de la mierda lo reanimó, empezó a sacudirse y un gato, atraído por el movimiento mierdero, procedió a escarbar, descubrió al pajarito, se lo comió y colorían colorao. Carlos y Kindelán se miraron, ¿Cuál era el chiste?, pero ya el Archimandrita sacudía un índice, Primera moraleja: no todo el que te echa mierda encima te quiere joder; todos sonrieron en un compás de espera, reservándose para lo que venía, para lo que se veía venir, para lo que vino cuando el Archimandrita anunció, Segunda moraleja: no todo el que te quita la mierda de.


encima te quiere salvar, y alzó la mano como un policía de tránsito para detener la risa y dar paso a la Tercera moraleja: el que tiene mierda encima no debe moverse mucho, y entonces dejó caer la mano, dando vía libre a la carcajada general mientras Carlos permanecía callado, pensando que el Archimandrita había cuadrado el círculo haciendo un chiste serio con tres pares: Munse lo había criticado para salvarle, el Cochero lo había elogiado para joderlo y él no debía moverse mucho; entonces se dio un trago que resultó ser el bueno, el que lo relajó permitiéndole entrar en el relajo, pensar que aquello había pasado hacía mil años y ver a su mujer y a sus socios sonriendo, vacilando la vida, y empezó a reírse de lo requetecomemierda que había sido, a carcajearse como uno de los locos de Kindelán, mientras los demás lo miraban sin entender ni hostia y el Kinde le preguntaba a Gisela, ¿De qué se ríe tu marido, tú?, y él, De mí, me estoy riendo de mí, y el Kinde, Baja, baja onda, y él, De que una vez yo quise, yo quise, yo quise, y las carcajadas le impedían explicar qué carajo había querido, y Ermelinda,!


Ñó!, ni Don Rafael del Junco, y ahora todos reían menos Gisela, que quería saber quién era el Don Rafael ese, y el Archimandrita, Un personaje de una novela egipcia sobre el derecho de Nasser al Canal de Suez, y Gisela, Ah no, a bonchar a su abuela, y el Kinde, Bueno, ¿qué quisiste tú?, y Carlos, Prohibir las malas palabras, chico, fíjate si estaba loco loco loco pal carajo, y entonces empezó el chou, se hizo un silencio sobre el que entró el primer acorde de la guitarra de Froilán y luego unos arpegios suaves que se quebraron de pronto, abruptamente, cortando en dos el aire, abriéndolo como una cortina de cariño para que entrara sonriendo la Señora, Elena Burke sonriendo a su gente y diciéndoles La noche de anoche, pero a Kindelán le dio por vacilar y dijo, muy bajito, Por delante. ¡Qué noche la de anoche!, cantó Elena, y Kindelán, Por detrás. Gisela se mordió los labios para no interrumpir el contrapunto de ¡Cuántas cosas de momento sucedieron!, Por delante, ¡Que me confundieron!, Por detrás, Estoy aturdida, Por delante, Yo que estaba tan tranquila, Por detrás, Disfrutando de.


esa calma que nos deja un amor que ya pasó, Por delante, y aunque Ermelinda le dio un pellizco, Kindelán no pudo resistir la tentación, y en ¿Qué tú estás haciendo de mí? murmuró Por detrás, ¡Que estoy sintiendo lo que nunca sentí!, Por delante, ¡Es tan profundo mi deseo de ti!, Por detrás, Te lo juro: todo es nuevo para mí, pero entonces, inesperadamente, dijo Mentira, y Carlos tuvo que soltar una carcajada y Elena dijo, ¿Cómo?, y vino hacia la mesa, muy señora y muy dueña de la pista, suavemente vino, como si se desplazara por el aire de la música o por la luz azul que la seguía, y llegó y dijo, A ver, ¡el manquito! Mi negro, ¿tú querías decirle algo al público?, y Kindelán, cenizo bajo la luz azul, doblado de la risa, De la pena, Elena, dijo, y Elena, ¡Ay, pero si es poeta!, ¿qué estamos celebrando por aquí?, y Kindelán señaló a Carlos y a Gisela con su único brazo, siniestro aunque era el derecho, acusador ahora, y dijo La boa, y Elena, ¿Una serpiente?, y el Kinde, Ésa es buena, Elena, y Elena, ¿No ven?, poeta, y el Kinde, No, un matrimonio, un ahorcamiento, vaya, y Elena y la.


luz se dirigieron hacia ellos, que de pronto estaban en el círculo azul tratando de contener la risa, y Elena, Pobrecita, si todavía se ríe, ¿tu nombre, mi amor?, y Gisela dijo Gisela Ja, y repitió Ja Ja Ja como si se estuviera burlando en cámara lenta y provocó una gran carcajada en el cabaré, y Elena, ¿Jajajá?, y Gisela, al fin, Ja Ja Jáuregui, y Elena, ¿Nombre del verdugo?, y él, Carlos, Carlos Pérez, y Elena, ¿Preparado para el asalto, cosalinda? y Carlos, seguro, y Elena, ¿Sí?, Procura que mañana esta niña se levante cantando la noche de anoche, cantó convirtiendo sin transición el diálogo en música, de espaldas a Froilán que entró a tiempo, increíblemente, mágicamente a tiempo, como si todo aquello hubiera sido preparado para probarles que con los grandes no se juega. Y Elena era grande ahora, inmensa, puro bolero al decir Revelación maravillosa, haciendo a Gisela susurrarle a Carlos que había vivido, así nada más, que había vivido, ¿Cómo?, preguntaba él, sabiendo que Elena respondería por ella como una diosa, Esperando por ti, y aceptaría como una diosa los aplausos, y seguiría cantando como una.


diosa, Si pudiera expresarte cómo es de inmenso con una voz alta y limpia y cristalina que pasó de pronto a un tono bajo, gutural casi, cálido, caliente casi, cercano y humano como el de una mujer de carne y hueso que fuera a la vez una inmensa cantante y estuviera mordiendo a su hombre con En el fondo de mi corazón, mi amor por ti, y ese amor fuera de verdad delirante y abrazara su alma y atormentara su corazón y Siempre tú, decía Elena de pronto inventando un ritmo propio, improvisando, sorprendiendo, sobresaltando con su filin los oídos habituados a las lentejuelas y no al bolero entero y verdadero, y dejando un compás de silencio que el Ronco no había previsto en su canción, un compás que Froilán aprovechó para sacarle sabor a la guitarra y Gisela para decirle a Carlos, Siempre tú, haciéndolo sentir pleno y perfecto y dispuesto a beberse aquella voz que de pronto dejó de cantar, ahora hablaba, decía Estás, decía Conmigo, con un dejo tranquilo, coloquial, tenue, desde el que empezó a subir naturalmente, sin esfuerzo, suavemente hasta las mismas puntas de las palmas donde situó su tristeza, su alegría y.


su sufrir y los llevó al lugar secreto, altísimo y azul donde guardaba las llaves del bolero, de su vida y su pasión y su dicha y su delirio y él la quería, y cuando los tuvo soñando en pleno cielo, los bajó de golpe al cabaré murmurando, no cantando sino murmurando También, y sonriendo y llevándose el bolero y los aplausos como si tal cosa. Ermelinda dijo Se acabó el bolero, y el Archimandrita, Cierto gorrión, y empezó a imitar el canto de un pájaro más triste que el carajo, pero Carlos se dio un largo trago, Voy yo, dijo, Con mis boleros, dijo, Bolero del Juez. Nadie lo conocía, y Carlos cantó, muy musical y muy borracho y muy solemne, Usted es la culpable, y ahí se detuvo, acusando a Gisela con el índice. El Archimandrita fue el primero en reírse, se puso rojo pidiendo Otro, otro, y Carlos hizo una venia antes de anunciar el Bolero del Antropófago y cantar Que como un niño. Kindelán roció a su mujer sin poder evitarlo, Se jama un chama, decía, y Carlos Coñó, Elena tenía razón, éste es poeta, y ahora, para ustedes, Bolero de la Loca, dijo y cantó con voz atiplada. No seas tan ingrata, Yaaamaaaméee, y.


por sobre el coro de risas interpretó llorando el Bolero del Suicida, Al abismo, no temo ir en desenfreno, y el Bolero del Impotente, Hoy que ya no separa, y pidió Otro, otro, otro cantante, y el Archimandrita, Yo, Bolero del Sordomudo, y sin mencionar nardos ni azucenas, con una voz de bajo increíblemente desafinada, cantó Silencio para cerrar con brocha de oro la bolerada, dijo, y Kindelán, Voy a Noeslomismiar; ¿A noeslomisqué?, preguntó Gisela, Miar, aclaró el Kinde, y Carlos, ¿Mear, vas a mear?, y el Kinde, No, a noeslomismiar, que no es lo mismo ni se escribe igual, como no es lo mismo un niño jugando con el tubo que jugando con él tuvo un niño, tubérculo que ver tu culo, ni emeteriosecundinozacaríaslaguardia que meterlasacarlasacudirlayguardarla. ¡Mil puntos! gritó el Archimandrita. Déselos a esa ninfa, dijo Kindelán señalando a una corista que rumbeaba sobre la pasarela, casi sobre la mesa, y el Archimandrita miró hacia arriba, Se me paran las barbas, dijo, y puso cara de converso y empezó a pedirle a Dios que le permitiera redimir aquel.


culo sagrado, aquellas nalgas sacramentales, y de pronto no miró más, No me interesan las mujeres, dijo. ¿Cómo?, preguntó Carlos imitando el cómo de Elena, y entonces el Archimandrita concluyó, Soy yo el que les intereso a ellas, y siguió filosofando, Todas las mujeres no son iguales, dijo, Por desgracia, añadió mirando a Rosa y luego a las coristas, Ésas son tan lindas que no me extrañaría que se gustaran unas a otras, dijo, y Rosa, ¿Qué es eso? Sexo, dijo el Archimandrita, o sea, seso, es decir, dijo, El sexo es seso, y sonrió, Templar es tan rico, dijo y dejó la frase en el aire, con suspensivos, y se rió con ganas, como si la risa le estuviera saliendo de la barriga, porque eran carcajadas baritonales y profundas, Que hasta con la mujer de uno es bueno, hasta con esta gorda es bueno, dijo, y Rosa, Ah, yo creía, y el Archimandrita, Esta mujer era tan pero tan gorda que cuando nos casamos en vez de vestirse de largo tuvo que vestirse de ancho, y fue a sacar otro chiste de su chistera, pero Carlos se le interpuso con el del río que era tan, pero tan estrecho que tenía una sola orilla, y quiso imaginar un río tan,


pero tan estrecho que sólo tuviera una orilla y todavía estaba en eso, como diez tragos y una vacilable borrachera después, cuando volvió a abrirse la cortina y el Archimandrita dijo que en el segundo chou Raúl Chou Moreno iba a cantar Chou-güí, Chou-güí, Chou-güí, pero una trompeta se presentó dibujando un círculo celeste, se presentó jugando, cuadrando, redondeando, conversando casi, llorando y sonriendo, vacilando, hasta que un largo relámpago dorado cortó de pronto el círculo de música como si un hachazo inexplicable hubiese cercenado la mismísima fuente de la virgen, y ya todos sabían que el maestro Félix Chapottín acababa de ocupar la pista del Copa, y que el mulato chino que sonreía a su lado, tentaba el micrófono con un dedo y sonreía, era nada menos que el pinareño Miguelito Cuní, y era público y notorio que entre los dos tenían una cuatratrepa con cuatro cuatratrepitos y que quien se atreviera a tocar un cuatratrepo se cuatratreparía todito, porque Chapottín y Cuní comían candela. Ahora era casi obsceno quedarse sin bailar, sin la piel, la sonrisa, los senos por los.


que clamaba, bramaba la trompeta del Chappo como un toro en el silencio de la noche, sin el espacio magnético y sudado y vibrante desde donde descolgar la mano por la cintura sobre la cadera, desde donde dejarla caer, modelar, resbalar como lo hacía el quimbombó con la yuca seca; ahora salieron al centro porque el son llamaba, había comenzado despacio, suave, naturalmente libre como la voz de ácana y de ébano y de palma real de Miguelito, que estaba calentando, cocinando el quimbombó con harina y echándole camaroncitos secos y carne de gallina y gozando el guiso que Kindelán probaba, Que ríiico caballeros, Miguelito sonando, soneando, Kindelán y Ermelinda girando, demostrando, y Carlos y Gisela marcando en un ladrillo, apretando, y el Archimandrita y Rosa boncheando, vacilando, y Miguelito apurando un trago de son y pidiendo Cógelo Arturo, y Arturo entrando, deslizando sus gráciles dedos mulatos sobre el piano, sobre las teclas blancas y negras del piano, salvando ciertos escollos en el viaje, atravesando la presa del Hanabanilla o el puente de.


Cumanayagua hasta entrar en el montuno donde tenía fatalmente, inevitablemente que decir a Catalina que le comprara un guayo; pero Catalina no estaba, no había llegado, no existía quizás, y Arturo se dedicaba a llamarla, a florearla, a inventarla sobre el teclado de tal modo que sus dedos se fundían, se confundían con el negro y el blanco del marfil y del ébano y todo era mulato, mezclado, entreverado, y de pronto entraban el repique de la tumba y la llama de la trompa y el ritmo de las claves y el cha-cha del güiro y el requinto del quinto y la voz de Miguelito y el coro de los bailadores, que ahora eran una tribu mandada por Kindelán, Miguelito llameando, llamando, Kindelán convirtiendo a su tribu en un tren que arrollaba por la pista Con la mano arriba, Con la mano abajo, Con la lengua afuera, como una locomotora insaciable, eufórica, enloquecida, capaz de quitarse y enarbolar sacos y zapatos tras su jefe, que alzaba el muñón clamando, ¡El ñonguito!, para dar paso al coro, ¡El ñonguito!, y Kindelán convertía de pronto el reclamo en ¡Miguelito!, y Miguelito llamaba ¡Catalina! y le.


pedía coño por su madre que le comprara un guayo, que la yuca, ¡ay, Catalina. La tribu recibía eufórica el regalo porque el son estaba inventando a Catalina, de nalgas elásticas y duras como el cuero de la tumbadora, prietas como el cuero de la tumbadora, y de piernas largas y torneadas y ricas como el son, y ahora Miguelito la estaba desvistiendo con la voz, la desvestía hasta llegarle al sexo de caimito y la dejaba marcar después, desnuda entre el quinto y las claves y la tumba, y la tribu dándole cintura, rayando el guayo, mi negra, todas Catalina y todos Miguelito, toda son, y entonces el Chappo entraba con su trompa de oro, certero como el sonero de Hamelín, llamándola, y Catalina obedecía dócilmente, a ritmo, lujuriosamente obedecía, y se iba retirando, apagando, pero fulguraba de pronto para regresar al centro de la noche seguida por el Chappo, Miguelito, Arturo, el quinto, las claves, la tumba, la tribu, el negro, la blanca, el chino y la mulata, todo mezclado, Santa María, San Berenito, San Berenito, Santa María, y el son mandando: Catalina despatarrada en la pista, pidiendo baile,


bonche, bachata, y el Chappo y Miguelito dando cuero y candela y embistiendo al unísono aquel sexo inviolable, embistiendo como una pareja de cebúes cerreros, embistiendo y retirándose jactanciosos, jadeantes, derrotados y vencedores porque Catalina no existía ya, la fiesta estaba terminando y ahora se acabó lo que se daba y se apagarían las luces, como todas las noches. Kindelán quería seguir la rumbantela pero Carlos y Gisela tenían prisa, tenían dentro el vapor de una caldera, y el Archimandrita No jodas, negro, a quién se le ocurre en su noche de bodas, y Gisela, Ésa es bonita, Archimandrita, y el Kinde, No me corras máquina, chica, no me corras máquina, y Carlos prometió el Bolero del Adiós, y unió las manos en un rezo para cantar A Dios le pido, y el Archimandrita, Esa que es fuerte fuerte sepárala, y el Kinde, De mejores lugares me han botado, y pasó el muñón sobre los hombros de Ermelinda y el brazo sobre los del Archimandrita, que hizo lo mismo con él y con Rosa y se fueron cantando Señor sereno, ¿por qué me manda a dormir?, y Carlos, Adiós, adiós, testigos de mi noche, y echó.


a correr junto a Gisela lobby arriba hasta el elevador atestado de cabareteros solidarios y borrachos que les dieron paso, Please, Pachalsta, y ellos, Gracias, Zenqiu, Mercí, y el ascensorista ¿Piso?, y Carlos, Sexo, sexo piso, y el ascensorista marcó el seis y ellos muertos de risa, de ganas de hacer el amor y de orinar, y llegaron al sexto y hubo nuevos Pleases y Pachalstas y Gracias y Zenqius y echaron a correr por el pasillo hasta la puerta seis dos nueve, que suma diecisiete, dijo Carlos, Luna, mi madre astral, dijo al abrir, Buena suerte, dijo cargando a Gisela, entrando y dejándola caer en la cama sobre la que se lanzó después rugiendo, ¡El palo del tigre!, ¡El palo del tigre! Pero Gisela ya no estaba allí, corría hacia el baño y Carlos, ¡Maldición! ¡Me traicionan!, y corría tras ella y se detenía junto a la puerta. ¡Abre, en nombre de la ley!, y Gisela, No, papi, me estoy desvistiendo, y Carlos, ¡Abre o no respondo de mí!, y Gisela No te atrevas, y Carlos entró y se quedó petrificado, alucinado ante los muslos color cobre, y ante el hilo de miel que descendía desde el vellón oscuro y que de pronto.


se cortó, Porque así no puedo, ¿tú ves?, dijo ella, y él, Puedes, puedes, tú verás, y empezó a hacer shshshshshsh y shshshshshsh y shshshshshshsh, y ella, ¡No!, no seas malo, y él shshshshshshsh y shshshshshsh hasta que ella dijo ¡Ay!, y el hilo dorado volvió a bajar desde el vellón y entonces fue él quien no pudo contenerse, y ella, ¿Qué vas a hacer? ¡No! ¡Tas loco!, y él dejándose ir, liberándose al mirar la unión de sus aguas en un líquido hermoso, amarillo brillante que ella también miraba ahora sonriendo, riendo, diciendo ¡Dios mío, me casé con un loco! ¡Dios mío, qué rico!, mientras él volvía a mirar los muslos color canela y el oscuro monte que nacía en la planicie de piel, junto al ombligo, y cedía al deseo de regarlo y ella esparcía suavemente el líquido dorado sobre sus vellos y él terminaba sintiéndose en la luna, y cuando iba a retirarse la sentía atrayéndolo, besándolo justamente allí, y haciéndolo sentir como nunca, mami, como nunca, dijo, y dejó que ella entonara aquel bolero privado sobre su miembro, aquella canción muda que le hizo escuchar las trompetas de la gloria mientras.


ella se untaba el rostro y los pechos, y se paraba de pronto y lo arrastraba hacia la bañadera y abría la llave y él, ¡Que estoy vestido!, y ella, ¡Al agua, patos!, y él, hecho una sopa, Snif, snif, mi único traje, y ella, Jódete, y él, Buu, mis mejores zapatos, y ella, Ahora aguanta, y él, Eso crees, canalla, ¡Ja ja ja! ¡Esto es un trabajo para Supercarlos!, y se quitó las ropas y gritó: Lo he perdido todo, ¡menos mi honor y tu amor!, y cayó de rodillas y la empezó a lamer como un gatico, y ella, El teléfono, y él, ¿Ji?, e jiga, sin dejar de besarla, sin importarle que ella dijera Está sonando, y mucho menos que el teléfono estuviera sonando, porque estaba sonando el muy puñetero como un bicho lejano, insoportable, inexistente una vez que ella le entregó los labios y abrió las piernas en el agua tibia y él la sentó sobre sí y disfrutaron bajo la luz, mirándose y aprendiéndose y recordando las veces que habían sido tan comemierdas como para hacerlo a oscuras, A os militares, a os camponeses, a os trabalhadores, dijo Carlos, y los pechos de Gisela temblaron de la risa y él miró el vientre donde su hijo tendría.


ahora dos meses y los había casado, y dijo Varón, y Gisela, Hembra, y repitió Varón y Gisela Hembra y así siguieron, montados en un cachumbambé de locura. Después ella lo bañó a él y él a ella, y se contaron los lunares y se regalaron las barriguitas, las boquitas y los pipicitos, y él la llevó en brazos hacia el cuarto cantando la Marcha Nupcial, Tan tan tatán, Tan tan tatán, y la tendió en la cama y se acostó a su lado diciéndole Mi crocante de maní y Mi currucucú paloma, y el cabrón teléfono volvió a sonar, ¿Jalouuu?, respondió él, dispuesto a vacilar, Enteramente dedicado a labores propias de mi sexo, dijo, Sí, cómo no, dijo, Enseguida bajo, y colgó. Era el Fantasma, dándoselas de chistoso, le explicó a Gisela, dice que me presente de completo uniforme, que los yankis decretaron un bloqueo y nos amenazan con la atómica, y ella, Qué lindo, a estas horas con ese recado, y Tápate los ojos, papi. Él los cerró, escuchó un frufrú de telas, una música suave en la radio y el ¡Ya! de Gisela que se había puesto una deshabillé blanca y bailaba una danza indefinible, entre clásica y moderna y.


ridícula, y entonces el cabrón teléfono volvió a sonar. Sí, dijo él imitando la voz de Gisela, ¿Cómo? No, si ya Carlitos se fue hace rato y me dejó sola de solemnidad, dijo, y colgó y llamó a la pizarra, Señorita, le habla Tomasín Galindo, no me pase más llamadas, estoy en un asunto de vida o muerte, dijo, y volvió a colgar. ¡Ahora para siempre, amada mía!, declamó avanzando hacia Gisela, abrazándola y dirigiéndose al balcón, y ella ¡No, que estás en cueros!, y él, Pero con las manos en los bolsillos, y el aire era frío y se besaron y empezaron a escuchar y a mirar el mar que de pronto resultó iluminado por la luz clarísima y azul de dos inmensos reflectores: las olas rompiendo blancas contra el muro, inaudible ahora, el traqueteo poderoso de una columna militar avanzando por el malecón y cubriendo la noche. Papi, pasa algo, dijo ella, y él, congelado, Sí, y entraron y la radio estaba trasmitiendo un comunicado que escucharon sin respirar. ¡Coñosumadre!, dijo él, Dame la ropa rápido, pero Gisela no se movió, estaba derrumbada sobre la cama, sollozando. ¡Dale!, dijo él, poniéndose un.


calzoncillo, y ella convirtió los sollozos en un llanto largo y desatado y él le acarició el pelo, ¿Qué te pasa, mami?, y ella, sin volverse ni dejar de llorar, Que estos hijoeputas, coño, no la dejan ni casarse a una. ¡Ni templar en paz la dejan a una, yankis de mierda, coño!, y él la volteó y le dio un beso en la frente y le dijo Bueno, pero apúrate, y ella, Sí, y le alcanzó la ropa y se vistió y empezó a recoger, diligente y rabiosa, y cuando las maletas estuvieron hechas, él fue hasta el radio que trasmitía otra vez el comunicado La nación en pie de guerra y lo apagó, mientras Gisela, ya en la puerta, paseaba la vista por la habitación y preguntaba, ¿No se queda nada?


17 Desde el principio supo que el yipi se estaba despeñando y acertó a gritar «¡Frene, teniente, frene!», sintiendo que era inútil, que seguirían ladera abajo y debía aferrarse a los hierros tratando de aminorar los golpes y prever si aquel cacharro se volcaría reventándoles la cabeza contra una roca, si se estrellaría contra los eucaliptos que pasaban vertiginosamente por su lado y se incendiaría haciendo verdad el Bolero de la Bomba, o si sucedería lo imposible y caerían en el fango del río que sonaba lejano en la noche y que amortiguaría el trastazo y el miedo y suavizaría el rostro demudado del teniente, que ahora había abierto la puerta y le gritaba «¡Tírese, miliciano, tiresé!», mientras él se aferraba a los hierros entre el violento desplazarse de los árboles, las piedras, la tierra y la noche y escuchaba el grito desesperado del teniente y lo veía saltando, sumiéndose en lo oscuro, y se sentía.


solo, indefenso, deseoso de que aquel suplicio terminara de cualquiera de las mil maneras posibles y terribles, terminara de una cabrona vez con el choque contra la noche que se le vino encima cuando el yipi saltó en una hondonada y rodó en el aire y golpeó contra una piedra, ladeándose y lanzándolo bocarriba sobre la tierra, bajo el cielo negrísimo y estrellado donde por un momento se sintió estúpidamente feliz. Intentó moverse y un dolor feroz lo detuvo, lo obligó a palparse, y entonces tocó su sangre, cálida y viscosa, tuvo una sudoración fría e intensa, trató de incorporarse y el dolor lo mantuvo uncido a la tierra, gritando «¡Aquí, teniente, aquí!», escuchando cómo las voces terribles del eco le devolvían su miedo en medio de la noche, que de pronto recordó poblada de ánimas en pena, jinetes sin cabeza, güijes, sombras de ahorcados meciéndose en las ramas de las seibas, fuegos perpetuos, daño a lo largo de aquella vereda desconocida que lo condujo al socavón oscuro donde los muertos reproducían sus voces por barrancos y torrenteras obligándolo a gritar, a.


llorar y a gritar en una lucha inútil por sobreimponerse a los alaridos nocturnos de la muerte que lo estaba buscando con sus fuegos, cercándolo, llamándolo, dejándolo sordo al borde del vacío irremediable en que lo sumiría si no lograba gritar como ahora, cuando el dolor altísimo lo detuvo, lo hizo pensar que la puta lo había atrapado sobre aquel yerbazal remoto donde cualquier esfuerzo sería inútil, donde era incluso agradable yacer si uno permanecía tranquilo, callado, esperándola. Lentamente el dolor y la confusión fueron cediendo. Las ruedas dejaron de girar, el yipi quedó ladeado, con los faros encendidos, iluminando una palma y una seiba en cuyo tronco descomunal alentaría quizá el alma de Chava. Carlos se palpó la cabeza, sólo sintió dolor bajo la presión de los dedos. No iba a morir, no necesitaba siquiera gritar, el teniente estaría buscándolo y lo encontraría, guiándose por los faros. Después reirían juntos y él inventaría el Bolero del Accidente como había inventado el de la Bomba, para matar el tiempo, así era la vida de.


cabrona. Aquella mañana, aburrido de buscar en el cielo el avión de la atómica que los mandaría a todos al carajo, había empezado a cantar boleros. Tuvo un éxito espectacular, todas las dotaciones se agruparon alrededor de su cañón riéndose como locos y llegaron al despelote cuando él anunció: Bolero del Sordomudo, y cantó ¡Silencio!, pero en eso el teniente llegó corriendo a la batería y ordenó ¡Silencio!, y aquello fue el acabose. Los milicianos no podían evitar las carcajadas. El teniente se irritó de mala manera e iba a sancionar a media humanidad cuando Carlos se hizo responsable, «Estaba cantando boleros cómicos», dijo. El teniente siguió con cara de berrinche y Carlos tuvo una iluminación, «Por ejemplo», dijo, «Bolero de la Bomba Atómica», y cantó, Sólo cenizas hallarás. El teniente tardó un segundo en entender, de pronto estalló en una carcajada y después dijo, «La bomba, cenizas, muy bueno, muy bueno», y salió corriendo para cantárselo al capitán. Esa noche les comunicó que las tropas coheteriles habían derribado un avión yanki, un modernísimo U-2, y que la guerra nuclear podía.


desatarse en cualquier momento: necesitaba un voluntario para que lo acompañara en una misión urgente. Toda la batería se ofreció, pero el teniente seleccionó a Carlos para que le cantara boleros y no dormirse en el camino. Se divirtieron muchísimo en el terraplén lleno de pendientes y curvas endiabladas por las que el yipi corría como un cohete. El teniente dijo estar hecho talco, muerto de sueño y de cansancio, pero no podía parar ni aflojar, miliciano, porque el mensaje era urgentísimo. Carlos se sentía bien, heroico en aquella misión especial, aunque tenía la certeza de que al teniente le gustaba el peligro, le gustaba cuquear, jugar con el peligro mientras guiaba el yipi como un caballo pidiéndole más en las cuestas, gritándole en las curvas, felicitándolo en los descensos vertiginosos, «Tú eres bacán, coño, eres un yipicito bacán, corre, carajo, que los yankis nos quieren joder», y estallando de alegría en las rectas al lanzar el yipi contra el impenetrable muro de la noche, contagiando a Carlos que se sentía ganado por el vértigo, «¡Así, teniente, así!», mientras pensaba en sus.


compañeros muertos de envidia junto a los cañones y soñaba que el yipi competía con el avión de la bomba y veía de pronto la curva cerradísima y gritaba «¡Frene, teniente, frene!» sintiendo que era inútil, tan inútil como intentar moverse ahora. Debía tener paciencia, esperar a que el teniente llegara para cantarle el Bolero del Accidente, Fue la noche de mi muerte, murieron mis esperanzas, y aunque hubiese deseado caminar sabía que no iba a lograrlo. Pero el teniente se demoraba demasiado, había tenido tiempo para llegar diez veces desde el sitio donde se había tirado hasta aquel en que Carlos yacía, rechazando la peregrina idea de que el oficial se hubiera destrozado contra una roca y de que él también estuviera condenado a morir. La verdad tenía que ser distinta: el teniente habría subido hasta la carretera para buscar ayuda y no tardaría en bajar con otros compañeros para salvarlo. Debía controlarse, resistir el dolor que había vuelto en unos latigazos rítmicos sobre el rostro. Comenzó a palparse y lo descubrió hinchado, tal vez deforme, ennegrecido.


por las contusiones y la sangre. Se removió los dientes, sintió que cedían, escupió, contó tres sobre el cuenco de la mano y volvió a gritar. No llamaba a nadie, gritaba de horror mirando los dientes y escupiendo sangre, intentando incorporarse, sufriendo el dolor atroz que lo dejó tendido sobre la yerba. Iba a morir; iba a morir perdido, desangrado, solo; iba a morir, mi madre, Dios mío; iba a morir, Gisela, sin haber visto siquiera nacer a su hijo, pensando por no haber caído en Girón de cara al enemigo, pensando que aquella muerte oscura y sin gloria era la justa para un tipo como él, que llevaba meses apartado de todo con el pretexto de su convalecencia por el Síndrome del Izquierdismo, y que sólo ahora, en manos del ratón y la puta, era capaz de reconocer hasta dónde se llenó de resentimiento y amargura al perder la presidencia de la Escuela, de recordar qué trabajo le costó vivir siendo un don nadie, cómo corrió hacia el Malecón la noche que Munse rompió el libro para el control de las palabrotas, y le gritó al mar todas las obscenidades que tenía acumuladas en el alma. Había sido un coyundero,


un ignorante e incluso un miserable, sí, un miserable, no había otra palabra para calificar su apoyo a lo del Testamento ni el silencio culpable que guardó ante la mentira de su leyenda. Ahora se reprochaba no haber encontrado valor para reconocer públicamente esos errores y le pedía a la vida otra oportunidad, un nuevo chance, un chancecito para hacer siquiera algunas de los millones de cosas que habían quedado debiendo: demostrar, por ejemplo, que ya tenía el valor de disciplinarse y participar como soldado donde había sido capitán. Munse lo había acusado de no tenerlo, le había dicho liberal, orgulloso y autosuficiente porque desbarraba contra el oportunismo en los pasillos y se negaba a colaborar con los nuevos dirigentes de la Asociación, y Carlos le había replicado con el cuento del alacrán que clavó su ponzoña sobre el lomo de la rana mientras ésta lo ayudaba a cruzar un río. Pero ahora, con el rostro húmedo de lágrimas y sangre bajo la noche última, reconocía que su perversa respuesta daba a Munse toda la razón: no sólo había sido sectario, coyundero,


miserable, resentido e ignorante, sino también orgulloso, autosuficiente, vanidoso y liberal, y prometía desde lo hondo del corazón no seguir siéndolo, laborar oscuramente, humildemente, con el valor y la entrega del más esforzado comunista si la vida le daba una oportunidad. De pronto oyó un ruido, un ruidito, algo que podía provenir de la lejana presencia del teniente o de un campesino buscándolo. Sintió una alegría primaria, tuvo la certeza de que alguien llegaría para devolverlo a la vida, y gritó y gritó hasta enronquecer, con el temor de haber escuchado en realidad los pasos escurridizos de la muerte. Entonces lo asaltó la idea de que el abuelo Álvaro podría estar viéndolo llorar como un pendejo, y se tragó los gritos, las lágrimas, la sangre, como lo hacían, sin duda, los mambises moribundos en el fondo de la manigua. Así quería morir. Sus errores políticos habían tenido al menos una causa digna: el odio al oportunismo, y se sintió mejor al repetir frente a la muerte que seguiría odiándolo y moriría odiándolo y no transigiría ante la actitud rastrera de tipos como Osmundo el Cochero, corchos.


habituados a flotar en cualquier corriente, camaleones capaces de cambiar de criterio como de camisa, pescadores en los ríos revueltos de la política, pendejos. Se desesperó al comprender ahora con una claridad quemante, que su hábito de atacarlos en los pasillos y de no asistir a asambleas ni a reuniones les había abierto el camino. Debía haber colaborado con la Asociación para denunciarlos adentro, organizadamente, sistemáticamente, como hacía Munse, hasta desenmascararlos y tronarlos; pero se había jurado no participar en nada mientras Osmundo siguiera siendo Secretario de aquella mierda, asimismo se lo dijo a Gisela, de aquella mierda, una tarde que estaba al borde de reventar y ella lo calmó con un masaje en los hombros y se sentó en la cama de la posada, temblando como una niña, y le confesó que se había equivocado en la cuenta, que estaba en estado y que quería tenerlo, y se quedó mirándolo con una ansiedad dolorosa, leyéndole en los ojos la sorpresa, el temor y la duda, oyéndolo decir, «Mi amor, pero eso hay que pensarlo», y echándose a llorar,


ovillada sobre sí misma, mientras él pensaba que aquello era una locura y se le pasaría, que no quería casarse tan joven, que no tenían dónde vivir ni cómo mantenerlo, y le pasaba la mano por el pelo diciéndole, «Ya, niña, ya». Entonces Gisela sacó la cabeza de entre las piernas, como si estuviera naciendo de sí misma, y le dijo: «Lo voy a tener, quieras tú o no quieras», y continuó llorando mientras se acariciaba el vientre que él identificaba ahora con el sitio del amor y la vida, aquel donde había prendido al fin su semilla, su credencial de hombre. Pero entonces quiso razonar que no era el momento y encontró en Gisela un muro de obstinación; había dejado de llorar y le decía que no iba a pedirle nada, que lo gestaría y lo pariría sola, lo amamantaría y lo educaría sola, y que él podía seguir su camino. Carlos ensayó ser duro, le dijo «Bueno» y la vio desplomarse sobre él, quedar gimiendo en su pecho como una gata que de pronto lo besó con furia, excitándolo, ahorcajándose sobre su sexo, mirándolo con un brillo de locura y diciéndole, «No me vas a ver más». Ofendido por la confianza demencial de la.


amenaza él gritó, «¡Cállate!». Ella se acarició lentamente el cuerpo con las manos abiertas, desde las rodillas hasta los pechos, y se pellizcó suavemente los pezones mientras decía, «Mírame bien, no me vas a ver más». La abofeteó cegado por el odio y el amor, por el deseo, pero apenas tuvo tiempo de arrepentirse. El rostro enrojecido de Gisela se hundió en su cuello haciéndole sentir el doloroso placer de una mordida que él devolvió en el hombro, y siguieron mordiéndose, besándose, entregándose las sangres, haciéndolas una como los cuerpos que terminaron exhaustos. Entonces Carlos se dio vuelta y se durmió, y ahora pensaba que su desesperación, su locura al despertar solo en la oscuridad de la posada habían sido casi tan grandes como la que sentía frente a la muerte en la oscuridad de la noche; pero en aquel momento pudo correr a casa de Gisela y valerse de sus suegros para que intentaran sacarla del cuarto, de donde se negaba a salir a menos que él le mandara una respuesta que no podía dar sin afectar su condición de hombre. Y entonces fue el desastre: el suegro se dio cuenta de que Gisela estaba en.


estado y botó a Carlos de la casa, acusándolo de abusador y sinvergüenza, la suegra intentó explicar que esas cosas pasaban entre los jóvenes y el suegro armó un escándalo descomunal; y en ese preciso momento Gisela decidió salir del cuarto, dijo que se iba, que no la dejaban vivir, y su padre le fue arriba. Carlos se interpuso entre él y Gisela, la suegra entre su marido y Carlos, y todos gritaban a la vez mientras los muchachos lloraban, los vecinos acudían, el barrio entero se enteraba de que Gisela se casaría el mes que viene, alguien traía una botella y Carlos soportaba el brindis como el peor momento de su vida. Y ahora, inmóvil, desamparado, bendecía la locura por la cual su hijo alentaba en el vientre de Gisela, desde entonces la mujer más feliz del planeta, que al fin destruyó sus aprensiones a base de alegría, estuvo de acuerdo con que él siguiese viviendo en la Beca y sólo lo contradijo en un punto: tendrían una hembrita. Carlos no podía evitar una mueca cuando ella agregaba que, además, sería puta como las gallinas, pero Gisela lo calmaba invitándolo a practicar los deportes.


nacionales: el jaibol, la nadación, el vaciloncesto y el joder sobre el césped, y ahora él, jodido sobre el césped, se entregaba al recuerdo de las veces que habían hecho el amor en el Bosque de La Habana, y le pedía a la suerte que su hijo fuera macho, varón, masculino, y escuchaba la suave voz de su madre diciéndole: «Las hembras quieren más a los padres», y la veía, contenta por primera vez desde que Jorge volvió al exilio, cosiendo la canastilla de la nieta que iba a criar, decía, «Porque hace falta un niño en esta casa». Hubo sólo un momento de tensión, y fue cuando Gisela precisó: «Una mulatica.» Su madre siguió cosiendo, suspiró y dijo: «Una mulatica», él tomó conciencia por primera vez de que su hijo no sería blanco, y deseó que por lo menos fuera adelantado, pareciera blanco, y sufrió el temor de que saliera al bisabuelo de Gisela, negro prieto según los recuerdos de la familia, para avergonzarse ahora ante la memoria vigilante de Chava, encarnada quizá en la seiba iluminada por los faros del yipi, y tener una miseria más de qué arrepentirse ante la muerte. Sólo podía decir a su.


favor que a pesar de todo había aceptado tenerlo, mezclar la sangre que ahora se escapaba lentamente de sus venas en el río de todas las sangres que le iban dando a los habitantes de la Isla el color único y diverso, hermoso y resistente de la buena madera. Y lo había hecho con la alegría, el amor y la esperanza que llenaron aquellos días felices en que la familia de Gisela, y sus amigos, guiados por Kindelán y el Archimandrita, consiguieron prodigiosas cantidades de comida y cerveza y organizaron la primera fiesta que se daba en su casa desde los tiempos remotos en que los negros subían por la ladera de la furnia a beber y empeñar sus prendas. De eso podía estar orgulloso, en su boda se habían mezclado blancos y negras y chinas y mulatos en una recholata gigantesca mientras ellos escapaban hacia el hotel con sus testigos, Kindelán y el Archimandrita, que estaba borracho y decía que su regalo, una semana en el Riviera, incluía noche en el cabaré para los cónyuges con sus testículos, aquella noche memorable en que él y Gisela hicieron otomías que ahora recordaba perplejo,


preguntándose si el desafuero no había sido excesivo, si debía arrepentirse de haberla orinado y visto orinar, mientras la imagen de Gisela desnuda, plácidamente sentada sobre la taza, enloquecidamente feliz al recibir el cálido duchazo de su orina, se iba imponiendo como la imagen de la belleza misma de la vida, reducía la pregunta a su simple condición de estupidez y lo obligaba a reconocer que si de algo debía arrepentirse era de haber sido tan comemierda, tan moralista, de haber dividido los amores en puros e impuros dejando tanto placer, tanto locura, tanta vida encerrada en el oscuro compartimiento de lo prohibido sólo para añorarla ahora, cuando ya no era posible vivirla y rabiaba contra la amenaza de ataque nuclear que lo había interrumpido justamente cuando empezaba su delirio. También podía estar orgulloso de su respuesta, de su desesperada carrera hacia la Beca, de su alegría al ver la hilera de camiones y los milicianos conversando en las aceras, y saber que los había alcanzado, coño, los había alcanzado y tendría tiempo para cambiarse de ropas y bromear.


un rato antes de partir, con rumbo desconocido, mientras perdía de vista la inmensa valla con la imagen de Fidel perfilándose contra la montaña, fusil al hombro y mochila a la espalda: «¡Comandante en Jefe: Ordene!» Iban cantando, Soy comunista, toda la vida / o bela chao, bela chao, bela chao, chao chao. cuando se dio cuenta de que no podría cumplir el juramento porque la Unión de Jóvenes Comunistas, recién constituida en la Escuela, había considerado inconveniente analizar la posibilidad de otorgarle la militancia. «Tú eres un comunista sin carné», le había dicho el Archimandrita por aquellos días, y él se aferró ahora a la frase convenciéndose de que era cierta y preguntándose cómo moriría un comunista. «Luchando», se dijo, «¿pero contra qué?» De repente la idea de morir volvió a horrorizarlo y empezó a palparse febrilmente el pecho; no tenía allí ninguna herida, los dolores provenían de la cara y las piernas. ¿Y si se hiciera un torniquete para contener la sangre?, ¿si ganara tiempo?; quizá alguien pasaría por aquel sitio al amanecer y entonces, si lograba resistir, estaría.


salvado. Comenzó a arrastrarse de espaldas, apoyado en los codos, soportando un dolor intensísimo, hasta alcanzar la seiba; allí acumuló faenas para sentarse y se recostó gimiendo contra el árbol sagrado al que no se le podían dar doce vueltas a las doce de la noche, donde no se orinaba. Sintió el cálido aliento de la madera en la espalda como si fuera el latido de la sangre de Chava; se quitó la camisa, intentó romperla en tiras, no pudo y la torció para hacerse un torniquete en el muslo. El esfuerzo lo obligó a cerrar los ojos, mareado, aterido y sudoroso; después miró al cielo para pedirle ayuda al abuelo Álvaro y se sintió pequeño y perdido ante la oscuridad. ¿Existiría Dios?, ¿los muertos vigilarían realmente?, ¿tendría la vida algún sentido si uno se moría y ya? Descartó las respuestas que daban sus libros, ahora no le servían para nada; pero se sintió doblemente perdido, flanqueado por el miedo de abandonar la terrible certeza del ateísmo y por la repugnancia de encomendarse a un dios improbable, en una especie de oportunismo último. Entonces vio las.


luces rojas de un avión brillando en el cielo negrísimo y tuvo el pálpito de estar ante el destinado a lanzar la Bomba, el arma definitiva que habría de incinerar la Isla, el Mundo y los recuerdos convirtiéndolo todo en una nada oscura y sin sentido. Se sintió iluminado por la inminencia del final: los muertos existían, y también Dios, pero sólo en la memoria, en los deseos en la imaginación o en el horror de los vivos; el abuelo Álvaro estaba en su alma como el deber o el daño, como los héroes, los mártires, los grandes traidores y los dioses en el alma de todos. Siguió mirando el avión mientras se preguntaba cómo sería el último instante e imaginaba una luz inmensa en la que palparían como ciegos antes de que desapareciera la tierra y, con ella, el cielo y el infierno; Sólo cenizas hallarás, pensó, dándose cuenta que no quedaría nadie para hallar nada, y que la segunda estrofa, de todo lo que fue, era el definitivo, implacable final de su último bolero. Pero entonces el avión se perdió tras los penachos de las palmas, volvió el silencio y él se concentró en el horror de su pequeña muerte. La reflexión.


sobre el holocausto le había revelado de un modo brutal que su deseo de ser un héroe no sólo estaba hecho de desinterés y entrega, sino también de ansias de poder y de gloria, y aun de la oscura e instintiva necesidad de dejar una huella en la memoria de los otros. Nunca se lo había confesado, tal vez nunca lo había entendido con tanta claridad como ahora, desesperado, desnudo ante la nada, cuando la conciencia del fracaso hacía ridícula su pretensión. Allí estaba muriendo nadie: Gisela lo recordaría durante un año, su hijo no llegaría siquiera a conocerlo, su madre se iría pronto y el abuelo Álvaro y Chava desaparecerían con él cuando no tuvieran ya quien los evocara. Sintió una rabia amarga contra el destino que le había impedido morir en Girón, darle a un hospital o a una escuela aquel nombre oscuro que comenzó a tallar con la mirilla de su pistola sobre la raíz de la seiba. Había escrito Ca, cuando un respeto atávico lo detuvo: no debía seguir hiriendo a Chava. Acarició la sílaba que podía continuarse como carlos carajo camarada caíste, esbozó una sonrisa dulce, vio cómo las luces del yipi se.


apagaban y pensó que era cierto, que toda la gloria del mundo cabía en un grano de maíz.


18 Cuando llevaba tres horas mirando vidrieras y pensando en dólares, los dolores de pies y de cabeza se le hicieron insoportables. Estaba cansado, aterido y hambriento, pero no podía invertir tiempo y dinero en sus propias necesidades. Partiría al amanecer, no iba a regresar a la Isla sin regalos. ¿Cómo se diría boticas? Drug store era botica, pero en singular, de farmacia. Aquel vestido estaba bonito para Gisela. ¿Costaba? Veinticuatro, paloma. Imposible, tenía solo veinte y quería llevarle algo a su madre, a su hija, a su mujer y a sus suegros. —May I help you, sir? Dio un salto. La jerigonza había sido rápida e inesperada y no entendió ni jota. El empleado lo miraba como a un bicho raro. —Nouu —atinó a decir, y se alejó rápidamente, sin mirar atrás. Así no podía seguir. Tenía que dominarse,


atreverse a comprar. Una ráfaga helada le hizo arder la cara y el cuello. Hundió la barbilla y se detuvo frente a otra tienda. «Tom is a boy», murmuró, «and Mary is a girl». Su imagen se reflejaba en el cristal, junto a los elegantes maniquís, como en una extraña pecera. «Tom is in the classroom and Mary is in the classroom too», le dijo a su reflejo, y se echó a reír. Era como si Tom y Mary, los viejos muñequitos del libro de inglés, hubiesen crecido con él y ya no estuviesen in the classroom sino in the, ¿cómo coño se diría vidriera, escaparate? «Tom and Mary are in the», dijo y se quedó en blanco. El abrigo que le habían prestado para el viaje era francamente horrible. Parecía un cura hablando solo. Podían tomarlo por un loco. Volvió a apurar el paso. Las manos le dolían del frío. Al meterlas en los bolsillos palpó la plantilla de Mercedita. ¿Cómo se diría? ¿Zapatoes, como patatoes? ¿Zapetious? Se detuvo ante la otra vidriera llena de Toms y Marys sonrientes que se miraban entre sí, como si se estuvieran vacilando mutuamente los trajes. Quedaban cuarenta minutos.


para que cerraran las tiendas. Tenía que entrar, Dios mío, tenía que entrar. Se llenó los pulmones de aire frío, atisbó el interior iluminado, murmuró «Ahora, coño», y siguió como un tiro hasta la otra cuadra maldiciendo su cobardía. De pronto se echó a reír. Allí estaba, escrito frente a él, sobre un par de zapatos puntiagudos que se parecían muchísimo a los que había usado su padre los domingos: Shoes. ¿Choes? No, en inglés oe sonaba ou. ¿Ou o uve? ¿Uve o doble uve? No importaba. En última instancia podría salir, señalar con el dedo y pujar como los cromañones: «U, u.» Al entrar se sintió confundido. Desde el exterior la tienda parecía pequeña, pero era enorme, con muchas secciones, y estaba brillantemente iluminada en comparación con el cielo gris y encapotado. —What can I do for you, sir? Era una dependienta alta, delgada, rubia y pecosa. Hablaba mostrando los dientes, blancos y parejos como en un anuncio. Tenía los ojos de un azul limpísimo. Verdaderamente, una beautiful señorita. Carlos no entendió su pregunta, pero le.


devolvió la sonrisa y —I one show —dijo. —I beg your pardon? La rubia estaba perpleja. Él sintió que algo no había funcionado bien. Quizá sus dientes postizos no se llevaban con el inglés, de modo que decidió esmerarse en la pronunciación. —I want show —dijo. La rubia pestañeó como Betty Boop. —Sorry, sir. I can’t understand you. —¿Qué, qué. —preguntó él automáticamente, y añadió—: What? La rubia repitió su frase muy lentamente. Carlos tradujo: «Lo siento, yo no puedo entenderte», y se sintió estúpido al pensar que parecía la letra de un bolero. Entonces decidió eliminar todas las palabras innecesarias. —Show! —gritó. La rubia lo miró aterrada. —Excuse me, sir —dijo sin sonreír, y dio dos pasos atrás, cubriéndose el collar con la mano derecha. Carlos decidió apelar al método de los.


cromañones y se acercó a la rubia para conducirla hasta la vidriera. —Don't touch me! —gritó ella, retrocediendo. Estaba al borde de un ataque de histeria. —What’s going on? —preguntó un empleado que se acercó a socorrerla. —This man is insane —dijo la rubia echándose a llorar. —Get out! —gritó el empleado. —I want show —explicó Carlos tocándose un zapato. Entonces pensó en el plural y rectificó—. Shows. —Oh, shoes! —dijo el empleado echándose a reír—. You want shoes, don't you? —Yes —ratificó él con una mezcla de alegría, asombro, rabia y vergüenza—. Chus. Algunos clientes habían formado un grupo en torno a ellos. El empleado los miró sonriendo, acarició la cabeza de la rubia y le dijo: —He wants shoes, that’s all. —This man is insane —repitió ella mirando al suelo. —Oh no, dear —razonó el empleado—. He is.


just a foreigner. —An insane, dirty, Latin foreigner —dijo decidida la rubia—. Tell him to leave me alone, will you? —Okey, sweetheart —dijo el empleado, dándole una palmadita en la mejilla. Y dirigiéndose a Carlos—: Follow me, please. El grupo de curiosos se disolvió en silencio. Carlos pensó que en Cuba todos hubiesen dicho algo. Pero allí ni siquiera él se atrevió a hablar, porque el diálogo fue demasiado rápido y no entendió nada. Sólo que había dicho chou en vez de chus y la rubia comemierda se puso histérica. La intuición lo hizo seguir al empleado. Necesitaba sus chus. Le dolía horriblemente la cabeza. El hombre se detuvo en la sección de caballeros con un giro teatral y elegante. —You can choose here —dijo. ¿Por fin era chus o chuuus? Daba igual, no tenía nada que hacer en aquella sección. —Nouu. Soun para my girl baby —explicó, meciendo los brazos como cuando acunaba a Mercedita.


—Oh, I see. Follow me, please —volvió a decir el hombre, y él volvió a seguirlo y lo vio repetir el giro teatral y elegante en la sección de canastillas y —Nouu —le dijo. El dependiente respiró como si estuviera muy cansado. —Let’s see —dijo—. How old is your daughter? —What? —How. okey. old. okey. is your daughter? —repitió el hombre con una ansiedad apenas contenida. Carlos le pidió que esperara, alzando la mano izquierda, y se llevó la derecha a la frente. How era cuánto, okey era okey, old era viejo. ¿Cuánto viejo? Eso estaba okey. Y daughter. daughter?, ¿daughter no era hija? ¡Claro! Le habían preguntado cuánto viejo es su hija. —He is grandeicita —dijo. —He? —preguntó confundido el empleado. —Yes —respondió Carlos—. Is. okey. grandeicita. okey? El empleado dejó caer la cabeza. Carlos se tocó.


el muslo indicando la altura aproximada de Mercedita y vio que el hombre se quedaba mirando la suela de su zapato ortopédico. Entonces tuvo una iluminación. —Tri year —dijo mostrando tres dedos—. Tri. El empleado le condujo en silencio a la sección de calzado infantil y puso unas boticas sobre el mostrador. Carlos sacó la plantilla e intentó introducirla en el zapato. —Oh, my God! —murmuró el empleado. ¿God? ¿No era gud? La plantilla se dobló dentro de la botica. ¿Por qué a Gisela se le habría ocurrido recortarla en papel, Dios mío, y no en cartón? Tragó en seco e introdujo dos dedos en la botica, intentando extender la plantilla y precisar si aquél era el número adecuado. —Okey? —preguntó el dependiente. No respondió. Tenía los dedos sudados y le resultaba muy difícil determinar al tacto si la plantilla llegaba al extremo del zapato, si se quedaba corta o si estaba todavía doblada. Sentía un calor insoportable, pero no se atrevía a interrumpir la operación para quitarse el abrigo.


—Is that it? —insistió el dependiente. Cerró los ojos. ¿Estaría sintiendo en el mismo punto las puntas de sus dedos, de la plantilla y del zapato? No, parecía que no. Debía protegerse comprando un número mayor. —Nouu god —dijo. —Bullshit! —masculló el dependiente. —Big —pidió Carlos. El dependiente tiró un par de botines sobre el mostrador y mordió sus palabras. —Now, listen. We are about to close. Those ones or none, okey? Carlos no entendió, pero se sentía sin fuerzas para volver a probar. Se guardó la plantilla, le pidió a Dios que aquellos malditos botines le sirvieran a Mercedita y respondió: —God. —Bless you, bastard —murmuró el dependiente con una sonrisa, antes de conducirlo a la caja. —Eight dollars, sir —le informó la cajera. La miró confundido. Las boticas no tenían marcado en la suela un ocho, muerto, sino siete trenticinco, culo de araña. ¿Por qué aquella mujer.


le pedía eit? ¿Lo quería joder a él, un jodedor? —Nouu —dijo, señalando el precio en el marchamo. —Plus tax, sir. Eight dollars —insistió tajante la cajera. Se sentía sin fuerzas para discutir. Extendió sus veinte dólares y recibió el vuelto pensando que le habían hecho un número ocho. Se dirigió a la salida, exhausto. Allí se dio cuenta que el dependiente lo había acompañado. —Zenquiu —le dijo. —Good-bye, sir. —le respondió el hombre volviendo a sonreír—, and never again. Devolvió la sonrisa. A pesar de los pesares, el tipo lo había atendido con paciencia. Tenía las boticas. Pero también un cansancio, unos deseos de orinar, una sed y una desazón descomunales. Miró hacia la tienda, vio a la rubia y se sintió humillado. No compraría más. Había nacido desnudo. Al carajo las cosas. Después de todo la mayoría eran de plástico. La calle le resultó extrañísima, ahora que había dejado de mirar vidrieras. Era absurdo que a las.


cinco de la tarde fuera casi de noche. Se sintió deprimido por la falta de luz y de mar y por el cielo plomizo y por el cortante frío de otoño. ¿Qué hacía en Canadá? Si sus enemigos tenían razón había caído allí por pura soberbia. Tan sencillo como eso. Pero, ¿tenían razón? ¿Fue acaso por soberbia que abandonó los estudios para ir a dar de carambola, al cabo de tantas vueltas, a esa situación estúpida? ¿Qué culpa tuvo él de que la Escuela se negara a examinarlo en el hospital y lo hiciera perder un año? ¿Qué culpa de que la Juventud, por segunda vez, no quisiera procesarlo, aduciendo errores que para él ya estaban superados? ¿Qué culpa de que ante aquella obstinación empezara a soñar con irse a la guerrilla o de que Gisela, después de haberlo cuidado como a un niño durante su convalecencia, lo pusiera entre la espada y la pared, a raíz del nacimiento de Mercedita, conminándolo a dejar la beca, a conseguir trabajo, a asumir sus responsabilidades de marido y de padre? No, no había sido la soberbia, sino la necesidad, la que lo llevó a emplearse en el Centro de Estudios.


Internacionales. Y había trabajado bien, tanto, que el Director del CEI lo llamó workaholic cuando Carlos se atrevió a criticar sus métodos. O sea, tradujo el Director, que era obsesivo trabajando, pero por vicio, no por comprensión de la tarea, y mientras el tipo se lucía descargándole, Carlos sintió encenderse en su interior una lucecita de peligro. Le estaban avisando que no debía chocar con su jefe. No volvió a hacerlo. Se concentró en lo suyo. Se desvivía por atender a los valerosos camaradas latinoamericanos que venían del centro del volcán o iban hacia allí, a jugarse el pellejo, le fascinaba permanecer en la oficina hasta la madrugada leyendo, releyendo, escudriñando recortes y traducciones de cuanta noticia, artículo o ensayo sobre el movimiento guerrillero en América Latina se publicara en el mundo. Y en medio de las frecuentes discusiones con Gisela, que seguía reprochándole su desinterés: no le daba una mano en las tareas cotidianas, no hacía una cola, no se ocupaba de su hija, no se había hecho siquiera cederista, volvió a pensar que su sitio verdadero.


estaba en la Sierra de Falcón, en los bosques de Jujuy o en las montañas de Cundinamarca. Pero estaba en Canadá. ¿Qué coño hacía allí? Cuando le hablaron de un viaje pensó en el Che, en la guerrilla, en algún enlace, contacto, riesgo. Nada de eso: debía asistir a un acto de solidaridad con Cuba en Winnipeg, junto a Felipe Martínez, y allí estaba, mirando como un estúpido aquel automóvil que parecía ciego porque tenía los faros cubiertos con unas piezas semejantes a pestañas. Desde niño se había habituado a reconocer marcas y modelos de automóviles, y ahora, después de seis años de bloqueo, confundía el Ford con el Buick. Los carros le resultaban tan ajenos como los anuncios y el idioma, era como si en cierto punto del camino el mundo en que nació hubiese tomado otro rumbo haciéndole perder las claves de aquel en que se hallaba. ¿Cómo coño se diría servicio? Por suerte los del Comité de Solidaridad con Cuba eran buena gente. Buenísima, desinformadísima gente. Se pasaron todo el tiempo haciendo tímidas preguntas sobre la libertad de expresión y de prensa y la ausencia de.


elecciones y las relaciones con la Unión Soviética. Por más que les explicó, no entendieron la democracia directa ni la dictadura del proletariado. Pro-cubanos antisoviéticos. El mundo era más complicado que el carajo. ¿Qué sería aquella estructura ferrovítrea tan llamativa? Dobló por James Street dirigiéndose al edificio de hierro y cristal y pensando en los tipos del Comité. No logró entenderse con ellos después de todo. Se portaron maravillosamente bien hasta el día y hora en que duró la invitación, y después los dejaron solos, sin traductor. Sajones. Un cubano no haría eso. Pero estaban contra el bloqueo y defendían y querían a Cuba. ¿Qué más se les podía pedir? Se detuvo admirado frente al edificio de la terminal de ferrocarriles y recordó con tristeza su viejo plan de construir alguna vez la Ciudad del Futuro. Ya nunca lo haría. Había aprendido que antes era necesario construir el Hombre del Futuro. Entró al enorme salón abovedado, allí tenía que haber un baño. Cómicos los tipos. En la última recepción recogieron trescientos dólares y.


quisieron enviarlos a Cuba como ayuda. Cuando se negó a aceptarlos intentaron dárselos como un regalo personal. No entendieron que tampoco los quisiera. El hombre del pasado tenía un signo de pesos en la frente y reaccionaba confuso y desconfiado ante quien no llevara aquella marca. Junto a una escalera circular decía Gentlemen. Descendió siguiendo la flecha y leyó en la puerta del baño Water closet. ¿Agua cerrada? Y bien cerrada, la puertecita del servicio no cedió a sus esfuerzos. Tampoco había mingitorios. Desistió de seguir tirando por miedo a romperla o a que sonara un timbre de algo. Estaba desesperado por la necesidad de hacer pis. —Plis —le dijo al empleado. Pero en eso un gordo depositó una moneda en la puertecita contigua y entró. Cobrar por mear. Increíble. Le contaría a Gisela. Metió un real en la ranura y la puerta cedió de inmediato. Dentro era blanco y limpio, con olor a perfume. Se abrió la bragueta. Resistió los deseos para obtener mayor goce al liberarse y pensó en Gisela. Sólo cuando la tuvo desnuda frente a sí se dejó ir poco a poco,


suavemente, dolorosamente, avariciosamente, ahorrando placer hasta que la orina fluyó como de un caño formidable levantando ruido y espuma en el pequeño lago amarillo. Luego fueron gotas, gotas, góticas sobre el pantalón y una maravillosa sensación de paz. Presionó un botón y la espuma desapareció en un remolino blanco. Faltaba una hora para su encuentro con Felipe. Era un crimen tener que irse. Se sentía demasiado bien en aquel lugar sagrado, cerrado, pagado. Colgó el abrigo en el gancho de la puerta y se sentó en la taza. Frente, bajo la manija, decía Closed. Se recostó al tanque, estiró las piernas y cerró los ojos. «God!» murmuró. El dolor de cabeza fue cediendo. Sentía los pies y las piernas placenteramente entumecidos y un agradable cosquilleo en los hombros liberados del peso del abrigo. Estaba pensando en el regreso, en que Gisela iría a esperarlo al aeropuerto y esa noche le estrenarían las boticas a Mercedita y después harían el amor y jamás volverían a discutir, cuando escuchó la pregunta: —Any trouble, sir?


No sabía si contestar yes o nouuu. Alguien golpeó suavemente la puerta. Se dio cuenta de que sus pies sobresalían y los recogió. —Sir? Decidió salir. Nunca se sabía con aquella gente. Al incorporarse y ponerse el abrigo, volvió a sentir dolores en todo el cuerpo. —Are you alright, sir? Asintió sin entender, fue hacia los lavabos y pegó la boca a la pila. El agua era fría y abundante y le refrescaba la garganta y le corría por la cara y el cuello. —Oh no, sir! —gritó el empleado—. Don’t do that! Abrió más la boca para tomar toda el agua posible antes de verse obligado a abandonar la pila. Reflejado en el espejo, el tipo hacía gestos desesperados. —Be careful, sir! You'll get a disease! Otras dos personas se reflejaron, mirándolo con curiosidad. Recordó la canción de los elefantes que se balanceaban sobre la tela de una araña. Cuando llegó el cuarto curioso, dejó de beber. En.


el cántico había infinitos elefantes. No estaba dispuesto a soportarlos. Regresó al salón central, comprobó que las boticas seguían en el bolsillo del abrigo y se dirigió a un banco. ¿Aquel señor no era el amigo del traductor? —Hi —dijo míster Montalvo Montaner. —Hola —respondió, contentísimo de poder hablar con alguien. Había visto un par de veces a aquel hombre gordito, bajito, cetrino, que aunque siempre saludaba en inglés hablaba un español correcto, con acento a desinfectante. —Vagaba por aquí —dijo vagamente míster Montalvo Montaner—. ¿Tomamos algo? —Bueno —asintió Carlos. La penumbra del bar era agradablemente cálida. También eso era distinto, en Cuba los bares no eran agradables si no eran fríos. Dejaron los abrigos sobre una silla forrada de cuero. —¿Qué deseas tomar? —preguntó míster Montalvo Montaner, sentándose. —Agua mineral sin gas. —Pronuncias la ese. En general, los cubanos no.


la pronuncian, y sin querer hacen un chiste. ¿Nada más? Carlos negó con la cabeza. ¿De dónde sería aquel hombre? En su larga experiencia con latinoamericanos no había encontrado otra persona que hablara de manera tan pálida. —Scotch on the rocks, and tonic —le dijo míster Montalvo Montaner al camarero, y se dirigió a Carlos—. ¿Qué tal el día libre? —Mal. Muchos problemas con el inglés. —Debes estudiarlo —sentenció míster Montalvo Montaner—. Una persona tan inteligente, es increíble. —No crea. No soy bueno para los idiomas. —Pero yo no dije idiomas —protestó míster Montalvo Montaner—. Dije inglés. Carlos aprovechó la llegada del pedido para no responder. Bebió un sorbo de agua tónica. Le halló un sabor inesperado, más bien desagradable. —Podrías obtener una beca —sugirió míster Montalvo Montaner, y vació el vaso de un trago. —Estuve tres años becado. Ahora no quiero. Míster Montalvo Montaner sonrió comprensivo.


—¿Un wisky? —dijo. —Bueno —aceptó Carlos. Míster Montalvo Montaner le habló al camarero en un inglés preciso y elegante, y éste regresó con una botella de Chivas Regal y sirvió dos tragos. —Por la amistad —dijo míster Montalvo Montaner, alzando el vaso. Carlos brindó y bebió. El wisky era excelente. Un suave, cálido tónico de madera. Se sintió relajado, contento de poder hablar en español mientras esperaba a Felipe. —Este encuentro fue una suerte —dijo míster Montalvo Montaner. Carlos sonrió. Había encontrado la clave, el tipo carecía de ritmo al hablar, no cantaba como todo el que pertenece a un sitio, de ahí el sonido plástico de sus palabras. Pero era gentil, volvía a servir, decía: —Tenía ganas de hablar contigo a solas. Carlos lo miró perplejo. ¿Por qué a solas? ¿Sería maricón míster Montalvo Montaner? —Tu amigo Felipe no es muy inteligente. —No tanto como usted, querrá decir —dijo.


Carlos. Míster Montalvo Montaner movió la cabeza como si lo hubieran golpeado. De pronto sonrió. —Touché —dijo—. Yo soy periodista. ¿Cenaste? —No. —Formidable —dijo con entusiasmo—. Te propongo una cena cubana en regla, sin racionamiento, con un postre divino hecho con vino —hizo una pausa para reír de lo que consideraba un chiste, y continuó—, y música y amiguitas. Algo espectacular, terrific. —Gracias, pero no puedo. —¿No te convino el postre de vino divino? —Si fuera en Regla se lo aceptaría —replicó Carlos como si sólo estuviera siguiendo la corriente de las bromas, y míster Montalvo Montaner soltó una carcajada. Conocía Regla. ¿Sería cubano? ¿Un maricón cubano, gusano?—. Pero aquí no puedo, me voy al amanecer. —Lo sé. Puedo llevarte yo mismo al aeropuerto. —¿Cómo lo sabe? Míster Montalvo Montaner le restó importancia.


a la pregunta con un suave gesto de la mano derecha. —Sé muchas cosas sobre ti. ¿Vamos? —No —respondió secamente Carlos. Míster Montalvo Montaner se le encimó, murmurando: —Piénsalo, no hay prisa. Carlos sintió necesidad de beber. Lo hizo y pasó los dedos sobre el cuero de la silla, dejando un rastro de sudor. —Dije que no —dijo. ¿El tipo sería maricón o agente? Ahora lo miraba a los ojos como si quisiera hipnotizarlo. —Ésta es tu oportunidad —murmuraba—. Piénsalo, eres inteligente. —Sí —aceptó Carlos, sosteniéndole la mirada —. Y le digo que se vaya p’al carajo. Se sintió seguro y liberado al hablar en cubano. Pero míster Montalvo Montaner no pareció ofendido. Hizo un leve gesto de desagrado, como si le perdonara aquel exabrupto. Después sonrió suavemente. —Alguien te manda recuerdos —dijo en voz.


muy baja. —¿Quién cojones? Míster Montalvo Montaner conservó la calma. Llenó los vasos, bebió y dijo: —Jorge. —¡El coñotumadre! —gritó Carlos, poniéndose de pie. Míster Montalvo Montaner se llevó los dedos a los labios tranquilamente, como si aquella respuesta estuviera en sus cálculos. —Está aquí —dijo—. Quiere verte. Carlos le golpeó en la boca con el dorso de la mano. Míster Montalvo Montaner no intentó defenderse. Quedó desconcertado, limpiándose una y otra vez la sangre con los dedos. Carlos cogió su abrigo y salió al salón preguntándose si «aquí» sería la ciudad o el bar, si su hermano habría estado mirándolo todo el tiempo desde el fondo de la barra, si habría sido capaz de resistir los deseos de abrazarlo que él sufría ahora, al recordar la foto en que aparecían juntos y que su madre conservaba sobre la mesita de noche como una reliquia.


En James Street las luces de neón habían creado una claridad turbia. Se subió el cuello del abrigo y miró hacia atrás. Míster Mierda no lo seguía. El encuentro tuvo un desenlace estúpido, no logró averiguar siquiera si el tipo era maricón o agente o las dos cosas, si conocía realmente a Jorge, si su hermano se había prestado a aquella canallada. Todo eran conjeturas, rabia, frío y ganas de regresar a casa. En la esquina de Main y James se detuvo a esperar a Felipe. Allí había visto la manifestación de jóvenes peludos y barbudos contra quienes sintió tanto rechazo hasta que logró descifrar el significado de sus gritos y su tela. STOP U.S. BOMBING IN VIET NAM NOW! El mundo era más complicado que el carajo. Había rechazado a los muchachos por su apariencia extravagante y aceptado el diálogo con Míster Mierda por su apariencia normal. De pronto miró a ambos lados y se pegó a la pared para cuidarse la espalda. El punzante amarillo de un anuncio le hizo volver la cabeza hacia arriba.


Estaba bajo la inmensa foto de una mujer semidesnuda que anunciaba el desodorante Mun. Desde su perspectiva, la axila parecía un sexo femenino y el tubo de desodorante un pene. Casi como en Sweedish perversities, la primera película porno de su vida, un pacto de sangre y de silencio entre Felipe y él, porque los comunistas no debían ver esas cosas, pero tenían que hacerlo, se dijeron, para comprobar hasta dónde estaba podrido el capitalismo. Aunque la verdad era que también él estaba medio podrido. Increíbles las locuras que hacían aquellas mujeres en pantalla. Después de todo, fue una suerte no haber podido tocarlas y salir del cine con aquella sucia sensación de culpa. En eso sintió algo punzándole el estómago y reculó, chocando con la pared. Frente a él, Felipe sonreía. —No jodas —dijo Carlos—. ¿Qué bolón? —Viento. —Felipe hizo una pausa y le silbó a una rubia, que no se dio por enterada—. ¿Tutankamen también bien? —Norberto —dijo él mirando hacia los lados—. Tuve bronca con un hachepé.


—¿Cirilo? Y estabas solano, asere, coñó. Conversa. Echaron a caminar y Carlos contó en detalle el encuentro con míster Montalvo Montaner. Hacia el final del cuento percibió detrás un tipo raro, que usaba gorra de chivato y tenía los dientes botados. ¿Les estaría siguiendo o iba por el mismo camino? Ahora se recortaba contra la luz rojiza e intermitente de un anuncio: Have a Coke. The real thing! Estaba bien que la vieja Coca-Cola se hubiese cambiado el nombre, pero, ¿por qué the real thing? ¿La cosa real? La única cosa real era que el tipo había doblado la esquina tras ellos y ahora tenía a la espalda la luz ocre que silueteaba a unos vaqueros y sus caballos: Come to where the flavor is, come to Marlboro country. Carlos alertó a Felipe. Dieron la vuelta en redondo y avanzaron hacia el tipo, que les dirigió una mirada confusa, casi culpable, se detuvo ante una vidriera cubriendo momentáneamente la K lejana y amarilla del Kentucky fried chicken hacia el que ellos habían estado caminando, y casi de inmediato volvió a seguirlos. Carlos sintió una.


alegría salvaje. Aquel cabrón iba a pagarlas por todos, por Jorge y por míster Mierda, por el frío y por el inglés. Refrenó sus impulsos de golpearlo allí mismo y se dijo que la vida le había puesto en la mano una oportunidad única. Tenía detrás un agente de la CIA, no se trataba de pegarle, matando la gallina de los huevos de oro, sino de obtener información, quizá de llevarle secuestrado al hotel y aun a Cuba. De pronto, el viaje tonto se había vuelto espléndido. Doblaron por un pasillo lleno de tiendas y el tipo siguió tras ellos y se reflejó en los últimos cristales. Carlos le comunicó sus intenciones a Felipe como si estuviera hablando de camisas. Salieron a Parker Street, una calle secundaria, oscura, desierta, al llegar a la primera esquina, Carlos se detuvo. —Aquí lo maduramos —dijo. Se apostaron. Los pasos del tipo resonaban solitarios. Carlos se secó el sudor de las manos en el abrigo. Ya no sentía frío. Iba a averiguar quién era míster Mierda y qué carajo quería la CIA y qué tenía que ver Jorge con aquello. Se preguntó qué pasaría si el tipo venía armado o si lo apoyaban.


desde un auto. Pero no tuvo tiempo de responderse. El tipo llegó junto a ellos. Felipe salió de su escondite y le dobló los brazos, inmovilizándole, y él le atenazó el cuello y le gritó: —¿Quiéncoñoetumadretúere? Lo soltó y empezó a cachearlo sin esperar respuesta. El tipo estaba desarmado, demudado, tembloroso. Carlos le volvió a apretar el cuello. Felipe aumentó la presión sobre los brazos. —Dejatenvolvensia y habla —le dijo. —Soltadme —gimió el tipo, a duras penas—. No os he hecho nada. No os entiendo. Carlos lo sacudió por el cuello del abrigo, le golpeó la cabeza contra la pared, pegó su cara a la del tipo y lo vio bizquear de miedo. —¿Quién. okey. ¿coñoetumadre. okey. ¿tú eres? —Soy español —respondió aterrado el hombre —. ¿Quiénes sois vosotros? Carlos sintió un fortísimo aliento a cebollas y volvió a golpearle la cabeza contra la pared, produciendo un sonido sordo. No iba a dejar que.


aquel hijoeputa lo engañara. —Pregunto yo, cachoemaricón —le dijo—. ¿Por qué nos seguías? —Quería hablar español —explicó el tipo en un ruego—. Os oí de lejos, pensé que hablábais español y nada, eso, que quise hablaros. —¡Mentira! —gritó Carlos, dándole un rodillazo en la entrepierna. El tipo fue a doblarse, pero Felipe lo obligó a permanecer derecho. Respiraba pesadamente, sus ojos azules se enturbiaron. —Llevo tres meses sin hablar —dijo. —¿Por qué? —preguntó Carlos. —Porque no sé inglés —respondió jadeando el tipo—. Porque vine de burro a trabajar a este país de la puñeta y no sé inglés. —¡Mentira! —volvió a gritar Carlos. Y alzó la mano, pero el hombre hizo un gesto de tan absoluto desamparo que no se atrevió a pegarle, y golpeó la pared para desfogar su rabia. —Tú conoces a míster Montalvo Montaner — afirmó—, y a Jorge. —No —dijo el hombre, con una convicción.


asombrada e ingenua. Carlos miró sus ojos azules, muy abiertos, enturbiados todavía por el dolor y el miedo. Lo peor era que parecía decir verdad. Le soltó el abrigo y se dirigió a Felipe. —¿Qué tú crees? —Es un gil. —Soltadme —pidió suavemente el gallego—. No tengo ni una perra gorda. Felipe se echó a reír. —Ta kimbao —dijo. —A veces no os entiendo —comentó el gallego. Carlos sintió que su rabia se había disuelto en una extraña tristeza. Volvió a sentir frío. —Que estás loco —dijo—. Hablando de perros. —¿Quién habló de perros? —preguntó el gallego. —Suéltalo —ordenó Carlos. —Arranca, Gallego —dijo Felipe empujándolo. El hombre trastrabilló y volvió junto a ellos como un perro apaleado, pero fiel. —Quiero hablar —dijo. Carlos lo miró sin odio y se sorprendió.


pensando que el habla, como el agua, no se le niega a nadie. —Vosotros habláis la mar de raro —dijo el gallego—. Tú pareces moro. —Hablo árabe —afirmó—, Felipe. —Pues no es verdad. Ahora el gallego estaba divertido como un niño que hubiese encontrado amigos en la noche. Carlos sintió vergüenza por haberle pegado y decidió aceptar el juego. —Es verdad —dijo—. Felipe, di: mujer comiendo. —La jeba jama la jama. El gallego se echó a reír. Sus carcajadas altas y escandalosas contagiaron a Felipe, y Carlos gozó en silencio aquellas risas capaces de quebrar por un momento el silencio y el frío. —Éste habla japonés —afirmó Felipe. —Quévablar —dijo el gallego. —¿Que no? —lo retó Felipe, y miró a Carlos—. Dile comemierda. —Sekome sukaka. —¡Hostia! —aplaudió el gallego—. Pero eso no.


es japonés, ni árabe, ni niño muerto. Sois unos cachondos. —¿Cachoequé? —preguntó Felipe. —Cachondos, que os gusta bromear, vamos. —¿Dónde? —dijo Felipe. —¿Dónde qué? —preguntó el gallego. —Vamos. —Que no hablé de ir. Digo que os gusta bromear, vamos. —¿Dónde? —¡Joder! —¿A quién? —Lo que es yo, a la mujer que no tengo. —Nosotros jodemos a cualquiera. —Pues cada cual —comentó el gallego con aprensión— tiene sus gustos, digo yo. De pronto Carlos se sintió muy cansado. Hacía frío y tenía que hacer la maleta y aquel diálogo carecía de sentido. —Chico, tenemos que irnos —dijo y le pareció poco, y añadió—, y perdona los golpes, hermano. El rostro del gallego se ensombreció más aún que cuando le pegaron, le costó trabajo encontrar.


palabras. —No os vayáis —rogó al fin—. Los golpes. fueron cosa de nada. Hablemos. Lo de la perra gorda, vamos, pues era de mentirijillas, os invito a una caña. Retuvo a Carlos y bloqueó el camino a Felipe. Estaba ansioso, casi desesperado. Carlos recordó la compra de las boticas y se sintió invadido por una súbita ternura. —Vamos —dijo. El gallego los condujo a un café y empleó tres dedos y una palabra para que les sirvieran coñac. Después estuvo una hora contando su historia. Se llamaba Paco, no tenía trabajo, mujer ni hijos en España, y había aceptado venir a este puñetero país, y sí, ganaba sus dólares, pero el cabrón inglés no se le daba, y sufría morriñas, y estos burros de aquí, maldita sea su madre, no entendían ni jota de castellano, Dios los maldiga, ningún otro paisano había venido y allí estaba él, de bestia, extrañando a su tía, su aldea y su vino, y recogiendo basura con unos negros de la puñeta, ¡cago en Dios!


Para Carlos aquello era una revelación. El gallego no tenía dónde caerse muerto y además lo habían convertido en sordomudo y estaba al reventar de la rabia. Pero era un tipo embistiendo un muro. Si alguien le diera una luz dejaría de ser un pobre diablo, su rabia tendría sentido, podría hacer todo lo que a él, a Carlos, le estaba vedado por ser cubano y deberse a una disciplina. Miró a Paco con un interés renovado: la suerte le había puesto un guerrillero entre las manos, en la puñetera noche canadiense. —Gallego —le dijo de pronto—, ¿por qué no te alzas? Paco le dirigió la mirada tonta de quien no entiende una broma. —¿Alzarme? —En la montaña —lo ayudó Carlos—. En los Andes, la Sierra Maestra de América. —¿Suramérica? —murmuró Paco, con el interés de quien empieza a entender. —Sí —terció Felipe—. Latinoamérica. —Hombre —dijo Paco ya interesadísimo—, ¿y allí hay trabajo?


Felipe soltó una carcajada. Paco lo secundó como quien no sabe de qué se ríe. Carlos ordenó silencio, el gallego no había entendido pero iba por buen camino. —No —le dijo—, hay desempleo, hambre, miseria. Una situación de pinga. —Pija, querrás decir —precisó Paco—. ¿Y entonces qué? Carlos trató de controlar su ansiedad y hablar despacio y claro. —Alzarte contra eso —explicó—. Irte a la guerra en la montaña. Paco estaba apurando el coñac. Empezó a toser, la piel blanquísima de su rostro se puso roja. —Pues a mí, las guerras. —dijo—, como que, que no me interesan, vamos. —¡Pero ésta es una guerra distinta, popular! — insistió Carlos. —Será, pero es guerra. Felipe tocó a Carlos con el codo. —Véndele —dijo—. No lleva cartas. —Cartas un carajo —respondió Carlos, y volvió a dirigirse a Paco—. La dirige el Che.


—No conozco a ese tío —dijo Paco, como quien se liberara de toda responsabilidad—, y no me interesan las guerras. Carlos bebió el coñac, desconcertado. ¿Sería posible que aquel bruto pusiera mansamente el cuello ante el cuchillo, que a fuerza de golpes lo hubieran convertido en un buey? —Gallego —le dijo—, ¿para qué tú te rompes el alma?, ¿a qué tú aspiras? Paco cerró los ojos y habló como en un sueño. —A ahorrar, a regresar, a comprar tierras, a encontrar una moza, casarme y tener hijos que no tengan la vida de perro de su padre. —¿Y a nada más? Paco regresó del sueño casi al borde del llanto. —¿Os parece poco? —preguntó lentamente—. ¡Si creo que nunca voy a poder conseguirlo! —¿Y el mundo? —dijo Carlos, otra vez ansioso —. ¿No te gustaría que el mundo fuera distinto, más justo, mejor? ¿No te gustaría cambiarlo? —Pues sí —murmuró Paco—, pero el mundo. al mundo no hay Dios que lo cambie. —Gallego, ¿tú sabes lo que es el comunismo?


—Claro, todo el mundo lo sabe, es. un infierno, vamos —dijo Paco, mirándolo como si presintiera una broma. Carlos sonrió tristemente. Paco lo imitó y Felipe soltó una carcajada resonante que arrastró a Paco. Carlos lo vio doblarse de risa y cuando estaban a punto de terminar empezó a reír él, sin saber de qué, y miró los dientes botados y la cara contraída y los ojos azules del gallego, tristes aun cuando reía, y recordó a su amigo el Gallego, muerto en el Escambray, y a su hermano, y sintió que la risa se le quebraba entre los labios. —Ahora sí nos vamos, Gallego —dijo de pronto. Llamó al camarero chasqueando los dedos. Paco dejó de reír y se llevó la mano al bolsillo. —Deja —dijo Carlos. —Os he invitado —protestó Paco. Pero Felipe le retuvo el brazo, y Carlos pagó. Se dirigieron lentamente a la salida. En la calle, el viento aullaba como un perro perdido en la noche. —Galifa —dijo Felipe—, pasarás por la vida sin saber que pasaste. —Pues sí —aceptó Paco—. No tengo suerte.


Se estrecharon las manos. Paco retuvo la de Carlos y preguntó: —¿Puedo veros mañana? —No, mañana no estaremos aquí. —Ya —dijo Paco—. ¿Y dónde puedo veros? —No puedes —explicó Carlos—, nos vamos para Cuba. La cara de Paco se ensombreció como ante una desgracia. —Entonces, ¿no os veré más? Ahora era otra vez un niño que estaba al borde de perder sus amigos y quedarse solo en lo oscuro. Carlos cedió al impulso de darle un abrazo y sintió las manazas de Paco palmeándole la espalda, y atrayendo a Felipe. Durante un rato estuvieron unidos. Cuando se separaron, Paco estaba llorando. —Adiós, Gallego —dijo Carlos—. Buena suerte. Y echó a caminar en silencio, con un nudo de rabia en la garganta.


19 De pronto se quedó desconcertado por la sensación de no saber dónde se hallaba. Palpó a su izquierda y no encontró a Gisela, miró hacia el otro lado buscando a Mercedita y sólo vio la pared desnuda. Volvió a cerrar los ojos deseando no haberse despertado. Ahora podía recordar con precisión aquel cuarto, el mismo donde había vivido parte de su infancia y casi toda la juventud, del que había escapado hacia el torbellino y al que se había visto obligado a regresar, con la voluntad anulada por los golpes, para convertirlo en hospital y cárcel. Llevaba días casi sin moverse de la cama, sin abrir las ventanas ni encender la luz, dejándose mimar por aquella madre infatigable que ahora entraba con el desayuno, como cada mañana, mientras él continuaba entregado al turbio placer de reconstruir la historia de su desgracia, la conjunción de casualidades, miedos y traiciones que propiciaron el desastre. Empleaba horas y.


horas en comparar su imagen —cojo, desdentado, sin mujer, militancia ni trabajo— con la del héroe que quiso ser, la del arquitecto que quiso ser, la del guerrillero que quiso ser. Pero no lograba desentrañar por qué ni cuándo se habían distanciado tan brutalmente la realidad y el deseo. No era cobarde, ni vago, ni bruto, y sin embargo yacía en la nada mientras el Mai, por ejemplo, estaba peleando en algún lugar del mundo, según le había dicho Héctor al encontrarlo casualmente en la calle, entero él mismo, campana, pinchando, muy contento de enterarse que Carlos era Secretario del Comité de Base de la Juventud y jefe de Sección en el Centro de Estudios Internacionales, le dijo y lo abrazó y se fue sonriendo, tal y como reapareció meses después, en la foto de Granma, sobre la noticia de que había muerto combatiendo por la libertad en algún lugar de América. Hasta ese momento los héroes habían sido inmensos, distantes, inaccesibles, pero Héctor era Héctor, su compañero de juegos y de estudios, su igual, su socio, y ahora, de pronto, dejaba de tener.


su misma edad y se hacía joven para siempre. Entonces Carlos abrigaba la esperanza de ganarse el derecho a combatir, de encontrar el camino hacia los Andes, y con la muerte de Héctor redobló su entrega a la vorágine que de alguna manera lo condujo a la desgracia. Sufriéndola, empezó a decirse que Héctor y él estaban hechos de maderas distintas, que se parecían pero no eran iguales. El reconocimiento de su inferioridad lo hundía en un pozo de amargura del que sólo lograba escapar imaginando fabulosos combates que resultaban decididos por su valor y su audacia. Y entonces, desde la cima de la exaltación, volvía a hundirse. Pensaba en Kindelán, un héroe anónimo: había perdido un brazo en Girón, se había quedado viudo, pero seguía viviendo sin quejarse; en Pablo, que no era héroe pero sí dirigente de la Industria Azucarera; en Munse, arquitecto reconocido, autor de un gran proyecto de viviendas económicas; en el Cochero, oportunista redomado, burócrata empedernido, Subdirector de Inversiones en algún Ministerio; y otra vez en él mismo, ni héroe ni burócrata, ni.


dirigente ni técnico, separado indefinidamente de la Juventud, suspenso de empleo y sueldo y rechazado hasta por su mujer. Durante los primeros días tuvo al menos a Mercedita y a Gisela en el hogar enloquecido de sus suegros que, por obra y gracia del matrimonio, era también el suyo. No halló valor para decirle la verdad a su mujer porque su error era demasiado humillante para ella y no se sentía capaz de afrontar el riesgo de perderla y renunciar a su único refugio. Intentó actuar como si nada hubiese ocurrido, cometiendo un nuevo error que el tiempo haría irreparable. En las mañanas decía que iba al trabajo, se dirigía a cualquier parque y allí pasaba el día, atando cabos. Si, por ejemplo, no hubiera odiado tanto el oportunismo; si se hubiera negado de plano a dedicarle cuarentiocho horas seguidas a aquel maldito Informe; si Gisela no hubiera estado haciendo el internado de Medicina; si hubieran tenido al menos un apartamento y en las rarísimas ocasiones en que coincidían despiertos no se hubiesen visto obligados a hacer el amor a medias, en silencio y con la luz apagada; si Gisela hubiese.


aceptado mudarse a casa de su madre; si su madre no hubiera vuelto a tratarlo como a un niño; si no hubieran surgido entre ambas aquellos celos irracionales; si él no hubiera tenido aquella dedicación obsesiva al trabajo; si hubiera tenido el valor de lavar sus calzoncillos, de despertarse alguna vez en las noches para atender a Mercedita, de aceptar y aplicar la Declaración de Derechos de Gisela (que ella le propuso, entre bromas y veras, al tercer año de matrimonio); si no hubieran discutido hasta el cansancio; si la hubiese amado y deseado siempre con la intensidad que ahora sentía o si, por lo menos, hubiera tenido un poco de suerte, las cosas serían distintas y no estaría desahuciado en aquel parque, esperando la hora de sacar a Mercedita del Círculo Infantil, con la humilde esperanza de que Gisela nunca supiera la verdad. Pero las cosas fueron como fueron, el Director le pidió de improviso el Informe de Balance y Perspectivas, y le dio cuarentiocho horas para entregarlo. Era prácticamente imposible hacer un buen trabajo en ese tiempo, pero el Director.


insistió pretextando orientaciones superiores. Todo lo que podía darle, dijo, era una oficina, una secretaria y un termo de café. Carlos sintió la tentación de lanzarse solo a aquella empresa imposible, como en sus tiempos de dirigente estudiantil. La refrenó porque ahora sabía que ése no era el método, para un empeño así necesitaba la ayuda del Comité de Base, donde se había criticado la gestión del Director y la estructura del Organismo. Convocó a una reunión urgente y el criterio fue que alguna instancia superior habría solicitado el Informe; el Director estaba en un aprieto y pretendía utilizarlos a ellos, única organización política del CEI, para continuar en el cargo. Tenían tres alternativas: el error, la cautela o la victoria. Podían equivocarse si elaboraban apresuradamente un Informe radical que después no lograra soportar el análisis de las instancias superiores; ser inteligentes y elaborar un texto cauteloso, que dejara entrever problemas sujetos a futuros debates; u obtener la victoria política mediante un trabajo exhaustivo, demoledor e irrefutable. Después de largas disquisiciones.


sobre el oportunismo y la irresponsabilidad, le aconsejaron cautela; un dirigente maduro, decía el acuerdo, sólo podía lanzarse a fondo si estaba seguro de no caer en errores que lo condujeran a una situación insostenible. Carlos aceptó la orientación porque le daba margen para maniobrar, aunque esta palabra, utilizada en el debate por Felipe Martínez, le molestaba como una viga en el ojo. En realidad, llevaba meses maniobrando para no conducir a sus compañeros a un enfrentamiento con el Director. Pero sabía que en la elaboración de aquella táctica había estado presente, además de inteligencia política, el deseo de ser promovido a Jefe de Departamento, lo que haría más cercana la posibilidad de unirse alguna vez a la guerrilla y le permitiría, de entrada, disponer de un automóvil. En cierto sentido, todo dependía ahora de aquel maldito Informe, y entró a la oficina preguntándose cuáles serían los límites entre el oportunismo y la cautela, entre el valor y la irresponsabilidad. El Director había engrasado la trampa al designar a Iraida, su secretaria personal, para que lo ayudara.


Era una trigueña bajita, atildada, que esperaba con las rodillas unidas bajo el satélite de la máquina de escribir como si estuviera de guardia. Pero desde el principio Carlos sintió que estaba espiándolo, deseando su fracaso, que tras aquel rostro amable, bonito inclusive, cuidadosamente maquillado, se escondía una sonrisa de burla y complacencia cada vez que él desgarraba una cuartilla y la tiraba al cesto. Sabía algo de ella, tenía veintiún años, había sido electa Joven ejemplar y no se le había otorgado la militancia porque carecía de suficientes méritos: casi nunca iba al trabajo agrícola, pretextando encontrarse en labores urgentes de la Dirección. De pronto dejó de mirarla y golpeó la mesa, qué coño hacía pensando en aquella soplona, su tarea era otra. Le dije que saliera si quería, no estaba habituado a dictar, la llamaría más tarde; pero ella se negó, estaría allí todo el tiempo necesario, compañero, hasta cumplir. Carlos le dirigió una mirada irónica, molesto por la formulita, y decidió ignorarla. Su propósito de honesta cautela incluía romper la lógica implacable y hueca de los.


informes tradicionales. Pero esto no era fácil, al cabo de tres horas febriles se vio obligado a reconocer que estaba haciendo un texto peligrosamente tradicional. Rompió las diez cuartillas escritas con tanto entusiasmo y se sintió interrumpido por un siseo familiar e inesperado. Levantó la cabeza, Iraida había salido. El ruidito provenía del baño de la oficina. Era el colmo, oyéndola orinar jamás lograría concentrarse. Media hora después no había logrado formular una línea coherente y el cesto estaba lleno de papeles estrujados. Quizás se estaba calentando demasiado la cabeza. En fin de cuentas, existían fórmulas para todo y si las usaba nadie podría reprochárselo. Movió la mano buscando el termo e Iraida, solícita, le sirvió una taza de café. Mientras bebía decidió abordar el trabajo de la manera más hábil y menos riesgosa posible. Este enfoque le pareció mejor que el de la honesta cautela. Se limitaría a hacer una versión de los informes presentados en años anteriores. Al rato sintió de nuevo un ruido familiar. Esta vez, Iraida estaba sirviendo el almuerzo. Eran dos simples pizzas,


pero ella las disponía sobre los platos de cartón como si fueran langostas. Mientras comían, Carlos se dedicó a observarla. Había algo tímido, limpio y elegante en la muchacha. De las fórmulas de cortesía fueron pasando a un diálogo familiar y se mostraron las fotos de sus hijos. Cuando Carlos sugirió que Tony podría ser un buen partido para Mercedita, Iraida sonrió por primera vez y él reparó en la imprecisa tristeza de sus ojos. Le dijo que podía irse y volver por la noche, pero ella insistió en quedarse hasta cumplir. Entretanto, podía ir adelantando otros trabajos. Él volvió a su tarea, siguió escribiendo sin encontrar apenas resistencia. Cuatro horas después había terminado un balance que parecía perfecto y se tomó un descanso para aliviar la mano antes de abordar las perspectivas. Entonces Iraida le pidió permiso para ir a buscar a Tony al Círculo, bañarlo, darle de comer y acostarlo. Volvió a las once, avergonzada por la tardanza, explicando que Tony estaba insoportable, no la dejaba irse, lo sentía tanto. Él la calmó diciéndole que aún no había terminado y le agradeció.


muchísimo el pan con tortilla que ella le entregó, apenada de que fuera tan poco. Mientras comía se sintió obligado a interesarse por su vida y se enteró que el esposo era dibujante, que tampoco tenían casa, que el padre había matado a la madre, a puñaladas, cuando ella era niña. Quedó sobrecogido, especialmente porque Iraida lo había dicho como si con ella no fuera, con la naturalidad de quien está habituada a la desgracia. Cedió a la necesidad de compartir algún recuerdo triste y empezó a contar la muerte de su padre. Al terminar sintió una extraña paz, como si se hubiese liberado súbitamente de algunas sombras. Dos horas después terminó las perspectivas, le entregó el Informe a Iraida y se tiró a dormir en el sofá, hasta que estuviera la copia. Estaba felizmente molido, lo había logrado en menos de veinticuatro horas. Las piernas de Iraida quedaron en línea recta con sus ojos, se excitó al descubrir que tenía unas lindas rodillas, cosa rara, y siguió el dibujo de los muslos que se abrían de pronto en unas caderas rotundas e insinuaban las nalgas llenas como lunas. Inesperadamente, Iraida se estiró la saya y Carlos.


interpretó el gesto como un mensaje en clave: la estaba ofendiendo, era tan tímida que no se atrevía a cambiar el satélite de posición, él debía volverse, por favor. Lo hizo, y un tiempo incalculable después sintió que lo llamaban. No tuvo fuerzas para responder, pero una delicadísima caricia en la frente le hizo parpadear ante aquel rostro que decía, «Duermes tan intranquilo». La miró de tal modo que ella retrocedió, levemente asustada. Sólo entonces él recordó a Iraida y al trabajo y se levantó para ir al baño. Allí encontró una toalla con olor a ella, orinó tratando de no hacer ruido y regresó a la oficina. El Informe estaba sobre el buró, junto a una taza de café caliente. Le dijo a Iraida que se fuera a la casa; pero ella respondió que no tenía sentido irse a las cinco para volver a las ocho, mejor descansaría un poquito en el sofá. Él se sumió enseguida en la lectura para no ofenderla con la vista mientras se acostaba. Al poco rato alguien asomó la cabeza y se excusó al verlo, estaba de guardia, dijo el recién llegado, había visto luces. Carlos no le hizo caso. El Informe cumplía escrupulosamente las.


formas, parecía intachable y por eso mismo era un desastre. Se sintió abrumado por el súbito deseo de romperlo. ¿Por qué, si ya lo tenía, si detrás de él tintineaban las llaves del carro, si nadie podría probar que se había excedido en la cautela? Lo releyó con una sonrisa amarga; se estaba poniendo viejo, camaján, sabía tanto que había logrado hacer invisible el tránsito de la precaución al oportunismo, moviéndose entre ambos con una habilidad asombrosa, sin dejar huellas, como si hubiera trabajado con guantes. Pero existía al menos una persona en el mundo a quien no podría engañar y la llevaba dentro. Empezó a dar paseítos por el salón, si tuviera valor podría atreverse a revelar los vínculos entre el mal funcionamiento del Centro y el estilo de trabajo del Director, burocrático, supercentralizado y sin vínculo alguno con la base. Conocía bien ese estilo, había sido el suyo cuando fue dirigente en Arquitectura. Conocía al dedillo a los oportunistas que medraban a su sombra, y sabía que el tipo estaba comprometido con ellos por haber celebrado los quince de su hija.


desviando recursos del Estado. Aquella fiesta, especialmente indignante por haberse producido en plena zafra, durante la quincena de homenaje a la Victoria de Girón, cuando todo el mundo se rompía el alma en los cañaverales, produjo una violenta ola de críticas en el Comité de Base que entonces él no se atrevió a canalizar, esperando el momento más favorable. Pero pasaron meses, la ocasión no se presentó, se fue resignando y ahora, de pronto, la tenía en el puño porque el Director se había visto obligado a emplazarlo. ¿Y si se atreviera a mencionar errores y responsables vinculándolos con las crisis de estructura, método y estilo de trabajo impuestos en el Centro? ¿Si se la jugara? Se sintió eufórico, tenía una bomba entre las manos y estaba dispuesto a detonarla. Cuando regresaba al buró, reparó en Iraida. Dormía de lado, la rodilla izquierda ligeramente doblada le había corrido la saya dejando ver los muslos blancos, llenos, cubiertos por una mínima vellosidad que empezaba sobre las corvas, el punto exacto donde dejaba de afeitarse, se extendía hasta el borde de las nalgas y quedaba.


cubierta por una pantaleta rosada. Se sentó en un brazo del sofá, pasmado ante tanta belleza, conteniendo el furioso deseo de poseerla y escucharla gritar de placer al despertar penetrada. La erección le hizo cerrar los ojos. Regresó al buró caminando a tientas, como un ciego, y rompió el Informe. Pero no pudo volver a concentrarse hasta que Iraida se levantó una hora después, cesó el torturante siseo en el baño y la tuvo enfrente, con la saya en su sitio, preguntándole por qué iba a rehacer el trabajo. No le respondió; desgraciadamente, ella no podría entenderlo. Se sometió otra vez al insoportable proceso de emborronar y romper cuartillas pensando que si se trataba de hablar sería fácil. Con la sinhueso era brillante estableciendo hechos, causas, consecuencias y el copón bendito, pero la escritura era caprichosa como carajo, a menudo descubría que lo escrito tenía una significación distinta e incluso opuesta a lo pensado. Sólo había un camino fácil, repetir lo hecho, lo seguro, y no podía transitarlo simplemente porque había decidido decir algo nuevo. Decidió correr también.


el riesgo de una expresión torpe u oscura de la que pudiera sacar siquiera una onza de verdad. Lentamente, tercamente, trabajosamente fue articulando frases, períodos, párrafos, y sintió que el haberse atrevido se convertía en una fuente de audacia y a veces de sorpresiva e inesperada belleza. Cuando Iraida le ofreció el almuerzo, le pidió por favor que no lo molestara, y no respondió a los compañeros que se asomaron para preguntar cómo iba la cosa, y apenas asintió con la cabeza cuando Iraida le puso la notica en el buró pidiendo permiso para ir a recoger a Tony y demás, y a las diez, cuando ella regresó excusándose, seguía empeñado en la tarea que terminó a las doce enfebrecido, entusiasmado, exhausto. Iraida le trajo croquetas de pescado, tocinillo del cielo y café acabado de colar; le preguntó si tenía ropa limpia y lo regañó suavemente porque no, porque la oficina estaba sucia y porque no había almorzado. Carlos le tiró un beso, había que trabajar, dijo, después tendría tiempo de comer y bañarse, ahora iba a dictarle, con el cansancio la.


letra se le había vuelto incomprensible. Empezó muy despacio, pero Iraida trabajaba profesionalmente, limpiamente, calladamente, y él ganó confianza y admiró sus manos pequeñas, de uñas muy recortadas, y su amor artesanal al trabajo. Casi sin darse cuenta fue hablando más alto y más rápido mientras miraba aquellos dedos volar como sobre las teclas de un piano. En un cambio de página miró al suelo y descubrió sus pies desnudos, desamparados, íntimos, y recordó sus muslos y sus nalgas. De pronto la sintió tamborilear con las uñas sobre el satélite, alzó la cabeza, la vio mordiéndose el labio inferior, ruborizada, y sólo entonces se dio cuenta de la erección que le convertía la portañuela, como cuando era adolescente, en una pequeña carpa de circo. Casi le dio la espalda, avergonzado, pero siguió dictando. Entraba ahora en el meollo del asunto y eso lo ayudó a concentrarse. Fue enumerando los errores con nombres y apellidos hasta llegar al Director, e inesperadamente para Iraida, a él mismo. Ahora improvisaba, sentía el tecleo de la máquina como una caja de resonancia.


que percutía en sus sienes con la música celestial de la verdad, comprendía que no tenía derecho a lanzar la primera piedra si no reservaba para sí la última, y el cansancio y la tensión se resolvían en aquella impasible denuncia al compañero Carlos Pérez Cifredo como cómplice de los errores cometidos, puesto que en su carácter de dirigente político, de joven comunista, no se opuso a ellos con suficiente firmeza, no acudió a la base ni a los niveles superiores, y actuó así por miedo, compañeros, miedo a no ser promovido a Jefe de Departamento, miedo a la responsabilidad política y miedo a la verdad, compañeros, a la verdad que al fin había dicho. El tecleo de la máquina sobre su silencio fue como un anticlímax. Se sintió invadido por una súbita inquietud. ¿Qué había hecho? No tuvo tiempo de responderse. Iraida se puso de pie, avanzó hacia él, lo abrazó temblando y le dijo que nunca, nunca, nunca había conocido a nadie tan valiente. Carlos sonrió turbado, el perfume de Iraida le había hecho sentir como una ofensa su agrio olor a sudor. Pero ella mantuvo el abrazo.


para decirle otra vez nunca, y lo miró a los ojos. Se trenzaron en un beso mientras él cedía a la tentación de tocar aquellos muslos que tenía grabados en la memoria y que eran llenos y duros como imaginaba. Iraida dio un paso atrás e intentó soltarse, pero dejó abiertas las piernas y Carlos le acarició el sexo húmedo y la arrastró al sofá, le hizo saltar los botones de la blusa y el broche del sostén, le besó los pechos mientras ella pedía por Dios que la dejara y lo ayudaba a sacarle las pantaletas, se ahorcajaba diciéndole que no, que eso no, que ahora no, que allí no, y él la penetraba suavemente, profundamente, y la sentía gritar, morder, hundirse hasta la vida preguntándole a Dios qué era aquello en el mismo momento en que alguien abría la puerta. En medio de la ola de comentarios que conmovió al Centro algunos dijeron que Carlos había caído en una trampa urdida por el Director, que era un comemierda e Iraida una cabrona. Pero él sabía que Iraida era una muchacha limpia y triste y que la trampa no se la había tendido el Director sino la vida. Lo único cierto, pensaba en.


los parques donde el tiempo apenas transcurría, es que era un comemierda y que debía cambiar. Por eso decidió ocultarle la verdad a Gisela. Al principio logró fingir con una facilidad inesperada, como si el impacto del desastre le impidiera medirlo. Durmió veinticuatro horas seguidas, escuchando su depresión en el cansancio. Lo despertó el teléfono, la voz neutra del Subdirector administrativo informándole burocráticamente que estaba suspenso de empleo y sueldo debido a su escandaloso comportamiento. Atónito, le dio las gracias; Gisela le preguntó maquinalmente si eran buenas noticias y él respondió que sí. Se vistió como para ir al trabajo y se dirigió a un parque donde recordó obsesivamente una frase aprendida en la infancia: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», y se hundió en un mar de preguntas acerca del Informe, Iraida, el Director, el oportunismo y la suerte. Esa noche sufrió un insomnio agobiante, hecho de las mismas preguntas sin respuesta. Cuando Gisela regresó de la guardia aún estaba despierto, esperándola, mintió mientras la veía desnudarse a.


la luz del velador. Hicieron el amor de una manera intensa, tan distinta a la insípida rutina semanal en que lo habían ido convirtiendo, que ella le preguntó qué bicho lo había picado. «Ninguno», mintió él, «te quiero». Entonces descubrió que la última frase había vuelto a ser profundamente, inesperadamente cierta y pensó decirle la verdad, contarle su situación desesperada, invitarla al Riviera para revivir la inolvidable locura de su noche de bodas y desentrañar por qué se les había ido muriendo el amor entre las manos; pero le tuvo miedo al camino de la verdad o de la vida, al que lo condujo al Informe que generó la exaltación que produjo el abrazo que lo llevó al desastre, y forzó una sonrisa y cerró los ojos, pensando que era mejor así. Al día siguiente el Comité de Base citó a una reunión para examinar el caso. Asistió preguntándose si aún tendría defensa, si el haberse atrevido a poner por escrito lo que otros susurraban le serviría de algo, si la verdad podía ser también un escudo. Pero desde el principio se dio cuenta de que su autodefensa era una falacia.


Había violado el acuerdo de una manera literal, su error puso en crisis el prestigio de la Organización, la hizo vulnerable a los ataques del Director, no quedaba otro remedio que proceder de una manera drástica, ejemplarizante, dijo Margarita Villabrille, la del Frente Ideológico, y pidió su separación indefinida. Entonces su socio Felipe Martínez inició la defensa, el compañero Carlos, cuyos méritos ante la Juventud no podían olvidarse, había caído en una trampa, Iraida Meneses fue situada en esa tarea para que lo sedujera, y el hombre, compañeros, siempre es hombre y tiene que dejar clara su condición de hombre, mucho más si es comunista, y por tanto pedía que se sancionara a Carlos con una crítica pública por haberse equivocado de lugar, y se pasara a la discusión del Informe, que era lo más importante. El debate se acaloró cuando Marta Hernández, después de reconocer los méritos de Carlos, preguntó qué habría pasado en caso de que una mujer, una militante casada y con hijos hubiese cometido ese error, cuál hubiera sido entonces la actitud de la Organización, cuál la actitud del.


compañero Felipe o la del propio Carlos, cuyas mujeres también eran militantes, qué, a ver, quería saberlo, dijo, qué habría pasado en caso de ser ellas y no ellos quienes estuvieran en el banquillo de los acusados. Carlos vio palidecer a Felipe y se sintió palidecer él mismo al pensar que Gisela hubiese podido, en el hospital, durante las guardias, donde había incluso camas. y se identificó con la violenta respuesta de su socio, que no iba a permitir de ningún modo, pero ni por un momento, decía, que se pusiera en duda la moral de sus esposas, y en general, para dar luz sobre el asunto, para que la compañerita Marta ganara claridad, quería aclararle que la mujer era muy pero que muy distinta al hombre, mucho más si se trataba de mujeres comunistas que tenían que ser ejemplo de moral y de decencia. Marta se encrespó, el compañero Felipe sostenía la existencia de dos morales, ¿podía admitirse allí, entre jóvenes comunistas, aquel criterio cavernícola?, ¿no se daba cuenta el propio compañero Carlos que si la Organización no se atrevía a sancionarlo, el Informe perdería toda.


fuerza moral?, ¿no se daban cuenta, compañeros? Rubén Suárez, el Organizador, pidió la palabra, era obvio, dijo, que debía haber una sola moral para hombres y mujeres, que el Informe perdería fuerza si la Juventud apañaba un error de su Secretario General, pero era obvio también que el gran atenuante del compañero Carlos, además de sus méritos y su trabajo, sería el haber sido objeto de una provocación; creerían en su palabra de comunista, Carlos, ¿era cierto que Iraida Meneses había provocado el incidente? Carlos pidió que le repitieran la pregunta para ganar tiempo, y pensó que todo era más fácil cuando se trataba simplemente de ocultar la verdad, pero ahora el asunto era mentir descaradamente, manchando a un ser tan indefenso como Iraida, que ni siquiera se había atrevido a volver al trabajo. «No», respondió al fin, «soy el único responsable.» Entonces Rubén sacó a votación la propuesta de Margarita: solicitar del Comité Municipal la separación indefinida, y para ayudar a Carlos pidió que empezaran votando los que estaban en contra. Carlos fue el primero en levantar la mano y.


al hacerlo se dio cuenta de que estaba cometiendo un error, si había aceptado su responsabilidad debió haber ido hasta el final o al menos abstenerse. Nadie habló, pero una atmósfera de reprobación se extendió en la sala. La propuesta fue aprobada diez votos contra dos. Ahora empezaría la discusión del Informe, pero Carlos pidió permiso para retirarse. Al atravesar la puerta se sintió asaltado por la idea insólita de que ya no era comunista. Palpó su cuerpo como si buscara alguna herida. Se quedó parado en la acera, presa de un estupor indefinible. Intentó buscar refugio en el concepto de comunista-sin-carné con que una vez lo había salvado el Archimandrita, pero ahora el Archimandrita estaba de viaje y él sabía demasiado para contentarse con tan poco. Sabía que un comunista no puede existir sin su organización, como Cuba no podía existir sin ese mar hacia el que se dirigió para medir la dimensión de su impotencia. No le había sido fácil, el abuelo Álvaro y Chava sabían que no le había sido fácil ganar la militancia, sabían que.


hubo tanta fuerza en su alma como en aquel oleaje, y que como ese mar, él también terminó agotado, lamiendo las orillas; a ellos se dirigía ahora para que le dijeran si había justicia sobre la tierra. Sus sueños de guerrillero se habían destrozado como las olas, pero las olas volvían, el mar recomenzaba siempre, la oscura masa de agua se hacía azul y luego verde y después blanca, una y otra vez, limpiando y removiendo el aire que tragaba a bocanadas porque contradecía su tristeza. Es obvio que Gisela lo esperaba con la ilusión de repetir la experiencia de la noche anterior. Pero él estaba demasiado abatido como para seguir callando, y más decidido que nunca a no arriesgar su único refugio. Cuando ella le preguntó qué le pasaba, él empezó a hilar frases, a inventar una historia que fue ganando coherencia a medida que reconocía estar contando una verdad posible. Le pasaba la vida, cariño, el Director era un oportunista y un aprovechado, pero era un tipo hábil. Le había pedido un Informe sobre el Centro, insinuándole que si callaba los errores lo.


promovería a Jefe de Departamento. Quiso comprarlo el muy hijoeputa. Él había aceptado hacer el Informe en un tiempo brevísimo por convicción revolucionaria. Pero cumplió con su deber: criticó los problemas de estructura y las actitudes personales del cabrón: vivía con la secretaria, había celebrado los quince de la hija a todo trapo, con recursos del Estado, practicaba el amiguismo, disponía de tres automóviles, siempre parecía estar ocupado, pero en realidad trabajaba poco y mal. Puso todo aquello en blanco y negro, contando con el apoyo de ciertos compañeros que se habían comprometido a ir hasta el final; pero a la hora del cuajo los tipos se apendejaron, lo dejaron solo y cuando el Director los apretó, empezaron a tartamudear. Él no tenía otra prueba que su convicción moral, estaba encabronado, acorralado, y cometió varios errores en la discusión. El Director lo suspendió de empleo y sueldo y la Juventud pidió su separación indefinida. Eso era lo que le pasaba. «Pero tienes que apelar», dijo ella, y se ofreció a ayudarlo. Redactarían cartas, solicitudes,


informes, visitarían cuanta oficina hubiera en este mundo o en el otro hasta establecer la verdad. Carlos quedó sorprendido, varios años de relación rutinaria le habían impedido advertir cuánto había cambiado Gisela; siempre la había considerado un ser levemente inferior en el terreno político, una mujer, y ahora estaba ante un cuadro que le daba lecciones sobre deberes y derechos de los militantes, citaba de memoria los estatutos, le aplaudía el haber hecho el Informe, le criticaba el no seguir hasta el final, enrojecía de rabia al pensar en la maraña que le estaban haciendo y le ofrecía consejos y ayuda. Reaccionó contra ella con una violencia inesperada, le hiciera el cabrón favor de no darle lecciones y de no moverle el dedito en la cara; todo, oyera bien, todo cuanto ella había dicho lo sabía él de memoria; necesitaba comprensión, no teques; quería hablar con una mujer, con su mujer, no con un cuadro. «Estás alterado», replicó Gisela, y Carlos dio un grito que conmovió la casa: «¡Alterado piiingaaa!» Vio cómo el rostro de Gisela se transformaba en un gesto de miedo y de lástima, percibió.


confusamente que su suegro pretendía entrar al cuarto; estaba al borde de mandarlo al carajo para acabar con todo de una vez cuando Mercedita se despertó llorando. El rostro aterrado de su hija le reveló la fiera que llevaba dentro. Fue hacia ella, le dijo, «Duerme», y estuvo acariciándola hasta que la vio sonreír en el sueño. Entonces regresó a la cama, puso la mano sobre el vientre de Gisela y le pidió perdón. Se refugió en su hija, el único ser sobre la tierra que le entregaba felicidad a cambio de nada. Descubrió cuánto y cuánto había perdido por no haberse entregado antes a aquella personita de preguntas imprevisibles. Sufrió la vergüenza de recordar cómo su desilusión había neutralizado su ternura cuando la vio recién nacida, hembra y casi negra. Pero Mercedita siempre lo prefirió, fue horadando su frialdad a fuerza de inocencia, se convirtió en una presencia imprescindible en sus mañanas. Él nunca tuvo tiempo suficiente para ella porque estaba entregado a las exigencias del trabajo y la política, lo único que le parecía importante. Y ahora, cuando no tenía qué hacer ni.


creía posible encontrar reposo, empezó a redescubrir en los ojos de su hija que una lata herrumbrosa podía ser algo importantísimo, con ángulos imprevisibles y rugosidades carmelitas que permitían, claro, compararla con un mono. Pero no, no era eso, papá, la oyera bien, se fijara, la lata era un mono. Y él reaprendía a imaginar, a mirar fijamente, a romper con la lógica que lo había aprisionado quién recordaba cuándo, y a ver al mono con el que acababan riéndose muchísimo y que de pronto resultaba padre de otros monos y monas y monitos. Estaban en el centro del África, frente a ellos corría el poderoso Amazonas, tenían que cruzar el inmenso Misisipí porque más allá del Nilo estaba Toña, una niña que había caído en manos del terrible Saquiri el Malayo. Había que cuidarse, Saquiri era malísimo y traicionero y no dejaba que Toña fuera a la escuela, ni le compraba ropas, ni le daba comida. No, no era cosa de llorar, sino de hacer algo por Toña. El llanto los dejaría sin fuerzas para unirse a la guerrilla que derrotaría a Saquiri en lucha sin cuartel. ¡Rápido, a tomar aquel nido de ametralladoras! ¡BANG!


¡RA-TA-TA-TA! ¡RA-TA-TA-TA! ¡BANG! ¡BANG! ¡Cuidado, papá, los atacaban por la espalda! Sí, pero no importaba, les daría ¡soc!, un piñazo, ¡POW!, otro, y al combate corred bayameses. ¡Al combate, Papá, Venceremos! ¡Venceremos, Mercedita! ¡SOC! ¡RA-TA-TA-TA! ¡POW! ¡BANG! ¡BAROOOM! ¡GRASH! ¡Canta, canta mi amor, ya vencimos! ¿Y ahora qué, papá? Bueno, ahora yo defiendo al África y tú enseñas a leer a Toña. Papá, ¿y si ella me pregunta por qué Martí murió en dos ríos a la vez, qué le digo? Por las noches se divertían muchísimo contándole a Gisela sus aventuras. Hubo momentos en que Carlos agradeció aquellas vacaciones forzosas; por eso quedó atontado cuando Gisela le puso sobre la cama una maleta con sus ropas y le pidió, por favor, que se fuera. Alguien había hecho el favor de llamarla por teléfono y contarle: lo habían cogido en cueros en la oficina, acostado en el sofá con una puta. Gisela dijo aquello con un odio frío y controlado, pero de pronto la voz le empezó a temblar, lo que más le dolía era la mentira, lo que más le dolía era haberle creído el.


cuento, lo que más le dolía era estar casada con un miserable. Había terminado en un grito y rompió a llorar descontrolada. Carlos intentó explicarse, estaban enredados en una confusión del carajo, lo del Informe, lo de las críticas al Director, lo de la separación de la Juventud era cierto, lo juraba por su madre, todo era cierto. «¿Lo de la puta?», preguntó Gisela. «Mentira», dijo él, e intentó acariciarle el pelo. Pero ella se pegó a la pared, no quería verlo ni oírlo más, le tenía asco, ¿entendía?, asco. Carlos cogió la maleta en un arranque de rabia, decidido a jugar fuerte, cuando ella lo viera en la puerta pronunciaría su nombre y entonces él concedería un diálogo de aclaraciones y terminarían como otras veces, llorando, riendo y recordando. Caminó lentamente sin que ella pronunciara palabra. ¿Debía volverse, romper la regla de oro de no rebajarse ante una mujer implorándole el diálogo? Cuando llegó al umbral Gisela seguía muda y él sintió que no quería irse ni podía quedarse y se volvió sin saber exactamente a qué. Por un momento pensó en pedir perdón, pero un furor atávico lo llevó a retarla: oyera bien,


Gisela Jáuregui, si se iba ahora sería para siempre. Lo que más le dolió en ese momento y después, en casa de su madre, fue que ella lo dejó ir con un chiste amargo: «Nadie te está aguantando, Carlos Pérez.» Esa frase dio comienzo a la locura, a la persecución desesperada que empezó al día siguiente, cuando visitó la casa para decirle la verdad: la había engañado, pero no con una puta sino con una muchacha decente y desvalida. No era la primera vez, lo había hecho antes, los hombres, ella debía entenderlo, tenían sus necesidades, eso era una cosa y la familia, la casa, los hijos, otra completamente distinta; quería volver, se lo estaba rogando. Gisela tenía que irse al hospital, estaba muy cansada, no era el momento, dijo, y él sintió el gesto y las palabras como una bofetada y le atenazó el brazo, coño, se lo estaba rogando, qué más quería. Entonces advirtió que ella soportaba el dolor con una resignación decidida, como si alimentara con ello la distancia. La soltó, lo perdonara, estaba desesperado, ¿podrían hablar después, por favor?


«Sí, no, quizás, no sé», murmuró ella; y por la madrugada él la estaba esperando a la salida del hospital para decirle, mientras se dirigían a la casa, que había fallado, había fallado y se lo reconocía abiertamente y estaba dispuesto a cambiar, a serle fiel, a lavar los calzoncillos y fregar la loza, pero no podía dejarlo, coño, porque la quería demasiado y sin ella no podría vivir. Hasta ahora había podido, respondió Gisela, y ya era tarde, las cosas se habían ido enfriando con el tiempo, la perdonara pero sentía como si algo se le hubiera muerto dentro. No era posible, dijo él, intentó de pronto asumir una postura digna y cuando llegaron a la casa la miró con todo su amor y le pidió que lo dejara entrar. Ella murmuró que no, que hoy no, necesitaba tiempo para pensarlo. Carlos creyó que el tiempo podría ser su aliado. Cuando pasaran dos o tres días sería ella quien querría volver, quien odiaría al miserable de la llamada anónima como lo odiaba él al preguntarse cómo, por qué, quién hallaría placer destruyendo así las vidas de los otros. Setentidós horas después la abordó en un parque cercano al.


hospital, ¿qué había decidido? «Terminar», respondió Gisela con una voz neutra, y bajó la cabeza al añadir: «Estuve con otra persona». Carlos se echó a reír como si hubiera escuchado el mejor chiste de su vida, y, sin embargo, desde el principio supo que era cierto, que alguien, probablemente un médico, había besado los labios, tocado los senos, penetrado el sexo de su mujer, volcando allí su sucia esperma y haciendo imposible todo arreglo entre ellos. No sentía furia, sino odio baboso, creciente, que se revolvía en el deseo obsceno de humillarla, preguntando detalles: con quién, dónde, cuándo y cómo había sido; sí, le dijera, también tenía derecho a saber eso, era su último derecho de marido, su último deseo, ¿le había gustado?, respondiera, cojones!, ¿le había gustado más que con él? No, no se echara a llorar ahora, si había actuado como una puta debía responder como una puta. ¿Se iba?, ¿creía que la dejaría ir así?; pues, no, caminaría con ella, correría tras ella, no pensaba dejarla hasta decirle que eso le había pasado por casarse con una negra, porque ella era negra, ¿lo sabía?, y puta, ¿lo.


sabía?, y sí, estaba loco y qué cojones, loco y dispuesto a matarla, a rajarla en dos y a salarse; no, no lo iba a hacer por respeto a su hija, pero quería que supiera que la odiaba y que la haría llorar lágrimas de sangre, que iba a vengarse diciéndole a Mercedita, «Tu madre es una puta, por eso la he dejado». Cuando Gisela le tiró la puerta en la cara, Carlos sintió de pronto la magnitud del odio en que se estaba revolcando. Una súbita debilidad lo obligó a sentarse en la acera y romper a llorar. No era posible que hubiese hecho todo aquello, dicho todo aquello, encontrado un oscuro placer en volcar sobre Gisela las babas del monstruo asqueroso que se agitaba en su cabeza. Hubiera sido mejor matarse o cortarse la lengua. Matarse era una buena idea, una idea dulce de la que emanaba la promesa del sosiego. Sólo la muerte lo salvaría de los recuerdos (con un médico, en una posada, la noche del quince de setiembre), lo liberaría del deseo de saber más, lo redimiría con su oscura venganza: ya veía a Gisela llorando de remordimiento sobre su ataúd, Gisela llorando,


pagando, arrepintiéndose. Se dirigió a su casa enceguecido, en busca de la pistola. A medio camino se detuvo. ¿Recordaba bien?, ¿le había dicho negra a Gisela como una ofensa?, ¿había escupido sobre la memoria de Chava haciendo temblar de vergüenza las seibas del mundo? Dio la vuelta y echó a correr. Tenía que pedirle perdón, implorarle de rodillas, por el amor de Dios, que lo olvidara todo. Jadeaba cuando entró a la casa. Su suegra lo acompañó hasta el cuarto diciéndole, «Quiéremela, hijo, cuídamela», y él cerró la puerta tras sí e hizo un gesto de desamparo al ver el miedo reflejado en el rostro de Gisela. Venía a implorarle que lo perdonara, a rogarle por lo que más quisiera que lo dejara quedarse allí, junto a ella y su hija; él lo había comprendido todo, lo había perdonado todo, lo había olvidado todo. No, no le dijera que era imposible, no había imposibles. Por amor él podía incluso aceptar, si no había otra salida, si ella no estaba dispuesta a renunciar a nada, él podía incluso aceptar la existencia de otro. Gisela le tapó la boca con la mano y Carlos empezó a besársela, se arrodilló y.


la miró desde el suelo: no iba a pararse hasta que respondiera. Ella se sentó en la cama, le tomó la barbilla y lo miró entre lágrimas, lo había querido tanto, tanto, que no lo reconocía así, ¿dónde estaba, Dios, dónde estaba su amor? Carlos se sintió invadido por una dulce ternura y empezó a besarle las lágrimas y el rostro tembloroso y febril y le buscó los labios; pero ella cerró la boca. Entonces él le pidió por piedad una última vez, le prometió que después se iría, y ella respondió que el amor no se hacía por piedad sino por deseo y también por odio, como iba a hacerlo ahora, para que él nunca pudiera olvidar que su hembra fue una negra puta. En aquel acoplamiento agónico, lento a veces y otras desesperado, se fueron contando cara a cara sus traiciones, sus pequeñas miserias, sus rencores, y sintieron cómo el asco los elevaba de pronto al infinito resplandor donde vivían sus memorias mejores, aquellas que juraron salvar del olvido mientras se mordían a conciencia, se marcaban con dientes y saliva sintiendo que placer y dolor, asco y pureza, amor y odio se fundían en.


la tristeza insondable del final. Terminaron rendidos, silenciosos, exangües, y se fueron durmiendo lentamente. Carlos se hundió en una pesadilla: corría desnudo por las calles provocando risas como un payaso, llegaba a casa de Gisela e intentaba entrar, pero la puerta estaba cerrada y las risas se redoblaban ante sus contorsiones y su llanto. Despertó sudoroso, ahogando un grito. Gisela yacía a su lado, desnuda; la rojiza luz del atardecer que se filtraba por los visillos hacía brillar su piel cobriza, canela, quemada como las capas de un pastel de hojaldre. ¿Y si la matara?, ¿si atenazara aquel cuello querido, fino y esbelto como el de una garza hasta darle el descanso eterno para seguirla después hacia la nada? Ella no sufriría, entraría a la muerte dormida, deslizándose como en una canal. El crimen sería un acto de amor, una entrega sin límites hacia aquel cuello que había sido besado por otro. Nadie podría después reírse de sus cuerpos yertos y desnudos. Se incorporó sin hacer ruido y quedó sentado junto a ella. ¡Dios, qué hermosa era! Le.


alzó suavemente la cabeza hasta hacerla descansar sobre la almohada. Ahora había espacio suficiente para sus dedos alrededor del cuello. Gisela dormía como una niña, ¿por qué lo había hecho?, ¿por qué había permitido que otro macho viera su cuerpo desnudo?, su cuerpecito tití, mi amor, su cuerpecito, ¿cómo podría él seguir viviendo?, ¿cómo mirar la cara de sus socios?, ¿no se daba cuenta que lo había dejado desnudo ante las gentes, hecho un payaso?, ¿no se daba cuenta, cariño, que si era hombre tenía que matarla? Le rodeó amorosamente el cuello con los dedos, sintió una delicada sensación de placer y supo que se excitaría cuando la matara, que se excitaría como nunca, con un espanto sublime. Empezó a apretar, Gisela hizo un gesto idéntico al de Mercedita cuando la besaban dormida, sus rostros se parecieron tanto en ese instante que Carlos se detuvo aterrado, saltó de la cama, se vistió y salió huyendo sin mirar atrás. Cuando llegó a su casa sentía frío febril, pasó en silencio frente a la mirada consumida de su madre y se encerró en el cuarto a preguntarse qué había.


hecho la noche del quince de setiembre. No logró recordarlo. Por primera vez bramó contra los tiempos, antes de la Revolución las mujeres se quedaban en la casa, se daban su lugar, su madre nunca habría pensado exigirle a su padre que lavara o fregara, hubiera preferido morir antes que estar con otro porque las cosas eran claras, fijas, cada quien tenía su sitio y no había lugar para este caos que inevitablemente desembocaba en el engaño. ¿Los habrían visto?, ¿conocería alguien su vergüenza?, ¿habría corrido ya el chisme por el Organismo, convirtiéndolo en blanco de burlas para el Director y su claque? Empezó a dar vueltas por el cuarto como si así pudiera escapar a la obsesión. Se estarían burlando, a esa hora estarían muertos de risa. Se oprimió las sienes y golpeó la pared con la cabeza; allí estaban la imaginación y la memoria; hacerla saltar, el único escape era hacerla saltar. Se dirigió hacia la mesita de noche, tomó la pistola, vio el teléfono y sintió una alegría diabólica cuando pensó en llamar a Gisela para hacerle escuchar el disparo. Logró ver su propio velorio con toda claridad, la desesperación se.


convirtió en ternura ante su rostro sereno, intacto, porque habría disparado hacia donde apuntaba: bajo la tetilla izquierda, en pleno corazón. Entonces, desde la perspectiva de la muerte, descubrió a su hija golpeando el cristal del ataúd, llamándolo como él había llamado una vez al abuelo Álvaro, y bajó el arma. La puso en la mesa, sacó de la cartera el retrato de Mercedita y lo colocó sobre la culata. Ella sería su Santa, su Señora de las Mercedes, su Tiembla Tierra, lo protegería de la muerte como había protegido antes a su madre. Pero nunca haría algo parecido, ¿verdad?, nunca le haría eso a un macho. La palabra le revolvió el alma al asociarla con su hija. Mercedita no había nacido para lavar calzoncillos ni para aguantarle tarros a nadie. Tiembla Tierra era nombre de diosa, lo había aprendido en aquel mismo cuarto hacía muchos, muchísimos años, y en pago, castigo y homenaje había bautizado con él a su niña. Y si en aquellos tiempos oscuros Mercedes, la criada de su casa, había tenido que defender su condición desde la sombra, si había lavado los calzoncillos cagados.


de sus amos y de los machos de su propia familia, si había aguantado tarros y borracheras, golpes y hambre, había alentado también la esperanza de que alguna vez bajaría desde lo alto un río de fuego para barrer aquel mundo de mierda. Y el río había bajado con aguas revueltas de gentes y alegría, muñecos y ataúdes, arrastrándolo todo al ritmo de la conga descomunal donde la descubrió rumbeando, feliz como una diosa liberada y entregándole, sin que él ni ella lo supieran entonces, el nombre de su hija, Mercedes, Tiembla Tierra, nombre de negra caliente y orgullosa que él pronunció a medio camino entre la desilusión y la ternura cuando la vio en el hospital, pegada a la teta de Gisela, hembra, prieta, adorable e indefensa como una gatica. La tierra tembló bajo los pies de los rumberos y la noche se hizo día en la remota rumba de Mercedes, y volvió a temblar en Girón, a cañonazos, mientras la oscuridad brillaba con el furor terrible de la pólvora, y estuvo a punto de desaparecer en el estertor y la claridad definitiva del hongo atómico durante la Crisis de Octubre.


Pero ya entonces la vida alentaba en el vientre de Gisela, y ahora su hija tenía el poder de darle una lucidez dolorosa e inconmovible. El río de la justicia desbordada no era perfecto ni puro, arrastraba aguas albañales, escoria, lastres pesadísimos, hábitos monstruosos que generaban sus propias pestilencias. Sabía eso demasiado bien, sospechaba que incluso él tenía mucha mierda adentro, pero reaccionó horrorizado al comprender, ante la foto, que había estado al borde de matar a Gisela y suicidarse por un sentimiento tan bochornoso como el egoísmo. No había vuelta que darle: si quería que el futuro fuera otro, que su niña viviera en un mundo más limpio, si quería ser más revolucionario estaba en la obligación de aceptar que Gisela tenía tanto derecho como él a acostarse con quien quisiera. Se desplomó en la cama como si hubiera llegado al límite de sus fuerzas. ¿Se habría vuelto loco?, ¿cómo concebir un revolucionario cornudo y contento? Ser revolucionario era ser hombre a todo, macho, varón, masculino, pingú hasta la muerte. Volvió a mirar la pistola y la foto. Sí, se había vuelto loco,


un hombre-hombre, un macho a quien le roncaran en serio, mataría a Gisela y al médico y se jactaría de su hazaña diciendo asere, losombre nuncamente se dan guiso pol una peldía, y subiría pa'l talego mientras sus ecobios cantaban un guaguancó sobre el honor lavado con sangre de ramera. ¿Y qué coño tenía que ver con la revolución esa moral de vertedero?, ¿qué tenía que ver la suya propia, hecha de vacilaciones y mentiras? Acarició suavemente la foto preguntándose si la moral de un revolucionario no consistiría en quebrar aquellas normas miserables y aceptar de una cabrona vez que la mujer era una igual, dentro y fuera de la cama, aunque eso le doliera en la vida y le partiera el alma. Así había actuado Gisela, como una igual, y había tenido, además, los santos ovarios de decírselo en su propia cara. Ahora la verdad era tan concreta y cercana que podía asirla: actuar de acuerdo con ella era la única forma de recuperar a su mujer y a su hija. ¿Se atrevería? Juró por su madre que sí, cerró los ojos y sintió que al fin se iba quedando dormido. Cuando su madre lo despertó doce horas después, diciéndole que.


Felipe Martínez estaba en la sala, Carlos tardó en entender y recordar, y entonces todo le pareció más difícil. Se negó a desayunar y a bañarse y recibió a su socio en la cama. Felipe entró como una tromba, ¡tremendísimas noticias le traía, asere, pero tremendísimas tremendísimas! Carlos se incorporó a medias en el lecho y le preguntó si había visto a Gisela. Felipe lo miró confundido, qué Gisela ni qué carajo, ¡el Informe, consorte! El Comité de Base lo había aprobado y elevado, pasaron unos días y ran, se creó una Comisión de alto nivel para estudiar el asunto y quién le dice a Carlos que pan, la Comisión bajó y comprobó, y chan, decidió sustituir al Director, caballo, ¡tronarlo! «Qué bueno», comentó Carlos forzando una sonrisa. Felipe se le encimó hasta tomarlo por los hombros, ¿cómo bueno, mulato?, ¡era de piinga!, y era una victoria suya, suya, suya, suya, ¿no se alegraba, consorte? «Sí», dijo Carlos, y Felipe le soltó los hombros y se sentó a su lado, tenía una mejor, el Comité Municipal le había rebajado la sanción a un año, y se había enterado que si apelaba al Provincial, podían dejársela en.


seis meses, oficial de Katanga, ¿iba a apelar? «No sé», respondió Carlos. Felipe se puso de pie y empezó a recorrer la habitación a grandes trancos, así no se podía, caballo, así sí que no se podía, iba a ponerle la ultimilla a ver si se paraba: le había resuelto pincha; un trabajito bacán, butin en firme, Jefe de Personal en una Empresa de Construcción donde tendría pupú y secretaria; caería para arriba, mulato, y su padre siempre le había dicho que era muchísimo mejor ser jefe que subordinado, chévere, ¿no? «Chévere», musitó tristemente Carlos, y por primera vez Felipe cambió su actitud y con voz sigilosa le preguntó qué le pasaba, negro, le dijera de a hombre. «Gisela me pegó los tarros», dijo Carlos, y notó que el semblante de su amigo se ensombrecía como si hubiera recibido la noticia de una muerte. Felipe era un hermano, el único quizá a quien podía pedirle el favor que necesitaba como el aire, «Dile que venga», le dijo, «cuéntale cómo estoy y dile que la necesito y la perdono». Felipe parecía haber recibido una bofetada, ¿qué coño estaba diciendo?, ¿se había vuelto loco o qué carajo?, Carlitos, cará, al llegar,


la pura le había dicho que estaba mal mal mal, pero nunca pensó que fuera tan penco, ¿se daba cuenta de lo que estaba diciendo? «Que la quiero», confesó Carlos, y Felipe replicó que eso era una mariconá y enrojeció al gritar, «¡Primero muerto que tarrú, cojones!». Sus palabras fueron el latigazo que venció las últimas fuerzas de Carlos y lo dejó inerte, mudo, asintiendo a la filípica de su socio sobre la moral del hombrehombre. Cuando Felipe se retiró una hora después, prometiendo volver, Carlos sabía que estaba obligado a divorciarse. Imaginó a Gisela engañándolo tantas veces como él la había engañado a ella, o peor aún, haciéndolo y diciéndoselo, y pensó por un instante que se había acostado con un negro o con un extranjero y sintió un fortísimo dolor en el pecho. No, no le salía de los mismísimos verocos aguantar eso porque, gracias a Dios, había nacido macho, blanco y cubano, y por lo mismo tampoco iba a serle fiel a ninguna mujer. A cada buena hembra que se le pusiera a tiro, china, negra o blanca le daría jan, pero la suya, su esposa, tendría que andar al hilo, derechita derechita. Él no era el.


hombre nuevo ni un carajo para aceptar ese igualitarismo que cualquiera podía confundir con mariconería. Aceptaría aquella jefatura, se haría socio del nuevo Director, vacilaría el carro, tallaría hasta conseguir apartamento, comería como una bestia y ligaría miles de niñas con quienes bebería ron del bueno y bailaría son del bueno, y que nadie viniera a sermonearlo: una cosa era vivir y otra saber vivir. Al incorporarse sintió un mareo, pero sacó fuerzas del proyecto para pedirle a su madre el baño y la comida. Ella lo trató a cuerpo de rey y él advirtió que su plan había empezado a funcionar. Ya no más colas en el minúsculo bañito de sus suegros, ni en la pizzería, ni en la bodega; ya no más huevos fritos en el almuerzo y en la comida; ahora, en lugar de cederle su cuota de carne a Mercedita, recibiría la de su madre, que estaba contentísima del diálogo con Felipe y echaba chispas contra Gisela, esa loca que se había atrevido a engañar a su hijo. Después de hartarse, sudando todavía el potaje de frijoles negros en el vapor incierto de principios de octubre, volvió a.


meterse en la cama. Años de trabajos nocturnos y de guardias le habían creado la sensación de estar siempre con sueño y su plan incluía resarcirse de aquel gasto que no le había reportado el menor beneficio. Las sábanas estaban limpísimas, frescas, almidonadas como jamás estuvieron en casa de Gisela. Sentía una plácida molicie, buena para dedicar horas y horas a la invención del brillante futuro cuya asquerosidad lo atraía como un remolino. La Habana entera hablaría de él, se haría rey de la dolce vita, aquella existencia secreta, fácil, que los comemierdas ignoraban. Alternaría todas las noches con la gente del Wakamba, el piquete de jodedores más fabuloso de cuantos había azotado la ciudad. Simpáticos borrachos, funcionarios tronados, filósofos de doble filo que se pasaban la vida bebiendo y templando en la Emulación de la Jodedera, guiados por su biblia, el Manual del Socialismo Musical, cuyo primer versículo, «El hombre e un ser sersual siempre y bajo cualquiera circunstancia». era a la vez su Decálogo. Y tenía su onda, monina, tenía su onda, explicaban los.


jodedores a quien quisiera escucharlos en las madrugadas del Wakamba, donde caían después de protagonizar escándalos divertidísimos. Carlos solía recalar también allí, porque era el mejor lugar del Vedado para comer algo después de las tres de la mañana. Conocía a Mongó, el pintor cuya obra maestra, según había declarado a la Prensa, una amiguita suya que había estado encana, era un acento amarillo como un girasol sobre una enorme O, un acento emblemático, porque él mismo no se llamaba Mongo, sino Mongó, como Vangó; a Johnny Fucker, primo de Walker, que recitaba emocionado su poema sin palabras, «Números»; y a su cuasi tocayo Juan Carlos Leo, el Destripador, quien se decía pornógrafo profesional, filósofo aficionado y catecúmeno por vocación, y solía explicar al parroquiano de su izquierda, porque era izquierdista, que la esencia del socialismo musical no era el trabajo, ni mucho menos el sacrificio, los méritos o el esfuerzo, sino la onda; se trataba, ilustrísimo dipsómano sentado a su siniestra, de estar en onda, y ella, la maga, atraería ninfas, astromóviles, sones, elíxires y algo.


para masticar, con lo que uno arribaría al estadio o etapa o fase superior de la vida: el Komunismo musical. El errorrr de nuestra política, gritaba entonces el Destripador moviendo rápidamente sus manazas, consistía en no habernos dado cuenta de que este país era el mayor productor de culos por metro cuadrado en todo el orbe; culos, sí, culos, ¿al señor no le gustaban?, ¿sí?, equelecuá, quindi, en la división internacional del trabajo éramos por definición el país de la jodedera, ¿quería inscribirse en la emulación que se estaba organizando? La primera vez que Carlos escuchó la descarga se divirtió muchísimo y pidió que le explicaran las claves de la pizarra colgada en una pared de la cafetería. El Destripador le hizo el honor de inmediato: bajo la P se inscribían los nombres de los participantes en la emulación; JL significaba jebas ligadas, y BC, balance de curdas o borracheras cogidas; los reportes se hacían diariamente ante él, el notario, que se encargaba de comprobar escrupulosamente tanto la calidad de las curdas como el hecho de que la carne poseída fuera distinta cada vez, y de asignar.


puntos adicionales por la concurrencia de circunstancias atenuantes: premeditación, nocturnidad, alevosía, escalamiento y ventaja; a fin de mes se seleccionaba al ganador, monarca de la wakamba, rey de la dolce vita, y se le pagaban tantos tragos como fuera capaz de sonarse. Carlos consideró aquello una forma de locura y llegó a sentir lástima por ellos; pero ahora, recordando las niñas que los wakambosos se habían wakambeado, sentía una envidia brutal, unos deseos crecientes de entrar en el wakambeo, y se preguntaba dónde residiría el atractivo de los jodedores; andaban borrachos, mal vestidos, y trataban a las wakambitas como a perras, pero el horror parecía ejercer una fascinación incontrolable sobre cierto tipo de mujeres. Él podría hacerlo, lo haría, bebería hasta ser capaz de exhibir su cojera y sus encías peladas, «¿Y qué onda, Destripador? Llegó Charli el Kin», diría mientras una wakambita pelirroja lo esperaba con los pechos moteados de chupones. En el umbral del sueño logró tenerla, exhibirla delante de sus sociales, y se durmió borracho de felicidad. Pero.


de pronto los wakambosos se le reían en la cara y él echaba a correr, desnudo y desdentado, y ante la casa de Gisela volvía a sufrir el horror del payaso. Despertó en un grito y el cuarto, oscuro, le pareció una extensión de la pesadilla. Se paró ante el espejo: era aquella sombra que quiso ser un héroe que quiso ser un arquitecto que quiso ser un guerrillero; eso era, alguien que quiso ser. Cuando Felipe volvió, tres días después, Carlos seguía en cama repasando los hitos de su desgracia, imaginando combates decisivos, preguntándose qué habría sido de la pobre Iraida, deseando que algo sucediera en su vida. Sonrió al ver al socio, quizá hoy lo llevaría a la Empresa, quizá mañana empezaría a trabajar. Pero Felipe venía mustio, cabizbajo, y Carlos estaba pensando que no habría trabajo para él cuando su amigo se detuvo junto a la cama y dijo: «Dicen que mataron al Che». Carlos se paró, sintiendo que acostado no era posible hablar de aquella mentira, porque era mentira, ¿verdad?, era mentira, dijo, y se agarró de su amigo para disimular la consternación y el mareo. «No sé», respondió Felipe extendiéndole.


el Granma, «ojalá». Carlos tomó el periódico, avanzó a tientas hacia la ventana, la abrió y quedó cegado por la luz. Cuando volvió a mirar, el cuarto había perdido su tristeza. Granma no decía que el Che hubiese muerto, aclaraba incluso que carecía de noticias confiables, se limitaba a publicar unos cuantos cables fechados en Bolivia que afirmaban aquel disparate. Felipe esperaba su opinión, siempre la había esperado, y él sintió que su cerebro se despejaba y recuperaba la facultad de especular, el Che no podía estar muerto, por tanto, estaba vivo, evidentemente, más vivo que nunca; Granma había publicado los cables por razones tácticas, para confundir al enemigo haciéndole creer que dábamos por cierta su mentira; cuando el desembarco del Granma se había dicho lo mismo de Fidel. Felipe sonrió al fin, coño, compadre, le daba una alegría del cará, y se acercó a Carlos, que había desplegado un Atlas sobre la cama y pasaba febrilmente las páginas hasta detenerse en el mapa de Bolivia, sobre el que empezó a marcar los puntos mencionados en los cables mientras improvisaba una larga reflexión acerca de la teoría.


del foco, de la guerrilla rural como partido y no como simple brazo armado de una organización urbana, y de la guerra popular prolongada al estilo vietnamita, hacia la cual tendería inevitablemente el proceso de liberación latinoamericano. Felipe estuvo de acuerdo, como siempre, pero desgraciadamente tenía que irse, ¿se llegaban mañana a la Empresa? Carlos se negó, pretextando razones familiares; sería en otro momento. La falsa noticia y su elucubración política le habían revelado que no estaba hecho para tareas administrativas. Acompañó a Felipe hasta la puerta y lo calmó, no se preocupara, ni loco volvería con Gisela, su problema, ahora, era tratar de entender en profundidad la operación Bolivia. Al día siguiente, Granma publicó nuevos cables que parecían confirmar la noticia, pero Carlos se reafirmó en la teoría de las razones tácticas, y dedicó todo su tiempo a dibujar un gran mapa de América Latina para marcar las zonas de actividad guerrillera e intentar definir cuál era, allí, el eslabón más débil de la cadena imperialista. Se sentía responsable personal de los.


acontecimientos, trabajaba como si su conclusión fuera urgentísima. Pero no había avanzado mucho cuando leyó en el Granma que fuentes oficiales de Argentina confirmaban el desastre. Volvió a su tarea y de pronto se sintió asaltado por la convicción de que lo imposible había sucedido: el Che estaba muerto; y, sin embargo, seguía teniendo razón: allí estaban los volcanes de donde, en la hora de los hornos, saldría el fuego para hacer temblar la tierra y cambiar el rostro de América. Era así, sin dudas, pero el Che estaba muerto, «Ñancahuazú», «Vado del Yeso», «Quebrada del Yuro» habían entrado en su vocabulario y en la historia, y él no podía seguir encerrado en aquel cuarto. Al pasar por la sala le dijo a su madre que sí, que era cierto y que no debía llorar, pero en la calle se sintió desconcertado. No tenía adónde ir, nadie necesitaba su opinión ni su presencia. Caminaba sin rumbo cuando recordó que debía hacer algo importantísimo: explicarle a Mercedita. Echó a correr hacia la casa de Gisela sabiendo que sería mejor esperar un ómnibus, pero.


que no tendría paciencia para ello. Bajó por Veintisiete aprovechando el declive, cruzó Infanta, dejó atrás el Vedado y al internarse en Cayo Hueso sintió el silencio, aquel silencio inaudito. Era un barrio de casas viejas y solares populosos, y ahora las calles estaban llenas como siempre, pero nadie gritaba, ni cantaba, ni tocaba una rumba de cajón. Al llamar a la puerta lo asaltó el temor de tener que enfrentarse a Gisela, pero ella estaba en el trabajo y él tomó a Mercedita de la mano y caminó hasta el Parque de Trillo preguntándose cómo se explicaría la Muerte. No, le dijo a su hija, el Che no estaba en el cielo sino en la memoria, ¿se acordaba de él?, pues allí vivía, vigilando. «¿Está de guardia, siempre?», preguntó ella, y él le respondió que sí, sonrió al oírla decir, «Pobrecito», y le explicó que el Che sufría cada vez que un niño se portaba mal, cada vez que un hombre o una mujer olvidaban sus deberes. Al pronunciar esas palabras no supuso que habría de recordarlas después, al ver el Granma que confirmaba la tragedia y la foto de los combatientes de Girón con los fusiles en alto. En.


aquel mar de puños habían estado los suyos, ahora distendidos, incapaces de tomar el relevo. Consternado, rabioso, volvió a pensar en eso durante la Velada Solemne, exaltado al ver las palabras del poema; un caballo de fuego sosteniendo aquella escultura guerrillera, entre el viento y las nubes de la Sierra, y se escuchó repetir: «Espéranos. Partimos contigo», pero al final, por primera vez las palabras de Fidel no provocaron aplausos sino un silencio sobrecogedor, se vio asaltado por la angustia, preguntándose qué hacer para lograr el imposible de parecerse remotamente a aquel modelo. Ahora no le bastaba con refugiarse en el viejo truco de imaginar que combatía y lograba la victoria: necesitaba hacer algo, y pronto. Al llegar al extremo de Paseo notó una fortísima asincronía entre su desesperación y la calma concentrada de los cientos de miles de personas que abandonaban silenciosas la Plaza. Se detuvo al sentir que una fuerza tranquila lo invadía, era uno entre los millones que mañana volverían al trabajo, sin dejar morir del todo a sus muertos. Pero él no.


tendría adónde ir, no estaba dispuesto a aceptar el cómodo destino burocrático propuesto por Felipe. ¿Y si se fuera lejos, bien lejos de Gisela y de sí mismo, a hacer la zafra como machetero en Camagüey? Rechazó aquella idea que lo separaría de Mercedita, de su madre y, sobre todo, de la posibilidad de recuperar a Gisela. No había invertido años de su vida formándose como cuadro político para terminar junto a un plantón de caña; su cojera le impediría soportar una zafra completa, bajo el sol feroz de los cañaverales. De pronto, esas mismas razones comenzaron a funcionar a favor de la idea, se le hizo claro que partir, aceptar el reto, vencer sus miserias le permitirían pensar en el Che sin sonrojo, como un soldado anónimo de su tropa, y echó a caminar con un paso tranquilo, ajustado al de la multitud. Tuvo que sacar fuerzas de aquella decisión una semana después, cuando el nuevo Director lo citó a su despacho, lo felicitó por la valentía mostrada en el Informe y se excusó por no poder reintegrarlo de inmediato al CEI; no sería táctico, le dijo, se había armado mucho brete alrededor del asunto y.


era mejor que las aguas cogieran su nivel; quería informarle que los compañeros del Comité de Base se habían dirigido a él, pidiéndole que reconsiderara el problema; le dolía mucho prescindir de un cuadro tan capaz como Carlos, pero se trataba de una decisión temporal; en seis meses, en un año a lo sumo, estaría otra vez con ellos; pero ahora, ¿aceptaría una plaza de analista en el Ministerio de Comercio Exterior? Carlos pensó que allí estaba la solución de su problema, pero ya no tenía tiempo ni moral para aceptarla. Gisela, Mercedita, su madre, Felipe y los compañeros del contingente sabían que había decidido irse; estaba comprometido con ellos, consigo mismo y con la memoria del Che. «No», dijo, «no acepto.» La manera brusca con que habló dio lugar a una confusión que le obligó a explicarse, su negativa no era consecuencia del resentimiento ni del orgullo, era consciente de que había cometido un error, de que éste tenía su costo y precisamente por ello necesitaba probarse en otro terreno. El nuevo Director sonrió suavemente y le mostró las manos, demasiado grandes para su.


cuerpo. «Fíjate qué cosa», dijo,»desde los once años me la pasé cortando caña y después vino la guerra y ahora estoy aquí, y tú, con esas manos de oficinista. » Carlos quedó en silencio, mirando las manazas del Director, hasta que éste dijo: «Oká, cuando termine la zafra vuelves con nosotros, ¿de acuerdo?» «¿Iraida. » se atrevió a preguntar él, y el Director le dijo que no se preocupara, estaba bien, de secretaria del Pocho Fornet en la Biblioteca Municipal, fichando libros, y ya en la puerta lo despidió con un abrazo. Carlos estuvo tranquilo, con la certeza de haber actuado bien, hasta la tarde que firmó su sentencia de divorcio como un acta de defunción, y volvió a sentir deseos de suicidarse en la notaría polvorienta y desolada de la que salió con Gisela, cabizbajo. Intuía un sentido secreto en que su ruptura y su partida hubiesen coincidido, y le costaba trabajo avanzar con la maleta de madera golpeándole la rodilla y la mocha bajo el brazo. Hasta ese momento Gisela había estado tensa, como urgida por una imperiosa necesidad de terminar, pero ahora caminaba en silencio mientras.


él buscaba qué decir, recordaba su primera carta de amor y miraba a hurtadillas aquellas manos que esta vez no le curarían las llagas. Al llegar a la Terminal de Ferrocarriles se detuvo bajo la tela que saludaba a los heroicos macheteros del contingente «Che Guevara» y preguntó, «¿Te acuerdas?». «Me acuerdo», dijo ella. Una locomotora resoplaba en el patio, los altavoces transmitían el Himno del Guerrillero, las gentes se despedían a gritos y la algarabía acentuaba el silencio que volvió a crecer entre ellos. Carlos bajó la cabeza repitiendo entre dientes: «Guerrillero, guerrillero, guerrillero adelante, adelante. » De pronto dejó de murmurar y dijo: «Háblale de mí a la niña.» «Sí», musitó Gisela. Después de unos lentísimos segundos se miraron a los ojos y coincidieron casualmente al decir, «Bueno». Gisela empezó a sonreír y la sonrisa se le deshizo en los labios. Carlos supo que podía besarla e intentó hacerlo, pero al acercarse le golpeó las piernas con la maleta, se detuvo, puso la maleta en el suelo, y cuando volvió a mirar a Gisela algo indefinible había cambiado. «De.


verdad que fue bueno», dijo ella entonces, «a pesar de todo.» Carlos miró hacia los andenes: «¿Puedo escribirte?» «Claro», dijo ella, y él encontró en su tono una esperanza, y acarició la idea de rodearle la cintura e intentar el regreso a casa, pero al mirarla supo que de atreverse todo se derrumbaría, que debía partir, y dijo «Adiós» y la escuchó gritar «¡Cuídate!» mientras él avanzaba hacia el tren y la maleta volvía a golpearle la rodilla. A su lado, la gente cantaba.


20 Pero desde la primera carta, Gisela, le prohibiste hablar de amor, usar centenares de palabras; escribir, por ejemplo, la noche está estrellada, aunque le gustaba tenderse a mirar las estrellas y la luna color oro viejo, y pensar en ti e imaginar el regreso. Cuando se sentó y puso la fecha no sabía de qué hablar salvo de su desesperación por verte, y se quedó en blanco frente al papel hasta que escribió tu nombre, Gisela, con aquella letra temblorosa y desigual, como de niño. Entonces, en su primera carta no de amor, te habló de sus manos. Se le habían hinchado tanto que parecían de otro cuerpo. Tenía segundas y terceras falanges de la derecha. Durante la primera hora de corte le salieron ampollas de un agua pegajosa y quemante que después estallaron en una llaga rojiza. Lo más doloroso era cerrar al coger la mocha o la pluma. En cambio, la izquierda tardó más en sufrir, la.


usaba para despejar los plantones y poco a poco se le fue llenando de rasguños, heridas, mínimas desgarraduras por las que se metía la pajilla ardiendo como mil alfilerazos. Aún así, estaba bastante mejor que su hermana. Si hubiese sido zurdo, ahora tendría una letra bonita, pero de la derecha no le quedaba ya ni la línea de la vida. En la siguiente te habló del resto de su cuerpo y del tiempo. Las horas más duras eran el amanecer, cuando lo despertaba el «¡De pieee!» en medio de un frío húmedo y azul que parecía encajado en el centro mismo de sus huesos; el mediodía, en que una llamarada lo aplastaba contra el cañaveral, haciéndole sentir los bordes del sombrero como una corona de espinas; y las dos de la tarde, cuando era necesario todo el valor del mundo para regresar al campo después de la molicie de la siesta. Los brazos y las piernas le temblaban por el esfuerzo, la cabeza le estallaba bajo el sol y el sombrero, y el pie del que cojeaba solía doblársele al malmedir la altura siempre incierta de los camellones. Pero el centro del dolor estaba en la cintura. Era allí donde rabiaba al ponerse de.


pie, al inclinarse sobre los plantones, al girar sobre sí mismo para tirar las cañas a la tonga, e incluso al sentarse a escribir. Sólo hallaba sosiego en las noches, cuando se tendía en la hamaca y contaba sus dolores como si fueran virtudes o monedas. Terminó así la carta porque era entonces, en las noches, cuando se acariciaba el sexo con las manos llagadas soñando que hacía el amor contigo y se torturaba con aquellos celos enloquecedores. Y de eso no podía hablarte, Gisela. Días después, con el cuerpo casi habituado a la faena, te escribió sobre los inventos. Noches atrás había salido de la barraca a orinar y en el camino encontró el Acana recostado a un jagüey, mirando la luna llena. —Quiay —le dijo. Acana lo agarró por el brazo y sin dejar de mirar hacia arriba comentó: —Estaba pensando, asere, que si sembráramos la caña en la luna no habría que alzarla ni transportarla; corta y tira, corta y tira, y las cañas vendrían al basculador solitas, volando. Cuando lo contó, Gisela, los inventos se.


pusieron de moda. Vender la caña en pie; decirles, por ejemplo, a los japoneses: desde aquí hasta el mar toda esa caña es de ustedes, vale tanto y punto. Después, que la tumbaran ellos, que la tumbara el viento o que la tumbara Lola con su movimiento. Hubo ideas más elaboradas, como la de sembrar la caña en esteras, de modo que ellas mismas vinieran a dar contra una cuchilla situada al extremo. Pero el invento que obtuvo la aprobación unánime fue el de sembrar árboles de azúcar, que la dieran ya refinada y ensacada. No le podías negar que era una idea tan linda como la de estar en casa. Solía pensar en los inventos durante las horas más duras de la faena y en eso estaba cuando la vio en el horizonte. Demasiado grande para ser una alzadora, demasiado alta para ser un camión, avanzaba a contraluz de modo que se veía negra en la distancia, seguida por tres yipis que parecían pulgas a su lado. Se encasquetó el sombrero para burlar el sol y asegurarse que no eran visiones; que aquellas líneas verdinegras que la máquina parecía arrancar de la tierra, partir en el aire y.


entongar en una carreta eran cañas y no una ilusión óptica. Cuando estuvo seguro, Gisela, no supo si se había vuelto loco o si la locura de los inventos se había hecho realidad. Daba lo mismo, te escribió esa noche, el caso fue que los compañeros saltaron a su lado y él también saltó y gritó y agitó en el aire la mocha y el sombrero y corrió dando vivas, mientras la máquina avanzaba como un mastodonte capaz de hacer la tarea de cuarenta hombres sin una sola ampolla y sin dolor de huesos. Cuando llegaron junto a ella, el operador la detuvo y saludó: —¡Sdrásbuitie, tavárichi! Le hizo gracia oír hablar ruso en un cañaveral y lo apenó el modo atroz con que el calor castigaba al soviético, que parecía a punto de disolverse en sudores. Entonces escuchó aplausos y vivas, pero no hizo caso porque se había acercado a la máquina, pintada de amarillo y rojo, que brillaba en el campo como un escudo. Quería tocarla, pensaba que le traería buena suerte y se inclinó para acariciarle las cuchillas. En ese momento alguien le pasó el brazo sobre los hombros,


preguntándole qué le parecía. La voz le sonó conocida, volvió la cabeza y por poco se cae redondito. Fidel estaba inclinado junto a él, Gisela, mirando las cuchillas. Cuando logró recuperarse, pensó que debía hacer un saludo militar o algo parecido, pero era imposible porque Fidel mantuvo el brazo sobre sus hombros y le repitió la pregunta. —Perfecta, Comandante —respondió del modo más solemne que pudo. —No, chico —le dijo Fidel—. Las cuchillas son muy altas, fíjate en el tramo que dejan sin cortar. ¿No es ahí donde se concentra la mayor parte del azúcar? Las manos señalaban ahora el tocón de la caña. Eran inesperadamente finas, Gisela, quizá algo pequeñas para la estatura de Fidel, y mostraban también las huellas de la mocha. Probablemente fue el modo familiar en que Fidel lo contradijo el que lo impulsó a decir: —Sí, Comandante, pero no. Aquí la tierra se hunde, así que es lógico que las cuchillas piquen más arriba.


—La preparación de la tierra es un factor — admitió Fidel, palpando el declive—, pero la altura de las cuchillas es otra cosa, porque cuando la tierra se hunde la máquina también baja, ¿no es así?, y además, en terreno plano nos pasa lo mismo. ¿Qué creen ustedes? preguntó, dirigiéndose al grupo que lo rodeaba. Enseguida se armó un debate sobre las virtudes y defectos de la máquina: la potencia del motor, el tipo de acero, la altura de las cuchillas, los terrenos pedregosos, la caña quemada, los rendimientos en azúcar. Fidel desvió sus infinitas preguntas hacia los asesores e ingenieros soviéticos y cubanos que debatían y tomaban notas incesantemente. Cuando todos opinaron, se volvió otra vez hacia él. —Se hará como yo diga —sentenció. —¿Qué tal por aquí? —Muy bien, Comandante. Perfecto. —Chico —dijo Fidel—, ¿para ti todo es perfecto? Se sintió enrojecer, Gisela, con la carcajada que siguió al comentario, pero el propio Comandante.


vino en su ayuda. —Dejen al compañero —dijo, volviendo a pasarle el brazo por los hombros—. Cortar caña es una tarea tan dura que hay que entrarle así, con entusiasmo. Lo que pasa es que yo soy curioso. A ver, ustedes, ¿cómo están por aquí? Las primeras respuestas concretas provocaron nuevas preguntas, enfiladas ahora a los detalles, desde el promedio de corte hasta la calidad del albergue y la comida, y entonces Fidel prometió hablar con los compañeros del Partido Municipal a ver si era posible mejorar el suministro de botas, limas, guantes y la frecuencia en el envío del periódico. Aquella máquina, les dijo, era una realidad gracias a la colaboración de los compañeros soviéticos, pero todavía pasarían muchos años antes de que se lograra mecanizar completamente el corte; mientras tanto, las divisas de la nación dependerían de los macheteros, del esfuerzo, el sudor y la conciencia de ellos. Entonces, Gisela, cuando él se dio cuenta de que Fidel ya se iba, trató de explicarle que la máquina le había parecido perfecta porque de alguna.


manera la habían soñado, y le contó los inventos. Fidel se echó a reír, elogió sobre todo la ocurrencia de sembrar caña en la luna porque revelaba sensibilidad, dijo, y porque proponía un reto. Sembrar caña en la luna era un símbolo de lo aparentemente imposible, pero tareas así tenían que vencer los pueblos para terminar, al fin, con la prehistoria de la sociedad humana. Se despidió uno a uno de los macheteros, dándoles la mano, y se dirigió hacia el yipi. Había abierto la portezuela cuando se volvió para preguntar qué era la revolución, compañeros, si no una lucha permanente contra lo imposible. Esa noche, Gisela, te escribió la carta más intensa de su vida. Estaba feliz, había hecho bien al venir a Camagüey y deseaba que tú lo admiraras un poquito, aunque no te lo dijo. Llegó a pensar incluso que ganar otra vez tu amor, vencer los celos, sería su victoria personal sobre lo imposible. El encuentro de la brigada con Fidel, te escribió días después, se contó y recontó por la zona hasta alcanzar las proporciones del mito. Los suministros mejoraron molestando al resto de las.


brigadas, que se pusieron horriblemente celosas. Para calmarlas, el Comité Municipal del Partido los designó a ellos para que derribaran unos campos de demolición a los que otros grupos les sacaban el cuerpo. Los hombres aceptaron de mala gana no por miedo al esfuerzo, Gisela, sino porque meterse en el caguazo les haría bajar el promedio de corte y las posibilidades de ganar la emulación regional. Salieron del albergue todavía de noche, haciendo bromas, pero cuando llegaron al campo se les cayó el ánimo, parecía un yerbazal donde se perdían las cañas PPQK, aquellas Pepecucas cuyas únicas virtudes eran su enorme resistencia a las plagas y su fecundidad, demostradas en tiempos en que no había fertilizantes ni pesticidas. En cambio, eran muy difíciles de picar, caña larga, flaca, arrastrada y dura como el hierro, caguazo puro. Mirándola, pensó que debían negarse y te lo confesó después, avergonzado; pero en aquel momento Heberto Orozco, el Jefe de Brigada, alzó la mocha y dijo una tontería: —Caballeros, a sembrar la luna. Desde el principio adoptó el hábito de ofender a.


aquella caña maldita mientras la picaba. Como la muy puñetera solía arrastrarse y había que buscar el plantón entre las yerbas, la llamaba majá, jubo, serpiente venenosa, cascabel, pitón, boa constrictor, y de tanto pensar que estaba matando víboras llegó a verlas de verdad, Gisela, en las horas en que el sol lo enloquecía. Entonces ofendía a Pepe, a Cuca y a toda su parentela de hijos bastardos, abuelos borrachos y primos contrabandistas. Cuando Orozco dijo que había que terminar el treintiuno de diciembre, pensó que se había vuelto loco, porque quedaba demasiado caña en pie, pero qué se iba a hacer, Orozco era de los locos que ponían la mocha por delante. Al amanecer del treintiuno quedaba caña para dos brigadas. Él estaba seguro de la derrota y sugirió que pidieran refuerzos. Orozco, Gisela, era un hombre alto, fuerte, orgulloso como una seiba y blanco como un gallego: el sol lo castigaba más que a nadie. Sin embargo, siempre era el primero en entrar y el último en salir del campo. No respondió siquiera a la sugerencia, miró su mocha, sus brazos, y entró al cañaveral como si estuviera.


dispuesto a comérselo él solo. Tenía la virtud de mandar con actos y otra vez lo siguieron y trabajaron, de verdad, como nunca. Pero cada vez se hacía más claro que no podrían terminar la tarea. Bajo el atardecer llameante y triste como un incendio picaron ferozmente y cuando oscureció bajaron las mochas con la calma de quien ha hecho todo lo posible. Entonces Orozco demostró que estaba totalmente loco y mandó a traer mechones. Cumplieron la orden, Gisela, por respeto a aquel terco delirio. Las vacilantes luces, lo sabían de antemano, no fueron suficientes para iluminar el campo. Pero siguieron picando, lentamente ahora, a riesgo de cercenarse una pierna. Parecían fantasmas, sombras de macheteros muertos, condenados a cortar caña para siempre. A eso de las nueve, las nubes que ocultaban la luna se movieron y una luz espectral cubrió el campo. Como ya no los molestaba el calor, aumentaron el ritmo. A las diez empezaron a decirse que quizás fuera posible, y a las once estaban seguros de que si no descansaban ni un minuto, si concentraban en el trabajo aquella fuerza inmensa que sólo podía.


nacer de la locura, lograrían cantar el himno antes de las doce, como lo cantaron, Gisela, sobre el campo limpio, iluminado por la luna. El Partido Municipal les dio un homenaje y los situó en un campo de Puerto Rico Nueve Ochenta, una caña limpia, hermosa y esbelta como una muchacha, para que pudieran recuperar las arrobas perdidas y optar por la victoria en la emulación. Jamás hubiera creído, Gisela, que Heberto Orozco, el jefe a quien admiraba como a su padre, fuera a ser la causa de su momento más amargo en la zafra. Trabajó, lo juraba, hasta morirse. Pero cuando se hizo el chequeo trimestral, su brigada perdió por setenticinco arrobas y se hizo evidente que él, el machetero más corto, era la causa y Orozco se lo echó en cara, descompuesto. Esa noche, Gisela, se prometió que jamás volvería a ocurrir algo así. Recordó que la velocidad de la guerrilla era igual a la de su hombre más lento y decidió extender su jornada para alcanzar el promedio. Al día siguiente salió una hora antes para el corte y trabajó solo, en la noche sin luna, a la luz de un mechoncito. Cuando la brigada llegó,


Orozco no lo saludó siquiera. Pocas veces, Gisela, había sentido tanta rabia contra una persona. Noches después los sorprendió el fuego. Te escribía con las manos chamuscadas, hubo un momento en que pensó que nunca podría hacerlo. Estaba durmiendo cuando escuchó los gritos y no se tiró enseguida de la litera porque creyó que era una broma de las muchas que los macheteros hacían para matar la nostalgia. Reaccionó con el trajín de la gente vistiéndose y empezó a hacerlo también, atontado todavía por el sueño. Cuando salió del albergue vio a lo lejos, ardiendo, los campos de Puerto Rico Nueve Ochenta. Una densa nube de humo se elevaba hasta el cielo enrojecido. Orozco, desesperado, llamaba a los hombres desde el camión golpeando el techo de la cabina con la mocha. Él subió por la rueda y segundos después el camión, levantando una nube de polvo sobre el terraplén, dobló en la primera guardarraya y siguió campo arriba dando tumbos. A lo lejos el incendio había crecido, sobre el ruido del motor se escuchaba el sordo crepitar de las cañas chamuscadas. El camión avanzaba a.


saltos por la guardarraya desigual, haciéndolo pensar que no llegarían nunca. En eso cambió la dirección del viento y el fuego empezó a avanzar hacia ellos. Vieron, en un cruce de guardarrayas, otra brigada apiñándose en una carreta tirada por un tractor y las sombras de un cordón de macheteros abriendo trocha. —¡Eh, los del camión! —gritó una sombra. De pronto, un hombre saltó hacia el estribo, chocó contra la puerta y estuvo a punto de resbalar y caer bajo las ruedas. —¿Usted es comemierda? —gritó él. El hombre metió la cabeza ennegrecida por el humo dentro de la cabina y dijo: —¡Atrás, carijo, atrás! El humo sofocante y denso llegó hasta ellos, nublándoles la vista. El camión frenó de golpe y el hombre cayó al camino. Detrás, la candela saltó la guardarraya, el incendio se elevaba ahora a ambos lados. El camión inició la torturante maniobra de doblar en U. Orozco se tiró para ayudar al hombre a incorporarse. Abordaron el camión en movimiento, por el estribo, cuando terminaba de.


dar la vuelta y enfilaba hacia el fuego. —¡Suénalo! —gritó Orozco—. ¡Suénalo, cojones! En primera, pisado hasta la tabla, el camión saltó hacia el borde derecho de la guardarraya, donde la candela no había prendido aún en firme, y pasó volando junto a las llamas. —¡Nacimos hoy, santísimo! —gritó el hombre. Pararon a quinientos metros y saltaron al camino, mocha en mano. Un grupo de campesinos vino a su encuentro. —¡Por belcebú! —dijo Sandalio Oduardo—. ¡Es Orozco! ¿Qué hacemos? —Lo que usted diga —respondió Heberto. Sandalio se volvió hacia el campo incendiado y dijo sin levantar la voz: —Ya saltó una guardarraya, si brinca el terraplén y pega en el fomento de Medialuna, se vira el mundo p’al carajo. —Bueno, ¿qué hacemos entonces? —preguntó el Acana. Sandalio no pareció escucharlo. Siguió mirando el campo como queriendo medir las distancias, la.


dirección del viento y la voracidad del fuego. —Orozco —dijo—, hay que abrir otra trocha aquí mismo. —¿Tan lejos? —No es lejos —respondió Sandalio—. La candela es mujer, si uno se achanta lo rodea y lo fríe. —¿Y el terraplén? —Yo me ocupo —dijo, y se fue dando un rodeo, seguido por cinco campesinos. —¡Trocha aquí! —gritó Orozco. El cordón de macheteros se alineó a picar. Al principio la relativa lejanía de las llamas y el fresco de la noche les permitieron trabajar con rapidez, y él se preguntó, Gisela, qué iba a hacer Sandalio contra el fuego con sólo cinco macheteros. Después, el humo y el calor convirtieron la trocha en un infierno, las pavesas comenzaron a sobrevolar el campo como estrellas fugaces y nacieron los conjuros, los gritos de odio, «¡Chispa tu madre, eh!», «¡Mata la condená!», y los hombres se aplicaron a defender la trocha que habían abierto desde una guardarraya matando el.


fuego sobre el polvo, atajando las rojas lengüetas del dragón en que se había convertido el campo vecino, apagando a pisotones las pajas encendidas en medio de la trocha, arrastrando hacia las llamas los plantones ardientes para que el fuego consumiera al fuego, sudando, ardiendo en un cuerpo a cuerpo con la candela, jadeantes, exhaustos, vieron cómo un remolino de viento hacía girar las llamas hacia el terraplén que daba a los inmensos campos de Medialuna. —¡Para, cabrona; para, viento! Ahora, del lado de la trocha sólo saltaban chispas, y Orozco ordenó: —¡Diez aquí, los demás conmigo! Lo siguió, Gisela, corriendo por la trocha hacia el campo donde las llamas se habían levantado como nunca, incendiando el cielo, y se preguntó después cuántas veces tendría la noche que convertirse en día para que este país pudiera trabajar tranquilo. —Sandalio, ¿dónde estás, coño? —gritó Orozco. —¡Para, cabrona; para, viento! —gritó él. Pero estaba claro que ni el reto, ni el conjuro, ni.


el mismo Dios que bajara del cielo podrían evitar que el fuego saltara el terraplén, pegara en el fomento de Medialuna, virara el mundo, achicharrara a Sandalio y a su gente y llegara al batey de Tumbasiete, devorando. Cuando Orozco se detuvo lo imitó, desconcertado. Sabía que la brigada no podría contra un fuego como aquél, pero le pareció una mariconada abandonar a los guajiros a su suerte. —¿Qué pasa? —dijo. —¡Mira! —gritó Orozco. Otra candelada se había levantado en los bordes del terraplén. La miró estupefacto, pensó que ahora las proporciones del desastre bastarían para aplastar el ánimo de cualquiera, incluso de Orozco, y se sintió sin fuerzas. Entonces sucedió: candela y contracandela chocaron en el aire, se alzaron, se enlazaron en un torbellino rugiente, y el fuego comió fuego hasta desaparecer como si se lo hubiese tragado el mismísimo infierno. Fue un espectáculo hermoso y terrible, Gisela, todavía estaban llenos de odio cuando mearon sobre las cenizas para coronar su victoria.


Orozco decidió picar aquella caña esa misma mañana y se armó una tángana. Los demás jefes de brigada habían concedido todo el día de descanso. Por primera vez, los hombres de la «Suárez Gayol» amenazaron en voz alta con no cumplir una orden. Orozco mandó a traer el desayuno al campo y después de tomar un vaso de leche ahumada y comer una hogaza de pan, les dijo: —Flojos, carajo —y entró solo al cañaveral. El jefe dividía a los hombres en flojos y cojonuses. No había, en la brigada, peor estigma que el de caer en el primer grupo. Pero esta vez parecía que varios, lidereados por el Acana, estaban dispuestos a correr el riesgo. La tensión podía tocarse con los dedos, Gisela, si los hombres no entraban al campo Orozco tendría que renunciar como jefe. Él fue el primero en seguirlo, rompiendo el equilibrio, y sólo a ti se atrevería a confesarte que, más allá del odio acumulado, sentía una necesidad obsesiva de ganarse el respeto de aquel hombre. Imaginó que lo había logrado, aunque no lo supo a ciencia cierta, Orozco hablaba poco. Pero.


muchos no lo entendieron y aquel día, especialmente aquel día, fue muy duro, hasta que la «Suárez Gayol» saltó espectacularmente en su promedio y se puso a la cabeza de la emulación por el volumen de caña quemada que esa misma tarde metió al basculador. El problema más grave que a él, personalmente, le dejó aquella victoria, fue la ropa sucia. La caña quemada, sin paja, es fácil de picar, pero tizna como la pena del poeta cuando estalla, y la resina lo va cubriendo a uno con una costra grasienta. Por mucho que lavó el pantalón y la camisa, nunca recuperaron su color original. Febrero entró muy frío, Gisela, pero fue, con marzo, la mejor etapa de la zafra. Sus manos, te lo comunicó como una gran noticia, habían criado callos, callos redondos y amarillos que le permitieron alcanzar el promedio del grueso de la brigada, vencer los complejos y participar de las bromas, casi siempre ingenuas, que se hacían en la barraca y las guardarrayas. Hubo una tan chévere que no resistía la tentación de contártela. Fue sobre un machetero apodado el Gallo, porque era.


el primero en despertarse y le gustaba dar el depié con un kikirikí ensordecedor antes de irse a embromar a la brigada vecina. Tenía su gallo propio, un despertador antiguo y redondo que sonaba invariablemente a las cinco menos cuarto. Aquella noche, mientras dormía, los chivadores se lo pusieron para las tres. Y a las tres, con el primer timbrazo, el Gallo se tiró de la litera con el rostro hinchado por el sueño. —¡De pieee! —gritó—. ¡Kikirikíii! —cantó. Y salió como siempre a orinar, a lavarse la cara y a joder al prójimo. En la brigada vecina casi lo matan, Gisela, hubo incluso quien acertó a darle un planazo. Mientras tanto, en el albergue, los chivadores atrasaron todos los relojes, alisaron las frazadas, pusieron cara de noctámbulos y armaron una timba de dominó. Cuando el Gallo regresó corriendo a su corral, se quedó pasmado. —¿Qué hora es? —preguntó. —Las doce —dijo Sueltaelpollo como si tal cosa, y agregó—, me doblo. El Gallo miró la hora en silencio y la comprobó en vano: eran las doce en todos los relojes.


—Yo hubiera jurado. —empezó a decir, cuando una carcajada espectacular lo dejó con la boca abierta. Probablemente esa misma noche concibió su venganza. Dos días después amaneció ahorcado. Fue una impresión terrible, Gisela, verlo guindando de una soga bajo la viga mayor de la barraca. Orozco reaccionó instantáneamente cortando la cuerda de un tajo, y el Gallo cayó sobre sus pies. —¡Kikirikíii, a todos los jodíii! —cantó a voz en cuello. Sí, febrero y marzo fueron, como te digo, los mejores meses de la zafra. En abril llegó el agua. Peor que el fuego, Gisela, la lluvia. El fuego anunciaba su presencia a gritos, pero la lluvia era una zorra: aparecía con un sordo rumor que estimulaba el sueño y alegraba a las gentes, al dispensarlas del trabajo. Pero si duraba, como estaba durando, traía con ella el gorrión, un pájaro tristísimo que anidaba en el pecho de los macheteros durante las mañanas grises, los atardeceres cenicientos y las noches sin luna y sin.


estrellas. Se acostumbró a mirar el río de nostalgia que se derramaba sobre el campo, y a recordar. Cuando creyó que iba a volverse loco, una mancha color borravino nació en la pared, junto a su litera, y para huir del río y los recuerdos se dedicó a estudiarla. Al principio era algo indefinido, pero con las horas fue adquiriendo la forma de un niño en el vientre de una mujer y a la mañana siguiente era una nube. Le puso Mercedes a aquella nubecita que con el tiempo se hizo un barco para navegar por las oscuras aguas del recuerdo. No tenía manera de evitarlo. La humedad lo había cubierto todo, la pared y las sábanas, el piso y la memoria. Se acercaba el final, Gisela, y se sentía mejor. En ésta quería confesarte un orgullito. El quince de abril Orozco reunió a la brigada siguiendo orientaciones del Comité Municipal del Partido, y preguntó si por casualidad había allí alguien que hubiese combatido en Girón. Cuando levantó la mocha, se produjo un segundo de silencio y después un aplauso. Orozco le pidió que dijera unas palabras y él, al principio, no supo qué decir. La mayoría de sus compañeros no esperaba que el.


más lento, el más torpe de los días iniciales fuera también un excombatiente. Así era la vida. Antes de abrir la boca sintió miedo. Su trabajo lo había habituado a dar charlas, a meter teques, y conocía lo suficiente a aquellos hombres como para saber que no soportarían eso. Estaba en blanco cuando el Acana dijo: —Cuenta, caballo, cuenta. Entonces entendió que ésa era su onda, que estaba allí para contar la historia. No recordaba en detalle lo que dijo. Empezó mezclándolo todo, tal como lo encontraba en la memoria, y así siguió, sin pausas ni énfasis, dándole el mismo valor al bombardeo que a su miedo, a la sed que al avance, al polvo del camino que al de los obuses, atendiendo sólo a los ritmos incontrolables de la memoria hasta llegar al mar, al fin. Entonces no hubo aplausos. El Gallo dijo coño, Orozco lo abrazó y él estuvo seguro de que esa vez, sin pretenderlo, había ganado su respeto. Terminaba, adiós, seguía lloviendo. Probablemente fueron la lluvia y el gorrión, Gisela, los que lo llevaron a meterse en un rollo.


que casi desbarata la brigada. Te lo iba a contar completico porque aún no sabía si había actuado bien, y tú, aunque no lo creyeras, eras su juez, su Pepe Grillo, su conciencia. Como bien sabías, habían venido a Camagüey por seis meses y una vez aquí renunciaron voluntariamente al pase. Como también sabías, abril era el mes más cruel, casi perdido por las lluvias. Mayo empezó igual. El gorrión creció hasta convertirse en un pájaro inmenso. No podía ni escribir, estaba tan triste que le hubiera resultado imposible respetar cierto compromiso. Se ilusionó con llegar a La Habana el segundo domingo de mayo y regalarle el regreso a su madre. El miércoles anterior, último día de corte según el plan, hizo la maleta y se tiró a soñar con el viaje. Al rato, Orozco, que venía del Partido Municipal, entró en la barraca y dijo: —Tremendo rollo, seguimos en zafra. Enseguida se armó una tángana en la que él no participó porque se sentía ajeno a todo. Se había ido emocionalmente de la zafra, y estaba decidido a irse físicamente al otro día, aunque llovieran raíles de punta. De modo que cerró los ojos y se.


durmió en medio del escándalo, pensando que seis meses de caña era más de lo que se podía pedir a nadie. Pero el campamento amaneció encrespado. Muchos hombres habían hecho los bultos y a la hora del desayuno se formó una asamblea espontánea. —Orozco recibió una orden del Partido —dijo el Gallo—. Mientras haya caña, hay zafra. Brigada que se raje no tiene derecho a la emulación, a los refrigeradores, a los televisores ni a las motocicletas. Ustedes, coño, ¿no se dan cuenta de lo que perdemos? Le respondió un vocerío. Muchos intentaron hablar a la vez y nadie lograba explicarse. Él, Gisela, siguió en silencio, como si estuviera ausente. Ya no le interesaban premios ni medallas. Sólo quería comprobar, aunque nunca te lo dijo, si había vuelto a ganar tu amor. —Para mí —gritó Orozco imponiéndose—, nada de eso es importante. ¡Lo más importante es no rajarse, seguir siendo un cojonú! Había lanzado al ruedo su argumento esencial, quizá su único argumento. Siempre, después de.


hacerlo, daba la espalda y se dirigía al campo confiando en arrastrar a los demás. Pero ahora la situación era tan tensa que se quedó parado en medio de la barraca, y de pronto se volvió hacia él, señalándolo con la mocha: —¿No es verdad, combatiente? Fue un momento duro, Gisela. Pero no le quedó más remedio que responder, como si disparara: —No. Heberto Orozco lo miró con una expresión herida, bajó lentamente la mocha y la cabeza, y se fue dejando tras sí un silencio amargo. Desde entonces nadie supo qué hacer. Los que habían decidido quedarse no salieron al campo y los que se iban permanecieron cabizbajos, evitando mirarse a la cara. A media mañana llegó Sebastián Despaignes, del Comité Municipal del Partido, y reunió a la brigada. Era un negro retinto, casi azul, parsimonioso, que arrastraba levemente la erre. —¿Qué pasó? —dijo. Discutir con Despaignes era difícil, y eso, y el mar de fondo que había dejado la partida de Orozco, inhibió a los hombres. Pero él, Gisela,


tenía necesidad de irse, y como estaba seguro de que era justo no temía polemizar con nadie. —Que ya cumplimos —respondió—. Que ya estuvimos seis meses en zafra y cumplimos, y cada quien aquí tiene compromisos en La Habana, mujeres, hijos en La Habana, y queremos verlos. Eso es lo que pasa. Un murmullo de aprobación siguió a sus palabras. El propio Despaignes, asintió con la cabeza. —El compañero tiene su razón —dijo—. ¿Alguien más? Ahora vendría el contraataque, Gisela, Despaignes parecía manso pero era un bicho. Él no podía permitir que se le montara encima, por eso recalcó: —Y ahora, el último día, cuando la gente ya ha hecho la maleta y los familiares los están esperando, se aparece el Partido, o usted, que es lo mismo, con la orden de quedarse. Eso es una cabeza de caballo mundial. Despaignes no respondió. Encendió parsimoniosamente un tabaco y desde ese momento.


él se dio cuenta que perdía terreno, que estaba demasiado excitado y Despaignes demasiado tranquilo, y luchó por calmarse prometiéndose ganar aquella discusión de todas maneras. —El Partido no da órdenes, ustedes lo saben — dijo al fin Despaignes, consultando su reloj—. Son las diez, dentro de una hora, si quieren, estará aquí el transporte para llevarlos al tren. Ustedes tienen su razón, ¿me dejan exponer la mía, la del Partido? No le iba a decir que no. Pero de todos modos, Despaignes se tomaba su tiempo. —Compañeros —dijo—, hemos cometido un error al informar tan tarde esta decisión. Provincia también decidió tarde y no nos dejó otra alternativa. Ahora, fíjense, con la caña de doble corte, la que teníamos como quedaba, con suerte y poca lluvia, podemos hacer todavía entre diez y quince mil toneladas más en el central. Una tonelada son, ¿cuántas libras. —Dos mil —respondió él automáticamente, y ahí mismo se dio cuenta que Despaignes lo había atrapado. —Anjá, dos mil libras —dijo Despaignes y le.


pidió—: Ve sacando las cuentas. ¿A cómo está la libra de azúcar en el mercado mundial? A nueve centavos, ¿no? Dos mil por nueve son. —Usted sabe —respondió él secamente. —Yo sé —aceptó Despaignes—. Claro, yo sé, digamos que ciento ochenta dólares verdes por tonelada, ¿correcto? —Y lo miró con toda la calma del mundo, Gisela, hasta que él tuvo que asentir con la cabeza—. Bien —añadió—, ciento ochenta por diez mil son, deja ver, cinco ceritos. —Un millón ochocientosmil —dijo él, sin poder contenerse. —Dólares —remató Despaignes—. ¿Qué dices? Bajó la cabeza, Gisela, porque estaba atrapado en aquella lógica tranquila e irrebatible, y preguntó por Orozco. —Renunció —dijo Despaignes. La noticia golpeó a la brigada como una derrota y él, sólo a ti lo confesaba, se sintió un traidor. —Vamos a buscarlo —propuso el Gallo. Fueron, Gisela. Orozco aceptó volver sólo cuando la «Suárez Gayol» en pleno se comprometió a ganar la emulación. Entonces.


saludó a los hombres uno a uno, menos a él, que desde ese momento andaba como enfermo y así se despedía por hoy, sintiéndolo mucho. Junio fue un mes brutal y formidable. Terraplenes y guardarrayas se convirtieron en espantosos barrizales donde se atascaban camiones, tractores y carretas, de donde únicamente lograban salir los tercos bueyes trágicos arrastrando las rastras, unas cuñas triangulares y sin ruedas, en las que cabía muy poca caña. La Medialuna, mojada, era traicionera; su cáscara resbaladiza podía desviar la mocha, produciendo heridas en brazos o piernas. El fango les cubría las ropas y la piel. Blancos, negros y mulatos eran lo mismo, del color de la tierra. Y en medio de ese infierno anduvieron Orozco y él evitándose como enemigos, hasta el día en que amaneció con gripe, abordó el camión tiritando y Orozco le pidió que se quedara en el albergue. No pudo aceptar, faltaba solamente una semana para el cómputo final de la emulación y esa vez, Gisela, las setenticinco arrobas no esperarían por él. Se sintió contento porque logró vencerse a pesar del.


catarro y porque, al terminar, Orozco le dijo: —Combatiente, cará, soy más bruto que un arado. Y usté. —No joda —respondió él. No hacía falta más, Gisela, Orozco hablaba poco. En la recta final se sintió renacer y aquel esfuerzo bárbaro se le hizo hermoso, quizá porque lo llevó al límite de la entrega. Era, no sabría explicarlo de otro modo, como si sacara fuerzas de la tierra. Lo mejor sucedió en el cine de Santa María de Sola, cuando Despaignes proclamó a la «Suárez Gayol» ganadora absoluta de la emulación y los macheteros del Contingente «Che Guevara» empezaron a corear: —¡O-roz-co! ¡O-roz-co! ¡O-roz-co! Orozco saludó desde su luneta. Pero los gritos crecieron, Gisela, porque los hombres querían verlo subir a la tribuna. Salió al pasillo temblando como un niño y cuando llegó arriba los gritos aumentaron hasta el delirio. Se movió confundido a un lado y otro del escenario. Despaignes lo condujo al podio y se hizo un silencio que Orozco no logró romper. Estallaron los aplausos. Entonces.


Orozco levantó el puño y gritó: —¡Patria o Muerte! Ahora sí que la zafra había terminado, Gisela, y cuando llegó a la barraca, el Gallo cantó por última vez y él miró por última vez su mancha color borravino, que ahora era un pájaro con las alas extendidas, y por última vez se despidió de ti, Gisela, hasta muy pronto, sin atreverse a pedirte que fueras a esperarlo, porque lo necesitaba demasiado.


21 Cuando dieron el último brochazo y a lo largo de la imponente chimenea pudo leerse «América Latina», la sirena del central pitó tres veces como la de un barco inmenso que zarpara. Desde la cúspide, adonde había cometido el error de subir presionado por los insólitos gallegos, Carlos miró el océano de caña y las grises estructuras de la fábrica y sintió un miedo atroz. A su lado, sobre el estrechísimo redondel de la punta, los gallegos habían terminado de asar un puerquito en medio de equilibrios delirantes. Ahora comían, bebían a pico de botella, cantaban Una noite na eira do trigo con toda la morriña del mundo. Carlos cerró los ojos imaginando que sufría una pesadilla, pero ya Manuel, el Jefe de Brigada, le brindaba una masa y una botella de cerveza mientras cantaba Pábilu, pábilu, pábilu y zapateaba en el borde de la torre, a más de cien metros del suelo. Carlos no tuvo más remedio que comer y beber, y encontró el.


puerco caliente y la cerveza helada. Aquel delirio era tan real como que él había sido nombrado administrador del «América Latina». Para ganarse a los obreros había aceptado el reto de los gallegos constructores de torres que, por tradición, festejaban el término de cada nueva chimenea con una fiesta en la cúspide, y ahora estaba batido por el viento, enjorquetado en una nube, flanqueado por un vacío de luz a la izquierda y otro de oscuridad a la derecha, prometiéndose que besaría tres veces la tierra si lograba volver a pisarla sano y salvo. No pudo hacerlo porque cuando llegó abajo, mareado y tembloroso, los gallegos lo alzaron en andas y empezaron a pasearlo por el batey al son de sus músicas. Feliz de estar vivo y de haber probado su valor, fue saludando a los obreros que festejaban la conclusión de las obras cantando puntos guajiros. Los sonidos de tiples, güiros y bandurrias se mezclaban con los de las gaitas, y las voces entrecruzadas creaban variaciones insólitas: Una noite na Guacanayara, ay, Palmarito do trigo. Gallegos y guajiros se unieron.


en una manifestación que de pronto fue atravesada por sonidos de banjos y un himno desafiante, We shall overcome, we shall overcome, we shall overcome someday, coreado por los norteamericanos de la brigada «Venceremos» que se arremolinaban junto a la administración esperando a los vietnamitas de la «Ho Chi Minh», diez combatientes venidos de la guerra a la zafra con sombreritos de lona y sus cantos gráciles como juncos. Tras ellos se alzaban las banderas rojas de la «Konsomol Leninista», aires de balalaikas y un coro dominado por los bajos, Kalinka, Kalinka, Kalinka mayá, jey! Desde el otro lado entró un dragón-lengua-de-fuego y la música extraña, atonal y fascinante de la brigada coreana «Jinetes de Chullima». Y entonces se escuchó una tumbadora, venía guiando la rumba de los constructores, Aé, aé, aé los constructores, que nos quitamos el nombre o hacemos los diez millones, y fue arrastrando al paso a las demás brigadas hacia el central, mientras el repicar de los cueros de chivo se fundía en el aire de la tarde con el sonido de los cornetines, tiples, gaitas,


bandurrias, bajos y balalaikas en una baraúnda de locura que hizo salir a los técnicos ingleses y franceses, los envolvió en la bachata como una bola de candela, incorporó sus himnos al aquelarre, Una noite we shall enfants de la patrie god save los diez millones Kalinka Guacanayara aé, mientras Carlos coreaba a toda voz ¡aé! porque el mundo se había reunido en «América Latina», un sitio perdido en las llanuras de Camagüey, para celebrar el inicio de la zafra más grande de la historia. Pero en la noche, cuando las Brigadas Internacionales se retiraron para incorporarse al corte y estuvo solo frente a la inmensa mole iluminada del central, sintió un miedo comparable al vértigo. Había aceptado capitanear aquella nave en su travesía más difícil pero no sabía cómo coño guiarla. En ese momento había graves problemas en el área de tándems y él vagaba por los alrededores como una sombra, porque no tenía ni la más puta idea de lo que debía hacer. Su nombramiento fue un acuerdo, un pacto de leones entre el Negro Despaignes, del Comité Regional, y.


Pablo Fernández, su socio Nariz, ahora Delegado Provincial de la Industria Azucarera. Se habían pasado días rechazando sus respectivas propuestas hasta que una noche, con la zafra a punto de empezar y sus direcciones exigiéndoles un acuerdo, Pablo dijo: —Nombra a tu ayudante. Carlos sonrió tratando de seguirle la corriente y se puso serio cuando vio que el Negro lo miraba. Se habían hecho amigos durante la zafra del sesentinueve, cuando él trabajó como jefe de las brigadas regionales, promovido por el propio Despaignes, que ahora parecía preguntarle a quién se subordinaría en caso de ser nombrado administrador del «América Latina». —¿Tampoco te atreves? —ironizó Pablo. —Sí —dijo de pronto el Negro, y se dirigió a Carlos—. Felicidades, administrador. Carlos volvió a sonreír y dijo que aquello era un disparate, una locura, pero Pablo y Despaignes estaban eufóricos por haber llegado a un acuerdo y le garantizaron el apoyo del Minaz y del Partido, tendría un segundo capacitadísimo, aunque.


políticamente errático, y debía sentirse orgulloso, porque la Zafra de los Diez Millones iba a ser una guerra y lo estaban nombrando capitán. El «América Latina» era el central más grande del país, o sea, del mundo, ¿se daba cuenta?, y estaba recibiendo tremendas inversiones que lo convertirían en una pieza clave dentro del esfuerzo descomunal con que la Isla le partiría, por fin, el espinazo a la miseria. Además, después de tres años en zafra, él sabía algo de azúcar, ¿no?, y no se hablara más del asunto, administrador, que lo demás era una simple cuestión de cojones y de suerte. Y ahora, al dirigirse a los tándems, se dijo que al menos esta noche la solución parecía corresponder a la suerte. El problema era tan grave que lo liberaba de responsabilidad, aunque no de angustias. Todo estaba dispuesto para que el «América Latina» hiciera la prueba de sus inversiones capitales al día siguiente, pero los técnicos ingleses no lograban arrancar los nuevos tándems eléctricos. Los viejos equipos de vapor ya habían sido desmontados para enviarlos al.


«Argentina»; si los ingleses no daban pie con bola, el «América Latina» no podría operar, y sin aquel coloso, programado para moler un millón trescientasmil arrobas diarias, sería totalmente imposible lograr los diez millones de toneladas con que estaban comprometidos el honor y el futuro del país. Los fabricantes ingleses, que se jugaban el dinero y el prestigio, iban revisando el enorme mecanismo con una meticulosidad desesperante. Carlos subió por una escalerita de hierro y se detuvo en el puente junto a Pablo, sobre las grandes mazas de la desmenuzadora. No le habló, todo el mundo estaba de pésimo humor aquella noche. A la altura del quinto molino el capitán Monteagudo, Coordinador provincial de Zafra, iba y venía incesantemente discutiendo con el Ingeniero Pérez Peña, Delegado del Ministro del Azúcar; detrás, cabizbajos, estaban el Negro Despaignes y Ortiz Quintana, del Grupo Nacional de Construcciones. Los obreros permanecían en sus puestos, cruzados de brazos. Carlos miraba hipnotizado el doble juego de imanes que antecedía a la picadora, cuando alguien lo haló por.


el hombro. Se volvió sobresaltado y sonrió al ver a Alegre, la mascota del batey, un joven lunático que usaba siempre una gorra azul con un alacrán en el frente. —Administrador —dijo Alegre—, yo lo arreglo. —Ah, cará, saca al bobo de aquí —protestó Pablo. —Bobo no, loco —aclaró Alegre. Carlos le pasó el brazo por los hombros flaquísimos y puntiagudos y lo llevó suavemente hasta el basculador. Alegre tenía la virtud de hacerlo sentir bien porque casi siempre estaba así, haciéndole honor a su apodo. Era hijo de un obrero que había muerto electrocutado y de una loca que se suicidó a raíz del accidente. Desde entonces vivió con su abuela en un viejo bajareque, asistió poco a la escuela; la gente decía que llevaba en la sangre la electricidad que había matado a su padre. —Ve con tu abuela —dijo Carlos—, anda. —Yo lo arreglo —insistió Alegre. Junto al enorme basculador recién terminado esperaba una hilera de carros de caña.


—Mañana —murmuró Carlos mirando al tren, y regresó a la fábrica. Nada había cambiado allí. La nueva maquinaria brillaba como en una exposición inútil. —De pinga —dijo Pablo—. Un desastre. Vio que Pepe López venía acercándose y se acodó sobre la barandilla, de espaldas al puente. López pasó junto a él en silencio, como si no lo hubiera visto, y saludó a Pablo. —¿Qué hubo? —Esperando por ti —dijo Pablo con ironía. Cuando López siguió su camino, se dirigió a Carlos—. Tienes que saludar, caballo. —Ese tipo es un hijoeputa —dijo él. —Puede ser, pero es el Jefe de la Construcción aquí, y los cuadros tienen que hablarse. Esto no es un juego de. ¡Coño, mira eso! Alegre estaba hablándoles al Negro Despaignes y a Ortiz Quintana. El Capitán Monteagudo y el Ingeniero Pérez Peña caminaban hacia el grupo. Carlos se echó a correr, tratando de impedir que el loco llegara a interrumpirlos. A medio camino se contuvo, el Capitán y el Ingeniero, metidos en su.


discusión, se habían detenido. Cuando pasó junto a ellos, Monteagudo estaba diciendo, «Yo no le puedo decir a Fidel que». Hubiera querido seguir escuchando, pero no se atrevió. Un poco más allá, Despaignes daba pataditas sobre el enrejado. —Yo lo arreglo —decía Alegre. —Perdonen —terció él, agarrándolo suavemente por el brazo. —Desaparécelo —le ordenó Ortiz Quintana. Volvió a pasar el brazo sobre los hombros de Alegre y lo llevó hasta el basculador, preguntándose si debería acudir a la abuela para que lo encerrara. Decidió no hacerlo, era demasiado cruel. La vieja, desesperada por la permanente e imprevisible movilidad que llevaba al loco a escapar a otros bateyes, y a veces a otras provincias, solía prenderle al tobillo derecho un grillete de esclavo, con cadena y bola de hierro. —Vete con tu abuela —le dijo. Alegre lo miró con una limpia obstinación. —Yo lo arreglo —insistió. —Me voy a poner bravo —lo amenazó Carlos, y gritó—: ¡Grillete!


Alegre sacudió la cabeza y los brazos, como atacado por el mal de San Vito; el miedo enturbió sus ojos y se perdió corriendo en la oscuridad. Carlos regresó a su puesto, cabizbajo. Quizás había sido demasiado duro, pero no tuvo otro remedio. La administración del central implicaba una suerte de autoridad civil sobre el batey y estaba obligado a ejercerla. Tres horas más tarde, y sin que nada hubiese cambiado en el área de tándems, se maldijo por haber sido tan débil. El desastre estaba ante su vista, Pablo lo llamaba comemierda, Pepe López reía, el Negro Despaignes se llevaba las manos a la cabeza y Alegre, sin que nadie pudiese evitarlo, interrumpía el diálogo entre el Capitán Monteagudo y el Ingeniero Pérez Peña. —¿Qué es esto? —preguntó asombrado el Capitán. —Yo lo arreglo —dijo Alegre. —Lo único que nos faltaba —comentó Pérez Peña—: Un bobo. —Loco —aclaró Alegre. —Perdonen —dijo Carlos, y volvió a arrastrarlo.


por el brazo, esta vez hacia dos obreros que debían entregárselo a la abuela. Por suerte, el Capitán y el Ingeniero seguían discutiendo, como si con ellos no fuera. Pero Carlos tuvo que soportar las descargas de Pablo y Despaignes, hasta que los ingleses dejaron su tarea en los controles y subieron al puente. Todos siguieron a distancia el diálogo entre Monteagudo, Pérez Peña y los técnicos, como si se tratara de una película muda y llegaron a la conclusión de que había ocurrido una catástrofe. El Capitán estaba hecho una furia cuando citó a los cuadros para una reunión urgentísima. —Dicen los ingleses —informó en la oficina— que ellos no tienen solución para el problema. Quieren consultar y esa consulta les lleva un mes. Nosotros, compañeros, no podemos esperar ese tiempo. ¿Quién, aquí, tiene una idea para salir del atolladero? —Dejó la pregunta en el aire y miró uno a uno a los cuadros—. ¿Nadie? Bien —dijo entonces, dirigiéndose a Carlos—. Administrador, busque al loco, infórmese de su plan y tráigame la respuesta enseguida.


Carlos esbozó una sonrisa, como si no hubiese entendido la clave del chiste. Pero Monteagudo los miraba seriamente, retadoramente. —Me parece inútil, Capitán —replicó el Ingeniero Pérez Peña—. Inútil y. eso, inútil. René Monteagudo permaneció en silencio. Carlos echó hacia atrás la silla y el ruido de la madera contra el piso le sonó a un sacrilegio. Se dirigió lentamente hacia la puerta, esperando en vano que el Capitán le ordenara quedarse. Celso Couzo, el jefe de maquinarias, salió con él. Era un hombre de carácter impredecible, que conocía cada tuerca del central desde los tiempos en que se llamaba Sola, y ahora andaba turulato con las inversiones. —¿Usted. —empezó a preguntarle Carlos. —Sí, yo —lo interrumpió Couzo. —¿Usted, qué? —Que también. —¿Que también qué? —Me estoy volviendo loco, chico. Carlos siguió su camino bajo los algarrobos que bordeaban la calle real, preguntándose si.


Monteagudo estaría pinchando el honor de los azucareros para obligarlos a resolver el problema, o si la desesperación lo habría llevado a confiar de verdad en la locura. Empezaron a atravesar el barrio de los americanos que habían sido dueños del central, palacetes que ahora eran un hospital, un círculo infantil, una escuela, y que le recordaban Tara, Los doce robles, la película Lo que el viento se llevó. Se dijo que la vida en el central debió haber sido terrible antes del viento. El batey estaba construido con una perfección siniestra. Las clases, capas y estamentos tenían prefijados para siempre sus oficios, sus clubes, sus lugares de compra, el tamaño, la ubicación y hasta el color de sus casas en aquel lugar aislado totalmente del resto del mundo por mares de caña. Los americanos usaban un avión para salir volando; pero los trabajadores no tenían otra alternativa que los trenes de la Sola Sugar Company, y esto, salvo excepciones que por lo escasas habían pasado a integrar la mitología del batey, estaba estrictamente prohibido. Imaginando aquella uniformidad desoladora,


Carlos bendijo el viento que engendró el desorden donde estaba metido. A partir de la nacionalización cada quien pintó su casa del color que le vino en ganas, se construyó una carretera por la que muchos realizaron su sueño de escapar a las ciudades y se cambió el nombre del central. Pero algo de la inmovilidad de aquellos tiempos debió haber quedado en esos años en que todavía, sobre los sacos de azúcar, se inscribía el letrero América Latina Sola. El viento grande llegó con la remodelación del central para la Zafra de los Diez Millones. Miles de constructores; millones de rublos, dólares, libras esterlinas y francos en equipos y piezas; decenas de edificios, albergues y comedores; técnicos e internacionalistas de las más diversas latitudes se juntaron en Sola para reconstruir el «América Latina», en apenas un año, introduciendo un movimiento vertiginoso y haciendo de aquél un sitio tan delirante y alegre como el loco a cuya casucha habían llegado, finalmente. Pero Alegre, ahora, estaba triste, melancólico como siempre que le ponían el grillete. Carlos.


calmó a la abuela, le pidió la llave y se abrió paso por entre la intrincada maraña de cables, condensadores, radios, planchas, timbres, teléfonos y televisores inservibles que los vecinos del batey le habían ido regalando a Alegre para calmar su insaciable voracidad de desperdicios eléctricos. El loco estaba sentado sobre la herrumbrosa estructura de un refrigerador como un rey prisionero en su trono. Carlos se hincó ante él, lo liberó del hierro y le acarició las llagas del tobillo. —¿Qué hacemos? —le dijo. Los ojos de Alegre fulguraron en cuanto empezó a hablar. Carlos no entendía nada, pero una vez más, se sintió bien. Desde el día en que lo nombraron administrador, Pablo y el Negro insistieron en que debía ocupar parte de su tiempo en atender a la gente del batey, y de esta obligación nació su hábito de escuchar y proteger a Alegre, que ahora hablaba inspirado de campos, diodos y corrientes alternas mientras dibujaba esquemas sobre un papel de estraza. Cuando terminó, Carlos le dio las gracias y entregó los.


dibujos a Couzo. —¿Lo van a hacer? —preguntó Alegre, con ansiedad. —Claro —dijo él, mientras caminaba haciendo equilibrio sobre la chatarra. —¿Lo amarro? —preguntó la abuela, junto a la puerta de madera renegrida. Carlos miró a Alegre, que había metido la cabeza dentro del caparazón de un televisor y le sacaba la lengua. —No —dijo, y se dirigió al loco—. No te muevas hasta que suene la sirena. Alegre imitó el pito del central. La puerta chirrió al abrirse. En la calle, Carlos se echó a reír. —¿Entendiste algo? —suspiró. —No sé una papa de electricidad —respondió Couzo. Mientras regresaba a la oficina, pensó que ya debía haber aparecido una solución inglesa o cubana y nadie le preguntaría siquiera qué había dicho el loco. Pero al llegar encontró una fortísima tensión entre Monteagudo y Pérez Peña, que llegó al extremo cuando el Ingeniero se negó a evaluar.


el proyecto de Alegre diciendo que jamás se rebajaría a trabajar con locos, y se aferró a la tesis de cobrarle una multa a los ingleses y esperar. Entonces Monteagudo cortó por lo sano, ordenándole a Carlos que copiara los esquemas de Alegre en papel alba y se los presentara a los ingleses, porque, ¿qué se perdía con probar? Los británicos eran conocidos como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Sus hábitos de trabajo chocaban de tal manera con el desorden imperante que siempre creaban una tensión especial. Nunca alzaban la voz, bebían en calma su ginebra y sólo los culos de las negras lograban sacarlos de quicio. Cuando Carlos le entregó la carpeta al jefe del grupo, bautizado en Sola como Pérfido Albión, pensó que los Jinetes iban a relinchar de rabia ante la burla. Pero Pérfido mantuvo la calma, examinó tranquilamente los esquemas y preguntó: —¿Quién hizo esto? —Bueno. —dijo Carlos. —Es absurdo —comentó Pérfido—. No hay un cálculo bien hecho, una proporción correctamente establecida. Resulta prácticamente imposible.


acumular tantos errores en un solo plano. —Olvídelo —murmuró Carlos extendiendo la mano para tomar la carpeta. Pérfido Albión siguió mirando los esquemas sin hacerle caso. —Típico de ustedes —dijo al fin—. Una idea brillante, plagada de barbaridades. Carlos se preguntó si habría oído bien, pero no se atrevió a interrumpir a Pérfido que ahora, inclinado sobre los planos y hablando en su jerga con los demás Jinetes, inscribía cifras y signos junto a los esquemas. Aunque al parecer trabajaban mecánicamente, se notaba en ellos una excitación inusual. Cuando terminaron, media hora después, Pérfido Albión le entregó ceremoniosamente la carpeta. —Constrúyanlo así —dijo—. And God save the tandems. A pesar de que Carlos siguió las rigurosas instrucciones del Capitán Monteagudo y ordenó a los operarios del taller de electricidad que trabajaran en el más estricto secreto, toda «América Latina» supo que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis habían mandado a construir un.


proyecto de Alegre para arrancar los tándems. Centenares de obreros y vecinos se agolparon junto a las cercas del taller y Carlos tuvo que acudir a los Bomberos Voluntarios para que los controlaran. La Directora de la Escuela Primaria protestó formalmente ante él por el pésimo ejemplo que estaba dando a sus alumnos, quienes ahora querían ser locos e inventores y se escapaban de clases para correr junto a la cerca como en un manicomio. El Cura itinerante, un belga políglota que atendía las iglesias de cinco centrales en su flamante VW Brasilia, previno desde el púlpito contra las consecuencias del fanatismo. La secta de los Adventistas del Séptimo Día auguró que un holocausto, una muerte de Armagedón local barrería a «América Latina» por haberse atrevido a retar los designios del Señor, y arrastró a sus escasos fieles a vivir en las afueras del batey en improvisadas tiendas de campaña. Casi nadie logró ver el pequeño equipo construido gracias a la delirante imaginación de Alegre y a los fríos cálculos británicos. Pero casi toda la población de «América Latina» esperaba.


los resultados de la prueba, concentrada en las afueras del central. Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis dirigieron el montaje con una meticulosidad abrumadora. Cuando todo estuvo listo Carlos se pegó a las espaldas de Pérfido Albión para no perderse un detalle de aquel momento histórico. El largo, flaco, pecoso dedo del inglés se detuvo como si dudara ante el ancho botón rojo. Carlos tragó en seco pensando en Alegre, en el abuelo Álvaro, en Chava y en Kindelán. Monteagudo cerró los ojos. Pérfido presionó el botón. Un suave ronroneo de motores llenó el aire, y todos estallaron de alegría mientras las primeras cañas caían estrepitosamente sobre la estera, los hierros las picaban, las desmenuzaban, les extraían el guarapo y la sirena anunciaba al mundo que el «América Latina» había comenzado la molienda. —¡El loco! —gritó el Capitán en medio del escándalo. Carlos echó a correr tras él. En los basculadores los envolvió una nube de polvo y paja, el estrépito de un carro-jaula al voltearse contra los topes, y.


los agudos gritos de los gancheros. Carlos se sintió exaltado por el sonido y la furia de la zafra, y los ojos se le humedecieron de gratitud al pensar en el loco. La muchedumbre que estaba en la explanada había improvisado una fiesta, decenas y decenas de parejas bailaban al son de un órgano manzanillero que alguien había traído en una carreta de bueyes. Para eludir a los bailarines corrieron en zigzag y fueron a dar junto a un coro. Se excusaron de cantar y siguieron corriendo por las calles desiertas hasta llegar a la casucha de Alegre, donde la abuela los recibió llorando. —Se fue —les dijo— tenía miedo. Carlos no titubeó. Conocía el sitio donde Alegre solía esconderse en sus accesos de terror e invitó al Capitán a regresar al central para tomar un yipi. Volvieron a acercarse a la fábrica iluminada, rodearon la fiesta y subieron al carro de Monteagudo, que arrancó haciendo chirriar las gomas y ganó una velocidad vertiginosa, mientras Carlos recordaba al simpatiquísimo teniente que se mató y estuvo a punto de matarlo a él durante la Crisis de Octubre. Pero se tragó el miedo.


Monteagudo era macizo, bajito, aindiado, tenía fama de haber hecho la guerra combatiendo de pie y él no era quién para pedirle cordura. Cuando llegaron a la salida de Esclavo Ahorcao empezó a llover. El Capitán aminoró la marcha y lo miró, cantando Cuatro caminos hay en mi vida, ¿cuál de los cuatro será el mejooorrr? Carlos indicó la carretera que unía a «América Latina» con el mundo, preguntándose si sería cierto que el Capitán dirigía, además de la zafra, una orquesta de música mejicana. Monteagudo embistió el talud de la vía férrea y el yipi saltó sobre los rieles y volvió a ganar el asfalto. A la derecha, el viento había echado a volar las tiendas de los Adventistas. Carlos gritó «¡El Armagedón!», y el Capitán empezó a cantar La cama de piedra con una emoción levemente desesperada. Entraron en Marverde, el inagotable océano de caña que rodeaba «América Latina», y con el último ¡Ayyayai! se detuvieron junto al muro gris de la trocha. —Tanta sangre —murmuró Monteagudo, acariciando las piedras renegridas.


—¡Alegreee! —gritó Carlos. El loco no respondió. Empezaron a buscarlo en las brechas del muro. El aguacero había amainado, pero un aire frío cortaba el cañaveral. De pronto, en una garita derruida, dos ojitos azules brillaron como los de un gato. Alegre, con una calavera en las manos, tiritaba. Bajó la cabeza y se replegó contra el muro pidiendo perdón, diciendo que no sabía, que nunca había pensado, que no le pusieran el grillete. El Capitán se tendió de bruces, con el oído sobre la tierra. Durante un segundo Carlos lo miró, perplejo, pero tuvo el pálpito de que debía imitarlo. A ras de suelo había un fortísimo olor a estiércol. Alegre se tendió también, cautelosamente. —La tierra tiembla —dijo entonces el Capitán en voz muy queda—. Es el central. Carlos asistió fascinado a la transfiguración del rostro del loco, que pasó del miedo a la duda y a la alegría y a la paz, y le sonrió a la calavera y la puso de lado sobre el suelo. —¿Es tu amigo? —preguntó el Capitán. Alegre asintió. Sus ojitos se achicaron cuando le.


sonrió a la calavera. —¿Oyes? Lo hicimos —dijo. A Carlos le pareció que la cara del loco y la del muerto tenían un aire de familia, miró intensamente las cuencas vacías y la risa perpetua, y pensó en su abuelo y en su padre al sentir que la tierra transmitía latidos regulares como los de un cálido corazón palpitante. De regreso al central, el Capitán decidió que Alegre debía ir a La Habana para que psicólogos e ingenieros de la Universidad estudiaran el caso, y el loco designó a Carlos como custodio de su calavera. —Háblale de noche —le dijo—. Ella entiende. No se atrevió a desairarlo y escondió la calavera en el escaparatico del desnudo cuarto del hotel donde vivía. Esa tarde la Comisión, presidida por Monteagudo y Pérez Peña, decidió que el estado de las inversiones capitales del «América Latina» le permitían continuar en zafra, y siguió su gira de inspección dirigiéndose al «Perú». Carlos llevaba más de setentidós horas sin dormir, pero el central lo atraía como un hijo.


enfermo. En la Sala de Control y en el Laboratorio le informaron que todo marchaba a las mil maravillas, la caña era fresca y bastante limpia y la fábrica andaba al quilo, aunque, desde luego, estaban trabajando para una norma muy baja, apenas doscientas cincuentamil arrobas. —Molidas altas —dijo. De inmediato se dio cuenta de que aquella consigna, orientada por la Comisión, sería puro bagazo si no decidía algo concreto, y preguntó qué pasaría si apretaban las clavijas y duplicaban o triplicaban el ritmo. Jacinto Amézaga, su segundo, se opuso de plano porque había demasiadas cosas por probar en la fábrica. La Comisión, dijo, se había precipitado al decidir que continuaran moliendo. Couzo estuvo a favor de triplicar: el Bicho, opinaba, respondería como un reló, pero aun si no lo hacía era mejor que los problemas salieran ahora, cuando había tiempo para todo. Carlos los miró en silencio, el punto de vista de Amézaga era más seguro, si lo aplicaba nadie podría reprochárselo, pero los Diez Millones no se lograrían cuidándose tanto. No en balde Lenin.


había dicho aquello de audacia, audacia y más audacia. —Pínchenlo —ordenó—. Setecientas cincuentamil arrobas, que lo que sea, sonará. Los Jinetes del Apocalipsis saludaron la decisión con todo el entusiasmo que eran capaces de expresar, porque les permitiría probar los tándems a la mitad de sus posibilidades. Pérfido Albión operó personalmente los equipos, que respondieron como Couzo había previsto. Cuando las grandes mazas aumentaron su velocidad de rotación y el arroyito de guarapo creció en las canales hasta convertirse en un río de oro, Carlos se sintió un verdadero capitán en el puente de mando, y ordenó que se comunicara a la provincia y al país que el «América Latina», había triplicado su ritmo. Entonces se sintió mareado del cansancio y no tuvo otro remedio que irse a dormir. El hotelito que la Sola Sugar Company había construido para los técnicos solteros lo deprimía terriblemente. Era de madera, estaba pintado del ocre color de la tierra, la pésima iluminación sugería frustraciones.


y miserias. En su cuartico había una angosta cama de hierro, una mesita de noche despintada, una jarra y el escaparatico. Al abrirlo para colgar la camisa vio la calavera. —El colmo —murmuró—, vivir aquí con ésta. Se quedó dormido sin terminar de quitarse las botas y al rato se sumió en una pesadilla. El central estaba sin energía eléctrica, él, Couzo, Amézaga y los Jinetes vagaban por las naves oscuras como almas en pena. Empezó a gritar e intuyó que soñaba, pero nadie vino a despertarlo. Cuando logró abrir los ojos, estaba ronco y desconcertado, y saltó hacia la ventana. No logró ver nada. El bagacillo había estado cayendo durante años sobre la tela metálica como una inclemente lluvia de cenizas. Salió al pasillo, bajó a saltos los treintinueve escalones y se echó a reír: el central estaba iluminado. Al regresar al cuarto, sintiendo el lúgubre sonido de sus propios pasos en la vieja madera polvorienta, lo ganó la tristeza. Se tendió bocarriba, desesperado por ver a Gisela. De pronto decidió escribirle, decirle cuánto la quería.


y pedirle, por favor, que alguna vez, si le era posible, viniera a visitarlo. Entre los múltiples fracasos de su vida, ella era el mayor. Nunca, desde el divorcio, habían vuelto a entenderse. Cuando la tenía lejos se sentía capaz de las mayores renuncias, pero al verla volvía a los reproches, como si recitara contra su voluntad un papel aprendido. Así ocurrió al terminar la zafra del sesentiocho, cuando ella fuera a esperarlo a la estación y él no supo si tenía derecho a besarla hasta que estuvieron frente a frente y se miraron y ella rompió a llorar. Él pensó entonces que todo estaba resuelto, y después, en la casa, no logró entender que ella tuviera miedo y le pidiera, por favor, que lo pensara bien, porque ya habían sufrido demasiado. Y como lo había pensado meses enteros, durante la zafra, la miró humildemente a los ojos al preguntarle si podía quedarse, para siempre. Con el dinero ahorrado se fueron al Riviera, repitieron las locuras de su noche de bodas e inventaron otras sin que esta vez los yankis los interrumpieran. Carlos llegó incluso a hacer un.


chiste: ellos tenían dos Crisis de Octubre, una histórica y otra personal. Por las mañanas, su suegra les llevaba a Mercedita y él la enseñaba a nadar en la piscina, le hacía cuentos de la zafra, la escuchaba reír. Pero una noche Gisela saludó a un médico en el elevador y al llegar al cuarto Carlos le preguntó si había sido ése. —¿Ese qué? —dijo ella. —El que se acostó contigo —respondió él, tranquilamente. Meses después, en plena zafra del sesentinueve, mientras sufría como un perro su soledad, se asombró al recordar la calma siniestra con que logró uncirla a la lógica de su locura. Debían hablar civilizadamente, como adultos, le había dicho, volver significaba saberlo todo acerca del otro, estar de acuerdo en ciertos puntos básicos, por ejemplo, ella lo había engañado, ¿correcto? Gisela quiso eludir aquel diálogo, pero él la fue cercando durante semanas, como a un ratoncito, no, amor, no quería discutir, sólo conversar racionalmente, a ver, ¿por qué tenía miedo a hablar de eso? Cuando ella aceptó el reto y le dijo que no.


lo había engañado, que el incidente había ocurrido después de la separación, él sintió que la cara le ardía como ante una apuesta fascinante, por favor, amorcito, llamarle incidente a eso, si cuando ocurrió el divorcio no estaba firmado. Un papel era un papel, lloraba ella, él también estuvo con aquella muchacha, qué quería, qué estaba persiguiendo. Nada, decía él atrincherándose en un silencio que duraba días, hasta que ella se rebajaba a acariciarlo y él volvía a su juego, la cercaba, la hacía contradecirse y llorar y le sorbía las lágrimas y la excitaba y la poseía de un modo turbio y luminoso. La noche que obtuvo la victoria haciéndola reconocer que sí, que lo había engañado, sintió un amargo sabor a cenizas porque la odió y la quiso más que nunca. Y cuando ella advirtió su desesperación, o un minuto después, cuando le dijo que él era el hombre de su vida y le rogó por lo que más quisiera que volvieran a casarse, Carlos le confesó que una vez había estado a punto de matarla. Y aquel lunes, sin pensarlo dos veces, escapó hacia la zafra donde iba a rumiar su soledad hasta.


el delirio. No fue capaz de confesar la razón de su amargura a Orozco, ni al Acana, ni al Gallo. Cuando Despaignes lo promovió a Jefe de Fuerza de Trabajo llegó a amar los interminables terraplenes donde desmontaba el mecanismo de su locura mientras iba de campamento en campamento. Sólo quería otra oportunidad, otro par de meses para demostrar a Gisela que había olvidado. Pero el país estaba en el Año del Esfuerzo Decisivo, casi no hubo transición entre aquellas dos zafras y a duras penas obtuvo siete días de pase. Utilizó tres para llegar de Camagüey a La Habana viajando de favor en carretas, camiones, yipis y en aquel tren, lentísimo y oscuro como la tristeza, que se detenía en todos los apeaderos y en todos los chuchos. Cuando llegó a casa, Gisela no estaba. Se había ido a servir, le informó su suegra, con el campamento cañero «Amanecer», de Unión de Reyes. Carlos llevó a Mercedita al zoológico aquella mañana, y en la tarde reanudó su odisea. Bajo aquel agosto calcinante, La Habana parecía un cementerio. En las puertas cerradas de.


barberías, bares, oficinas, talleres y restoranes había cartelitos: «Estamos en Zafra.» Las calles estaban tan desiertas como los polvorientos terraplenes de Sola. Pero la Terminal de ómnibus era un hormiguero, cientos de personas pululaban por los andenes luchando por embarcarse y otras tantas esperaban sentadas en el piso, sobre papeles de periódico. Cuando Carlos pidió un pasaje para Unión de Reyes el empleado de Información se le echó a reír en la cara y le dijo que llegaría más pronto a pie, tenía setecientas sesentidós personas por delante, en la lista de espera, y la próxima guagua aún estaba reparándose. En eso un mulato de dientes de oro se ofreció a llevarlo por doscientas cincuenta cañas. Era el sueldo de un mes. Carlos estuvo a punto de pegarle o de cagarse en su madre, pero lo pensó mejor, y ahora, semidormido en el camastro de su hotel, sufría por momentos la pesadilla de estar otra vez en la sofocante carretera, atravesando pueblos extraños como Bolondrón y Alacranes, o desorientado en las rojizas calles de Unión de Reyes en las que nadie parecía saber dónde quedaba el cabrón.


«Amanecer» ni nada que se le pareciera. La angustia duró poco, porque ahora iba en pos de Gisela montado en un carro de abono, llegaba al campamento donde la veía bromeando con un tipo y no le hacía la estúpida escena de celos que le hizo en la noche, junto al jagüey donde se amaron y ella le ratificó que sí, que por desgracia él era el hombre de su vida, aún en aquel breve encuentro que él recordaba obsesivamente ahora que se iba quedando dormido, a ver si tenía la suerte de soñarlo. No la tuvo. Se despertó de mal humor y al sentarse en la cama vio bajo la puerta un ejemplar de Granma. Lo tomó maquinalmente y sintió que el pulso se le aceleraba: Triplica el «América Latina» su ritmo de molida. Debajo había un artículo donde se felicitaba a los cuadros de Sola por su agresividad y se les ponía de ejemplo; al final, su secretaria había presillado una nota: un periodista lo estaba esperando en la oficina. Se bañó cantando y cantando se dirigió hacia el edificio donde lo esperaba aquel joven rechoncho que quería hacerle una entrevista. Sonrió halagado;


cierta vez, de niño, había aparecido en la televisión, y en otra oportunidad, siendo muy jovencito, Revolución había publicado su foto cargando un ataúd. Pero ambas habían sido casualidades, mientras que ahora se trataba de una entrevista personal sobre la actividad más importante del país. Sonrió al pensar que su nombre en el periódico sería, además, un mensaje en clave para Gisela. —Bien, compañero —dijo. El corresponsal carraspeó mientras se limpiaba las manos sudorosas con un pañuelo ya marcado por la tierra. —Compañero administrador —dijo en un tono demasiado alto para su estatura—, es indudable que ustedes, los heroicos hombres del azúcar aquí en «América Latina», han logrado una hazaña productiva al poner en marcha la fábrica y triplicar el ritmo de molida en un plazo tan breve. Quisiéramos saber cómo lo han hecho y qué obstáculos han tenido que vencer en la consecución de tan altas metas. Cuando Carlos se disponía a responder, Jacinto.


Amézaga entró en la oficina, se dirigió al buró y le murmuró al oído: —Caballo, quedan tres horas para que el Bicho se pare. —¿Que qué? —exclamó él. —¿Pasa algo? —preguntó el corresponsal. —No —dijo Jacinto—. Asuntos internos. Carlos le pidió al corresponsal que lo excusara unos minutos y entonces Jacinto le explicó que estaba pasando algo ridículo, sin precedentes en la historia de la industria azucarera: el central se pararía por saturación de la Casa de Bagazo, pues no había correspondencia entre el ritmo de los nuevos tándems y el tamaño de la casa vieja. —¿Solución? —preguntó Carlos. —Disminuir a cien mil arrobas durante tres días, hasta que se termine la casa nueva. Meneó la cabeza mientras escuchaba la disertación de Jacinto sobre los terribles daños que sufriría el central si permitía que se tupiera el sistema de distribución de bagazo. Su segundo tenía razón, sería un desastre, pero él no podía permitirse el lujo de disminuir el ritmo y.


desconcertar al país después de haberlo estimulado; tenía que haber otra solución. —No —insistió Jacinto—, disminuir ahora o parar después, quién sabe hasta cuándo. Sintió que el sudor le había pegado la camisa a la espalda. Estaba a punto de hacer su primer gran ridículo como administrador, quizá también el último. La línea de responsabilidad era tan clara que seguramente sería sustituido en cuanto el central parara o disminuyera. De pronto deseó que el desastre ya hubiera ocurrido y estar otra vez picando caña, sin más responsabilidad que la de levantar el brazo y descargarlo sobre el plantón inerme. Sería fácil propiciar aquella suerte de suicidio civil esperando que el tiempo pasara como quien espera el efecto de un veneno. Pero también sería una pendejada. Era necesario intentar algo, aunque no tuviera ni la más puta idea de qué hacer. —Vamos —dijo. Jacinto lo siguió como un autómata. El corresponsal estaba recostado a una columna en el portalón de la oficina.


—¿Puedo ir con ustedes? —preguntó. —No —respondió tajantemente Carlos. —Pero compañeros, los lectores. Carlos siguió su camino. Le importaban un carajo los lectores. Aquel comemierda no podía haber escogido peor momento para meter sus narices en el central, había que mantenerlo a raya. Por suerte la fábrica molía normalmente y un furioso olor a miel flotaba en la Calle de los Hornos, por la que avanzaron hasta la Casa de Bagazo. Se detuvieron silenciosos en la frontera del desastre; el local, un tosco galpón de madera, estaba a punto de reventar. Carlos preguntó qué ocurriría sí destruían a hachazos la pared anterior y dejaban que el bagazo se acumulara en la calle. Jacinto se llevó las manos a la cabeza, sería una locura, dijo, el bagazo era abrasivo y combustible, por una parte el aire lo arrastraría hacia el interior de la fábrica y allí podría dañar muchos equipos, por otra, regado en la calle y seco, sería una invitación al sabotaje; la única forma de resolver el problema era compactándolo. Entonces Carlos concibió una solución.


desesperada: pedirle una motoniveladora a Pepe López. Tuvo que vencer muchos escrúpulos para rebajarse a llamarlo, porque sus diferencias con él abarcaban un enorme inventario de problemas y tocaban toda la estructura social del batey. Sola fue durante más de medio siglo una comunidad cerrada de obreros azucareros, pero desde hacía meses estaba conmovida por miles de constructores provenientes de ciudades remotas, cuya simple presencia era un reto a la tradición y un semillero de problemas. Sobre aquel abejeo de incomprensión cotidiana se erigía la lucha técnica entre constructores e inversionistas, y al frente de ambas huestes estaban justamente Pepe López y él, en guerra. Con la mano sobre el teléfono pensó que seguramente el muy cabrón se negaría pretextando cualquier cosa, e inmediatamente se desdijo, a pesar de todo el tipo era revolucionario y debía entender, tenía que entender, iba a entender que el rollo era parte de la lucha común por los Diez Millones. ¿Y si no lo hacía? Porque Pepe López era un hijoeputa, a eso no había vuelta que darle. ¿Pero se podía ser a la vez revolucionario e.


hijoeputa, hijoepulucionario, vaya? Lo lógico era comprobar, llamar a Pepe, plantearle sin reservas que él también era responsable del lío por haberse atrasado en la terminación de la nueva Casa de Bagazo. Lo hizo y se sintió esperanzado porque Pepe López lo escuchó sin alterarse, estuvo de acuerdo con él en que debían entenderse como compañeros, pero al final le dijo que no podía prestarle el equipo justamente debido a que el bagazo era abrasivo y se lo podía inutilizar, e insensiblemente Carlos pasó de las razones a los gritos y cuando vino a ver Pepe había colgado dejándolo lleno de argumentos y de rabia hasta que salió corriendo hacia el yipi, mientras Jacinto le preguntaba qué coño había pasado. Dobló la esquina, haciendo chirriar las gomas, entró como un tiro al terreno de pelota que el Grupo de Construcción le había robado a los obreros del Minaz para convertirlo en parqueo de equipos, y frenó sobre la línea de tercera, junto a una flamante motoniveladora Komatzu. —Arranca para la Casa de Bagazo —dijo. El operador se negó alegando que sólo cumplía.


órdenes de la Construcción y Carlos sacó la pistola, se la puso en las costillas mascullando, «Vas a ir, hermano, vas a Ir», y el tipo se quedó lívido y arrancó. Atravesaron el batey en aquel aparato tan alto como un tronco y llegaron a la Casa de Bagazo, donde Carlos le ordenó que entrara desbaratando las tablas y fuera compactando el bagazo. «Así, hermano, así, otra vez, otra vez», hasta que las lomas rizadas de virutas amarillas quedaron convertidas en pacas y hubo lugar para seguir recibiendo bagazo durante tres días, por lo menos. Entonces regresó a la oficina preguntándose qué coño había hecho. Ahora Pepe López tendría pruebas para lograr que lo tronaran y demostrar que el hijoeputa era él, Carlos, que no tendría defensa alguna frente a Monteagudo y haría quedar mal a sus socios Pablo y Despaignes. Sin embargo, el central no había parado, era todo cuanto podía decir. Pero eso sería más adelante. El problema, ahora, era ese periodista empeñado en hablar de logros, obstáculos y metas. ¿Qué decirle?, ¿que Alegre, y la pistola, y el hijoeputa aquel y la Casa.


de Bagazo. No, ni loco; ésos, como bien había dicho Jacinto, eran asuntos internos. Lo importante era el esfuerzo heroico que estaban haciendo; los logros, compañero, se habían obtenido trabajando noche y día; sí, había obstáculos, dificultades, era cierto, cómo no iba a haberlos en una tarea de aquella magnitud; pero quería decirle, compañero periodista, que no habría problema, barrera, obstáculo técnico o natural que los obreros y los cuadros del azúcar no fueran capaces de vencer en aquella batalla decisiva contra el subdesarrollo; y ahora, por favor, lo perdonara, tenía obligaciones urgentes que cumplir, si se le ofrecía algo más, viera a su secretaria. El corresponsal terminó de anotar, cerró su libretica y lo miró con una mezcla de admiración y desencanto. Carlos le sostuvo la mirada, aunque ya no lo veía: ahora su problema era defenderse a la riposta, porque ignoraba cuándo, cómo y por dónde lo atacaría Pepe López. Dedicó cuatro noches a controlar los incumplimientos de los constructores y aunque llegó a elaborar un expediente voluminoso y detallado sintió un corrientazo en la espina dorsal.


cuando le dijeron que lo llamaban urgentemente del Ministerio. Jamás había pensado que Pepe atacaría tan alto, probablemente había conseguido apoyo a nivel nacional y el lío sería tremendo. Al responder notó que el sudor de sus manos había empapado el teléfono. —Cuídate —le susurró una voz—. Porque te voy a joder. Quedó estupefacto, pensando que ésos no eran métodos para tratar a un cuadro. —¿Co-cómo? —balbuceó. —Que ahora estoy arriba —dijo la voz—. Y te conozco bien. Entonces reconoció a Alegre y se echó a reír, aliviado, ¿qué coño hacía usando aquel teléfono? El loco le contó que estaba visitando todos los lugares lindos de La Habana y que la Sala Nacional de Control de Zafra era de lo más bonita, con computadoras eléctricas y teléfonos rojos; volvería pronto a Sola con un cajón de fotografías para que nadie pudiera decirle mentiroso, ¿se lo avisaría a su abuela? Claro, dijo Carlos, y dejó que el loco le contara la visita a la Universidad.


mientras él volvía a sumirse en su problema. Pepe López atacó a fondo el veintitrés de diciembre, en una reunión presidida por el Capitán. Mientras escuchaba las acusaciones de abusador, ladrón y bandolero, Carlos se dio cuenta de que su contrario había escogido un mal día. A las once y diez de la mañana, seis horas antes de lo planificado, recibieron la noticia de que el país había producido el primer millón de toneladas e interrumpieron la reunión para unirse al estallido de júbilo de los obreros y colocar un gigantesco número uno bajo la inmensa tela rojinegra colgada a la entrada del central: ¡LOS DIEZ MILLONES VAN! Carlos intuyó que el Capitán Monteagudo no estaba para querellas internas, y cuando reanudaron la reunión y le llegó su turno se limitó a decir que él estaba allí para mantener el central moliendo y así lo había hecho. Nunca había.


producido tanto efecto con tan pocas palabras. Monteagudo asintió, satisfecho, miró a Pepe López y lo conminó a resolver fraternalmente sus diferencias con el Minaz. Y ya podían pasar al punto más importante: la necesidad de crear condiciones para lo que calificó de asalto al segundo millón. Fue como si a Pablo y a Despaignes les hubiesen prendido una mecha; llevaban las contradicciones entre la industria y la agricultura a flor de piel. El «América Latina», debía moler desde el día siguiente para un millón doscientasmil arrobas, y Pablo y Despaignes no coincidían en los estimados de cantidad de caña, ni en los de estructuras de cepas y variedades, ni en la programación de corte, ni en los índices de rendimiento planificados para el central. Cuando Carlos se vio obligado a terciar en la polémica lo hizo desde el punto de vista de la agricultura, porque era el único que conocía, y entonces Pablo lo atacó con una violencia inaudita, le preguntó si estaba con el león o con el cazador, y lo acusó de irresponsable y cobarde por haber permitido que Despaignes le movilizara veinticinco hombres.


para el corte. Carlos golpeó la mesa gritando que lo de cobarde no se lo aceptaba a Pablo ni a nadie, él era el administrador, era responsable y si no le permitían decidir ya podían ir quitándolo. Monteagudo hizo un llamado a la calma, logró una conciliación en el programa de corte, dijo que la vida se encargaría de probar la verdad de los estimados y añadió que tanto los índices de rendimiento como la norma de molida eran inalterables, porque de ellos dependía el aporte del «América Latina» a los Diez Millones. Carlos sabía que su prestigio como cuadro dependía de las molidas millonarias y que Despaignes por mucho que tratara, no le enviaría caña suficiente para lograrlas. Semanas después, presionado porque el «América Latina» era el único entre los colosos del país que no había rebasado siquiera una vez los seis ceros, tomó la decisión de disminuir el ritmo de molida y acumular caña sobre carros para intentar una jornada espectacular. Ese día tuvo una ácida discusión con Jacinto y al fin logró entender por qué Despaignes lo había calificado de.


políticamente errático. Jacinto se oponía a toda decisión arriesgada sobre la base de un concepto tan conservador como el de la estabilidad de la molida, sin valorar el efecto psicológico que un récord tendría sobre las masas. Carlos no tuvo otra alternativa que desconocer el criterio de su segundo y asumir personalmente la dirección del proceso. Estuvo cuarentiocho horas sin salir del central, seguido de una Comisión de Embullo integrada por miembros del Partido, la Juventud y el Sindicato, visitando en cada turno todos los puestos de trabajo, desde el Basculador hasta el Piso de Azúcar e imbuyendo a los obreros de su responsabilidad mediante repetidos mítines relámpago. Cuando todo estuvo listo y la hilera de carrosjaula llegó prácticamente hasta el entronque de Esclavo Ahorcao y sonó la sirena y el «América Latina» empezó a moler al tope, no pudo irse a dormir. Tenía la certeza de que su presencia en la fábrica era crucial, de que había una extraña, oscura, imprescindible conexión entre su mirada y la buena marcha de los acontecimientos. Liberó a la Comisión, cuyos miembros estaban exhaustos, y.


continuó su permanente peregrinar de los Tándems a los Tachos y del Basculador a los Cuádruples. Se hacía informar cada media hora de la cantidad de arrobas molidas, pero cuando el central llegó a las ochocientasmil redujo el tiempo de información a diez minutos, y cienmil arrobas después se metió en la Sala de Control a seguir el crecimiento de la cifra con la ansiedad de un viejo avaro. Faltaban apenas cinco mil arrobas cuando se dirigió al acto que la Familia Comunista había citado en la entrada del central. Calculó la velocidad de sus pasos y apareció frente a la multitud justamente en el momento en que la sirena empezó a sonar y la Radio Base, luego de un toque de corneta, informó que el «América Latina» había molido por primera vez en la zafra un millón de arrobas de caña en menos de veinticuatro horas. Se sintió en la gloria cuando los muchachos de la Juventud lo llevaron en andas hasta la tribuna desde donde dijo que no habría problema, barrera, obstáculo técnico o natural que los obreros y los cuadros del azúcar no fueran capaces de vencer en aquella lucha titánica por producir los Diez.


Millones. Cuando concluyó el acto sintió que el tiempo de Jacinto Amézaga había empezado a correr. Su segundo le había pronosticado problemas serios después de aquel alarde, y él estaba molido de cansancio, pero se sentía incapaz de abandonar la fábrica. Pensaba que si seguía allí, con el ojo puesto en los equipos, pidiéndole al abuelo Álvaro y a Chava que lo ayudaran en aquella batalla que era, esta vez sí, la última que debía librar la Isla para alcanzar la felicidad y la riqueza, no podría ocurrir percance alguno porque, más allá del sueño y el cansancio, la obsesión por el triunfo acumulada en su alma se convertiría en una fuerza material capaz de imponerse a todos los obstáculos. De modo que reinició el recorrido del Basculador a los Tándems, de la Casa de Calderas al Piso de Azúcar. En la fresca oscuridad del almacén había una extraña paz; los ruidos de la fábrica llegaban asordinados, regulares, y el suelo temblaba levemente, casi como había temblado la tierra en la Trocha, como temblaría un barco a toda máquina en un mar tranquilo. Se tendió sobre.


los sacos dispuesto a levantarse en quince minutos. Dos horas después lo despertó la trágica certeza de que el suelo había dejado de temblar. Echó a correr por la fábrica muerta y oscura como en una pesadilla, diciéndose que debía calmarse, que soñaba, pero los obreros que vagaban atónitos por las sombrías naves le decían lo mismo: el central se había quedado sin corriente, no se sabía cómo ni por qué. En la Planta Eléctrica, encontró a Jacinto, al Ingeniero Jefe y a los Jinetes del Apocalipsis totalmente desconcertados, buscando la causa del desastre en el incierto amanecer, y se dijo que el responsable había sido él por haberse quedado dormido. Pero de inmediato tuvo que atender a una Comisión formada por miembros del Poder Local, los CDR, la Federación de Mujeres y los administradores de la Pasteurizadora, el Hospital, la Panadería y la Fábrica de Hielo. Lo sentía muchísimo, dijo, también estaba desesperado, era una tragedia que fueran a perderse miles de litros de leche, de libras de pan, de quintales de hielo, era angustioso saber que había un médico.


parteando con linternas, pero qué podía hacerse, le dijeran. Alguien respondió que Alegre ya había regresado al Batey y Carlos ordenó que lo llevaran corriendo a la Planta Eléctrica, con la esperanza de que el loco volviera a sacar los del apuro. Pérfido Albión esbozó una sonrisa despectiva cuando vio a Alegre revisando el Panel de Controles a la luz de una chismosa. Carlos le perdonó ese gesto porque la imagen del loco, desdibujada por la temblorosa luz del mechero, era realmente grotesca. La gorra azul del alacrán, los pómulos salientes, los ojitos hundidos y la nariz ganchuda hacían pensar en un espantapájaros. Pero Carlos pensaba también que tras aquel aspecto atrabiliario palpitaba un genio mutilado por las condiciones en que había nacido. Ya le tocaría reír a él cuando al inglés se le cayera la quijada de asombro ante la solución inesperada que el loco le daría al problema. Alegre terminó de revisar los controles, se sentó en una banqueta acariciándose el mentón y, de pronto, echó a correr. Carlos logró darle alcance junto a la cerca. —Espérate —le gritó—. ¿Qué hacemos?


—No sé —respondió Alegre. Miró el central, muerto como un buque fantasma, escuchó los pasos del loco y empezó a patear la cerca gritando obscenidades; si por lo menos, coño, pudiera hacer algo, cojones, ponerle la pistola en la cabeza a algún hijoeputa, machacarle los güevos a un. En eso lo reclamaron urgentemente de la oficina, lo estaban llamando del Regional, de la Provincia y de la Nación. Cuando llegó al buró se detuvo confundido ante los tres teléfonos. Finalmente se clavó un auricular entre la quijada y el hombro, tomó los otros, informó que oía y escuchó tres veces la misma pregunta: ¿qué coño estaba pasando? —Estamos sin corriente —dijo y no sabemos la causa. Una andanada de voces atravesó los auriculares: bobeando, imprevisión, responsabilidades, nos golpean, medidas ejemplarizantes. —Correcto —dijo. Despaignes le informó que salía para el central, Pablo que se mantendría llamando cada quince minutos y el Ministerio que lo haría cada hora.


Cuando colgaron, Carlos dejó caer los teléfonos. —¿Por qué no descansa? —le preguntó tiernamente su secretaria. —¡Porque no! —gritó él—. Dígale a Roberto que vaya a verme a la Planta Eléctrica. De pronto se sintió muy cansado y pensó pedirle disculpas a la muchacha, pero estaba solo, abatido, ella le recordaba intensamente a Iraida y no quería verse envuelto en otro rollo. Se dirigió a paso doble hasta la Planta Eléctrica. Roberto, el responsable de la Seguridad en el central, lo estaba esperando en la oficina. No sospechaba de nadie, hacía más de cinco años que habían desmontado la última y única red contrarrevolucionaria que hubo en «América Latina». —Bueno —dijo Carlos—, a lo mejor te dormiste en los laureles y nos dieron el palo, así que ponte a averiguar. —Oka —respondió Roberto—. Permiso. En eso se oyeron los gritos de «¡Una rata!, ¡una rata!», y Carlos se asomó irritado a la puerta: era el colmo que gritaran como mariquitas por una.


puñetera rata. Casi choca con el Ingeniero Jefe que se acercaba nervioso, con el animal electrocutado en la mano. Increíble, compañero administrador, pero aquella cosita había sido la causa del desastre, la muy sinvergüenza se había metido entre dos cables haciendo puente y provocando un corte en el control maestro. —No puede ser —murmuró Carlos. Teóricamente era imposible, dijo el Ingeniero, porque el registro donde entró tenía que estar sellado con porcelana, pero la porcelana estaba rota; no obstante, seguía siendo imposible, porque los cables a los que se agarró tenían que estar recubiertos de material aislante, pero estaban pelados. —Está bien —dijo Carlos en voz muy baja—. ¿Cuánto tiempo, ahora? —Minutos —respondió el Ingeniero Jefe—, minutos. De vuelta a la oficina, Carlos halló sobre la mesa un ejemplar de Granma con un bajante subrayado por su secretaria: Únese el «América Latina» a la lista de los centrales millonarios.


Leyó con una débil sonrisa, el periodista no era tan bobo como parecía; había captado la atmósfera de tensión en el central y aunque era laudatorio se quejaba entre las líneas de la falta de atención a la prensa y terminaba insinuando una duda terrible: «¿Podrán los hombres del «América Latina» mantenerse a la altura de su responsabilidad histórica?» —Depende de las ratas —murmuró Carlos, apretando los dientes. A la una y treintidós de la madrugada, un día después de lo estipulado en el plan, el país produjo el segundo millón y Carlos presidió el acto donde se colocó el número dos bajo la tela de los Diez Millones. Estaba molesto porque se sentía responsable de aquel atraso, pequeño pero injustificado en una época donde los rendimientos y las molidas debían ser óptimos para ganarle tiempo a las lluvias de mayo y junio. El incidente de la rata había metido al «América Latina» en una trampa, al parar el central se detuvieron los cortes para que la materia prima no envejeciera, y cuando la fábrica estuvo en condiciones de arrancar no.


había caña suficiente. Además, los rendimientos en azúcar estaban casi dos puntos por debajo de lo planificado, y Despaignes, que lo atribuía a deficiencias de la industria, le daba palos y más palos en los Consejillos de Zafra. Jacinto, en cambio, señalaba el índice abrumador de materias extrañas que la agricultura enviaba a los tándems. Carlos no sabía qué hacer; con ayuda de Couzo descubrió las fallas de la industria: falta de uniformidad en el colchón de caña, exceso de agua de imbibición, desajuste en los molinos, irregularidades en la alcalinización del guarapo, mala operación en los tachos; pero descubrió también, con la migraña taladrándole los sesos, que casi todas tenían origen en los errores que estaba cometiendo la agricultura: alteraciones brutales del programa de corte, inaceptable índice de impurezas, irregularidades sistemáticas en el suministro, pésima estiba en carretas, carros y camiones. Y todo ello probaba, gritó en el Consejillo, que quien primero tenía que poner su casa en orden era la agricultura; respondiera, compañero Despaignes, lo estaba emplazando.


Despaignes se puso lívido y Carlos se sintió feliz. El Negro ejercía sobre él una autoridad insufrible, en los últimos tiempos lo había soportado como a un padre regañón y ahora se había liberado y por primera vez sentía contentos a los cuadros de la industria, que al fin reconocían en él a un jefe. Por eso decidió seguir golpeando y convirtió el emplazamiento en reto, la industria se comprometía, dijo, a resolver sus problemas en dos semanas y a mantener molidas millonarias, y quería que la agricultura dijese allí mismo si era capaz de resolver los suyos y de suministrar caña suficiente. Terminó exultante, pero ya Despaignes se había recuperado y decía que los problemas de la cosecha, con una fuerza de trabajo inexperta, eran demasiado serios como para comprometerse a resolverlos en un plazo tan breve, hacía una de sus habilísimas pausas, felicitaba a la industria por el compromiso que había asumido públicamente y que sería chequeado allí, en el Consejillo, y prometía que habría caña, la habría aunque el central parara y aunque llovieran raíces de punta, eso iba por su cuenta.


Carlos quedó afónico después de reunirse con todos los responsables de la fábrica a todos los niveles, pero por alguna razón que se le escapaba, la conciencia de los problemas no era suficiente para resolverlos. Estaba desesperado cuando el país logró el tercer millón, con dos días de atraso, faltando apenas veinticuatro horas para que el «América Latina» tuviera que parar por llenura en el hueco del Basculador. Una causa totalmente absurda, había dicho Jacinto; jamás en la industria azucarera había ocurrido algo así, podía revisar los libros de todos los centrales en todos los tiempos y comprobarlo. Carlos respondió enloquecido que ahora tenían que hacer a golpes de vergüenza y cojones lo que antes se hacía por desesperación y por hambre, que no era lo mismo, ¿entendía?, y se fue dejando a Jacinto con la palabra en la boca. Sabía muy bien que la culpa era suya por haberle permitido a Despaignes movilizar hacia los cortes a los veinticinco hombres que debían mantener limpio el puñetero hueco, y se repetía una y otra vez que no lo había hecho por irresponsabilidad o cobardía, sino por.


ignorancia. El hueco del nuevo Basculador era inmenso, jamás pensó que fuera a desbordarse en tres meses amenazando con trabar la estera de los tándems, ni que la bomba destinada a achicarle estuviese rota y sin arreglo. Y ahora Despaignes se negaba a devolverle la brigada. Lo peor era que él, en su lugar, habría hecho lo mismo. Además de ignorante había sido comemierda, e incapaz de conservar la autoridad de la industria que Pablo le había confiado al proponerlo. Algo así le dijo Pedro Ordóñez, el Secretario del Sindicato, cuando él le propuso formar una brigada con hombres que estuvieran en horario de descanso para limpiar el hueco. Era muy difícil, compañero administrador, convencer a los trabajadores de cosas como ésta, añadió el Secretario, habían renunciado al cobro de horas extras, estaban dispuestos a doblar turnos y a morirse produciendo azúcar, ¿pero por qué, le dijera, tenían que robarle horas al sueño y al descanso para pagar un error que no era suyo? Carlos quedó mudo y bajó la cabeza. Tenía preparado un discursito sobre el honor proletario, pero se sentía.


incapaz de pronunciarlo. Tal vez eso le salvó, porque Pedro Ordóñez parecía estar esperando un teque y quedó desconcertado y de pronto murmuró que estaba bien, que iba a hablar con la gente. Contra el criterio de Jacinto, Carlos se puso al frente de la brigada que iba a limpiar el hueco. La pregunta de Pedro Ordóñez sobre el error lo había conmovido, y aunque llegó a entender que quizá un administrador no debería emplear tiempo y fuerzas en una tarea de peón, sentía la necesidad moral de pagar. Al principio el trabajo fue asqueroso, pero soportable. Los desechos acumulados llegaban a la altura de la calle y ellos iban metiendo en sacos las cañas, las pajas, las ratas podridas que luego trasladaban a un camión. Trabajaban de pie sobre aquella cochambre y al ir extrayéndola se hundían cada vez más en el hueco. Desde el fondo brotaba un irresistible hedor a animal muerto, a aguas albañales y a limo podrido. Los guantes, las ropas, los cuerpos se fueron impregnando de un magma pestilente. Cuando no fue posible trasladar los sacos directamente y hubo que atarlos con sogas para que los izaran, Carlos decidió rotar a los.


hombres cada cinco minutos. Pero nadie podía soportar tanto tiempo en medio de cañas mohosas, gatos podridos y gases sulfúricos. Los hombres se preparaban arriba para sumergirse en aquella masa putrefacta, bajaban corriendo la escala, trabajaban hasta que sentían los pulmones a punto de reventar y subían chorreando un líquido espeso y negro como el chapapote. Preparándose para la zambullida Carlos pensó en lo irónico que resultaba hundirse al avanzar, se llenó los pulmones de aire fresco, cerró los ojos y empezó a descender por la escala húmeda y oxidada hacia el territorio de la mierda, las cucarachas y los hocicos de las ratas. Sintió que prefería la guerra o la muerte a aquella tortura y decidió que bastaba con aquel saco. Pero no lograba llenarlo. Pensó que era una vergüenza subir con él vacío, calculó que podría resistir un minuto y cometió el error de arrodillarse sobre la oscura masa putrefacta para abreviar la tarea. Entonces sintió que se ahogaba, tragó una bocanada de aire hediondo, creyó ver las antenas de una cucaracha girando en su nariz y se desmayó.


Arriba, rodeado de obreros a quienes Pedro Ordóñez gritaba que dejaran pasar aire, logró incorporarse, vomitó y dio por cumplida su tarea. Después de quemar las ropas se metió bajo la ducha, con jabón y cepillo, pero el hedor lo estuvo persiguiendo durante semanas, como un castigo. Aquel horrible esfuerzo tuvo una compensación inesperada, su prestigio entre los obreros aumentó tanto que llegaron a considerarlo un solano. Así, amparado por el batey, la vida se le hizo más fácil. Las familias se disputaban el privilegio de invitarlo a almorzar, las viejas le preparaban postres de sabores delicadísimos, vivían pendientes de su salud y le hacían tisanas de flores de aguinaldo cuando lo notaban nervioso. Cierto día recibió un Informe de la Universidad de La Habana donde se afirmaba que el compañero Ireneo Salvatierra había sido sometido a diversas pruebas cuyo resultado era definitivo: salud mental, irrecuperable, lo que se informaba para su conocimiento y a los efectos procedentes. Tardó unos minutos en darse cuenta de que Ireneo Salvatierra no era otro que Alegre. Entonces.


concluyó que se había portado como un sinvergüenza con el loco y decidió regalarle el apartamento que le correspondía en su condición de administrador y que había soñado estrenar con Gisela. Ella ni siquiera le había escrito, no iba a venir ahora ni nunca, y a él le daba lo mismo un cuarto que una litera. Sus esfuerzos al frente del central parecían estar condenados a cumplir un ciclo siniestro: molida millonaria-roturasuspensión de los cortes-falta de caña; o bien esto último debido a las lluvias tempranas, al bajo promedio de los macheteros o a que era domingo. Las relaciones con Pablo y con Despaignes eran muy tensas y se preguntaba qué pasaría cuando la agricultura recibiera refuerzos y lograra romper el equilibrio de incumplimientos que ahora favorecía a la industria. El cuarto millón se produjo el cinco de marzo, justamente cinco días después de lo planificado, aunque hubo como siempre un acto entusiasta, Carlos estaba bajo el impacto de una cuenta terrible. La había sacado jugando, porque a pesar de todo cinco días le parecían un atraso aceptable.


Pero al reflexionar se dio cuenta de que los incumplimientos habían ido creciendo en progresión geométrica y que de seguir así, o aumentando de cinco en cinco solamente, el décimo millón se lograría el cuarenticinco de julio, con buen tiempo. Por primera vez pensó una palabra impronunciable: nunca. Para esa fecha — diecinueve de agosto en el calendario— la caña estaría en la fase inversa de su ciclo vegetativo y no produciría una gota de azúcar. Se dirigió turbado a la explanada, pero al ver la multitud se acusó de autosuficiente e incrédulo; aquella desgracia no podía ocurrir, tenía que haber una solución, seguramente ya la había y sólo escépticos como él le abrían espacio al germen disolvente de la duda. Cuando colocó el número cuatro bajo la consigna se sintió estremecido por la ovación y empezó a hablar en contra de sus propios pensamientos: había quienes se daban el lujo de dudar, dijo, pero el pueblo no tenía tiempo para esos ejercicios de salón porque estaba cumpliendo sus metas, como probaba ese cuatro, apenas un punto más en el heroico camino de la.


zafra. Coreó los vivas de la multitud y pronto sus dudas le parecieron las vacilaciones de un extraño. Había logrado exorcizarlas en comunión con el pueblo que venía luchando por la felicidad desde tiempos de su bisabuelo, y que ahora, más de cien años después de haberse ido a la guerra, estaba a punto de vencer en su combate más noble. Fue feliz al sentir que confiaba y creyó como nunca en sus propias palabras: primero se hundiría la isla en el mar antes que fallar en este compromiso, patriaomuerte, compañeros, venceremos. Las dos semanas siguientes trajeron su reconciliación con el «América Latina». Viéndole moler, Carlos reafirmó su fe en la victoria y en los futuros rendimientos, sobre todo ahora que la caña estaba garantizada por soldados, reclutas y estudiantes, además de los macheteros habituales y voluntarios. El veinte de marzo llegó a la fábrica una Comisión Técnica para instalar un equipo modernísimo, el Hidrociclón, capaz de separar las impurezas facilitando así el proceso industrial. Se sintió radiante al ver que sus previsiones se.


cumplían, pero a las cinco de la tarde le informaron que en el Basculador había un problema rarísimo con un tren. Caminó por la línea pisando todos los polines; no le sirvió de nada: el rollo era de padre y muy señor mío. El tren pertenecía al Distrito Fantasma, un área especial creada por Despaignes para tratar de romper el círculo vicioso que iba de la parada por rotura a la suspensión de los cortes a la parada por falta de caña. Allí se cortaba la Caña Fantasma, una reserva de la que podía disponer cualquiera de los seis centrales de la región que necesitara con urgencia materia prima. Varias veces el «América Latina» había molido esa caña agradeciéndole a Despaignes una idea tan brillante. Pero en aquellos días, con toda la región moliendo a ritmo, la Caña Fantasma se fue acumulando y cuando los hombres del Distrito reaccionaron, pararon los cortes, cargaron aquel tren y lo despacharon sin rumbo fijo, la materia prima había empezado a descomponerse. Por eso Epaminondas Montero, el Jefe de Fabricación del «América Latina», se negaba a recibirla. El Maquinista Fantasma.


insistía en hablar con el Administrador y estaba a punto de crear un cuello de botella en la circulación del patio. Por principio, Carlos solía apoyar a sus subordinados, pero el Maquinista Fantasma lo impresionó con su odisea. Había rotado en vano por cuatro de los seis centrales, llevaba treintidós horas montado en aquella cafetera, tenía la cabeza hecha un melón y, después de todo, la caña era caña. El Maquinista tenía razón. Además, se evitaría un problema con Despaignes, y aunque los rendimientos bajaran un poco, quizá el Hidrociclón compensaría las pérdidas. —Basculen —ordenó. —Señor Administrador —la voz del Jefe de Fabricación era muy nasal y salió alta y aguda como la de un sonero—, si usted hace esa barbaridad, yo renuncio. Carlos se volvió enfurecido, con la intención de decirle que estaba bien, que renunciara; Epaminondas Montero no era revolucionario y aquel reto público a su autoridad tenía un inocultable matiz político. De pronto decidió.


discutir, no por gusto llevaba meses al frente del central, sabía tanto de azúcar como cualquiera y se sentía capaz de darle una lección. —¿Y qué hacemos con esa caña? —preguntó. —Botarla —dijo Epaminondas. —Ajá —murmuró socarronamente Carlos. Se había roto el corojo, ¿a quién se le ocurría botar un tren de caña en plena zafra sino a un gusano?, el gordo Epaminondas, como Jefe de Fabricación, era responsable de los bajos rendimientos, y tal vez de algo mucho peor. —Y eso —dijo—, ¿no le parece un sabotaje? Epaminondas Montero era sanguíneo y asmático y se puso rojo, como al borde de un colapso. Cuando recuperó el habla dijo señor Administrador, llevaba treinta años como Jefe de Fabricación del Sola y quería aquellos hierros como a sus hijos, ¿tenía idea de lo que iba a ocurrir si molían la caña? Carlos respondió que sí, que bajaría el rendimiento y que ése era un riesgo calculado. Pero Epaminondas no lo dejó continuar; cosa más grande, dijo y tragó aire, y dijo no, señor Administrador, se produciría un proceso de.


acidulación, que como todo el mundo sabía destruye la molécula de sacarosa y la desdobla en dextrosa y levulosa, azúcares reductores capaces de echar a perder toda la producción que estaba en esos momentos en la barriga del central y que equivalía a trenes y trenes de caña; y eso, señor Administrador, eso sí era sabotaje, y ahora se iba a su casa porque así no se podía trabajar. —¡Llévate el tren! —gritó Carlos desgarrado entre su autoridad y su ignorancia. —¿Adónde? —preguntó el Maquinista. —A donde se te ocurra —respondió, echando a correr tras Epaminondas Montero. Dudaba entre llamarlo y disculparse, pedirle consejo a Pedro Rodríguez u ordenarle a Roberto que investigara el caso. Un tren en marcha lo obligó a detenerse. Las jaulas, vacías e iguales, pasaban como en una película. Otra locomotora resopló: el Tren Fantasma reanudaba su loco peregrinaje. Lo miró sintiéndose culpable, no sabía de qué, y de pronto le dijo adiós con la mano. Desde la alta cabina, el maquinista le dirigió una mirada triste. Los treintidós carros fueron pasando, tractrac, trac-


trac, trac-trac, y se perdieron a lo lejos, bajo negras nubes de tormenta. Pedro Ordóñez le dijo que no se preocupara, Epaminondas Montero vivía añorando el orden de la Sola Sugar pero no levantaría un dedo contra el central, al día siguiente estaría en su puesto. Así fue, y cuando Carlos hizo de tripas corazón y le pidió excusas, Epaminondas respondió de mala gana que un Administrador tenía que saber darse su lugar. Carlos no supo si se refería al incidente del tren o a las excusas, ni intentó averiguarlo, le agradecía a Epaminondas el haberlo salvado de un error irreparable y eso era suficiente. Estaba casi feliz, aquel veintiséis de marzo se había logrado el quinto millón y en su personalísimo cálculo de probabilidades esto era un triunfo. Ahora el atraso acumulado era de nueve días, no había aumentado en progresión geométrica ni de cinco en cinco, como llegó a temer. Sin embargo, su lado oscuro insistía en recordarle que abril era el mes más cruel y mayo el más terrible, ¿cómo podrían reducir el atraso bajo las lluvias? En la primera semana de abril el «América.


Latina» logró tres molidas millonarias e iba en pos de la cuarta cuando tuvo que parar por falta de caña. Un aguacero intempestivo había obligado a detener los cortes y Carlos reaccionó con una rabia intensísima y salió a despotricar contra la lluvia hijoeputa y traidora. En eso vio venir un tren larguísimo, recordó el Distrito Fantasma y empezó a dar saltos de alegría. De pronto se detuvo, boquiabierto. Era imposible, total, completa, absolutamente imposible. Echó a caminar bajo la lluvia diciéndose que una alucinación o el gris del cielo, las nubes y el aire le hacían ver gris la caña, de un gris plomizo, ceniciento, funerario, que envolvía como una niebla al Tren Fantasma, ahora detenido, con el Maquinista dirigiéndole desde la cabina una mirada implorante, irreal, e invitándolo a oír la triste historia del Jodío Errante que andaba sobre ruedas, envuelto en una nube de moscas y guasasas. Cuando él lo despidió del «América Latina» se fue al «Brasil», donde tampoco lo dejaron descargar; siguió vagando por «Perú» y «Venezuela» y llegó incluso a «España» y al «África Libre». Y como siempre le decían lo.


mismo, se dio cuenta de que su destino era transportar aquel cargamento maldito a ningún sitio, por toda la eternidad. Ya no temía a los insultos ni a las burlas. Dejó de parar en los centrales, simplemente. Viajaba. En las mañanas frescas y en las noches disfrutaba del viaje, pero sufría bajo la resolana y las lluvias y se atormentaba con preguntas inútiles en la aplastante soledad de los cañaverales oceánicos. Entonces solía detenerse en algún chucho, junto a las grúas, donde manos piadosas le daban agua y comida para que continuara su peregrinaje. Varias veces intentó botar la caña podrida, pero ningún gruero quería hacerse cómplice de semejante despilfarro. —¿Por qué no hablaste con Despaignes? — acertó a decir Carlos, conmovido. El Maquinista sonrió tristemente mientras se mesaba la barba crecida durante el viaje. No se atrevía, dijo, el error de no suspender los cortes había sido del Administrador del Distrito Fantasma, un hermano suyo al que juró por los restos de su madre que no regresaría hasta haber logrado que le molieran la caña. Ya no sabía qué.


hacer, adónde ir, cuándo parar. Ahora, con la lluvia, los bichos estaban escondidos, pero en cuanto saliera el sol volvería a caer sobre la caña fermentada y sobre su cabeza un enjambre horrendo de moscas y guasasas. ¿Podría él hacer algo, ya no como Administrador, vaya, sino como cristiano? Carlos lo autorizó a meter el Tren Fantasma en una vía muerta e hizo venir a Despaignes. El Negro se puso gris, cenizo como la caña al escuchar las tribulaciones del Jodío Errante, dijo que el administrador del Distrito Fantasma iba a pasarse diez zafras como machetero, para que supiera lo que era amor de mulata, y dispuso que sacaran el tren de la vía muerta y lo llevaran a la última grúa para acabar de botar toda aquella basura. El Tren Fantasma volvió al camino por última vez, pero estuvo viajando en la imaginación de Carlos hasta el final de la zafra. La reunión provincial del sexto millón se hizo en el «América Latina»; por entonces, dieciséis de abril, el atraso acumulado era de trece días y Carlos tenía razones para sentirse optimista. Por.


primera vez la demora había sido igual a la del millón precedente, cuatro días, y eso podía significar que se había iniciado al fin la curva de descenso. Si lograban reducir un día de atraso en cada uno de los millones restantes producirían los diez antes del veintiséis de julio y el país habría consolidado la base material necesaria para construir simultáneamente el socialismo y el comunismo. Cierto que tendrían que lograr esa hazaña en meses terribles, pero no había otra alternativa. Así que sofocó aquellas malditas voces interiores que insistían en hablarle de lluvias, bajos rendimientos, fallos en los Hidrociclones y el copón bendito. Estaban en la antesala de su oficina, esperando al Capitán Monteagudo y al Ingeniero Pérez Peña, reunidos en privado con los técnicos extranjeros después de la fiesta de despedida. Carlos intentaba explicarle a Pablo las complejidades operacionales del Hidrociclón cuando el Capitán hizo su entrada, atravesó el local a grandes trancos, cabizbajo, y llegó en silencio a la puerta de la oficina. Entonces Alegre lo detuvo halándole la manga de la camisa.


Carlos se preguntó de dónde coño había salido el loco, tenía que haber estado allí desde antes, sin duda, sólo que nadie lo había visto y ya el daño estaba hecho. Monteagudo traía un humor de perros y reaccionó violentamente al sentirse tironeado, pero se contuvo e intentó sonreír al ver al loco. —Oiga, Capitán —dijo Alegre—, salude ¿sabe?, porque si no, le pasa como a mí, que se queda sin amigos y eso es malo, maaalooo. —Quiay, Alegre —respondió Monteagudo poniéndole la mano en el hombro, con un gesto inusual de ternura. Luego se volvió hacia el grupo —. Buenas, compañeros. Durante la reunión Carlos agradeció la locura de Alegre, de alguna manera había relajado el ambiente y suavizado las múltiples contradicciones que salieron a flote. Pero Monteagudo no estaba optimista al hacer el resumen. Había empezado, dijo, la etapa del esfuerzo decisivo; para lograr los Diez Millones era imprescindible llegar al séptimo en abril, reduciendo el atraso en tres días y no en uno, como.


había dicho el compañero Carlos; y aún así, entre el primero de mayo y el veintiséis de julio habría que producir otros tres millones, y esto, bajo las lluvias, sería poco menos que un milagro. Dejó de hablar, sorprendido por sus propias palabras, a las que inmediatamente dio cumplida respuesta: los pueblos, dijo eran capaces de hacer milagros en circunstancias como aquéllas; en la provincia había caña y coraje suficiente para eso, pero ésta era sólo la mitad del problema, la otra era saber si la industria, aun recibiendo en sus tándems un índice altísimo de materias extrañas. —Sí —lo interrumpió Carlos. —¿Por qué sí? —preguntó el Capitán. Carlos quedó mudo al darse cuenta de que había hablado con el corazón y no con la cabeza; no era capaz de explicarse, pero sentía en lo más profundo de su alma que tanto y tanto esfuerzo no podía quedar trunco, que la voluntad podría incluso contra las leyes de aquel enmarañado proceso industrial, que aun ellas tendrían que someterse a la justicia porque este pueblo había vertido demasiado sudor para que le fuera negada.


la victoria. No se decidió a hablar, Monteagudo esperaba otro tipo de respuesta y él no era quién para tratar de infundirle confianza. Se sintió mejor cuando el Ingeniero Pérez Peña tomó la palabra y dijo que la industria sería capaz de lograr la hazaña, aunque no por razones milagrosas, sino científicas; a partir de la semana siguiente sería instalado en los centrales un equipo de tecnología nuclear capaz de reducir entre una y cuatro horas el proceso de cocción de la templa en los Tachos, aumentando increíblemente la productividad. Carlos cedió a la tentación de palmear los hombros de Pablo y Pérez Peña, pero Monteagudo murmuró un meditabundo ojalá antes de levantarse. En el discurso del sexto millón Carlos se refirió a una solución atómica haciendo popular en Sola la expectativa y la palabra. Al terminar el acto tuvo que acompañar a Monteagudo a casa de Alegre. El Capitán se interesaba realmente por el loco, y aunque le complació saber que Carlos le había entregado un apartamento, no logró ocultar su irritación con las conclusiones de la Universidad. Ellos no estaban locos y habían visto.


al loco hacer maravillas, era necesario darle confianza, un trabajo y desde luego un salario, dijo antes de entrar al apartamento que ya Alegre había atiborrado de cachivaches eléctricos. Tras la puerta del cuarto sonaba un motor que parecía a punto de hacer volar el edificio. Cuando entraron, conducidos por la abuela, los recibió una furiosa ventolera. Se quedaron mirando un gran ventilador de anchísimas aspas amarillas, y Alegre les explicó que el calor lo ponía nervioso y había construido el aparato con el motor de un camión abandonado. Monteagudo se echó a reír e intentó llevar la conversación hacia las necesidades del «América Latina». Pero Alegre no le dio chance, lo ponía nervioso que los niños se cayeran, dijo, le daba lástima, nunca entendió por qué no podían volar como los pájaros; en La Habana le explicaron y ahora estaba inventando el Gravitón, un aparato capaz de vencer los efectos de la Ley de la Gravitación Universal y permitir que los niños volaran como tomeguines. Así, poco a poco, científicamente, iría resolviendo todos los problemas que lo ponían nervioso y dejaría de.


estar loco. Carlos caminó sobre radios y batidoras hasta sentarse en el caparazón de un televisor adosado a la pared donde podía evitar la ventolera que le estaba taladrando la cabeza. Monteagudo parecía no sentirla, estaba sentado sobre una maraña de cables, con el pelo hecho un remolino, y le preguntaba a Alegre por qué, entonces, aquel día había echado a andar los tándems. El loco suspiró: siempre, desde que era niño, se había dormido con el ruido de los tándems, y aquel año no habían sonado aunque eran nuevecitos y eso lo ponía nervioso y todo el mundo en Sola andaba nervioso, como los niños cuando no podían volar. Carlos sonrió ante aquella lógica irrebatible, pero hizo una mueca cuando Monteagudo le preguntó a Alegre por su amigo; se sentía un poco ladrón de aquella calavera que, pese a todo, humanizaba su cuarto y con la que se había habituado a conversar. Alegre le dirigió una sonrisa cómplice, su amigo había mudado, dijo, vivía con el Administrador, donde hacía más falta. Monteagudo asintió, sin dar muestras de extrañeza, y al despedirse invitó a Alegre a la ceremonia de instalación del artefacto.


nuclear. El loco se negó de plano. —Me pone nervioso —dijo. Después de reunirse con la Comisión Provincial, Carlos regresó a la oficina con la intención de revisar los reportes del Laboratorio. Al sentarse en la vieja silla giratoria quedó atónito: sobre la mesa había una carta de Gisela. Acercó la mano: ¿era un panal de abejas o un avispero? No podía abrirla allí, incapaz de controlar sus reacciones, y corrió hacia su cuarto jadeando, entre el entusiasmo y la desesperanza. Puso la calavera sobre la mesita de noche y le preguntó por qué Gisela se habría demorado cinco meses en responderle, quizá porque había decidido volverse a casar y le daba pena herirlo, o porque se había cansado del otro, o porque no había otro, sino él, únicamente, con su amor y su locura. Cerró los ojos, rasgó el sobre a tientas y cubrió el papel con la mano para evitar que la desesperación lo llevara a adelantarse en la lectura. Fue descubriendo la hoja lentamente, sintió que se estaba apostando la felicidad a una carta, a aquella carta. Al fin se decidió a mirar. Sintió una.


palpitación alegre, tenía un as, estaba fechada en febrero, no era Gisela quien se había demorado sino el correo, aquella entelequia miserable, ¿cómo era posible que su amor, su destino, su vida hubiesen estado tanto tiempo presos en valijas, trenes, oscuras oficinas? Ni aun la calavera podría responderle. Tenía que seguir, atreverse con la primera línea, ¿habría escrito amor, otro triunfo, o simplemente amigo, una baraja pobre? Carlos, había escrito Carlos y eso podía significar tantas cosas que decidió violar las reglas del juego y leer de un tirón aquella carta desconsolada, que unas veces se refugiaba en anécdotas y recados de Mercedita, y otras se abría en preguntas ansiosas que involucraban tanto su amor como la zafra, ¿podrían, creía él que podrían? Se respondió que sí con una decisión que hubiera sorprendido otra vez a Monteagudo. Sentía que por sobre la desesperanza y el atraso y la incapacidad y la locura y los errores y las dudas, la Isla y ellos se habían ganado peleando el derecho a la felicidad y que no podría haber en este mundo ni en el otro una fuerza capaz de.


impedirlo. Pero otra respuesta, tortuosa y sombría, le machacaba el cráneo: no, no podrían, ni ellos, ni el país. La tarde en que por fin se fue a instalar el artefacto atómico Carlos había llegado a un equilibrio absolutamente inestable. Enrique Martiatu, el especialista de la Comisión Nuclear, le inspiraba una profunda desconfianza; era demasiado seguro, demasiado consciente de su inteligencia, demasiado distante del país real. Mirándolo operar se dijo una y otra vez que así debían ser los físicos, esos magos modernos, limpios, atildados, tan sabios que estaban a miles de kilómetros de la gente como él, que no tenía otro horizonte que la zafra. Martiatu había subido al tacho número uno y se dirigió al grupo que lo miraba desde abajo, boquiabierto. —Esto —dijo señalando un envoltorio metálico, azul brillante, que sostenía con unas tenazas niqueladas— es un isótopo radiactivo de Cobalto Sesenta contenido en una fuente sellada, introducida a su vez en una cápsula hermética, absolutamente segura contra la radiactividad,


¿bien? Bien, ahora introducimos el isótopo en la masa cocida —y dejó caer el envoltorio en el tacho— de modo que se mueva junto a ella en tooodo el proceso. El isótopo, compañeros, emite rayos Gamma, ¿bien? Ahora vamos al exterior del tacho. Aquí, como ven, tenemos ocho equipos detectores —movió las tenazas hacia unos crustáceos metálicos adosados al cuerpo del tanque— que siguen a través de los rayos Gamma el movimiento de la fuente radiactiva y, por tanto, de la masa cocida, determinando la forma y velocidad de la circulación. Cada equipo detector va trazando, mediante impulsos electrónicos, un gráfico de su zona, por lo que al final de la templa tendremos ocho gráficos que, unidos, reproducen el proceso en tooodo el tacho, permitiéndonos determinar la velocidad real de la masa y de las zonas muertas dentro del equipo, ¿bien? Bien, con ello podemos optimizar la explotación, usar siempre los mejores tachos y reparar los peores reduciendo el tiempo de cocción en varias horas. Hasta hoy ustedes, los puntistas, han trabajado a ciegas; el átomo, compañeros, les permitirá ver,


escudriñar las entrañas del proceso, ¿bien? Bien, ¿alguna pregunta? Carlos sintió que los hombres de la Casa de Calderas lo miraban con los ojos en blanco. Él tampoco había entendido un carajo, pero la explicación de Martiatu era tan coherente, tan sólida, tan persuasiva que tal vez todo aquello fuese cierto. Los puntistas se sentirían heridos porque les había dicho ciegos, una falta de tacto; pero no se trataba de chocar, sino de aliarse con la ciencia. El compañero debía entender, dijo, que ellos allí en «América Latina» no tenían, como promedio, un alto nivel de escolaridad, y que por tanto preferían aprender en la práctica; él, personalmente, estaba seguro de que en una o dos semanas los puntistas, decididos a no quedarse atrás en la revolución científico-técnica, aprenderían bajo la dirección de Martiatu todos los secretos de la optimización atómica de los tachos, contribuirían así al incremento de la productividad y, con ello, harían que «América Latina» recuperara lo perdido y avanzara mucho más.


—Sería formidable si fuera posible —replicó Martiatu—, pero el país tiene ciento veintiséis centrales y sólo tres físicos atómicos, por lo que a mí me corresponde atender cuarentidós. Quiere decir que tengo que irme. El equipo queda instalado y funcionando; lo demás es responsabilidad de ustedes. Tres días después, y a pesar de que Carlos, Epaminondas, Couzo y Jacinto rumiaron como bueyes aquellos planos indescifrables, la solución atómica fue desechada, abril terminó y el séptimo millón no estaba hecho. Carlos no podía desvincular el destino de su amor del de la zafra, y cuando, con dieciocho días de un atraso ya irrecuperable se logró por fin el séptimo millón, estaba sin fuerzas para hablar en el mitin. No podía mentir ni decir la verdad, su frustración era tan grande que albergaba el temor de terminar llorando en la tribuna. Cumplió el deber ritual de poner el número bajo la consigna y respondió a los aplausos con un escueto patriaomuerte. El once de mayo Jacinto interrumpió su insomnio para informarle que lanchas mercenarias habían.


hundido dos pesqueros y secuestrado a sus once tripulantes. Era el segundo ataque en menos de un mes, el dieciocho de abril se había producido una infiltración por Baracoa, los mercenarios fueron capturados, pero cinco milicianos murieron en combate. Esta vez se decretó una movilización general y Carlos se puso al frente de la Defensa Civil del «América Latina» pensando que aquellas acciones podrían ser el preludio de otro Girón. Los yankis tenían espías, analistas, computadoras; sabrían de la inminencia del fracaso y habrían pensado que era el momento de golpear. El pueblo respondió con una efervescencia febril y él olvidó su depresión en medio de la doble batalla, siguiendo día a día el ritmo desigual de la fábrica y los preparativos para la defensa. Le produjo una excitación singular abrir el sobre lacrado con las instrucciones sobre cómo proceder en caso de ataque. Había un plan minucioso para la evacuación de niños y ancianos, la orden de defender el batey casa por casa, la de quemarlo cuando no quedara más remedio y la de volar el central y retirarse a las montañas para seguir.


peleando hasta el último hombre y la última bala. Aquella decisión apocalíptica le dio ánimo durante los nueve días, febriles en que el pueblo se mantuvo en las calles de ciudades, caseríos y bateyes, dispuesto a todo, y logró al fin la liberación de sus hermanos. Entonces estalló en todo el país una fiesta que de pronto se hizo tristísima, porque al recibir a los pescadores, Fidel dijo que no se harían los Diez Millones, y Carlos pensó en Gisela y se preguntó por qué, y recordó las instrucciones de guerra y decidió que él también asumiría la consigna de convertir el revés en victoria. Pero apenas encontró fuerzas para ponerse de pie en medio del silencio abrumador que se hizo en la oficina cuando terminó el discurso de Fidel. Salió a la calle cabizbajo, diciéndose que a pesar de todo habían hecho una hazaña, que a esas alturas ya habían producido más azúcar que las companies en sus mayores zafras y que lo habían hecho con una gran dosis de locura, pero sin hambre ni látigo. Dobló maquinalmente a la izquierda y de pronto se vio envuelto en la trepidante atmósfera de los.


basculadores. La radio-base trasmitía los últimos acordes del himno. Los obreros, que trabajaban con una suerte de obstinada gravedad en medio del ruido, las nubes de polvo y el olor a melaza, lo saludaron en silencio. Él devolvió el saludo y, tragando en seco, entró en la fábrica.


¿Por qué?, repitió al sentir que se había quedado en blanco ante la pregunta de Margarita. Lo perdonaran, dijo, podrían pensar que estaba improvisando, pero no, se había pasado la noche en vela, reflexionando a conciencia sobre las preguntas de la planilla, del cuéntametuvida, y hacía apenas dos horas. El silencio lo detuvo. Había pensado que la palabrita provocaría risas, aliviaría la tensión, y ahora, en el centro de las miradas expectantes de sus compañeros, volvió a preguntarse si no hubiera sido mejor rechazar aquel debate acogiéndose al derecho de voluntariedad, y de inmediato se respondió que no, que había hecho bien en asentir, que por sobre toda.


otra cosa en el mundo necesitaba saber cuánto valía su vida, y no, compañera, continuó quebrando el silencio, eso de los bonos no era tan sencillo, si no los vendió no fue sólo por miedo, había otros factores que no mencionó para simplificar porque. ¿qué otra cosa podía hacerse en una síntesis? Ahora, si se trataba de contar su vida, contarla de verdad, entonces tendría que empezar por su abuelo, porque ése era el primer recuerdo importante que tenía, y por una niña analfabeta que se llamaba Toña, de la que se había enamorado, aunque. Se detuvo, jadeando. Si seguía por ese camino, huyéndole al esquema terminaría en un laberinto. ¿Qué coño importaba que él se hubiera enamorado de Toña? ¿Qué tenía eso que ver con su trayectoria política? Volvieran a perdonarlo, compañeros, estaba un poco nervioso. Lo cierto era que después hubo una guerra, es decir, algo así como una guerra, un desalojo en el barrio donde vivía. Lo entendieran bien, no quería decir que en aquel entonces tuviera conciencia política ni mucho menos, sino que esos hechos lo impresionaron, como también su abuelo.


y un negro viejo llamado Chava. Claro que no iba a hacer esas historias, no venían al caso, pero lo de los bonos. sí, compañera, había sido por miedo, igual que lo de la manifestación, en el cincuentiséis, cuando la policía empezó a disparar y él le dio la espalda a sus compañeros y huyó y no volvió a meterse en política hasta el cincuentinueve. Quería aclarar que consideraba aquel acto como un error, un error grave, del que nunca se arrepentiría bastante, pero agradecía que sus compañeros no le hubieran pasado la cuenta, porque gracias a ellos, ya después del triunfo, figuró como secretario de Prensa y Propaganda de la candidatura de la Izquierda Unida en el instituto. En aquella época, no pretendía ocultarlo, tenía prejuicios contra los comunistas, pero la propia vida y la derecha se encargaron de refutarlos y disolverlos. La izquierda ganó, él se entregó al trabajo y creía, francamente, haberlo hecho bien hasta que su hermano regresó del Norte, en el sesenta. Entonces, por razones familiares y por su profunda debilidad ideológica, se apartó del trabajo político, estuvo meses apartado del trabajo.


político. Era increíble, —dijo y sacudió los hombros, como para liberarse de aquel recuerdo. A su favor podía decir que en noviembre se integró a la Milicia, caminó los sesentidós kilómetros y se fue de su casa. También conoció a quien sería su compañera, pasó Escuela Militar y participó en la movilización de enero del sesentiuno. Allí tuvo un problema, su padre venía enfermo desde tiempo atrás, la Revolución, la verdad, le había hecho mucho daño y en esos días le dio un infarto, y él decidió fugarse para ir a verlo al hospital, hubo una inspección y lo sancionaron a la pérdida del mando. —¿Te fugaste antes o después de la ruptura con Estados Unidos? —preguntó Marta Hernández. Carlos cerró los ojos, no recordaba, pero de pronto vio como en un sueño el titular de Revolución con la noticia, y dijo ah, sí, después, después de la ruptura. —¿No te parece un error muy grave? —preguntó Jiménez Cardoso. No, respondió él mirándolo a los ojos; en aquella época, compañeros, la cosa era distinta, la.


disciplina era otra, las gentes se fugaban y volvían y él estaba seguro de que tendría tiempo para regresar antes de que movieran el batallón. Poco después decidió becarse, reconocía que el haber sido sancionado lo molestó bastante, pero quería aclarar que lo fundamental fue que no tenía dónde vivir y que en la Beca, al menos, encontraría un refugio. Quizá fue esa necesidad la que lo llevó a matricular Arquitectura, no podría decirlo a ciencia cierta, pero entonces soñaba con construir casas y ciudades. Bueno, se esperaran, olvidaba una cosa, no había participado en la Limpia del Escambray porque no estaba en la unidad de combate, ni en la Campaña de Alfabetización porque era universitario. Eso le creó como un complejo, ¿no?, una insatisfacción consigo mismo. El hecho es que cuando su padre murió, él era un simple estudiante. Meses después llegó Girón. Participó en la guerra, para decirlo con entera franqueza, casi por casualidad; pero peleó como debía, normalmente, y aquél fue un momento importante de su vida, porque le permitió vencer los complejos y el miedo. Creía, lo perdonaran,


que un hombre, además de tener un hijo y plantar un árbol, debía probarse en la guerra. Al regresar a la Universidad lo eligieron Presidente de la FEU en su escuela. Fue una etapa oscura, ¿no? Trabajó mucho, pero se hizo un sectario, un extremista, una especie de guardia rojo o más bien de cura rojo. Tenía como un aureola, dijo, y la voz le tembló ligeramente, sabía que era ridículo, pero llegó a pensar que era un héroe, sí, compañeros, desde niño había tenido esa ilusión. Bueno, estaba sarampionado, sulfatado, y entre otras cosas le dio por mandar y por imponer sus opiniones y, vaya, le hacía la vida imposible a la gente. Así que cuando llegó el. Jiménez Cardoso había levantado la mano. —Una aclaración —dijo—. ¿Cómo es eso de que «le hacías la vida imposible a la gente»? Bueno, dijo él, mirando al suelo, era lo que estaba tratando de explicar, ¿no? Que venían sus compañeros, por ejemplo, y le decían que iban a hacer una exposición de pintura, y si a él no le gustaban los cuadros pues los prohibía, sencillamente, prohibía la exposición, o mejor.


dicho, trataba de prohibirla, y lo mismo, digamos, con las malas palabras, prohibía las malas palabras. Alguien soltó una carcajada a sus espaldas; Carlos sonrió, turbado, y así por el estilo, dijo, ¿que veía a un tipo raro, blandito, que a él le parecía demasiado blandito?, pues se le encarnaba, como se dice vulgarmente, no le dejaba vivir tranquilo. Se secó el sudor de las sienes, con una sensación de alivio, y fíjense si estaba loco, añadió, que había estado de acuerdo con que se alterara el Testamento de Echevarría; hasta ese extremo había llegado, compañeros. Eso era en el sesentidós, y Fidel le produjo un choc con el discurso del trece de marzo. La Asamblea General de estudiantes lo destituyó de la presidencia; quedó mal, confuso y dolido y volvió a encerrarse en sí mismo entre marzo y octubre, como en el sesenta, meses y meses sin hacer nada, sin disparar un chícharo, como quien dice, sin. La voz se le hizo un hilo y agradeció con un movimiento de cabeza el vaso de agua que le alcanzaron desde la presidencia. Bebió, se secó los ojos y dijo que lo había salvado, compañeros, la Crisis de Octubre.


Fue, no lo olvidaría nunca, la noche de su boda. Bien, perdonen, dijo devolviendo el vaso. Durante la Crisis tuvo un accidente en el que quedó cojo y perdió los dientes, por eso y por los nervios tenía cierta dificultad al hablar. —Fíjate, compañero —intervino el Presidente de la asamblea—, perdona que vuelva atrás, pero tengo una duda; después del trece de marzo tú te apartaste de la actividad política, ¿no es así? Bien, ¿significa eso que no entendiste el discurso de Fidel o que no estabas de acuerdo con su crítica al sectarismo? Carlos se hizo repetir la pregunta, temeroso de volver a perder el hilo, y, no, compañero, dijo, qué va. Fidel le demostró hasta dónde podía hundirse alguien en. Sí, lo había entendido, estuvo de acuerdo desde el principio. Pero pasaron otras cosas, en la Asamblea hubo un tipo, un oportunista, y él. No podía explicarse, estaba muy confuso. —¿Y no sería, compañero, que esa ilusión de que eras un héroe se manifestaba todavía en rasgos de autosuficiencia? Carlos quedó sobrecogido al recordar su propio.


monólogo ante la muerte; ahora tenía aquella misma lucidez, aquella misma obsesión por la verdad y dijo que sí, que el compañero tenía razón, que había sido un autosuficiente. Entonces el Presidente sugirió un receso pero él se negó, prefería seguir si la asamblea no tenía inconveniente. El silencio lo empujó a continuar, retomó el hilo en un punto anterior, cuando la UJC no consideró oportuno procesarlo y él, compañeros, como una manifestación más de su autosuficiencia, no entendió aquella decisión. Pero después del accidente tampoco lo procesaron y esto, entonces y ahora, le parecía un error del Comité de Base. Bien, perdió un año en la Universidad porque la escuela se negó a examinarlo en el hospital, y cuando regresó a clases se sintió desalentado y poco después dejó la carrera. Varias voces preguntaron por qué y Carlos extendió la mano pidiendo silencio antes de decir que por varias razones: le había nacido una hija, necesitaba trabajar y además, compañeros, quizá como parte de las ilusiones que lo acompañaron siempre, soñaba con irse a la.


guerrilla. Cerró los ojos para eludir algún gesto de burla, porque no estaba dispuesto a permitirle a nadie que jugara con la que había sido su más alta esperanza. Por eso, continuó, había venido a trabajar al Centro. Abrió los ojos y reconoció el salón al decir que allí, como casi todos los presentes sabían, se le había otorgado la militancia en la Juventud, había llegado a ser Secretario General del Comité de Base y Jefe de Sección. Hizo una pausa antes de preguntarle a la asamblea si era necesario referirse al incidente. «Sólo en sus consecuencias políticas», respondió el Director del Centro desde la mesa, y él permaneció en silencio mientras intentaba discernir cuáles habían sido exactamente las consecuencias políticas del hecho que trastornó para siempre su vida. No las tenía claras, ni sabía cómo referirse a lo que había pasado con Iraida; no se atrevía a decir que estaban haciendo el amor, ni mucho menos que estaban templando; dijo simplemente que los habían sorprendido en la oficina, lo que fue un error, una falta de respeto, una barbaridad de su parte. En fin, que lo.


separaron indefinidamente de la UJC y lo suspendieron de empleo y sueldo. Por aquellos días, compañeros, murió el Che, y él, que estaba sin vínculo laboral, decidió irse a la caña. «Vuelve a la UJC», le sugirió Margarita y él dijo: Ah, sí, el Comité Municipal de la Juventud le rebajó la sanción a un año, ¿no fue así, Rubén? —Sí —respondió Margarita—, y a mí me hace falta que expliques, Carlitos, por qué no apelaste ni reclamaste cuando se cumplió el plazo, o sea, ¿por qué casi que te autoseparaste de la Organización? Quedó perplejo, en realidad no había pensado en eso ni siquiera ante el cuéntametuvida, y ahora se sentía desarmado. Intentó explicar, sin que pareciera una justificación, lo distintas que se veían las cosas desde la caña, Márgara, por un machetero, un Jefe de Fuerza de Trabajo o el administrador de una central durante la zafra del setenta. En eso Felipe pidió una cuestión de orden y Carlos tuvo el pálpito de que su antiguo socio lanzaría un ataque a fondo. —Voy a volver atrás —anunció Felipe— ; es un.


asunto, vaya, feo, molesto, pero aquí estamos para eso, para aclarar —se calló como angustiado por la gravedad del problema, y añadió de pronto, en tono casi confidencial—: Carlos, mira, me parece mejor que lo plantées tu mismo, es más limpio. La tensión de Felipe había creado una expectativa creciente en la sala, y Carlos, blanco de todas las miradas, sintió como una bofetada en el rostro; no era posible que Felipe fuera tan bajo, no era posible que se estuviera refiriendo a aquello, pero, ¿a qué otra cosa, entonces? No lograba entender al compañero, dijo, lo perdonaran pero no sabía de qué estaba hablando. Felipe hizo un gesto de disgusto, como si Carlos lo hubiese obligado a decir a su pesar: —Mira, cuando el brete de Iraida, tú te divorciaste, ¿no? ¿Por qué? La expectativa de la sala se resolvió en una ola de murmullos por sobre la que Carlos gritó que se negaba a responder aquella pregunta y en general a discutir sobre su vida privada. —Para mí es una cuestión de principios — respondió Felipe—, porque después te volviste a.


casar con la misma mujer. Carlos había gritado que eso no le importaba a nadie cuando el Presidente exigió silencio. —El compañero —dijo— tiene derecho a negarse, y usted —se dirigió a Felipe, que había vuelto a pedir la palabra—, a plantear sus opiniones, después, en la discusión. Le hizo un gesto a Carlos para que continuara y volvió a pedir silencio. La asamblea se fue calmando. Carlos, cabizbajo, se pasó la mano por el pelo, desconcertado, y preguntó por dónde iba. —Por lo de la Juventud —lo ayuda Marta Hernández. Bueno, lo de la Juventud, dijo, sabía que era difícil de explicar, pero entre el sesentiocho y el setenta tuvo dos pases solamente, uno de mes y medio y otro de una semana, y en ese tiempo, la verdad, no pensó en eso de apelar o reclamar. Era un error, otro error y, en fin, ¿qué decirles? Lo de la zafra ya lo había explicado, tres campañas, machetero, Jefe de Fuerza y Administrador; creía, honestamente, haberlo hecho lo mejor posible. —¿No tienes nada de que arrepentirte en esos.


años? —preguntó Margarita. Volvió a atusarse el pelo, lo dejaran pensar, arrepentirse, arrepentirse, lo que se dice arrepentirse, no, la verdad, no se arrepentía de nada; o quizás de haber aceptado responsabilidades para las que no estaba preparado, sólo que negarse en aquellas circunstancias hubiera sido un error mayor y entonces, ¿cómo explicarlo? Después de la última zafra volvió a casarse con la misma mujer que lo había acompañado durante la mayor parte de su vida, dijo mirando a Felipe, y regresó al Centro con el fin de pasar el proceso del Partido si resultaba electo trabajador ejemplar en aquella asamblea. Hizo silencio al sentir el alivio de quien lo ha dicho todo y añadió que ésa, más o menos, había sido su vida. La asamblea empezó a relajarse. Carlos vio que Rubén le hacía un gesto solidario. Por primera vez, pidió un cigarrillo. Las manos le temblaban al encenderlo y se preguntó si habría logrado escapar a la tentación del laberinto. En la mesa, el Presidente comentó algo con el Director antes de.


decir que aun cuando el compañero había sido bastante exhaustivo, quizá alguien quisiera hacer alguna otra pregunta para ganar claridad en el debate. Se hizo un silencio lleno de murmullos hasta que Ruiz Oquendo, el subdirector administrativo, pidió la palabra. —Muy breve —dijo— ; son dos aspectos importantes y no te referiste a ellos, quizá porque se te pasaron. ¿Cuál fue tu actividad en la CTC y en los CDR? Carlos empezó a toser, los ojos se le llenaron de lágrimas y tiró el cigarrillo, que estaba húmedo de saliva. En el Sindicato, dijo, se había integrado desde que empezó a trabajar; tuvo una actividad media, ocupó en dos oportunidades el frente de Trabajo Voluntario y siempre formó parte del Movimiento de Avanzada. Los CDR fueron otra cosa, en realidad nunca había tenido casa, estuvo mucho tiempo becado y después, bueno, después en la zafra. En los años que vivió con su mujer tenía mucho trabajo, guardias y reuniones y, la verdad, no se hizo miembro del Comité, nunca encontró tiempo.


Ruiz Oquendo se incorporó con los ojos desorbitados. —¿Que no eres miembro de los cedeerre? No, dijo Carlos e intentó explicarse, en realidad, había pensado, ahora que estaba más o menos estable, hablar con la Presidenta de la cuadra para. —Compañero Presidente —dijo Ruiz Oquendo, interrumpiéndolo—, creo que no tiene sentido seguir con este caso. Los Comités son uno de los pilares del proceso y alguien que no sea ni siquiera cederista. ¿cómo puede aspirar a ser trabajador ejemplar? Por tanto, propongo pasar a otro caso y punto. Carlos respiró al escuchar que el Presidente rechazaba la proposición y le pedía calma y control a Ruiz Oquendo. —No tenemos apuro, compañeros. Esta tarea tiene también un fin educativo. No es correcto matar la discusión de un caso que es, por lo que veo, bastante complejo. Después del debate, cada quien podrá expresar su criterio votando. ¿Más preguntas? ¿No hay? Bien, opiniones entonces.


Margarita. Margarita Villabrille se puso de pie alisándose la minifalda. Estaba muy confundida, dijo mirando a Carlos con una ansiedad casi dolorosa; por una parte, ¿cómo no iba a ser trabajador ejemplar una persona que combatió en Girón, que se quedó cojo en un accidente durante la Crisis de Octubre y que hizo tres zafras completas?; pero por la otra, ¿cómo iba a serlo alguien que no era cederista, que había fallado con la Juventud y cometido además errores de autosuficiencia? No entendía, compañeros, la perdonaran pero no entendía. Jiménez Cardoso se paró a explicar. El problema, compañera, era descubrir la línea de aquellas contradicciones. Para él, iba a ser tan feo como tan franco, era la debilidad ideológica y la recurrencia en el error. Carlos lo miró, atraído por aquella seguridad demoledora, y desde entonces Jiménez habló para él. Quería decir, puntualizó, que aquella vida empezaba con un error: no atreverse a vender los bonos, y seguía con otro, huir. «¿Por qué edad tenía cuando eso?», lo interrumpió Rubén. «Dieciséis», dijo Carlos y el Presidente.


les pidió, por favor, que no entablaran diálogos. Entonces Jiménez añadió que esa huida se repetía en el sesenta, el año de las nacionalizaciones y de la más intensa lucha de clases, cuando ya el compañero tenía veinte. No es hasta noviembre que se va de la casa, y no le fueran a decir, por favor, que todavía era un niño. Bien, ¿qué hacía en enero? Ausentarse de una movilización militar en tiempo de guerra. «Por tres horas», murmuró Carlos y Jiménez replicó, por las que fueran, compañero, y le sostuvo la mirada y dijo que aún más, ¿qué hizo cuando lo sancionaron?, abandonar el batallón de combate, por lo cual, más tarde, no pudo participar en la Limpia de Escambray. Va a Girón, casualmente, como dijo, porque es honesto, pero va y eso hay que anotarlo en su haber. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando se reintegra en la Universidad? ¡Se cree un héroe! Jiménez Cardoso abrió los brazos, consternado ante aquella pretensión, y Carlos bajó la cabeza y estuvo a punto de taparse los oídos, pero la pregunta, ¿qué era, en realidad?, lo llevó a seguir escuchando que un extremista, un sectario, como él mismo acababa.


de admitir, dictando úkases, persiguiendo a los que parecían invertidos, una inaceptable muestra de subjetivismo, porque si hubiese perseguido a quienes efectivamente lo eran y tenían un comportamiento antisocial, ahora la asamblea estaría ante un mérito y no ante una arbitrariedad. Todo esto, compañeros, era todavía peor si se tomaba en cuenta que estaba hablando de alguien que hacía menos de un año se había apartado de toda actividad política; alguien, compañeros, capaz de un hecho política, humana e históricamente monstruoso: ¡estar de acuerdo con que se alterara el Testamento de un héroe verdadero, como José Antonio Echevarría! La acusación cayó como una lápida sobre Carlos, que sacó el pañuelo y lo estrujó con las manos sudorosas; hubiera necesitado creer que Jiménez era un hijoeputa, un miserable, un enemigo y no el hombre trabajador e inteligente que ahora terminaba de beber un sorbo de agua y preguntaba, ¿qué sucedió, compañeros, cuando el propio Fidel restableció la verdad? ¿Qué hizo entonces Carlos? Abandonar la lucha, como en el cincuentiséis y.


como en el sesenta. Pero había algo más: hasta el día de hoy, nueve años después, no llegó a entender que aquella reacción fue una muestra más de su autosuficiencia. Bueno, se reintegra cuando la Crisis de Octubre, y eso también debe anotarse en su haber; tiene un accidente que equivalía a una herida de guerra, con todos los méritos que ello implicaba y que no se le iba a escatimar. Pero he aquí que después abandonaba los estudios siendo ya casi un técnico, un arquitecto, con la ilusión de unirse a la guerrilla porque, según parece, jamás se resignó a ser una persona normal, un revolucionario de filas. En el Centro, era justo reconocerlo, fue un magnífico trabajador, un hombre que se opuso verticalmente a las inmoralidades que en un tiempo allí se cometieron, un buen militante e incluso un buen Secretario de la Juventud. Sin embargo, lo echó todo por tierra al protagonizar, en un momento clave de la lucha ideológica interna, un incidente lamentable, muestra de su inmadurez y su debilidad. Bueno, lo separan del trabajo y de la Juventud y se va a la caña, cosa loable, sin duda, aunque también era.


cierto que, como él mismo dijo, en esos momentos no tenía vínculo laboral alguno. En este punto, compañeros, quería hacer un paréntesis para criticar al compañero Felipe por haber introducido un problema privado en un proceso político; con ello explicaba también el por qué no iba a referirse al asunto de la mujer y demás. Apoyaba la posición de Carlos en este sentido y quería volver al caso donde, otra vez, se ponía de manifiesto la tendencia al error. La Juventud del Centro pidió la separación indefinida y el Comité Municipal rebajó la sanción a un año. ¿Qué debía haber hecho un militante? Apelar, ¿no era cierto? Bien, Carlos no apeló. Ahora quería invitar a la asamblea a suponer, a beneficio de inventario, que el compañero estaba completamente convencido de su error y no apeló por eso. Pero entonces, ¿cómo explicar que tres años más tarde no se hubiese presentado aún ante la Organización para aclarar su caso? Dejaba la respuesta a la asamblea y le recordaba además un hecho insólito, el compañero no era ni cederista. Para terminar quería aclararle a Carlos que había dicho todo.


aquello por su bien, que lo consideraba un amigo y le tendía la mano. Carlos vio a Jiménez Cardoso avanzar con la mano extendida como en cámara lenta, sintió que la asamblea estaba pendiente de su respuesta y que ésta iba a pesar en la votación, que debía saludarlo como prueba de madurez y sentido autocrítico, pero una suerte de atávico orgullo lo llevó a devolverle la mirada en silencio y a cruzarse de brazos. Entonces estalló una sorda ola de comentarios, una mezcla inextricable de aprobación y reproches, y el Presidente le dio la palabra a Rubén Suárez, que estaba chasqueando los dedos, loco por expresar, dijo, su desacuerdo total, completo, absoluto con la intervención de Jiménez Cardoso, porque para él la vida de Carlos había sido una lucha desesperada y a veces patética por estar a la altura de su tiempo. Quería empezar por lo de los bonos y la manifestación. En eso estaba incluso en desacuerdo con el propio Carlos, quien a pesar de todo estuvo en la manifestación siendo casi un niño, en el cincuentiséis, compañeros, cuando muy poca gente en Cuba tenía actividad política. ¿Que huyó?


Huyó, ¿pero cuántos no lo hubieran hecho ante los tiros de la policía? Y aun cuando no se hubiera mantenido después en la lucha, aquel hecho debía ser interpretado como un mérito, como una prueba de sensibilidad política y no como un error. Así, quería recordarlo a la asamblea, lo vieron sus compañeros de entonces, quienes en lugar de hacerle reproches lo invitaron a formar parte de la candidatura de la izquierda unida después del triunfo. Izquierda unida, ésa fue la clave de la lucha de clases en el cincuentinueve-sesenta, y Carlos, cuyo padre tenía tierras, dinero y edificios y había sido afectado prácticamente por todas las leyes revolucionarias, estuvo del lado estratégicamente correcto en aquel momento de definiciones. ¿Que después, durante unos meses, se apartó del proceso? Cierto, pero era necesario recordar, compañeros, que su familia se estaba partiendo en dos y que él se encontraba en medio de un rollo espantoso. Lo impresionante era que hubiese logrado resolverlo del modo más radical, caminando los sesentidós kilómetros, yéndose de su casa y pasando una de las primeras escuelas de.


Milicia que hubo en Cuba con el batallón, ¿qué número?, «Ciento trece», dijo Carlos, con la extraña sensación de que Rubén aludía a otra persona al repetir el número, añadir de los primeros, y preguntar, ¿cómo iban a criticarle haber ido a ver a su padre enfermo?, ¿cómo llenarse la boca para decir «abandono de una movilización en tiempo de guerra» si había regresado por voluntad propia en dos o tres horas? Bien, la Beca, otro ejemplo clásico de palo porque bogas y palo porque no bogas; resulta que lo criticaban cuando, en el sesenta, se metió en su casa, y también en el sesentiuno, cuando se becó, ¡como si para tener autonomía no estuviera prácticamente obligado a becarse, caballeros! Girón, la guerra, se decía rápido, pero eso era jugarse el pellejo y, ¿qué más se le podía pedir a una persona? Rubén hizo una pausa buscando los ojos de Jiménez Cardoso antes de continuar, por uno de los problemas más delicados, el compañero se creía o quería ser un héroe. Eso estaba en el aire, sencillamente, y los modelos eran Fidel, Raúl, Che, Camilo y tantos otros. Se.


vivía una época heroica y era comprensible que alguien sintiera esa tentación, o más exactamente, esa vocación. Bueno, Carlos, desde luego, no lo fue, se equivocó, se intoxicó y cometió errores que había reconocido ante la asamblea y que Jiménez Cardoso magnificó lamentablemente. Quería recordarles, compañeros, que Carlos no fue el único fiscal ni el único extremista de la Universidad en esa época; él, Rubén, fue hostilizado muchas veces por su melena, simplemente porque le daba la real gana de tener el pelo largo. Pero lo importante era que Carlos había superado esos errores hacía mucho tiempo, y lo paradójico era que a estas alturas el propio Jiménez Cardoso insinuara que podía haber un mérito en eso de fiscalizar los gustos o la vida privada de los demás. No, compañeros, esa puñetera manía, y que le perdonen la expresión, la había padecido él mismo en carne propia, y quería dejar bien claro que, desde su punto de vista, no podía implicar un mérito ni antes, ni ahora, ni nunca porque. —Opinión muy discutible —interrumpió Jiménez.


Cardoso—, bajo determinadas. —¡Pues discutamos entonces! —exclamó Rubén. Un murmullo creciente se extendió por la sala y el Presidente pidió silencio, por favor, no entablaran diálogos, e instó a Rubén a continuar pero ciñéndose al caso y a los hechos. Rubén murmuró de acuerdo, de acuerdo, aunque obviamente había perdido el hilo, que sólo pareció recuperar cuando miró de nuevo a su oponente y, otra vez seguro de sí, dijo que a la Crisis de Octubre no iba a referirse porque inclusive alguien tan hipercrítico como Jiménez Cardoso reconocía un mérito, un verdadero mérito, un mérito militar, en las heridas que habían marcado para siempre al compañero. Del Centro sí iba a hablar, Carlos fue el mejor Secretario General que tuvo allí el Comité de Base, el más trabajador, el más valiente; él, que lo había sustituido en el cargo, podía decirlo con conocimiento de causa, y tenía además el criterio de que se le llevó demasiado recio cuando lo de la compañera Iraida. ¿Cuál fue su respuesta? Irse a la zafra, entregar tres años de su vida a esta tarea, y lo perdonaran por lo que iba.


a decir, heroica. No apeló ante la Juventud y esto era un error, sin duda, pero la asamblea debía recordar que tuvo apenas los dos meses de su primer pase para hacerlo, y que en ese entonces estaba entregado a la zafra, donde debió haber trabajado muy bien, porque el Partido Municipal de Sola lo promovió dos veces. Ya estaba terminando, sólo quería preguntar si los errores de un revolucionario eran algo así como el pecado original, si había un sitio mejor para superarlos que el seno del Partido. Alguien batió palmas al fondo de la sala. Carlos no logró determinar quién porque cuando empezó a voltearse el Director tomó la palabra y él interrumpió el giro y quedó pendiente de la intervención. Compañeros, los criterios expuestos por Jiménez Cardoso y por Rubén Suárez pecaban, según su manera de ver las cosas, del mismo defecto: incapacidad para afrontar la vida en sus complicaciones. Ambos se habían aferrado a una línea, pero daba la casualidad que siempre había dos o quién sabía cuántas y era así como había que ver la cosa. Fue ese mismo problema el que.


confundió a Margarita porque, en el fondo, todos aspiramos a una película fácil: acá los buenos, allá los malos. El lío estaba en que no era así y entonces opinar era también comprometerse, correr riesgos. Bien, no daba más rodeos, iba a correr el suyo. Para él, Carlos, el mismo que fue a Girón y no apeló ante la Juventud, el que no era cederista y se desbarrancó en la Crisis de Octubre, el que se acostó con Iraida en la oficina e hizo tres zafras, sí era trabajador ejemplar; primero, porque fue a la guerra, y el hombre que pone el pellejo por delante lo ha puesto todo; segundo, porque tuvo valor político y allí mismo, en el CEI, le entró de frente al oportunismo y se lo llevó de encuentro; tercero, porque se fue a la caña con las manos lisas y volvió con callos. El Director dio las gracias y detrás volvió a escucharse un aplauso tímido. Carlos se volvió a tiempo para ver a Margarita Villabrille batiendo palmas. En eso lo sorprendió la voz del Presidente. Iba a tomar su turno, compañeros, estaba totalmente de acuerdo con el tipo de enfoque riesgoso que proponía el Director, pero no con sus conclusiones. Para él,


Carlos Pérez Cifredo, aun con sus muchos méritos y virtudes, no era un trabajador ejemplar, e iba a explicar por qué. Estaban en el proceso de construcción del Partido en el Centro, en la búsqueda de los mejores entre los buenos, y el compañero había cometido errores capitales. Para empezar, no era cederista, y ése era un problema gravísimo: ¿cómo explicar que fuera cantera de la vanguardia alguien que ni siquiera formaba parte de la organización de masas? Era inaceptable, sencillamente. Además, el compañero había fallado seriamente con la Juventud, cantera del Partido, y eso debía tener consecuencias. Por último, había manifestado a lo largo de su vida una tendencia a la sobrevaloración incompatible con la modestia que debía caracterizar a un revolucionario maduro. Ésa era su opinión y había querido expresarla con entera franqueza. No obstante, quería recordar que la asamblea era soberana y que el suyo era sólo un criterio más. Si Carlos resultaba electo trabajador ejemplar, empezaría el proceso del Partido, donde se haría una valoración más profunda y se comprobarían.


escrupulosamente todos los detalles. Bien, otras opiniones. Felipe se puso de pie y quedó en silencio durante unos segundos. Le resultaba muy difícil, compañeros, porque conocía bien a Carlos, habían sido socios, habían estado juntos en el extranjero, inclusive. No estaba de acuerdo con nada de lo dicho por Jiménez Cardoso, ni tampoco con las conclusiones del Presidente. ¿Por qué? Porque todos los errores señalados habían sido errores de hombre y un hombre, en la vida, comete errores, como dijo el Director. Pero había un error que no se podía cometer, compañeros, y era saber que su mujer había dicho ciertas cosas y seguir con ella o, peor todavía, volver después con ella. Felipe quedó otra vez en silencio, como si le hubiera costado mucho hablar, y Carlos se sintió aplastado, incapaz de oponerse, con la oscura sospecha de que a pesar de todo Felipe tenía razón: él había violado una ley sagrada de la tribu y era justo que pagara por ello el precio que Felipe exigía al añadir, quizá en Suecia, o en Dinamarca, pero aquí no, en Cuba no, porque aquí un hombre que hiciera eso se desprestigiaba,


compañeros, la masa no lo respetaba, ¿cómo iba a respetarlo?, y por lo tanto, compañeros, no podía ser ejemplar. Ésa era su opinión, lo sentía mucho, una desgracia, concluyó moviendo las manos ante los ojos, como si necesitara exorcizar algún fantasma. Marta Hernández empezó a hablar sin que le dieran la palabra. ¿Hasta cuándo tendrían que soportar aquella moral llena de trampas y mentiras? ¡Trampas y mentiras!, repitió al ver que Felipe hacía un gesto de rechazo. Porque cuando Carlos tuvo aquel incidente con Iraida, el mismo compañero Felipe que ahora le pedía la cabeza dijo en la reunión de la Juventud que un hombre siempre era hombre y mucho más si era comunista, y eso, compañeros, ella no lo olvidaría nunca. Claro, para los machazos todo, buenas y malas, como en las películas de que había hablado el Director. Pero en eso la vida también era complicada y la compañera Gisela Jáuregui, esposa de Carlos, era una militante de la Juventud, una médica destacadísima, y no había hecho ni la centésima parte de lo que Carlos le hizo a ella. ¿Querían saber más? La mejor decisión que Carlos.


tomó en su vida fue volver con ella porque nunca iba a encontrar otra mujer así. —Compañera —la interrumpió el Presidente—, usted puede tener razón, pero me parece mejor dejar de lado esos problemas personales, no tomarlos en cuenta. Marta negó con un movimiento de cabeza, había que tomarlos en cuenta, pero en un sentido positivo: con eso, Carlos dio pruebas de sensibilidad y valentía, porque sólo un hombre que los tuviera muy bien puestos hacía en este país, por amor, lo que él había hecho; y gracias, eso era todo. Marta hurgó en su cartera y sacó un cigarro; Margarita volvió la cabeza y le dijo algo a Jiménez Cardoso, que se encogió de hombros; Felipe miró al suelo e hizo traquear sus dedos uno a uno; alguien empezó a toser en la parte de atrás. El Presidente recorrió la asamblea con la vista, preguntó si había alguna otra opinión, alguna otra pregunta, y Carlos se sintió suspendido en el vacío cuando lo oyó decir: —Bien, compañeros, entonces vamos a votar.


levantando la mano: primero los que estén a favor, después los que estén en contra. FIN.


Sobre el autor y la obra Este libro es un viaje inolvidable al interior de la revolución cubana. Carlos Pérez Cifredo se enfrenta al «cuentametuvida», la planilla en blanco que deberá rellenar para que sus compañeros decidan en asamblea si merece o no la condición de «trabajador ejemplar».A través de una extraordinaria fusión de lenguajes —coloquiales, musicales, cinematográficos, políticos e incluso los correspondientes al cómic—, el lector acompañará al protagonista en la rememoración de sus peripecias a veces hilarantes, otras dolorosas, pero siempre intensísimas, que culminan en la asamblea donde su existencia será juzgada. Esta primera novela de Jesús Díaz estuvo prohibida por las autoridades cubanas durante doce años. Cuando finalmente llegó a publicarse en Madrid y La Habana, en 1987, fue aclamada.


como la gran novela crítica de la revolución cubana, mereció varias reediciones, se tradujo al alemán, francés, sueco y griego, y consagró de inmediato a su autor. «Un libro sorprendente, sólido, apasionante, que se lee con una mezcla de fascinación y vértigo» (Rafael Conte, El País). «Las iniciales de la tierra» es una novela llena de invenciones verbales, de colores y de músicas: con un dominio perfecto del matiz, gracias al cual las palabras, las cosas y las gentes son miradas a la vez por dentro y por fuera» (Françoise Barthmy, Le Monde Diplomatique). «Apasionada, blasfema, satírica. Una gran tormenta literaria» (Erich Hackl, Die Zeit). Jesús Díaz (La Habana, 1941) es uno de los grandes escritores de la Cuba de hoy. En 1966 ganó el Premio Casa de las Américas con el libro de relatos Los años duros. Fundó y dirigió el magazine cultural El Caimán Barbudo. Fue profesor en el Departamento de Filosofía de la.


Universidad de La Habana y coeditor de la revista de ciencias sociales Pensamiento Crítico, hasta que ambas instituciones fueron acusadas de «diversionismo ideológico» y clausuradas por las autoridades cubanas en 1971. Escribió y dirigió varios filmes en Cuba. Ha trabajado como guionista en México, Colombia, Alemania y España. En 1992 dio a conocer en Zurich el ensayo «Los anillos de la serpiente», reproducido en muchos periódicos de Europa y América, que le valió una carta brutal del ministro cubano de cultura condenándolo al exilio. En la actualidad reside en Madrid, donde trabaja como guionista de cine, es profesor en la Escuela de Letras, y director de la revista Encuentro de la cultura cubana. Sus libros han sido traducidos al alemán, francés, sueco, holandés, griego y ruso. Anagrama ha publicado también sus otras dos novelas Las palabras perdidas y La piel y la máscara.

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